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Concorde, el último supersónico

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Caviar y velocidad. Este avión fue el avance tecnológico más importante y fracasó como solo un ícono puede hacerlo.

El 24 de octubre de 2003 despegó de Nueva York el último Concorde que iba a cruzar el Atlántico con destino a Londres. A 2.160 km/h, más rápido que una bala o que la misma rotación de la Tierra, el vuelo BA002 de British Airways iba a poner fin al siglo XX. El mayor avance aeronáutico civil iría a parar a un hangar, a los museos.

La historia del Concorde es la historia de una obsesión, del orgullo de un país y de un mundo en busca de lo imposible.

La Guerra Fría, más allá del enfrentamiento político y militar, hizo que los gobiernos de EE. UU., Europa y la extinta Unión Soviética emprendieran proyectos que, hasta ese entonces, solo parecían ciencia ficción. Uno de ellos era viajar más rápido que la velocidad del sonido. Después del fracaso del Túpulev TU-144, Concorde soviético, y el abandono de Boeing del proyecto para construir un avión supersónico, las empresas British Aircraft Corporation y France Aérospatiale lograron, en 1969, poner en el aire el primer prototipo del Concorde. El sueño se cumplió, así le hubiese costado a los contribuyentes europeos más de 1.500 millones de dólares y millones de litros de gasolina quemada.

En 1976, British Airways y Air France empezaron a operar los primeros vuelos del Concorde. Pronto se convirtió en un ícono de lujo, en 2003 costaba 3.000 libras esterlinas un solo trayecto, y figuras como Mick Jagger o Sting fueron sus viajeros frecuentes. Sin embargo, el accidente que tuvo en el 2000, la crisis económica que vino después del 9/11 y los altos precios del petróleo volvieron la operación del Concorde demasiado costosa e insostenible. Por esta razón, el mayor adelanto de la aviación civil tuvo que apagar sus turbinas.

 

El Concorde no se caracterizaba por la comodidad. Aparte de estrecho, las ventanas se calentaban demasiado durante el vuelo.

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