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Interés DJ

Mi ama me mima: aterradora confesión luego de veinte años de castigos

Por Simon Posada Fotos Sebastián Jaramillo

La historia de la ama Claudia es una película de horror. Su pasión es producir dolor, su fuerte son los latigazos y tiene una lista de más de cien clientes.

En la pantalla del teléfono celular hay un hombre desnudo parado sobre una cama. Su pene está amarrado a una cuerda que pasa por una argolla que cuelga del techo y cae hasta la mano de la ama Claudia, que jala la cuerda y lo amenaza con colgarlo de los testículos. Hay cuatro mujeres más azotándolo alrededor. Una tiene un cuchillo en la mano y le dice que lo va a castrar. El hombre grita, pide misericordia. Todas gritan "capemos a este hijueputa". 

-El juego consiste en que yo contrato a una chica y la visto de colegiala para que "Perrocapado" se la coma. Yo los descubro, finjo sorpresa y digo "¡es un violador, este hijueputa la está violando!". Lo agarro a golpes, llamo a las sumisas y lo colgamos de las pelotas.

La ama Claudia es un ama moderna. Además de su celular con cámara, tiene una filmadora y un computador con Internet. Ese es su nexo con el mundo. A veces usa el traductor de Google para hablar con italianos y franceses. Chatea cinco horas al día, y con música de Abba, Los Terrícolas, Maná y Alci Acosta, insulta y les pone tareas a sus clientes, los sumisos, que deben presentar con pruebas fotográficas.

-Les digo que desfilen con la ropa de su esposa, que se metan un banano y se lo coman, que se tomen fotos desnudos en un parqueadero -dice. Todos deben cumplir estas pruebas, desde los sumisos que visitan la casa un día o un fin de semana, hasta los que deciden vivir una temporada en ella. Estos son conocidos como sumisos 24/7, que están sumergidos en su rol las 24 horas los siete días de la semana. La ama Claudia ha llegado a tener hasta seis en su casa de 72 m2 en el barrio San Fernando de Bogotá.

El lugar tiene una sola planta, cinco cuartos, un patio, una cocina y un baño. La ama Claudia duerme sola en su cama, pero a veces esposa de una pata a uno de los sumisos para que duerma en el piso, y mete a cuatro en la jaula del patio, donde hay varios equipos que le harían agua la boca a un guardia de Guantánamo: cepos, aparatos inmovilizadores, látigos con tiras anchas para no dejar marcas, cadenas, cuerdas, dildos de todos los tamaños, pinzas y jaulas.

Una sesión de sadomasoquismo cuesta $100.000, y con $50.000 más se puede tener sexo. Entre los visitantes habituales de la casa están un sacerdote que le gusta que le digan "perra" y lo flagelen en la espalda; un ministro de una iglesia cristiana que le gusta vestirse de mujer y hacer el aseo de toda la casa; un actor de televisión que tiene el pene pequeño y le gusta que vean cómo crece con la ayuda de una bomba de succión; un veterinario que se baña con boñiga de vacas y caballos que trae de las fincas donde trabaja.

-La mamá lo dejaba solo cuando era pequeño y ahí le cogió gusto. Un día le regalé un pañal de mi nieta -cuenta la ama Claudia. La casa también es visitada por un hombre que en su niñez se metía juguetes en los oídos para no escuchar los gemidos de sus papás. Sólo eyacula si le clavan algo dentro de los oídos.  La ama Claudia habla con la naturalidad de un ama de casa que le hace un resumen detallado del día a su esposo. "'Laura' se masturbó con un tomate y después se lo comió; vino 'Perrarrecha' con un velón grande de iglesia y se lo metió; 'Culichupada' ya casi llega a los mil azotes; 'Erika' limpió mis tacones con la lengua; 'La Vampira' vino por las toallas higiénicas de 'Dayana'; 'Shakira' se inyectó sus hormonas para convertirse en mujer".

"Cholachabuca", "Laura", "Erika", "Perrarrecha" y "La Vampira" no son mujeres. Son hombres con apodos femeninos para destruir sus egos masculinos. Según ella, muchos han sido violados. El doctor Gabriel Jaime Montoya, médico-psiquiatra y sexólogo clínico, dice que no todos los que practican BDSM (Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo) sufrieron abusos, ni son un peligro para la sociedad. Son personas con una sexualidad reservada que hacen sus prácticas en grupos reducidos y con todas las medidas de seguridad necesarias. 

Las reuniones de sadomasoquistas en colombia parecen eventos de boyscouts. La comunidad más grande se agrupa en Mazmorra, una página web (co.mazmorra.net) con 250 miembros.  Hay médicos, funcionarios públicos, estudiantes y profesores de entre veinte y cincuenta años. Todos son abstemios. No hay modelos, fisiculturistas, tatuados de pies a cabeza o enfermos mentales. Esta categoría, para el doctor Montoya, sólo es válida en los casos en que el sadomasoquismo es la única forma de tener sexo.

Si uno pudiera elegir con quién naufragar en una isla desierta, la mejor opción sería con un sadomasoquista. Sus medidas de seguridad son extremas: en sus cursos de bondage y actividades vigilan la presión de los nudos, saben de primeros auxilios y llevan tijeras en el cinturón para liberar a alguien en menos de tres segundos. El doctor Jairo Hernando Vivas, coordinador del grupo de Patología Forense de Medicina Legal, dice que en los últimos años han sido poco frecuentes los casos de muerte relacionados con sadomasoquismo: "Sólo tenemos registro de un caso de asfixiofilia autoerótica con evidencia de ligaduras".

Los grupos sadomasoquistas son tan antiguos como el sexo: flagelaciones en el culto de Artemisa (siglo IX a. C.), azotes en grupo en los poemas de Juvenal y Petronio en Roma, piruetas en el Kamasutra y actos sádicos en la Inquisición. En la literatura, el primer antecedente es la novela inglesa Fanny Hill (1748), de John Cleland, seguida por Justine (1787), del Marqués de Sade y la Historia de O (1954), de Pauline Réage. Las minorías gay de California y Nueva York en la década de 1950 fueron el caldo de cultivo para el crecimiento del BDSM, junto con las películas de Irving Klaw, que mostraba a la increíble Betty Page, con sus tacones y brasieres puntiagudos de charol, azotando nalgas.

La historia de la ama Claudia, por su lado, comienza en 1974, cuando tenía ocho años y su padrastro la golpeaba con una fusta para caballos, mojada para que le doliera más. En los azotes de la ama Claudia muchos sumisos buscan las golpizas de sus papás. Esas experiencias tempranas que se reviven en el sadomasoquismo, según el doctor Montoya, no están relacionadas con sexo necesariamente. Para huir de su padrastro, la ama Claudia se fue a vivir con un hombre cuarenta años mayor. Él le pagó su carrera de filosofía, y allí un compañero le mostró una revista española que tenía los datos de contacto de una escuela sado en Argentina.

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