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Los imanes de la seducción

Por: Jaime Andrés Monsalve Fotos: Diego Cadavid

¿Qué es lo que tienen Tania Zuluaga, Catalina Otálvaro y Consuelo Guzmán, que no podemos quitarles los ojos de encima?

Nosotros lo sabemos: ha supuesto un esfuerzo enorme el desprender la mirada de esas piernas, de esos senos y de esos rostros en pos de ubicarla brevemente en estas líneas. No hay de que preocuparse: es el efecto del magnetismo. Las vemos y quisiéramos que anduvieran pegadas de nosotros. Por ahora, ya supone un regalo adicional por parte de esta revista el poderlas adivinar pegadas de la nevera. Nunca fue tan pertinente el sentido de la palabra "atracción" como en este caso. Bastan unas miradas para no olvidarlas. Nosotros le damos los datos adicionales: ellas son Consuelo Guzmán, ex señorita Valle que ha modelado en México y España; Tania Zuluaga, top model de Pereira que ha trabajado en pasarelas y ha sido imagen de una marca de vestidos de baño; y Catalina Otálvaro, nacida en la capital de la salsa pero criada en Medellín, participante de decenas de campañas de jeans y ropa interior.

Hoy, DONJUAN nos ayuda a recordar sus curvas. Mañana recordará sus nombres como los de las nuevas top de Colombia.

¿Qué es lo que tienen ellas que no podemos despegarles la mirada? Ese impulso ha sido llamado de miles de maneras: ninguna metáfora más efectiva que la del magnetismo. Alguno dirá que el epítome de ese efecto es David Bowie, que se casó con una mujer llamada Imán. Lo cierto es que, desde Ulises luchando ante la tentación de las sirenas, se cuentan por miles las historias que nos hablan de esa suerte de hipnosis que lleva a relaciones desatadas, movidas más por el afán que por el reposo.

Entre teorías que hablan de la anatomía perfecta y estudios sobre feromonas que tratan de confirmar si es posible obtener aquel perfume perfecto que todo lo atrae, como el creado por Jean-Baptiste Grenouille en El perfume y que lo llevó a la muerte devorado por la turba enamorada, a los científicos se les ha ido la vida en encontrar qué es lo que determina la imposibilidad de evadir el anzuelo a conciencia. De esa fuerza llamada "magnetismo animal" algo hemos oído. El término fue usado por primera vez por el médico alemán Franz Anton Mesmer en el siglo XVIII, para definir su sistema de curación por medio de imanes. Pasado un tiempo, luego de que Mesmer descubriera que podía llegar a los mismos resultados con las manos, se entendió el magnetismo animal como un poder ejercido sobre el otro por medio de la sugestión. Una atracción irresistible, sin ir más lejos.

Millones de fanáticos de la serie televisiva de culto Seinfeld tienen su propia manera de llamar al magnetismo animal. Kramer, uno de sus personajes, no puede impedir que una novicia de la Iglesia ortodoxa letona decida retirarse de su comunidad, obsesionada por él. Así que acude ante el superior de la orden, quien le da un terrible dictamen: lo suyo es kavorka, la atracción del animal. "Las mujeres corren hacia usted -dice-. Harían cualquier cosa por poseerlo".

Pocos con la suerte de Kramer, quien prefirió desprenderse de esa "maldición" con emplastos de ajo y vinagre que no sólo lograron mantener al margen a las mujeres, sino a todo el mundo. A los que vivimos por fuera de la pantalla chica nos toca afinar nuestros propios mecanismos en pos del magnetismo. ¿Qué nos atrae del otro? La siguiente enumeración no nos será extraña.
 
Imán natural No. 1: La pinta

Para qué mentirnos: es un hecho que la belleza hace más fácil la atracción. Poniéndolo en términos de la física del magnetismo, podría decirse que la cortesana Friné y el efebo Antínoo, dos de los seres más bellos de la Antigüedad, tenían todos los electrodos apuntando a una misma dirección. Las características físicas que han hecho de hombres y mujeres bonitos o feos siempre han dependido de un ideal que varía de acuerdo con las culturas y el tiempo. Clásico es el canon de belleza del escultor griego Policleto, según el cual un cuerpo perfectamente estético es aquel en el que la cabeza corresponde a un séptimo de la estatura total. Euclides fue algo más allá a través del cálculo de una cifra (0,61803) llamada "número áureo", que ayuda a establecer las proporciones perfectas en figuras geométricas y que, aplicado a los seres humanos, ayuda a calcular la relación entre el diámetro de la nariz y la boca, o la del tamaño del cuerpo respecto de la altura del ombligo.

Siglos después, el filósofo Schopenhauer daría un propio y discutible ideario al respecto: "Se toma en cuenta, principalmente, una linda nariz. Una nariz corta y respingada lo arruina todo. [...] Una boca pequeña, con mandíbulas pequeñas, es absolutamente esencial, como rasgo específico del rostro humano, en contraste con los hocicos de los animales. Un mentón retraído, y de alguna forma truncado, es particularmente repugnante. [...] Finalmente, hay que considerar la belleza de los ojos y de la frente".

Por supuesto, sabemos lo relativo del concepto. En poblados de Birmania las mujeres más bellas ostentan un cuello alargado por medio de aros, y nada más seductor para los hombres de Papúa que dos pechos colgando hasta la cintura. De la misma manera en que la hidrocefalia era afrodisíaca dentro de los olmecas, y era feliz el indígena maya a quien le tocara en suertes una mujer bizca. Tal vez por eso es porque, cuestionadas al respecto, nuestras tres modelos dicen tener poco interés en el físico del hombre que las quiere conquistar. Vamos a suponer que eso es cierto, para pasar a otro elemento magnético.
 
Imán natural No. 2: La parla

"Nosotras las mujeres... amamos con los oídos, y ustedes los hombres aman con los ojos, si es que alguna vez aman", dice la duquesa de Monmouth en El retrato de Dorian Gray. Aunque también asumimos esa frase con beneficio de inventario, es cierto que la palabra es la herramienta de la que echamos mano quienes no fuimos tan afortunados como Brad Pitt en la repartición de carrocería y chasis. Tomemos las palabras de la bella Catalina Otálvaro a manera de consejo: "A mí me atraen los hombres que son atentos, que tienen tema de conversación, que me hagan reír y sean pacientes". No es este el lugar -ni éste el escribidor- para dar consejos de conquista. Pero debido al fuerte componente de atracción que supone la labia, para bien nuestro siempre habrá algún Cyrano de Bergerac a quien robarle sus palabras para ponerlas en boca nuestra.

Me explico: si nuestra capacidad de versificar se limita a parear verbos en infinitivo o en gerundio (peor aún: si venimos de la cultura de sacarle rimas a números como el ocho y el trece), para ser irresistibles siempre estará a mano el más cursi de los Nerudas. Y por supuesto, si es de nuestro interés que los polos encajen cuanto antes, también puede apañarse uno de un buen bolero, ese género que en palabras del musicólogo Cristóbal Díaz Ayala, "es culpable de miles de violaciones y raptos".
Hasta ahí lo que buenamente se puede hacer cuando se tiene disposición e inteligencia. Eso no quiere decir que no haya posibilidad de probar otros medios, algo menos ortodoxos.

Las leyes de la física indican que hay imanes por naturaleza, como la magnetita. En otros casos, el hombre se las ha arreglado para imantar metales que no lo son, poniéndolos en contacto con campos magnéticos. Los conocemos como imanes artificiales. Las siguientes categorías obedecen a lo que, en asuntos de relaciones humanas, podría catalogarse como el intento de ser atractivo a toda costa, léase llegar a ser un imán artificial.
 
Imán artificial No. 1: El embrujo

Recurso desesperado en materia de magnetismo es acudir a herramientas esotéricas en busca del objeto deseado. Tristán e Isolda, ópera de Richard Wagner, sitúa en un mismo escenario a dos enemigos, una doncella cuyo prometido ha sido asesinado, y el verdugo de éste, que la lleva secuestrada en un barco para desposarla con su amigo el rey. En busca de muerte y venganza, Isolda tiende una trampa a Tristán y ambos terminan consumiendo lo que se supone es un veneno. Pero el bebedizo resulta ser un filtro de amor y, por supuesto, como en un buen drama wagneriano, sólo el final de sus días podrá conjurar el hechizo. "¡De repente, en nuestros pechos, un placer jubiloso!", cantan a dúo los flechados que segundos atrás se odiaban: "¡Sustraídos al mundo, ganados el uno para el otro! / ¡De lo único que tengo conciencia es del supremo placer del amor!".

Difícil garantizar el éxito de los potajes de amor, método en la mayoría de los casos, cuando no coercitivo, inútil. Probablemente la única posibilidad tangible de que salamientos y hechicerías funcionen será, de nuevo, la sugestión. Lejos de la letra y de la música wagneriana, la ópera bufa El elíxir de amor, de Gaetano Donizetti, narra las peripecias en las que incurre el humilde Nemorino para que su amada Adina beba una pócima que le ha comprado a un mercachifle y que no es sino un mal vino. Para pagar la botella, Nemorino termina alistándose en el ejército, actitud que finalmente la enamora, a pesar de que él les atribuye todo el crédito a los efluvios del producto.

¿Le creemos a Tristán e Isolda y suponemos que los hechizos de amor son ciertos? ¿O será mejor creer que todo es un gran engaño al mejor estilo de El elíxir de amor? "Creo que si uno termina creyéndose que de verdad lo embrujaron, entonces así le va a ir -responde a la pregunta Consuelo Guzmán-. Esa influencia y ese poder de la sugestión es lo que nos diferencia de los animales".
 
Imán artificial No. 2: El poder

Volviendo a El elíxir de amor, en cierto momento de la ópera las mujeres empiezan a lloverle al protagonista. Él está convencido de que es el efecto de la pócima, pues no sabe lo que ellas sí: que acaba de hacerse acreedor de inmensa fortuna por cuenta de una herencia. Nadie lo pudo haber dicho mejor que Serrat: "si acaso le fallara este bebedizo / haga la prueba con materias tangibles: / cubrirla de brillantes o montarle un piso / son buenos ingredientes para infalibles filtros de amor".

El dinero, esa "religión sin ateos" de la que hablaba el pensador Ernesto Esteban Etchenique (alter ego del entrañable Roberto Fontanarrosa), tiene un atractivo que, de lejos, supera a la pinta y a la parla. Tania Zuluaga, otra de las bellas participantes de este especial, es muy racional al respecto: "No tengo ningún problema en enamorarme de alguien sin dinero -asegura-, aunque la situación económica define buena parte de lo que será la vida en pareja". Así que para qué arriesgarse, agregamos nosotros...

El fin último de la posesión material es el poder, y según decía Henry Kissinger, "el poder es el mejor afrodisíaco". La problemática que representa este imán artificial en particular se encuentra, precisamente, en cómo llegar a ser alguien poderoso. Si no se ha heredado, si no proviene del azar o si no se ha transitado por caminos sinuosos para obtenerla, la riqueza supone una difícil obtención.

En este caso, contar con la ayuda de un imán natural es una ventaja. Son incontables las ocasiones en que hombres y mujeres como uno se han vuelto millonarios y poderosos por cuenta de la unión utilitaria, del matrimonio por conveniencia, eso que en algunas regiones es conocido con el nombre de "braguetazo". Terminación despectiva para la encomiable tarea de hacer feliz a una viuda, dirán los gigolós del mundo entero.
 
    * * * * *
 En esto de las relaciones humanas todo lo sólido se desvanece en el aire. Basta solo agregar que ninguno de los anteriores imanes es infalible, y que las posibilidades de que la conquista termine en polvorín son infinitas, sobre todo, diría la Doctora Corazón, si el nivel de magnetismo en las dos personas es igual. Ante ello, poco más por decir como no sea citar de nuevo a Schopenhauer. "Para que haya lugar a una atracción verdaderamente apasionada -dijo el filósofo-, se requiere algo que sólo puede ser expresado con una metáfora química: las dos personas tienen que neutralizarse entre sí, tal como el ácido y el álcali en una sal neutra".

Por ahora, un buen primer paso es ensayar el magnetismo de estos tres regalos. De seguro que ningún hombre ha sacado el queso de la nevera con la misma alegría que hoy.