Por: Juan Hernández
Más allá de la categoría élite, el grueso de las carreras atléticas se nutre de personas comunes y corrientes que solo quieren romper sus propios récords.
¿Quiénes corren las carreras atléticas que se celebran cada año en Colombia? Hombres y mujeres de todas las edades, formas, tamaños y estados físicos que compiten entre sí, pero también en contra de sí mismos, en contra del tiempo que hicieron en la carrera del año anterior. Una legión de corredores con reproductores de música, relojes para la presión cardiaca o simplemente para guardar registro del tiempo, con zapatos de lona o con la última tecnología en indumentaria deportiva para correr.
Compiten barrigas y glúteos caídos, en conflicto con sus dueños o en negación por parte suya, pero también esbeltos cuerpos capaces de cabalgar en los primeros puestos de la carrera. Son muchos corredores con la misma camiseta -la que ofrece el organizador con la inscripción- que por su versatilidad y comodidad es indispensable para futuras trotadas de domingo por el parque o por la ciclovía. Cada participante corre acompañado de cientos de inconfundibles contactos de suela de goma con el piso en cada segundo, que lo siguen a lo largo de la carrera.
Compiten quienes quieren ir a hacer la fila en Corferias o Coldeportes para reclamar su kit y encontrarse a un viejo amigo o quienes se montan en un bus el día de la competencia y se dan cuenta de las personas -ancianos, niños, madres y vecinos- que correrán la cita atlética con ellos. También compiten profesionales del deporte, atletas que van por el premio mayor y viven de él, del cheque ampliado en un pliego de cartón, del patrocinio de la marca deportiva y del carro que regala la compañía ensambladora que ampara la carrera. Más allá de ellos, los que mojan titulares, pocas veces se mencionan y se tienen en cuenta al Fulano o a la Zutana, a quienes son uno de varios cuerpos corriendo en el río humano que se forma en la vía que ha sido cerrada con ocasión de la carrera, una vez han pasado las gacelas africanas y las ardillas colombianas que los persiguen.
Claudia Serrano es madre de tres hijos. Tanto su marido como sus hijos han sido corredores desde hace más de diez años, pero para ella la aventura comenzó en la Carrera de la Mujer 2007. "Toda la vida había jugado al tenis, pero nunca había trotado y mucho menos participado en una carrera. Me preparé tan sólo dos fines de semana antes de la carrera, corriendo un tramo recto cercano a mi club en Anapoima. Aunque mi cédula dice que estoy vieja, yo no lo considero. El día de la carrera me pusieron en la categoría de la tercera edad, y la corrí con facilidad. Al final terminé iniciada y aburrida. Al poco tiempo corrí otra competencia y casi le gano a mi marido, pero le bajé al ritmo porque me dio pena con él por todos los años que lleva en esas."
En Colombia se celebran cada año tres medias maratones de 21 kilómetros en sus principales ciudades (Cali en junio, Bogotá en agosto, y Medellín en septiembre), además de varias carreras de diez kilómetros. Todavía falta organizar una verdadera maratón de 42 kilómetros con difusión masiva y participación de las autoridades locales (aunque se han hecho intentos aislados en Santa Marta y Bogotá). Cada año se registra un mayor número de concursantes de distintos géneros y estados físicos, algo que no siempre ha traído resultados positivos para sus organizadores: el año pasado se registró la muerte de dos corredores por infarto cardiaco. Para el médico deportólogo Emilio Sotomayor, comer ligeramente tres horas antes de la carrera, realizar ejercicios de calentamiento y estiramiento previo su inicio y haber efectuado un buen entrenamiento antes de la competición son condiciones necesarias para tener una carrera exitosa.
Uno de los mayores logros de Julián Arango padre fue ver a su hijo triunfar en la televisión colombiana.
Ya lo ha visto interpretando a un galán, un diseñador de modas gay, un cómico narco con ojo de cristal y ahora lo verá como guerrillero. Arango, hoy de setenta y un años, entró en el mundo de las carreras hace cinco gracias a un amigo mucho más joven que él, que ya no corre por problemas cardiacos. "En mi primera carrera quería pasar a una señora bastante obesa que me estaba salpicando de sudor, pero la que me terminó dejando botado fue ella, me dejó sin aire y bastante aburrido". Julián entrena en el parque que cedió el Country Club a la ciudad hace algunos años. Seis días de la semana, le da seis vueltas al que antes fuera el campo de polo del club. "Nunca me importó ver a jóvenes caminando más rápido de lo que yo troto. Nunca se trató de llegar a la meta o romper un registro, aunque siempre es una recompensa hacerlo. Lo importante es ponerse la camiseta y empezar. Ese ya es el máximo logro."
El 31 de diciembre de 2009, en la Carrera de San Silvestre, Brasil, la más importante y exigente del mundo, subieron al podio dos colombianos, Diego Colorado y William Naranjo en el cuarto y quinto lugar respectivamente. Para Claudia Serrano y Julián Arango la temporada había terminado, en el caso de él en el escalón 980 del piso 44 de la torre Colpatria, luego de doce minutos de subir escaleras y la sensación de misión cumplida en el ascensor que lo trajo de vuelta a la tierra. "Nunca había estado tan mamado en mi vida". Ambos son héroes silenciosos del asfalto, vencedores de su propio tiempo y destructores de todo tipo de marcas... personales.
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