Síganos en:
twitter
Twitter
facebook
Facebook
rss

Interés DJ

Reflexiones de un escritor en busca de las tetas perfectas

Por: Fernándo Quiróz Fotografía: Hernán Puentes

El escritor Fernando Quiróz habla sobre su busqueda de las tetas perfectas

Estoy sentado viendo pasar tetas.

Ahí van dos: una ligeramente más caída que la otra, como debe ser. Como debe ser cuando son tetas de verdad y no esos amasijos de silicona que se ven por todas partes desde que los traquetos impusieron la moda de engallar a las mujeres porque ya no les bastaba con engallar sus camionetas y sus camperos: exploradoras de alto voltaje, pintura eléctrica, techo corredizo, copas de plata, bómper reforzado.

Estoy viendo pasar tetas, y veo que hay mucho bómper reforzado debajo de esas telas delgadísimas que exhiben cada día más muchachitas -a pesar del frío que baja de los cerros orientales- como si fueran para una fiesta de camisetas mojadas. Como si fueran para uno de esos sancochos épicos de primíparo borracho por los lados de Melgar. Como si fueran para La Piscina. Sí, Piscina con mayúsculas: la de la zona de tolerancia. Esa a la que van tantos hombres antojados todas las noches, precisamente a ver tetas.

No vine a este café a ver tetas, sino a leer una novela de una señora de ochenta años que regresa al pueblo de Italia del que salió, rumbo a la Argentina, para escaparle al hambre que dejó la segunda guerra mundial. No vine a ver tetas, pero las tetas me pasan por delante. No me lo propuse, pero es imposible no verlas. Hay jovencitas impúdicas que, casi literalmente, se las refriegan a uno en la cara. Uno levanta los ojos del libro, para celebrar el párrafo al que acaba de enfrentarse, y ahí están: dos tetas enormes como las antenas parabólicas de hace veinte años -esas que llamaban perubólicas- con las que era posible ver el show de Don Francisco los sábados y no los domingos, y una que otra telenovela mexicana con sólo dos años de retraso.

- Galería de fotos: Nataly Umaña

Telenovelas de los tiempos en que todavía no se había impuesto la silicona: las tetas de Verónica Castro eran así de grandes como se le veían, borrosas y en blanco y negro, mientras enamoraba a los ricos con sus lágrimas y con sus tetas: por eso unos la llamaban Llorónica Castro, y otros, Tetónica Castro. Hay jovencitas impúdicas, sí, que mandan estampar en sus camisetas letreros imposibles de ignorar. Hace un rato, antes de que oficialmente me sintiera viendo pasar tetas, leí el siguiente mensaje: "El fin se acerca". Un fragmento del Apocalipsis agarrado a un par de tetas, un final movido, un final feliz. La "i" del fin sobre el pezón: para que no quedara duda alguna. Mi abuela habría dicho que con razón se acerca el final, si el mundo está patas arriba, si se perdió el pudor, si las jovencitas ya no tienen vergüenza.

En sus tiempos, según Carreño y según las monjas que la educaron, ni siquiera en la soledad del baño estaba aceptado que las mujeres bajaran la vista y posaran los ojos sobre sus propias tetas. Ni que se las tocaran. Y mucho menos que las masajearan, como aconsejan ahora los ginecólogos que hagan todas las mujeres bajo el chorro de la ducha para detectar masas indeseables. Y no se hablaba de tetas, por supuesto, sino de pecho. Y en el más atrevido de los casos, de senos. Tetas sigue siendo mal visto en muchos lugares. Quiero decir mal oído. Vulgar. Censurable.

Hablaba de jovencitas desvergonzadas, pero la que acaba de pasar dejó de serlo hace mucho tiempo: debería mirar la cédula más a menudo. Lleva unos pantaloncitos calientes que debió hurtar del clóset de su hija adolescente. Y un brasier varias tallas más pequeño, para que las tetas se inflen, se suban y se asomen por ese escote de quinceañera.

No quería detenerme en ella, aunque ella quiere que todos los que estamos en el café nos detengamos en su escote. Por eso lo hace. Por eso se puso esa camisa y dejó sin apuntar tantos botones. Por eso pasó tantas horas frente al espejo, pensando que sí, pensando que no, mirándose de frente, mirándose de perfil, hasta que se animó. Se siente olvidada, se siente ignorada, y quiere llamar la atención. Lo logró. Ahora no la miro a ella sino a los que se ríen de ella, a los que la miran con compasión... y a aquel en el que es inocultable el deseo. La cuchibarbie está a punto de dar en el blanco. Más le vale. De lo contrario, muy pronto caerá en el bótox y en un par de años será una espeluznante copia de la Duquesa de Alba. ¿Por qué se niegan a envejecer con dignidad?

- Galería de fotos: Nataly Umaña

Vuelvo a mi libro. Ágata, que así se llama la protagonista, se ha reencontrado con el aroma de los olivos, con la brisa que trae aromas salinos, con el puente que les prohibían cruzar de niños. De la casa en la que vivió de niña queda muy poco. Busco al mesero para pedir otro café. Lo veo conversando con aquel pensionado que parece no tener más angustias que la segunda vertical del crucigrama. Espero con paciencia. No tengo prisa. Me había olvidado de las tetas, pero en diagonal a mi mesa, al otro extremo, descubro la siempre conmovedora escena de una madre dándole teta a su hijo.
Pienso que las tetas de una mujer que acaba de dar a luz son las únicas que merecen ser grandes.

Y también pienso, al ver el hambre de ese niño, que los hombres nos quedamos con las ganas de por vida. Que muchas veces buscamos las tetas antes que los ojos de aquella con quien hablamos. Que el simple hecho de pronunciar la palabra tetas -porque siempre la pronunciamos en plural- nos hace sentir machos. Que parece un tema obligado con los amigos y, por eso mismo, un ancla que nos deja para siempre atracados en la adolescencia: esa parte de nosotros que jamás madura está directa e íntimamente relacionada con las tetas.

Hablaba de tetas grandes, y la memoria me llevó sin escalas a mis primeros semestres en la universidad, en donde tuve una profesora que llamaba la atención por el tamaño exagerado de sus tetas. Era, por supuesto, tema obligado de conversación y materia privilegiada para los chistes. Lo que no supimos con mis compañeros hasta mucho después fue que aquella maestra había pasado por el cirujano antes de aterrizar en la universidad, pero no con intenciones de agrandar sino de recortar. ¿Cómo sería antes? Ella misma nos lo contó alguna vez, con varias cervezas de por medio: no sólo le incomodaba sobremanera que los ojos de todos aquellos con los que se cruzaba -hombres, mujeres y niños- se dirigieran directamente a sus tetas, sino que su generosa delantera se había convertido en un problema de salud: la columna vertebral de mi profe terminó destrozada.

Vivía agachada por el peso de las tetas, como viven agachadas, por la vergüenza y el desconcierto, aquellas niñas a las que apenas les asoman, como botones, unas tetas incipientes. Una amiga me confesó que ese había sido uno de los momentos más difíciles en su vida: acostarse niña y levantarse mujer. Haber jugado hasta la víspera con los primos y con los amigos sin prevención alguna, y de repente empezar a cuidarse de las miradas. Sentir que los ojos de los demás cambiaban de objetivo: saberse examinada, saberse deseada.

Sigo viendo pasar tetas. Allí va una Yayita, abultada por donde se le mire, pero con el equilibrio perfecto entre el frente y la retaguardia. Más allá una flaca como esas que persiguen los diseñadores porque parecen ganchos de ropa. Paso las páginas con el dedo gordo y calculo que si logro concentrarme diez o quince minutos más, terminaré la novela. Eso hago. Ignoro cuántos pares de tetas pudieron pasar a mi lado mientras tanto. Buen final. Pienso en los paraísos perdidos de la infancia.

Pido la cuenta. Mientras llega, descubro, un par de mesas adelante, de espaldas a mí, a una joven con camiseta blanca que de vez en cuando agita el pelo como si quisiera llamar la atención. La espío, mientras me traen el cambio, con intenciones de ver su cara. Pero descubro, de repente, que no lleva brasier. Ya no me interesan sus ojos ni su boca. Me levanto y doy la vuelta cuando paso a su lado: está leyendo la misma novela que acabo de terminar. Ha ubicado el libro de manera que la proteja de las miradas curiosas, de las miradas morbosas. De mi mirada. Pienso que, para desquitarme, debería anticiparle el final, pero sigo de largo, pensando si aquellas tetas apocalípticas de unas horas atrás tendrán la razón y el fin está a la vuelta de la esquina. Ya veremos.

MÁS:

- Galería de fotos: Nataly Umaña

- Nataly Umaña: como caída del cielo