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Interés DJ

Pollitas en fuga: niños travestis de Cali

Por Jose Alberto Mojica Patiño Fotografía Bernardo Peña

Pollitas

Huyen de sus familias en busca de su verdadera sexualidad. Tienen 15 o 14 años y se inyectan hormonas en droguerías de barrio para que les crezcan los senos; les dicen las "pollas".

Évelin tiene miedo de que la maten.

Frente a un espejo desportillado en el que se refleja un afiche desteñido de Marilyn Monroe, en una peluquería de estrato uno en el sur de Cali, saca un tubito de pestañina de una cartera plateada de material sintético marca Guess, que evidentemente no es Guess. Se acicala las largas pestañas y se mira con orgullo los pechos que han empezado a brotar en su cuerpo delgado de varón adolescente: la cosecha de hormonas inyectadas en los últimos tres años.

Évelin Andrea es alta, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Marlon, tiene 15 años y desde hace tres, cuando apenas tenía 12 y todavía iba al colegio como todos los niños de su edad, se inyecta hormonas femeninas que compra y le aplican en una droguería cualquiera de Cali a 14.000 pesos cada una, una vez a la semana.

Sus  amigas travestis, que le han enseñado los trucos para sobrevivir en las calles y seducir clientes para venderles su cuerpo, le han dado un consejo que ella ha acunado como si de eso dependiera su vida: "Aproveche que usted está polla y métase hormonas porque cuando cumpla 18 años se le sale el hombre".

- Y yo no quiero eso -dice con tono de preocupación, con una voz que se le escapa robusta pese a que insiste en adelgazarla.

Évelin se pavonea por la peluquería caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta la cintura y vestida con una minifalda y una blusa blancas. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

A Évelin le faltaban cuatro días para cumplir 11 años cuando su mamá murió de cáncer. A su papá no lo conoció. "Cuando mi mamá vivía, ella me apoyaba en todo, quería que yo fuera cirujano. Yo era muy buen estudiante". Évelin quedó al cuidado de su abuela y de un par de tíos violentamente homofóbicos. "Mi familia sabe que soy gay desde los 11 años porque me veían el quiebre, así", relata con un marcado acento caleño, dejando caer la muñeca derecha hacia atrás. "Yo me dejaba crecer el pelo y mis tíos me lo cortaban".

Un día, cansado de los maltratos que recibía de su familia y de los compañeros del colegio público donde cursaba el grado séptimo de bachillerato, decidió transformarse en mujer. Han transcurrido tres años desde entonces y sigue viviendo con su familia, que sabe lo que hace y que terminó por aceptarla por la plata que aporta para los gastos de la casa.

Hoy, su único sueño se reduce a  reunir la plata necesaria para empotrarse un par de senos de silicona.

-Con buenas tetas me pagarían más -dice.

En su oficina, en Bogotá, Elvira Forero, directora general del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, me habla de la dura realidad de los niños en el país cuando toco el tema de los niños travestis, me lanza una mirada de desconcierto y me confiesa que ni siquiera sabía que existían y que por esa razón todavía no están en la agenda del ICBF. En la calle les dicen "las pollas" y según Marcela -un travesti de carnes flojas y rostro añejo de 35 años-, tienen dominado el negocio.

"Muchos hombres las prefieran a ellas, que son jovencitas, y no a travestis viejas como una", escupe Marcela con resentimiento y se pierde por las brumas de una calle oscura debajo del puente del Comercio, en el norte de Cali, uno de los 14 sitios identificados donde, en las noches, travestis de todas las edades se agrupan en racimos de tres o cuatro a la espera de algún cliente.

El defensor del Pueblo del Valle, Andrés Santamaría, reconoce que los niños travestis son una dolorosa realidad de Cali, de la que por pudor y vergüenza social no se habla.

-Con ellos -dice- pasa lo mismo que con toda la población trans: la sociedad no les brinda posibilidades, pero sí los utiliza sexualmente. Los consideran ciudadanos de quinta, pero les pagan por sus servicios sexuales. Son niños pobres, de familias disfuncionales, que terminaron en la calle travestidos, prostituidos y explotados porque en su casa no supieron aceptarlos ni orientarlos al descubrirlos con tendencias homosexuales.

Están expuestos a consumir drogas y alcohol, a contraer enfermedades de transmisión sexual y a ser utilizados para actos delictivos: dos de los cinco travestis inculpados en el homicidio de un comerciante ocurrido en mayo de 2009 en el barrio Granada de Cali -lo mataron a golpes con un palo que tenía una puntilla- eran menores de edad que fueron recluidos en una correccional.

No hay datos oficiales sobre "Las pollas". El único caso que tiene documentado la Policía es el de un niño de nueve años que se hace llamar Vanesa y que lidera una banda de niñas ladronas llamada "Las Rativas".

La intendente Yublina Mosquera, coordinadora encargada del Grupo de Policía y Adolescencia del Valle, explica que el menor ha sido llevado ocho veces a los hogares de protección del ICBF, de los que se fuga como si se tratara de una ronda infantil. Évelin Andrea, por su lado, sabe que se mueve en un terreno hostil y tiene miedo de que le pase lo mismo que a 33 de sus compañeras que han sido asesinadas cruelmente, en Cali, en los últimos cinco años. Entre estas, Darlin, una travesti menor de edad, también trabajadora sexual, que perdió la vida tras recibir varias puñaladas.

-Les acuchillan los implantes, les disparan en la cabeza, les meten los tacones de los zapatos y crucetas de desmontar llantas por el ano y las dejan tiradas en los potreros como si fueran basura -dice Pedro Julio Pardo, director de Santa María Fundación, que ha visto cómo crece el inventario de travestis muertos en la capital del Valle sin que las autoridades investiguen los casos y encuentren a los culpables. No hay un solo sindicado por estos asesinatos, admite la Defensoría del Pueblo.

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