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La femme fatale es tan antigua como el hombre. El escritor español Ricardo Menéndez Salmón traza un recorrido por estas musas prohibidas desde la Helena, de Homero, hasta la Glenda, de Rita Hayworth

La femme fatale es tan antigua como el hombre. El escritor español Ricardo Menéndez Salmón -autor de best sellers como La ofensa y El corrector-, traza un recorrido por estas musas prohibidas desde la Helena, de Homero, hasta la Glenda, de Rita Hayworth, y en un ataque genial llega a una conclusión delirante para salvarnos de los peligros de mujeres como la espectacular Laura Acuña.

Por Ricardo Menéndez Salmón - Fotografía: Raúl Higuera

Dentro del muy rico, variado y longevo imaginario de Occidente, la mujer ha merecido desde muy pronto, ya en los textos seminales de la cultura, una consideración peyorativa. No parece necesario hacer hincapié en los textos sagrados, con Eva a la cabeza de los principios negativos que rigen el mundo, mujer que con su actitud destruye el orden edénico y precipita a su compañero y con él a todos nosotros hacia un mundo de esfuerzo y dolor que aún hoy padecemos.

- Galería de fotos: Laura Acuña

La Caída es un derrumbe que lleva el signo de la feminidad entre sus escombros. La fruta prohibida luce un mordisco de mujer en su carne apetitosa pero putrefacta. La ideología masculina que hace de la imagen de la mujer un elemento de desorden amanece muy pronto, y lo hace siempre en sus aspectos ejemplarizantes. Es sabido que educar en el miedo es una escuela que genera amplios réditos.

- Video: Detrás de cámara sesión de fotos con Laura Acuña

Claro que los textos profanos no resultan menos explícitos. Basta pensar en algunas de las protagonistas que vertebran la identidad del pueblo griego, nuestro ancestro más señalado en muchos aspectos, para degustar las hieles de la discordia. Es una mujer, Helena, quien con su belleza desencadena las guerras cantadas por Homero.

Los rapsodas han pasado de puntillas sobre la ardiente voluntad de Paris, el ladrón de hermosura, o sobre las culpas del marido celoso, el cornudo Menelao, para cargar las tintas del agravio sobre esa princesa raptada, cuya peripecia entre dos mundos, el aqueo y el troyano, precipita matanzas innumerables, desgracias sin nombre y todo tipo de cataclismos. La belleza se orienta desde sus albores como fatalidad.

Y qué decir de Circe, la maga y bruja, en cuyas redes uno de los caudillos de Ilíada, el astuto y muy moderno Ulises, cae de regreso a su morigerada Ítaca. Circe es la envenenadora caprichosa que, por amor a un hombre, convierte en cerdos a los héroes griegos y los arroja a un destino de bestias. La hechicería también desde muy pronto es adscrita al pellejo de las mujeres. El contacto de la hembra con los arcanos oscuros resulta casi una petición de principio. La presciencia es una facultad eminentemente femenina. No hay bolas mágicas en manos varoniles.

O qué añadir que no se haya dicho ya de las Sirenas, esas arrebatadoras fuerzas que con su canto enloquecen a los hombres, transforman su razón en delirio y barren cualquier esperanza de cordura. Cuerpos ambiguos, que pertenecen al mar y a la tierra, en posesión de poderes inescrutables, pero en todo caso objetos de perdición mediante el simple expediente de emplear su voz. No conviene prestar oído a los cantos de mujeres: los trenos fúnebres, las palinodias de amor, las más inocentes melodías pueden llevar en su interior un mensaje de debacle.

Pensemos por último, para no abandonar el mundo clásico, en el teatro de Sófocles, Eurípides y Esquilo, ese recipiente del que los griegos se sirvieron para educar, disciplinar y conmover, y en el que Medea cierra con nota insuperable este repóquer de presencias violentas, confabuladas para domesticar, transformar y, en definitiva, destruir a los hombres. Ninguna heroína de la Antigüedad supera a la sacerdotisa de Hécate en malignidad. Ella es la mujer capaz de cometer, por despecho, el crimen por antonomasia: matar a sus propios hijos.

Mujeres que desobedecen a los dioses, mujeres cuya belleza trastorna a los hombres, mujeres capaces de mutar la humanidad en animalidad, mujeres que con sólo abrir la boca perturban los sentidos, mujeres caníbales de la sangre de su sangre. En una palabra: mujeres fatales.

Cambian los tiempos y las artes, pero no cambian las enseñanzas. Estas ancianitas perversas han sido fecundas en descendencia. Tengo ante mis ojos, mientras redacto estas líneas, dos pinturas de finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte. Las escojo porque son muy distintas en forma, en talento y en el punto de vista que adoptan, pero porque ambas siguen contando la vieja historia de la mujer perversa.

En la primera, fechada en 1898 y titulada La tentación de san Antonio, un pintor menor, Lovis Corinth, retrata al probo asceta rodeado por un montón de hermosas criaturas. Veladas o desnudas, rubias o morenas, delgadas o generosas en carnes, todas intentan acercarse al hombre que se mesa los cabellos con un mensaje en sus labios: tócame y arderás en los placeres del infierno. La mediocridad de la pintura no resta potencia al mensaje que traslada: estas ménades amenazan devorar algo más que los genitales del buen Antonio.

La segunda pintura es muy bella. Fechada en 1905 y realizada por Albert von Keller, Baronesa B. muestra a una mujer tendida en compañía de la que parece ser su hija. La soledad que rodea a la mujer, y el hecho de que esté acompañada por una niña, no nos deben engañar. Esta baronesa parece infinitamente más peligrosa que la caterva de mujeres que rodean al santo. Una noche en ese lecho, junto a las pieles que lo rodean, las gasas sugerentes y la boca lasciva de la modelo, hace palidecer las desventuras del joven Harker con las fámulas del conde Vlad en Transilvania.

En silencio, con el simple mohín de sus labios entreabiertos, la baronesa nos promete toda la desdicha que encierra un cuerpo bello. Que pose con su hija sólo acrecienta la estatura del entuerto. Al fin y al cabo, dentro de unos años esa niña nos prometerá un torrente parecido de desgracias.

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