Por Javier Martinez Fotos: Archivo particular
Rafael Nadal es un ídolo en crisis. Pero todo se ve minimizado cuando se sabe que es capaz de ver seis veces el musical Mamma Mia y le pide permiso a sus papas para salir de noche.
Rafael Nadal es un ídolo en crisis, su caída en Rollang Garros y la lesión que sufrió en las rodillas se convirtieron en titulares amarillistas de primera página en medio mundo, pero todo eso se ve minimizado cuando se sabe que es capaz de ver seis veces el musical Mamma Mia y todavía con varios millones de euros en su cuenta de ahorros, le pide permiso a sus papas para salir de noche. Esta es la otra cara del campeón español.
Aquella mañana del Día de los Trabajadores, el 1 de mayo de 2005, el chico apareció en el aeropuerto de Palma de Mallorca acompañado de sus padres, Sebastián y Ana María, que lo despidieron antes de las siete. Tomamos juntos el vuelo 6006 de Air Europa que hizo escala en Barcelona antes de emprender rumbo definitivo hacia Roma. Rafael Nadal ya había ganado esa temporada en Monte Carlo, el Conde de Godó, Costa do Sauipe y Acapulco. Y se impondría también en el Foro Itálico. "No hablo mucho porque estoy KO", se excusó recién llegado. El desayuno, batido de chocolate y una napolitana, apenas pudo reponerlo de la larga noche pasada en Porto Cristo, coqueta localidad próxima a Palma donde apuró en la segunda residencia familiar las últimas horas de unas jornadas de descanso.
Ya entonces, aún con 18 años, contaba con multitud de admiradores. "No me lo estreséis", lo defendía una cajera de la tienda del aeropuerto en la que compró una botella de agua de litro y dos paquetes de galletas de chocolate, vituallas para el viaje que realizó dormido, ajeno a las miradas voraces de la tripulación. Firma aquí y allá. Nunca niega un autógrafo. Tampoco ahora, ya historia viva de este deporte. Lo recuerdo la temporada pasada en Hamburgo. Mientras muchas estrellas de la raqueta escapaban con airado rechazo a las demandas de los niños, Nadal se detenía para atender uno por uno a quienes reclamaban su codiciada caligrafía.
Ha metabolizado muy bien el éxito. El muchachito con el que conversé por primera vez cuando irrumpió en el circuito y asustó a tenistas consagrados, el joven con el que pasé toda una jornada en Roma, hace cuatro años, y el que me encontré en el Hotel St. Regis de la Quinta Avenida, en Nueva York, y meses más tarde en Londres, vienen a ser bastante parecidos, la misma esencia, con lógicas modificaciones. Son muchas temporadas en la competición, en las que he tenido la fortuna de ser testigo cercano de sus éxitos y, también, de algunos de sus fracasos. Y de la serenidad con que sabe enfrentarse a ellos. Es multimillonario, pero aún pide permiso cuando quiere llegar tarde a casa.
El segundo mejor tenista del mundo, el referente deportivo y modelo de conducta para los jóvenes de medio mundo, el cuatro veces campeón de Roland Garros, vencedor también en Wimbledon y el Abierto de Australia, gasta maneras humildes, tan ciertas como esa aureola de guerrero indestructible que ha construido desde que en 2001 iniciara una vertiginosa carrera profesional. Rafael Nadal, que acaba de despedir exhausto la temporada en el Masters de Londres, reside en Manacor, la pequeña localidad mallorquina en la que nació hace 23 años. "Vivir en un pueblo como éste hace que tengas una relación más estrecha tanto con tu familia como con tus amigos. En cinco minutos caminando puedo encontrarme con ellos; en un par de horas puedo organizar una cena con mi gente", me explicó un día antes de su encuentro contra Del Potro en las semifinales del Abierto de Estados Unidos.
Rafa anda algo receloso con la prensa, los medios más ligeros no dudan en perseguirlo en los pocos días de asueto que se concede al lado de Xisca, su novia desde la adolescencia, o en indagar sobre la separación de sus progenitores, un asunto que lo mantuvo bastante decaído en el corazón de la temporada tenística. "Hay que andarse con mucho cuidado, porque siempre se valoran más los aspectos negativos de las cosas", argumenta, antes de reflexionar sobre esa crisis que lo desplazó de la primera plaza del ranking mundial defendida durante 46 semanas, desde el 18 de agosto de 2008 hasta que Roger Federer ganó el pasado 5 de julio su sexta corona en Wimbledon. La tendinitis crónica que padece en ambas rodillas lo dejó en el arcén tras perder ante Soderling en los octavos de Roland Garros hasta su reaparición en agosto en el Masters 1.000 de Montreal.
"Siempre he sido fuerte y sé que hay momentos en la vida en los que no todo viene rodado y hay que aceptarlo. Cuando te toca estar lesionado en uno de los tramos más importantes del año, tienes que estar mal. Cuando se separan tus padres, se trata, como es lógico, de un cambio importante en tu vida, y es normal estar mal. Hay que asumirlo y a partir de ahí mirar en positivo. Para nada me puedo considerar un desgraciado en la vida por estas cosas. La realidad es que tengo 23 años, he podido trabajar en lo que me gusta, que es jugar al tenis, y además tengo éxito en lo que hago".
Ganador de 36 títulos, seis de ellos del Grand Slam y 15 de ellos Masters Series, dos veces campeón de la Copa Davis, en la que amenazó todos los récords de precocidad con su protagonismo en la final de 2004, con el triunfo frente a Andy Roddick en la final de Sevilla, Nadal es un auténtico ganador. No posee las cualidades tenísticas de Roger Federer, con quien mantiene una apasionante rivalidad, ni tal vez siquiera de algunos de los que le siguen entre los jerarcas de la raqueta, pero sí la determinación, la fortaleza mental y el poderío físico para afrontar cualquier desafío.
"Hubiera triunfado también en caso de ser otra la llamada del destino, porque hace de su profesión una forma de respirar, una manera de vivir", asegura José Perlas, el entrenador que llevó a Carlos Moyá y a Albert Costa al triunfo en Roland Garros, y que le dio la alternativa en la Copa Davis. "En su debut, con tan sólo 18 años, se adelantaba pronto a las situaciones, siempre atento a cuanto lo rodeaba. Ha nacido para triunfar y ha crecido entre gente de bien, llana, directa, deportista, ganadora, con los rasgos más hermosos de la identidad rural".
Sobrino de Miguel Ángel Nadal, el futbolista internacional que hizo carrera en el FC Barcelona, sigue desde niño las directrices de su tío Toni, hermano del célebre central. Toni Nadal es una figura medular en la progresión de Rafael Nadal, un personaje que ha derribado las fronteras de su tarea como técnico hasta convertirse en una especie de gurú, en un hombre reclamado en distintas empresas y actividades completamente alejadas del deporte para desempeñar labores de estímulo y metodología en la búsqueda del éxito.
"A todos nos importa ganar; después, cada uno elige el camino para lograrlo", me cuenta este mallorquín que hizo sus modestos pinitos como jugador antes de emprender las carreras de Derecho e Historia, de las que acabó por apartarle su dedicación al tenis desde la banda. "Además de disponer de una habilidad natural para esto, tiene una gran predisposición. Desde niño, siempre supo que cada entrenamiento tenía un valor, que cada bola que golpeaba era importante", explica sobre su pupilo.
Toni trata de hacer triunfar al muchacho sencillo y algo tímido, al chaval que disfruta con la pesca, el golf y los amigos de toda la vida, de las relaciones que había hecho cuando todavía no era nadie, frente al ídolo de masas, el triunfador que el pasado año mereció el prestigioso Premio Príncipe de Asturias del Deporte. "Desde pequeño ha tenido una educación normal, como las de antes, conoce unas normas que debe respetar. Vencer resultará más fácil si es una persona educada y normal".
"Toni es una persona crítica, que te hace tener los pies pegados al suelo. Dice cosas diferentes a la mayoría. Desde pequeño me ha tirado muchas veces hacia abajo, lo que te hace creerte menos de lo que eres", reconoce Rafael Nadal. Cuartofinalista en Montreal y semifinalista en Cincinnati después de casi tres meses lejos de las canchas, el mejor deportista español de todos los tiempos aguardaba la penúltima ronda del US Open. Nadal llegó a Nueva York entre algodones, víctima esta vez de una microrrotura abdominal que volvería a interrumpir el normal desarrollo de su calendario una vez concluido el último major del curso.
Obligado a convivir con reiteradas lesiones, consecuencia de un estilo extraordinariamente físico, tiene una gran capacidad para soportar el dolor. Profesionales que lo conocen muy bien, aseguran que con muchos menos padecimientos que él, la mayoría de los tenistas no saltarían a la cancha. Es otra de las características que ha hecho de él un deportista modelo. La imagen de marcas como Nike, Kia, Cola-Cao, Time Force, L'Oréal, Babolat y Banesto se encuentra muy próxima a su legión de seguidores.
Ha ingresado más de 27 millones de dólares en premios, a los que hay que unir el inconfesable botín de la publicidad, casi siempre cerca de 70% en las cuentas de un deportista de élite. A diferencia de muchos de sus colegas, mantiene la residencia fiscal en España, bien cuidadas sus cuentas a través de fundaciones e instituciones deportivas que además de transmitir una estampa solidaria y comprometida le permiten desgravar en sus responsabilidades tributarias.
El chaval espontáneo y transparente de años atrás ha ido dando paso a un joven pulido por el reducido equipo que lo cuida con mimo. Hace tiempo que dejó los pantalones piratas y las camisetas sin mangas para lucir un atuendo algo más severo, con polos y bermudas. Lleva el pelo más corto que antaño. Benito Pérez Barbadillo, quien también trabaja junto con Novak Djokovic y lo hizo al lado de Juan Martín del Potro, colabora en la construcción de algunos de los mensajes que ha de transmitir. En Nueva York vio, por sexta vez, el musical Mamma mia, y también acudió a la representación de El fantasma de la ópera. Y en Palma de Mallorca fue a un concierto de ópera del tenor Plácido Domingo.
Ese discurso no es circunstancial. Conviene que cale en los medios la estampa de un joven con inquietudes que van más allá del tenis, preocupado por los problemas que asaltan a los ciudadanos de a pie. "Claro que me afecta la crisis", me dice. "Uno tiene el dinero metido en un banco, inversiones. Que la sufra en distinta medida, es posible, pero si no sufres tú, sufre el de al lado. Al final, siempre tienes amigos sin trabajo, familiares que están padeciendo en sus empresas, gente cercana que no puede pagar la hipoteca. Y, personalmente, he perdido exhibiciones que jugar. También hay torneos que han reducido los premios y eventos que no se han organizado".
Si en Nueva York puede permitirse pasear en bicicleta por Central Park, otras ciudades, como Londres, no le permiten demasiadas salidas. Vive cerca de Wimbledon, en una casa que alquila cada año, y se conforma con acudir a cenar regularmente al restaurante español El cambio de tercio. Come mucho y sin demasiada metodicidad. Le gusta todo. En París suele acudir a Napolitano para disfrutar de la comida italiana. Y en Shanghái no le hace ascos a la comida china: el arroz frito forma parte de sus fundamentos gastronómicos, esté donde esté.
Turismo, el justo. Su popularidad dificulta cualquier exhibición pública. Cada vez se le ve menos por los Campos Elíseos, que solía frecuentar en sus primeros viajes a la capital francesa. El tiempo libre prefiere dedicarlo al golf, "un deporte sin riesgo que ayuda a la relajación", según sus propias palabras. Juega esté donde esté. La pasada primavera, en el Masters 1.000 de Indian Wells, tuvo el privilegio de hacerlo junto con Fred Couples, que lo invitó al campo de Madison. También disfruta frecuentemente con Sergio García y es muy amigo de otro jugador español, Gonzalo Fernández Castaño. En el US Open dispone del privilegio de practicar en Deep Dale, un club reservado a los elegidos. Tiene hándicap siete. El poco tiempo que puede estar cerca de casa se desplaza al club de Pula, localidad cercana a Manacor, donde tiene oportunidad de jugar con familiares y amigos. La pesca, todo lo relacionado con el mar, es otra de sus aficiones. En Melbourne suele visitar el acuario.
En Londres, donde volvió a disfrutar del cariño del público, prefiere no moverse demasiado, porque considera que es una ciudad incómoda para transitar. Su discreto nivel en el Masters ha dado lugar a un debate sobre su actual estado de forma. La hercúlea figura de que ha venido haciendo gala en los últimos años parece haber dado paso a un cuerpo más ligero, algo que niega reiteradamente. "Llevo pesando entre 85 y 86 kilos desde 2005. No he adelgazado. Tal vez sea el nuevo look", me explica en la capital británica. Las razones de esta supuesta pérdida de masa muscular estarían en la protección de las articulaciones, en especial de unas rodillas severamente castigadas. Algunos medios han aprovechado para arrojar cizaña sobre una carrera intachable y especular sobre la posibilidad de que hubiera consumido sustancias dopantes, una acusación insinuada por el rotativo italiano La Stampa sin fundamento alguno.
Los gritos de "Come on Rafa" y "Vamos, Rafa", el empuje llegado desde la grada del gigantesco O2 londinense, un reciente escenario que pretende convertirse en poco tiempo en el Madison Square Garden europeo, fue continuo a lo largo de toda la semana. Como queda de manifiesto en cada una de sus visitas a Wimbledon, Nadal es también un ídolo en el Reino Unido. Las 17.500 localidades se agotaron para sus tres partidos.
En una vida que merece las atenciones microscópicas de cada uno de sus actos desde que salta a la pista, es curiosa la colección de rituales con los que se maneja. Esporádicamente, apunta algunas notas, indescifrables para los demás, en el dorso de sus manos. "Son palabras que me ayudan, pero eso me lo guardo para mí", comenta. Lo hizo el 15 de marzo de 2008, durante el partido de segunda ronda de Indian Wells contra Santiago Giraldo, en el mismo escenario donde un año antes conquistaba el decimoctavo título de su carrera, el primero tras nueve meses de sequía. En su mano izquierda aparecían escritas tres palabras en rotulador negro. Dos días más tarde venció al estadounidense Donald Young. Aquella vez eran cuatro las palabras inscritas en su zurda. "Son cosillas que se apunta él, sin la menor importancia, cuatro tonterías para acordarse de algunas cosas. Más bien de orden psicológico", dice Francis Roig, que lo acompaña a algunos torneos en ausencia de Toni Nadal.
"Cada jugador, conociéndose y detectando el punto débil que le genera ansiedad busca una estrategia para combatirla. Hay un abanico infinito de posibilidades: la respiración, el contacto con las sensaciones internas, la apelación a frases de refuerzo positivo", explica Ana Puente, especialista en Psicología Deportiva. Otras de sus manías son más visibles para el público. Se toca los calzoncillos, los calcetines, pide la toalla por un lado concreto, coloca dos botellas de agua siempre de la misma forma y bebe con idéntica rutina de una y otra, al salir de los cambios no pisa una serie de líneas de la cancha, trata de llegar a la silla antes que su rival. Su colosal resistencia en situaciones adversas lo ha dotado de un gran poder de intimidación. "La resolución favorable de momentos críticos le proporciona puntos por adelantado en otros partidos. Los jugadores que lo ven por televisión tienen muy presentes estas reacciones cuando se miden con él", comenta Perlas.
Ya piensa en el próximo año. No tendrá vacaciones. Trabajará durante todo diciembre en Manacor para defender a finales de enero 2.000 puntos en el Abierto de Australia. "Debo mejorar el servicio y mostrarme más agresivo. Recuperar la confianza perdida con mi derecha. El problema que estoy teniendo es la falta de seguridad en mí mismo, que me afecta fundamentalmente en los momentos cruciales de los partidos", me cuenta tras caer contra Novak Djokovic en el último encuentro del Masters, donde también perdió con Soderling y Davydenko. "Rafa siempre es Rafa y estoy seguro que volverá a su máximo nivel", me dijo Fernando Verdasco antes de jugar la final de la Copa Davis ante República Checa.
Y no se equivocaba. Un lustro después de impresionar al mundo con su victoria ante Roddick y el consiguiente triunfo ante Estados Unidos en la final de Sevilla, Nadal lideró al equipo español que ganó sus cinco partidos en Barcelona, sobre su escenario favorito: el polvo de ladrillo. Es su segunda Ensaladera, la cuarta para España, un país en el que el tenis, con gran tradición desde los tiempos de Manolo Santana, es definitivamente un deporte de masas gracias a la magnitud de su raqueta.
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