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Interés DJ

La sangrienta historia de la calibre 38

Por Fabián Mauricio Martínez González - Fotografía: Sebastián Jaramillo

La verdadera guerra está en las ciudades. El año pasado hubo 15.912 homicidios y solo en Bogotá el 66% de esas muertes fueron perpetradas con este revólver: la calibre 38.

Las cifras más terribles de violencia en Colombia no se esconden en las motosierras de los ex paramilitares ni en las minas antipersona que instala la guerrilla. La verdadera guerra está en las ciudades. El año pasado hubo 15.912 homicidios y solo en Bogotá el 66% de esas muertes fueron perpetradas con este revólver: la calibre 38. Esta es su sangrienta historia.

Por Fabián Mauricio Martínez González - Fotografía: Sebastián Jaramillo

PRIMER BALAZO

Ciudad Bolívar es una ciudad dentro de Bogotá. Una localidad inmensa construida sobre los cerros surorientales en la que viven cerca de 700.000 personas y conocida por ser la más violenta de la ciudad. El Hospital Vista Hermosa queda en Ciudad Bolívar y muy poca gente sabe su nombre. Lo llaman simplemente el Hospital Ciudad Bolívar. El sábado por la noche, en el CAMI Manuela Beltrán, uno de los Centros de Atención Médica Inmediata del Hospital Vista Hermosa, Claudia Quintero, médica general de la Universidad de La Sabana, tuvo que recibir, una vez más, a un herido de bala.

Carlos Quiroga*, un joven de diecisiete años, estaba en una fiesta. Bebió aguardiente, fumó marihuana y observó a las chicas que bailaban reggaetón en el centro de la sala. El asesino de Carlos estaba obsesionado con cuidar a su novia hasta de las miradas de los demás hombres y no soportó que Carlos pusiera los ojos en su novia.

-Yo se la canté muy clarito -le dijo el asesino a Quiroga, antes de dispararle a quemarropa tres tiros con su revólver .38 especial.

Quiroga* fue llevado por sus amigos al CAMI Manuela Beltrán, mientras sangraba por el hombro, la pierna y junto al ombligo, en un lugar que la doctora Quintero describió como el flanco derecho. La médica le tomó el pulso, lo llamó por su nombre, le oprimió con su puño el esternón y el muchacho no reaccionó.

Entonces, la doctora Quintero observó que las encías de Carlos se encontraban secas, y su piel estaba extremadamente pálida. El paciente presentaba un shock hipovolémico: Carlos se desangraba y había que estabilizarlo cuanto antes.

La doctora Quintero tomó los brazos de Carlos y a la altura de  la vena humeral, los canalizó con dos agujas. Inyectó suero buscando estabilizar el volumen de sangre que se había perdido. Tenía que trasladarlo a un nivel de atención mayor. Quiroga fue llevado al Hospital de Meissen  y mientras la ambulancia atravesaba las calles del sur de Bogotá, ella acompañaba al paciente con una dedicación a prueba de balas.

Carlos Quiroga ingresó al hospital y fue llevado a cirugía inmediatamente, pero murió en plena operación. Una de las balas del revólver había destruido su arteria femoral y no hubo mucho que hacer.

SEGUNDO BALAZO

El cuerpo de Carlos Quiroga fue abaleado tres veces a quemarropa. Los disparos del hombro y la pierna no lo mataron, el que le propinaron junto al ombligo, sí. La bala perforó la piel y el impacto del proyectil comprometió la arteria iliaca y la femoral.

En su viaje por el abdomen, la bala, a causa de la velocidad y el calor, quemó algunos tejidos y afectó la arteria iliaca, para luego romper directamente la femoral. La ropa y la piel de Quiroga contenían residuos del disparo. A consecuencia del fogonazo y del ahumamiento producido por él, los granos de pólvora quemada se acumularon en la periferia del orificio de entrada.

Un médico patólogo como Héctor Gómez Montero*, del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, reconoce de un vistazo esta marca indeleble y sabe en el acto que la víctima fue asesinada a quemarropa.

TERCER BALAZO

A pesar de que el conflicto armado ha producido millares de muertos en la historia de Colombia, pese a que la guerrilla y el ejército colombiano estén armados hasta los dientes y cientos de kilómetros de zonas rurales estén sembradas de minas antipersona, lo que produce más muertos en nuestro país no tiene que ver con guerrilla ni con paramilitares. Basta mirar las cifras.

Según el Grupo Centro de Referencia Nacional sobre Violencia del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, las minas antipersona cobraron en Colombia en el año 2009, 320 víctimas. Ese año las víctimas por homicidio fueron 17.717, lo que equivale a decir que las minas antipersona, a pesar de su terrible fama, sólo produjeron 1.85% del total de las muertes violentas en el país. El año pasado las cifras fueron similares: del total de 15.912 muertes por homicidio, sólo 388 de ellas son atribuidas a las minas antipersona y otra clase de explosivos.

Según Forensis, publicación anual del Instituto Nacional de Medicina Legal, no es el fusil Galil del Ejército Nacional, originario de Israel y patentado recientemente por Colombia, ni el fusil AK-47 de las Farc, originario de Rusia y patentado recientemente por Venezuela, las armas que más matan en territorio colombiano. La delincuencia común, las guerras entre bandas, el hurto, la extorsión, el fleteo y toda clase de delitos urbanos, son los hechos delictivos que ocasionan el mayor número de homicidios en Colombia.

CUARTO BALAZO

Jorge Pachón* es técnico forense y director de Balística de Medicina Legal Bogotá. Viste una bata blanca, lleva el corte a ras del cráneo y una mirada tranquila que no aparta en ningún momento de su interlocutor. Pachón* ha trabajado 22 años en Medicina Legal, es un hombre curtido en análisis balístico y las dos décadas en su oficio lo llevan a afirmar que el asunto de las armas es también algo generacional.

En la década de 1980 era común que los sicarios del Cartel de Medellín ejecutaran sus trabajos con la subametralladora mini uzi. La mini uzi de calibre 9 mm y de origen israelí fue patentada por Estados Unidos en aquella época. Pablo Escobar Gaviria compró un arsenal de mini uzis y armó a su ejército personal con ellas. Por aquellos años, los sicarios ponían la subametralladora en modo ráfaga y llenaban de balas a sus víctimas, dibujando una cruz mientras disparaban.

Cuando el Cartel de Cali hizo tratos con la mafia mexicana, el tráfico interno de armas aumentó considerablemente. Los hermanos Rodríguez Orejuela necesitaban ampliar sus cordones de seguridad y pactaron transacciones multimillonarias con los capos mexicanos. Intercambiaron cocaína colombiana por armas producidas en Estados Unidos y compradas por los mexicanos.

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