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La historia de Yuri Alvear y las empanadas que vendió para llegar al bronce Olímpico

Por Lisandro Rengifo

Era común ver a la judoca Yuri Alvear, acompañada de sus padres Arnoby y Miriam, caminando de casa en casa para vender empanadas y así reunir el dinero para viajar a las competencias.

Algunas veces el sacrificio llega hasta el punto de las lágrimas, y no precisamente por la emoción de un triunfo o la de una derrota. En Jamundí, Valle del Cauca, era común ver a la judoca Yuri Alvear, acompañada de sus padres Arnoby y Miriam, caminando de casa en casa para vender empanadas y así reunir el dinero para viajar a las competencias. Él se ganaba la vida en la construcción y ella lavando y planchando la ropa en casas de familia, mientras Yuri y su hermano Harby iban a la escuela.

Yuri no estaba sola en sus esfuerzos, y el paseo con las empanadas ya era tan agotador que una vez se sentaron a pensar con las otras judocas y decidieron hacer bazares y rifas para juntar recursos, pero a veces ni siquiera eso servía.

En una ocasión, la obsesión de Yuri era ir a competir a Buenos Aires (Argentina), pero esa vez ni las rifas, ni el bingo ni la venta de empanadas le dieron el dinero suficiente para coger el avión y se quedó.

-Lloró hasta más no poder. Es la vez que más triste la he visto -recuerda su mamá.

Fue tan fuerte el golpe de no acompañar a la delegación colombiana, que Alvear, hoy medalla de bronce colombiana en los 70 kilos en Londres, pensó en alejarse de su deporte. Esa decisión hubiera sido un desastre para el deporte nacional. Yuri es, por mucho, la mejor judoca de Colombia.

"No fue fácil. Me dio mucha tristeza. Una vez estaba en mi cuarto, encerrada, sin hablarle a nadie y decidí no volver a entrenar. Pero cuando regresaron mis compañeras del viaje me convencieron", dijo Alvear, con una voz ronca y cambiando de casete, porque siempre que se le pregunta algo utiliza las mismas frases de cajón: "Gracias a Dios. Nos estamos preparando y vamos día a día".

Ese plural mayestático que ella aplica con modestia para referirse a ella y sus compañeros es justamente eso, modestia, porque está claro que en su disciplina Yuri no tiene rival en el país y eso tiene tanto de halagador como de problemático, porque no cuenta con una contendiente que le dé la talla para poder entrenar frecuentemente con ella. El entrenador de la selección colombiana de judo, el japonés Nuriyoki Hayakawa, le dedica una parte importante de su tiempo, sin descuidar al resto del equipo. Pero su dedicación y talento han dado sus frutos, porque la Federación Colombiana de Judo decidió enviarla a Japón el primer semestre de este año para que entrenara con los mejores en la cuna de su disciplina.

Yuri llegó al deporte por accidente. En el Liceo Técnico Comercial de su Jamundí se destacó más por los montajes de los bailes de salsa, que por otra cosa. Experta en "azotar baldosa", en su casa dicen que el país se privó de ver a una excelente exponente de la salsa, pero ganó una gran campeona, una judoca que saltó a la fama con el oro en el Mundial de Holanda en el 2009 en la categoría de los 70 kilos.

Desde entonces ha confirmado su talento las veces que se colgó el oro en los Juegos Suramericanos-2010, en la Copa Mundo de Miami y los bronces en Brasil y Australia el año pasado. Como preparación a los Olímpicos, en esta temporada, Alvear ha ganado los bronces en la Copa Mundo de Polonia y Hungría. Y aparte de eso, también se especializó en cocinar un excelente sancocho valluno, "como para chuparse los dedos", como dice su mamá.

Por Lisandro Rengifo

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