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En la Amazonía viven los Nukak-Makú, el último pueblo nómada del que se tiene noticia en Colombia. Su número no supera los 500 individuos y ahora tienen que realizar trabajos como "raspachines"

En el corazón de la Amazonía viven los Nukak-Makú , el último pueblo nómada del que se tiene noticia en Colombia. Su número no supera los 500 individuos y ahora, en lugar de caminar por la selva, tienen que realizar trabajos extras como "raspachines" para no ser expulsados de su territorio. Veinticinco años después de su primer contacto con el mundo exterior, las consecuencias del encuentro continúan amenazando su supervivencia.

Por Ricardo Abdahllah - Fotografía Juan Pablo Gutiérrez González

En medio de las selvas que recorren los ríos Guaviare e Inírida -lo que quiere decir en medio de una tierra donde 3.500 milímetros de lluvia anual alimentan árboles de 30 metros de alto-, un mono churuco (un aua para los protagonistas de esta historia, un lagothrix para quienes buscan el nombre científico) escucha las voces de los que parecen ser algunos de los suyos que lo llaman y empieza a acercarse hacia la fuente de los sonidos.

Lo sigue otro y luego otro y así se va formando un grupo que baja despacio por las ramas con esa curiosidad que mata a los gatos y a las personas, y en últimas, a los monos. Lo extraño es que los llamados provengan desde abajo, porque los churucos rara vez bajan al suelo. Cuando el grupo ha comenzado a compactarse, se escucha un silbido y luego decenas de silbidos entre los árboles. En cierta manera los monos saben que han caído en la trampa y comienzan a remontar los troncos aullando, ahora de miedo, algunos tienen mala suerte y caen retorciéndose al suelo luego de ser alcanzados por los dardos.

Si el curaré, el "manyi", no los ha matado, será el golpe al caer desde las copas de los árboles. Uno de los nükak se acerca a una mona que ha caído al suelo, varios miquitos bebés siguen pegados a ella. Media docena de monos han sido atados a troncos o metidos dentro de canastos de palma para transportarlos de regreso al claro donde acampa el resto del grupo. Los monos servirán de comida durante tres días. Los bebés serán adoptados, vivirán con ellos y verán a los hombres llegar a veces con pescados y cestos llenos de "waná", milpeso y otras bayas y a veces monos muertos que los niños ayudan a despellejar y luego cocinan junto a sus madres en hogueras sobre el piso.

Así será hasta la nueva mudanza. El campamento en el que las mujeres y los niños esperan lo que los hombres han cazado y recogido es la reunión de no más de diez abrigos construidos con hojas de palma que los protegen del lado por el que sopla el viento. Tras él, los nükak cuelgan sus chinchorros en grupos de dos, arriba el del hombre, abajo el de la mujer -tres si hay niños-, junto a una fogata que casi siempre se encuentra encendida.

Alrededor de ella se conversa, se preparan las flechas y se aspira el eoro, el polvo que induce visiones. Al cabo de tres meses, cuando haya menos frutas en los árboles y los monos de la zona hayan aprendido que aunque los nükak imiten tan bien el sonido, no hay que confiarse, la "gente de verdad" recogerá sus cerbatanas de dos metros de largo, abandonarán sus refugios y caminarán varios días en la selva antes de volver a establecerse. Lo harán por miles de años sin que nadie sepa que existen.

De ese pueblo que vivía en medio de la selva se hablaba entre los colonos desde los años cincuenta, pero el resto del mundo no supo de ellos hasta mediados de los ochenta, cuando algunos evangelistas norteamericanos, a los que siguió la misión religiosa "Asociación Nuevas Tribus de Colombia", comenzaron a hablar con ellos. Los habitantes de Calamar, una población del Guaviare vieron llegar un grupo de niños y mujeres en abril de 1988.

No llevaban ropas ni zapatos, se pintaban la cara y afeitaban una parte de su cabeza. El descubrimiento "oficial" se anunció meses después: en la Orinoquia colombiana vivía la última tribu nómada del continente americano. Menos evidente fue que si los nükak habían descubierto el mundo de los kawene, los no-nükak, lo hicieron porque en la selva por la que habían deambulado desde siempre, los primeros colonos habían instalado cercas con espinas que les impedían buscar nuevos terrenos.

Los científicos Leslie Wirpsa y Héctor Mondragón estuvieron entre los primeros que se interesaron por el grupo cuya lengua, hasta entonces desconocida e imposible de comprender por otros indígenas de la región, los clasificaron dentro de la familia Makú-puinave. La cifra de unos dos mil habitantes en la época en que el primer grupo llegó a Calamar sigue siendo menos exacta que la de entre 1.000 y 1.300 que, según varios antropólogos que trabajaron en el grupo, estiman como la cantidad de los que murieron en la década siguiente.

Si bien el grupo pionero regresó a la selva, luego de ese primer contacto los nükak aprendieron a ponerse pantalones y camisetas con logos de marcas y descubrieron la propiedad privada, el paludismo y la gripa, tres cosas contra las que la medicina tradicional no podía hacer gran cosa y para las que nunca llegaron nuevos remedios.

Ya en 1993, la Expedición Humana del grupo de genética de la Universidad Javeriana estimaba que 68% de los miembros del grupo con el que habían podido tener contacto , y en el que nadie tenía más de 25 años porque los demás "ya se habían muerto", tenían síntomas de enfermedades respiratorias probablemente asociadas a la tuberculosis. En los años siguientes investigadores como Dany Mahecha, Carlos Franky y Gabriel Cabrera se acercaron a ellos y observaron cómo, tras la desconfianza inicial, los nükak los aceptaban como parte de su familia.

Así se logró describir a una comunidad en la que la idea de "nómada-recolector" es solo la base. Los nükak-makú, por ejemplo, no se desplazan al azar, conocen las rutas y establecen períodos tras los cuales es posible volver a los mismos lugares, tienen relaciones de trueque entre los diferentes grupos que en ocasiones se encuentran para realizar rituales y celebraciones que copiarían las que celebran sus divinidades y los espíritus de sus muertos que conviven con ellos.

La convivencia, la chenjat, que pasa por acompañarse y ayudarse siempre en buenos términos, es uno de los conceptos fundadores de todo su orden social. Carlos Franky evoca en la tesis de doctorado, que escribió luego de más de una década de contactos y largos períodos pasados viviendo con los nükak, que manejan un intrincado sistema de mundos paralelos con percepciones cruzadas. Así, una danta que bebe agua entre el barro será vista en su mundo como una persona que toma jugo de milpeso. Una persona que bebe jugo será vista desde otro mundo como una danta con las patas en el barro y la boca en el agua.

A partir del año 2000, la reducción de los terrenos en los que podían desplazarse para recoger y cazar, obligó a nuevos éxodos y a cambios en los comportamientos en el interior de la comunidad, quienes se establecieron empezaron a comer lo que les llegaba en donaciones y a comprar alimentos en las cabeceras municipales. Si bien desde mediados de los años noventa, el gobierno creó en Tomachipán una reserva para permitir un asentamiento donde vivirían los primeros emigrados, la zona no tenía las mismas características que su territorio original y una década después, cerca de trescientos, entre ellos todos los del grupo Guayari-muno ("la gente del Guayari), se habían establecido en los alrededores de San José del Guaviare.

Mientras tanto, en el Bogotá Fashion de 2003 se presentaba a "Francis Makú", una modelo que se decía descendiente de la etnia y que desapareció de las pasarelas luego de que se revelara que su verdadero nombre era Francy Viviana Buitrago Mendoza y que a pesar de haber vivido en el Guaviare su relación con los nükak, que nunca usan el "Makú" para referirse a ellos mismos, nunca pudo probar su parentesco.

Ante la imposibilidad de cazar o cultivar en la ciudad y con la obligación de conseguir dinero, comenzaron a vender como artesanías sus cerbatanas y sus flautas de hueso y demás cosas que habían utilizado desde siempre. Algunos continuaron viajando hacia el interior del país. Sin ninguna posibilidad de saber lo que sucede con quienes abandonan los territorios asignados, lo más posible es que quienes se han ido se aculturen rápidamente y pierdan su lengua en una o dos generaciones.

Desesperado por lograr el regreso de su pueblo a la selva, en noviembre de 2006, Mao-Be, uno de los líderes de la comunidad, se suicidó con barbasco, el veneno que los nükak-makú utilizan para la pesca.

A quienes habían decidido no desplazarse fuera de las reservas, la llegada de la ganadería, aun en pequeña escala, los dejó sin otra caza que los monos, que se convirtieron en el único alimento que les quedó de su dieta original. Ahora sus campamentos, a pesar de estar a más de doscientos kilómetros de San José, tienden a durar más y con el tiempo a volverse fijos.

En ellos hay botas, jeans, recipientes y bolsas de plástico y por aquí y de vez en cuando algunas de esas canecas de acetona que todos los colombianos asocian con el narcotráfico. En ocasiones puede verse a uno de los niños nükak-makú sumergiendo un bastón para mezclar el contenido.

El trabajo de los nükak en el procesamiento de coca -que parece aún marginal-, es la nueva etapa del rol al que el pueblo nükak- makú se ha visto obligado desde principios de los años dos mil, cuando como condición para autorizarles a vivir, moverse y cazar en su propio territorio, los narcotraficantes asociados a los grupos guerrilleros que controlan la zona, "los nükak-verdes" los llaman ellos por el uniforme camuflado, les obligan a permitir el cultivo de la coca y a prestar su fuerza como raspachines.

Esa fue la razón por la cual el Estado, que a pesar de reivindicar con orgullo el patrimonio genético que representan los nükak, dejó de lado la atención de salud y los programas de protección de su lengua y sus costumbres, volvió a hacer presencia en los territorios nükak-makú, esta vez con lo que los nükak llaman "aviones que pasan por encima botando agua".

El "agua" son los herbicidas utilizados por el gobierno colombiano para destruir los cultivos ilícitos que contaminan lo que queda para la recolección y lo poco que han aprendido a cultivar. De ahí el vómito de los niños, que se ha ido volviendo constante. "La enfermedad más grave que sufren, sin embargo, es el olvido general del Estado y el desplazamiento", dice Albeiro Riaño, el médico designado por la ONIC para ocuparse de la comunidad y que desde años ha convivido con ellos.

Confinados a una fracción del territorio que habitaron históricamente, obligados a trabajar para los cocaleros, diezmados por las enfermedades y viendo cómo, en palabras de Wembe, uno de ellos, "nuestra selva se ha ido convirtiendo en un potrero", unos cuatrocientos nükak habitan el Guaviare colombiano y solo cien en su territorio ancestral.

Son cada vez menos nómadas, pero aún cazan los monos aulladores y aún imitan bien su voz en medio de la selva, donde pudieron vivir tranquilos mientras ningún humano-no-nükak los escuchó.

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