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Las mujeres son nuestras superheroínas, pero en Colombia parece que encontraron algo peor que la kriptonita.

Las cifras de crimen y maltrato son aterradoras. Oficialmente hay más de 1.200 homicidios de mujeres y 16.000 exámenes por delitos sexuales. Solo este año se han practicado 5.385 exámenes a menores de edad. En esta revista estamos comprometidos con extirpar este cáncer, pero para hacerlo es necesario dejarlo en evidencia. Toda esta edición presenta cifras y testimonios del horror. La periodista Jineth Bedoya compartió con nosotros su terrible experiencia y Paola Turbay nos mostró la forma ideal en la que debemos ver a todas las mujeres: como superheroínas.

El pasado 3 de junio, después de 12 años y 9 días, volví a sentirme desnuda y humillada, tal cual lo padecí el 25 de mayo de 2000, luego de ser víctima de una brutal agresión.

Es difícil hablar, y más escribir, de algo tan íntimo y que hace tanto daño. Esa mañana del 3 de junio mi madre y yo teníamos un compromiso con Rosa Elvira Cely y con nuestro pasado. Por eso, tras ubicar -gracias a la Policía- el lugar exacto donde fue atacada, y en un ritual silencioso y extremadamente humano al que nos acompañaron otras mujeres, vaciamos una bolsa llena de pétalos debajo del árbol donde la hallaron moribunda.

Así quedé yo doce años atrás: ultrajada y abandonada a mi suerte; por eso sé perfectamente qué sintió Rosa Elvira. Yo sé de su impotencia y su dolor físico, pero también sé de cómo murió su alma. Yo sé cómo se aferró a la vida para soportar uno y otro golpe y cómo se sintió el ser más sucio, despreciado e indefenso.

Yo sé cómo gritó y maldijo mil veces al malnacido que la violó.

Mientras extendía los pétalos en ese húmedo suelo del Parque Nacional me vi ahí, despojada de todo. Yo logré burlar el llamado de la muerte, Rosa Elvira no. Y mientras recogía mis propios pasos debajo de ese árbol, abrazaba a la valiente madre que tengo y que es una de las miles de madres de este país que han llevado en silencio y con dolor el padecimiento de sus hijas; comprendí una vez más que sobreviví no solo para contar la pesadilla. Ahora hay que trabajar por la no repetición, por la verdad y la justicia de otras.

Mi historia empezó en la sala de redacción del periódico El Espectador, cuando era una joven reportera que investigaba una seguidilla de actos de corrupción. El trabajo, que parecía fácil, terminó con una de las peores agresiones que puede sufrir una mujer. Estaba tras la pista de una red de traficantes de armas que funcionaba en la cárcel La Modelo de Bogotá.

Le había dedicado muchos meses a las entrevistas, a las indagaciones sobre los implicados y la "osadía" ya me había costado, un año atrás, un atentado en el que casi muere mi madre. Pero cuando uno lleva el periodismo tatuado en el alma es imposible desligarse de la realidad y del país, y más si este es Colombia.

Luego de una masacre en la cárcel, en abril de 2000, publiqué varios artículos en los que hablaba sobre lo que se vivía en los pasillos de la prisión y de los negocios ilegales que se levantaron detrás de las rejas.

Las amenazas no se hicieron esperar y los paramilitares, argumentando un derecho a dar su versión sobre lo ocurrido, me citaron para una entrevista. Así llegó el 25 de mayo y mi encuentro con el horror. Un jefe "para", conocido como "el Panadero" (responsable de varias masacres en Barrancabermeja), fue quien pactó el encuentro la noche anterior por medio de su jefe de seguridad.

Todo parecía muy fácil, solo hacer la entrevista en la dirección de la cárcel y ya. Por cosas del destino y de la suerte, mi jefe en ese momento (hoy es el editor general de El Espectador) decidió acompañarme para que todo saliera bien. Solo que no contábamos con la milimétrica acción criminal, que unos poderosos, en los que también había integrantes de la Fuerza Pública, habían planeado para deshacerse de "la periodista incómoda".

Mientras esperaba la boleta de entrada a la prisión y en un lapso de cinco minutos en los que mi compañero me dejó sola, mientras iba por el fotógrafo para la supuesta entrevista, dos personas me abordaron en la puerta de la cárcel y frente a una patrulla de la Policía me secuestraron. La mujer que me habló primero fumaba un cigarrillo y el humo, que cayó en mi cara, me dejó mareada; en cuestión de segundos el otro sujeto, el hombre alto, moreno que hizo y deshizo conmigo horas más tarde, me tenía agarrada por la cintura y con el cañón de una pistola tallándome las costillas.

"Mire para el piso hijueputa, o mato a su amigo", me advertía, mientras yo hacía esfuerzos fallidos por soltarme. Luego entramos a una bodega donde esperaban otros dos hombres que ayudaron a amarrarme y vendarme los ojos. Hasta ese momento, en mi ingenuo análisis de la situación, tal vez como lo hacemos todas las mujeres que vamos a ser violentadas, no cabía en mi intuición la más mínima probabilidad de un abuso. Empezaron mis preguntas de por qué estaba ahí, quién los había enviado, qué querían... y así  mismo empecé a recibir respuestas. La primera fue una bofetada seguida de un "callate perra".

El paso siguiente de mi pesadilla es en la parte trasera de una camioneta, en donde me subieron para luego empezar un viaje, que para ese momento yo creía que no tendría retorno. Quedé en una especie de trance acompañado de unas apremiantes ganas de vomitar, y cuando pedí que se detuvieran para poder hacerlo, efectivamente pararon pero no para auxiliarme. El moreno que me había abordado en la puerta de la cárcel se pasó a la silla de atrás y sin compasión me selló la boca con una cinta aislante, luego vi su zapatilla estrellarse una y otra vez contra mi cara.

Para completar su faena de hombría cargó también, una y otra vez, la pistola nueve milímetros en mi cabeza, como si ya la fuera a accionar... era como una muerte lenta y angustiante. Pero la máxima expresión de su "hombría" aún no había llegado al límite, y rato después, cuando la camioneta paró nuevamente (al parecer en una finca donde había otros hombres vestidos de camuflado y con los rostros cubiertos), vino la sentencia.

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