Por Fernando Quiroz // Fotografía Álex Mejía
Los 17 músculos de la lengua sirven para probar un Rioja, para acariciar a una mujer, para enamorarla y para engañarla o para guardar como un tesoro el sabor de su piel
Cuando era niño el protagonista de esta historia jugaba a tocarse la nariz con la punta de la lengua, pero cuando creció aprendió que los 17 músculos de esa misma lengua servían para probar un Rioja, para acariciar a una mujer, para enamorarla y para engañarla o para guardar como un tesoro el sabor de su piel.
Recorro mis labios muy despacio para imaginar que es tu lengua y no la mía. Los recorro una y otra vez con mi lengua, que era tuya unos minutos atrás, y que es tuya ahora más que nunca, porque mientras va de un extremo al otro de esta boca que te ha prometido y te ha dicho y te ha preguntado, imagino que es la misma que me besaba con sus diecisiete músculos mientras cerraba los ojos para verte con mi piel, con mis ilusiones convertidas en certezas. Los cierro de nuevo y la siento: tu lengua de punta afilada, exploradora húmeda de todos mis rincones, que me ha enseñado la geografía de este cuerpo que no alcanzo a abarcar con los ojos, que no alcanzo a proyectar en el espejo. Este cuerpo al que le sobraban tantos pliegues, tantos escondites, tantos centímetros, hasta que llegó tu lengua para descubrirlos, para revelarlos, para darles vida.
Recorro mis labios muy despacio, primero el de arriba, luego el de abajo, hasta dibujar, completa, la "o" del deseo. Ya no es tu lengua sino la mía, que va de un extremo al otro de mi boca imaginando que es la tuya: tu boca: la que abres en cámara lenta cuando me acerco, para que mi lengua termine de abrirla y le sume mi humedad a la tuya. Tu boca: ahí guardas el premio y el castigo. La cómplice de tus labios cuando quieres asentir, cuando te entregas sin condiciones, cuando me haces creer que estoy ganando la partida. Y el látigo con el que les das forma a las palabras que cuestionan y que se quedan dando tumbos en el laberinto de mi cerebro para hacer más evidente la inutilidad de una respuesta construida a base de monosílabos inseguros. Las palabras que señalan y que lanzas como un dardo que recorre de prisa el camino que he ido sembrando con mis dudas. El látigo que contraes y que mantienes a salvo cuando sabes que el silencio hace más daño.
Tu lengua ha sido mi aliada y mi enemiga.
01.
De niño jugaba a tocarme la nariz con la punta de la lengua. La estiraba tanto que varias veces estuve a punto de trasbocar durante mis intentos fallidos por ganarle a un primo que conseguía muy pronto el objetivo. Convencido de que había un truco detrás de su hazaña, me preparaba para el siguiente encuentro sacándole la lengua a todo el que se me cruzara en el camino: incluso a aquellos que asumían mi entrenamiento como una falta de respeto con los adultos. A salvo de las miradas curiosas, me encerraba en el baño para practicar frente al espejo: abría la boca tanto como me lo permitían los músculos, mientras descubría con sorpresa que atrás, muy atrás, la lengua es gorda y enorme.
Y alguna vez llegué a pensar que, al otro lado de ese túnel oscuro que no alcanzaba a ver ni siquiera con la ayuda de un palo de paleta, todo era lengua. Una masa húmeda que iba creciendo hasta apoderarse de los órganos que se ocultan a la vista. Que el estómago era lengua. Que las entrañas eran lengua. Que estábamos hechos de lengua y hueso. Luego vinieron los maestros desafortunados de la infancia para sacarme del error. Para burlarse de mi ignorancia. Para llevarme por los caminos establecidos. Pero en sus libros de anatomía no hablaban del deseo. Luego viniste tú para corregirlos, para darme la razón: estamos hechos de lengua y hueso. No hay duda. Y algunas veces, de más lengua que hueso.
02.
Tengo en la punta de la lengua el sabor que dejó el rioja en tu boca. ¿Te acuerdas? Bebimos varias copas de vino antes del primer beso. Tengo el sabor que dejó en tu espalda la brisa que bajaba de la sierra en busca del mar, mientras los alcatraces se clavaban en picada muy cerca de la orilla y los cangrejos insistían en regresar a su escondite, temerosos de las sombras. Tengo el sabor de la hierbabuena de aquellos mojitos de La bodeguita del medio, aquella noche en la que sólo hubo certezas. No recuerdo cuántos fueron, pero sé que estuvimos allí mientras La Habana se llenaba de boleros en todas las esquinas y tú y yo nos llenábamos de razones para sostenernos la mirada. Para no dejar de mirarnos.
Tengo el sabor que escondes en el cuerpo y que he descubierto tantas noches, cuando no son los ojos los que mueven el instinto, sino mis manos cuando descienden muy despacio por tu cuerpo, salpicado de gotas diminutas que más tarde se sumarán a las mías: la escarcha del deseo que me lleva, como un animal -lo confieso: tantas veces he sido animal para ti- hasta la fuente de los placeres que conquisto cuando sólo me queda conciencia para saber que voy a perderla. Tengo en la punta de la lengua los sabores que te delatan y la piel de muchas madrugadas que nos han sorprendido despiertos. Sí, también te llevo en la punta de la lengua.
03.
Te muerdes la lengua para no decirlo -para no decírmelo- pero lo adivino después de darle vueltas a tu silencio. Me tomo mi tiempo, es cierto. Mucho más del que necesitarías tú para leer mis ojos, para advertir que camino de otro modo, para interpretar la ansiedad en mis manos, para concluir que algo me sucede y lanzar la baraja y sacar los ases que guardas bajo la manga y cantar victoria. No dejas de sorprenderme cada vez que aciertas, como si acaso fuera un hecho extraordinario y no una costumbre establecida.
Como si no me hubiera hecho a la idea de que de nada me vale mantener la boca cerrada: la lengua encerrada: en todo caso leerás esas palabras que guardo detrás de los labios. Esas palabras que llevo horas mascando y que logro mantener a salvo de los sonidos. Somos predecibles, lo sé: somos hombres. Y de poco nos sirve alimentar la ilusión del secreto. Tú también lo sabes, y por eso te muerdes la lengua cuando quieres ponerme a prueba, para saber qué tanto he aprendido a tu lado.
04.
La estudio, la cultivo, la consiento, la defiendo... con esta lengua que hablo, con esta lengua que aprendí cuando no sabía casi nada, te he dicho lo que siento y, algunas veces, te he dicho lo que no debo. Te he invitado a ver la luna cuando apenas se presiente sobre los cerros orientales: a punto de asomar, tiñe de plata los nubarrones grises que se han quedado sobre la cima como un augurio de las lluvias matinales. Te he preguntado por esos sueños a los que alguna vez quisiste expedirles el certificado de defunción, como si no quedara tanto mundo por recorrer, como si el azar no te hubiera demostrado que está dispuesto a someterse a tu voluntad cuando te plantas con decisión en medio del camino, dispuesta a cerrarle el paso.
Te he pintado paraísos posibles -ese mirador en el que puedes contemplar el mar con los ojos cerrados-, porque sé que unas cuantas palabras valen más que las mil y una imágenes que la prisa y la codicia no permiten ver. Otras veces te he prometido lo que no puedo cumplir: como un niño que no mide el riesgo, que no consulta la realidad, que dice lo que quiere sin saber si puede, porque aborrece los límites, los frenos, las horas en punto, las aduanas, los formularios, las zancadillas. Mis palabras no mienten, pero con frecuencia llegan desde la ilusión. Con ellas, y en la misma lengua, he pedido perdón, consciente, sin embargo, de que hay indulgencias que sólo se consiguen con los hechos: a veces las palabras resultan insuficientes, pero acudo a ellas porque las conozco, porque con ellas empecé a conquistar el mundo cuando apenas me bastaban unas pocas sílabas pronunciadas a media lengua para estar del lado que quería, feliz de ignorar aún que el mundo se extendía más allá de la tapia del jardín.
Con esta lengua que hablo he querido construir párrafos en los que la profundidad no le robe fuerza a la belleza. Algún verso que los enamorados quieran aprender de memoria. Dos o tres párrafos que hagan dudar a los insensatos. He querido contar las andanzas de ese otro que habita en los recovecos de mi cerebro. Recuperar del cajón de los recuerdos algunas escenas de la infancia que amenazan con perderse en el túnel del tiempo. He invertido buena parte de mis ilusiones en el oficio de las palabras para sentirme útil mientras recorro los años que me estén dados. Pero me basta, en realidad, con que esta lengua me permita pronunciar tu nombre hasta el último día. Y recordar tus besos en las últimas noches de mi existencia. Y con ella, húmeda y sensible, rescatar de la memoria todas las pieles que fueron tu piel, para hacer menos dolorosa mi agonía. Entonces cobrará sentido haber cargado con ella tanto tiempo entre la boca.
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