Jaime Andrés Monsalve Fotografía: Pizarro
La magia de tan brillante invento revelada por la chica del mes y un sensual texto de Jaime Andrés Monsalve con un recorrido histórico de este objeto
Hasta hace poco más de cien años, cualquiera que tuviera la suerte de desnudar a una mujer sabía que encontrarse con el ombligo al descubierto no iba a ser tarea fácil. Entre el precursor de la ropa interior de dos piezas y la lencería moderna han pasado décadas de lucha por facilitarnos las cosas a los hombres. Antes de eso, el preludio de toda situación sexual podía ser una batalla campal (¿o "camal"?) frente a hebillas rebeldes, encajes que, uno sobre otro, parecen miles antes de llegar al final de la falda (aquello se llamaba "miriñaque", y esa palabra hoy suena a alegoría) y botones gordos como escarabajos. Si esa lucha se nos antoja inimaginable, peor adivinar el riesgo de que tras tanta arandela apareciera el frío hierro del cinturón de castidad.
Muchos amantes contaron con suerte, en todo caso, de dar al final del ejercicio con la tela rígidamente almidonada del bienamado corsé. Uno supone que en ese escenario de lucha cuerpo a cuerpo el corsé no tendría que ser una barrera más, sino el hallazgo último que se agradece acariciándolo, haciendo tan explícito el deseo como si se estuviera tocando directamente lo que resguarda. Por lo menos eso debe ser lo que piensan quienes hacen del corsé un eslabón ineludible en el fetish. Ellos son los depositarios mayores de los secretos de esta prenda nacida en tiempos inmemoriales con el fin de moldear las caderas y el busto de quienes la portaban.
Porque en una época en la que nos enloquece algo como un traje de enfermera (y yo me pregunto, ¿qué camino tuvimos que recorrer para que nos llegara a arrechar el vestido de una señora que nos desangra con agujas kilométricas?), me temo que pocos hombres han tenido la suerte de ver al complejo corsé en persona como no sea en viejas gráficas sepia de sexo vintage o en sex shops, envolviendo maniquíes que ya vienen ridículamente estrechos de cintura como avispas. Por eso, la oportunidad de ver a la hermosa Jessica Cediel ataviada y dispuesta con nuestro encordado amigo, sólo podemos calificarla como regalo del destino.
Al corsé le sobra sensualidad y le faltan mangas para ser camisa de fuerza de manicomio. Pero al igual que ese elemento, antaño pudo significar lo más parecido al ahogo. Los primeros estaban hechos de huesos de ballena o de hierro forjado, como una jaula para el vientre. Y es que ayer como hoy, belleza puede ser sinónimo de sufrimiento.
Por fortuna, si hablamos de corsés por estos días, en nuestra mente se va a anteponer la deliciosa vista de aquella que hemos querido que sea nuestra dominatriz personal. Nunca otra cosa. Sáquese de la cabeza, querido amigo, otros envoltorios hechos dizque para amoldar la figura que nos quieren vender mancillando el buen nombre del corsé. Esos se llaman fajas. Y tienen de abominable que hasta los hombres pueden usarlas.
Imagínese un reloj de arena del Renacimiento. Esa es una mujer con corsé. Ahora imagínese el número ocho. Ese es el amigo de uno con faja.
Piense usted en la estrella pin-up moderna Dita von Teese y en su ex novio, el cantante Marilyn Manson. Verlos a ambos con el vientre fajado es el punto limítrofe que hace del corsé, a un mismo tiempo, el más erótico de los sueños o la más abominable de las pesadillas.
Los cinéfilos del mundo han acuñado de manera despectiva el término "corset movies" para referirse a cintas de época como Orgullo y prejuicio, Sensatez y sentimiento o Jane Eyre, abundantes en pelucas blancas y faldones rosados. En contraste con la inocencia y zalamería de las damas victorianas, el cine ha sido pródigo en corsetería fina. Muchos recuerdan la displicencia con la que una poderosa Sofía Loren le informa a un Peter Sellers avenido doctor que ha comprado su clínica en La millonaria (1960); pero no por las palabras que usa, sino porque bajo su enorme sombrero de ala ancha, la exuberante italiana sólo está protegida de un escaso corsé que a la vez sirve como portaligas. Y en medio de la insoportable colcha de retazos que puede llegar a ser ese engendro llamado Moulin Rouge (2001), sobresale el recuerdo de una Nicole Kidman que baila para el público parisino tan encorsetada como se lo permiten sus delgadas proporciones. De la misma manera, sólo la imagen de los senos turgentes de Salma Hayek y Penélope Cruz bajo la prisión gris de sus corsés en el lejano oeste, podría haber salvado una cinta tan descartable como Bandidas (2006), con imperdonable guion de Luc Besson.
Quienes más habrán disfrutado de esos instantes cinematográficos son los millones de fanáticos que dan cuenta de la buena salud del corsé, desde el clásico de tela, cordón y encaje hasta su moderno hermano mayor hecho en látex, pasando por supuesto por el cuero. De la existencia de ellos dan buena prueba los casi diez millones de páginas que aparecen en Google al escribir, en su francés fundacional, "corset". Hay a quienes sólo les basta ver la prenda como un envoltorio, un adorno más. Otros, porque está visto que hay gente para todo, babearán por las imposibles cinturas de Ethel Granger y Cathie Jung, avaladas por el Guinness por sus respectivos 32,5 y 37,5 de diámetro, logrados a punta de apretarse hasta la asfixia.
A nosotros, por ahora, nos bastará con saber que vimos a Jessica Cediel portando el agradecido corsé. Y que baste para comprobar cómo la magia de tan brillante invento podría resumirse, dándole la vuelta a un dicho popular nuestro, en el hecho de que "poco abarca y mucho aprieta".
Publicidad