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Interés DJ

"Quiero ser el hombre más rico del mundo": David Murcia

Por: María Elvira Arango y Harold Abueta / Fotografía: Sebastián Jaramillo

La faceta más íntima del cerebro de DMG. Su vida en la cárcel, sus proyectos descabellados, sus acusaciones contra el presidente y su obsesión desmesurada por ser el hombre más rico del mundo

David Murcia Guzmán es un preso especial. Es una especie de joya de la corona. En la cárcel La Picota, donde se encuentra desde noviembre de 2008, tiene un jefe de seguridad propio y el equipo de protección más grande que hay en Colombia para un recluso. Cada vez que sale a cumplir una cita con la justicia, que lo procesa por lavado de activos y captación ilegal de dinero a través de su firma DMG, lo acompañan 30 hombres fuertemente armados. Y cuando está dentro de la prisión lo siguen al menos diez guardias que lo escoltan con escudos de seguridad y lo blindan con chalecos antibala para protegerlo de un posible atentado.

Según él, por su vida están ofreciendo 300 millones de pesos y aunque no sabe quién ofreció ese botín por su cabeza las autoridades prefieren curarse en salud. "¿Usted se imagina lo que puede pasar con nosotros donde le pase algo a este muchacho?", pregunta uno de los guardias que lo acompañan. Después de sus tres años de opulencia, David Murcia, un hombre de 28 años, de signo Leo, que cumple años el 29 de julio, pasa sus días en un pabellón aislado. La única persona que lo puede ver durante sus días y noches es "Rojas", el controvertido guerrillero, campesino y con un vocabulario bastante limitado, que llegó a una brigada del Ejército con la mano del comandante de las Farc "Iván Ríos", para demostrar que lo había asesinado y poder acceder a los beneficios de la Ley de Justicia y Paz.

El mismo Murcia nos dijo que Rojas no sólo era su amigo y compañero, sino que comparten la persecución del Estado. En su caso, el gobierno de Álvaro Uribe acabó con DMG por una alianza con los grandes banqueros del país. En el de "Rojas", Murcia asegura que el Gobierno le incumplió la promesa de pagarle una millonaria recompensa y lo acusa de secuestro, cuando fue él quien asesinó a uno de los mayores secuestradores de las Farc como era "Iván Ríos".

Pero en medio de la soledad y del encierro, Murcia y "Rojas" se hacen la vida agradable. Juegan ajedrez, almuerzan, desayunan y comen juntos, hablan sobre los acontecimientos del país y tan solo toman una hora de sol, cuando lo hay, porque el resto del día deben soportar las bajas temperaturas de Bogotá y en especial de la cárcel.

"Es muy buena compañía. 'Rojas' es un intelectual", asegura con convicción. Es eso precisamente lo que desconcierta de Murcia. Es, ni más ni menos, un hombre que vive en su propia fantasía. Su obsesión son los hombres más ricos del mundo. Admira a Warren Buffet, a Bill Gates "que logró hacer un emporio de una idea" y a Carlos Slim por ser un latino que encabeza el listado de multimillonarios. Sabe todo sobre sus vidas, cómo hicieron su fortuna, cuáles fueron sus inicios, conoce sus perfiles al derecho y al revés y habla de ellos con la confianza de un periodista de la revista Forbes.

El controvertido "empresario" es vanidoso, siempre tiene las uñas bien arregladas, está bien peinado y todavía usa en las muñecas manillas de su "familia" DMG. También es un hombre de poco apetito. Durante muchos años se alimentó a punta de polen, Propoleo, jalea real y makra, una raíz peruana, según él, con abundante valor nutritivo. Todo eso contenido en cápsulas que vendían algunas de las empresas naturistas con las que empezó su imperio. Él recuerda que fueron esos, entre otros productos, los que por años comercializó en el sur del país, donde arrancó su carrera de negociante.

Aunque en sus años dorados viajaba con una cocinera que lo deleitaba, cuando comía algo más que pastillas, con platos típicos colombianos, ahora debe someterse a una dieta vigilada. Antes de que lleguen a su celda, sus comidas deben pasar por un riguroso control por parte de las autoridades penitenciarias que incluye una grabación en video para evitar que muera envenenado. "El Inpec me autorizó una nevera pequeña y un microondas para mantener y calentar la comida que me manden de mi casa. Esos son los únicos lujos que tendré, por ahora".

David Murcia ya no piensa en los lujos que durante años rodearon su agitada vida. Ya no se muestra feliz, como alguna vez lo hizo, por haber tenido carros lujosos y suficiente dinero para derrochar al lado de modelos, empresarios, políticos y abogados de ocasión, que hoy le dieron la espalda y niegan cualquier cercanía con él. En las grabaciones que tienen las autoridades se habla de una vida en playas en Estados Unidos y de fiestas interminables, pero él afirma que no tiene visa y nunca ha ido a Estados Unidos y que, en realidad, de parrandero no tiene nada, que las fiestas en las que estuvo eran sólo compromisos de negocios y que ni siquiera tiene un trago favorito.

También niega que tuviera una bruja de cabecera y que, por el contrario, es un ser religioso. Aún así sigue con un plan de vida que más parece una desfachatez: "Quiero ser el hombre más rico del mundo -dice con una seriedad que impacta-. Quiero acumular cinco trillones de dólares en activos". Y como si fuera poco asegura que cuando pase "este inconveniente jurídico" que lo tiene tras las rejas, va a continuar con su misión en la Tierra: acabar con el hambre en el mundo y en el camino algún día ser presidente de Colombia.

Sus palabras, más que esperanzadoras, retumban en un lugar donde abundan el pesimismo y la depresión. Aunque se autodenomina como un intelectual, que devora las biografías de los poderosos, Murcia se parece más a un sociópata, que tiene alterada la realidad. Después de que las autoridades estadounidenses lo solicitaron en extradición por conductas derivadas del lavado de activos y narcotráfico, sigue con su idea de salvar al mundo.

Desde su encierro escribe sobre estrategias de negocios. Parte de su tiempo lo utiliza en el asesoramiento de montaje de compañías a personas que lo siguen y que quieren heredar su supuesta habilidad para multiplicar el dinero como Jesucristo con el vino. Su paso por la cárcel le ha servido para diseñar un programa social de cárceles productivas que, afirma, no ve la hora de poner en marcha. Cuando no está en la celda despliega todo su encanto y es, según algunos de sus guardias, el preso más querido de toda la cárcel. En las pocas oportunidades que tiene de circular por algunas dependencias del penal, Murcia se vende como una estrella de cine. Saluda, sonríe y, aún esposado, hace con sus dedos la señal de victoria.

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