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Este artículo es un viaje por los recovecos más inesperados de los ilustres antepasados de la tanga brasileña. Bienvenidos.

Hoy, casi todas los usan. Más grandes, más chicos, diminutos, para realzar la cola o aplastar el estómago. Generan fantasías y sirven como elemento de seducción. Hay calzones de todos los tipos y colores. Pero no siempre fue así. No siempre fue tan variada la oferta de ese pequeño fragmento de seda o algodón que media entre nosotros y el placer. Con el paso de los años, cambiaron las modas y las costumbres; variaron los materiales, las formas y decoraciones; sin embargo, en la historia de esta prenda interior se mantuvo la máxima de Montaigne que a mediados del siglo XVI espetó solemne que hay cosas que sólo se ocultan para mostrarlas.

Hubo un tiempo en que el calzón era un lujo. En el antiguo Egipto, las esclavas, de origen árabe o nubio, iban desnudas. Sin nada de nada. Sólo aquellas que por su belleza se destacaban del resto podían usar pequeños slips. La ropa interior era un símbolo de distinción reservado exclusivamente a las grandes damas: debajo de sus túnicas, la inalcanzable Nefertiti usaba otras, transparentes, llamadas kalasyris. Y luego, el shenti, primer antecesor directo del calzón: una especie de enagua, bordada y ribeteada de hilos de oro.

Cientos de años más tarde, las griegas se ponían túnicas abiertas que recogían el cuerpo como un triángulo: el peplo dórico (grueso, sin pliegues) o el chitón jónico (de textura fina y abundantes pliegues). Debajo, nada. Como tampoco usaban nada las espartanas cuando competían en los juegos olímpicos. De allí que las denominaran phainoméridas (las que descubren los muslos). Un elemento más para agigantar la expectativa que producían estas competencias.

En la Roma Imperial había grandes túnicas que cubrían el strophium, versión previa del corpiño, y la zona alrededor de las caderas. "Esta prenda va a originar un curioso vocablo: zonam solvere, que significaba casarse. Literalmente: traspasar la zona", cuenta la periodista de moda Lola Gavarrón en su libro Piel de ángel, historias de la ropa interior femenina. En esa época, pero en el norte de Europa, era diferente la situación de las mujeres de los bárbaros, que vivían en climas más fríos: lejos de la toga, usaban una especie de pantalones que las abrigaba y les permitía cabalgar sin lastimarse los muslos.

Según el mito, en la Edad Media, al irse a la batalla, los cruzados aplicaban sobre sus mujeres calzones de metal, cerrados con llave. Famosos cinturones de castidad que si bien no evitarían la infidelidad (el sexo oral es tan antiguo como el viento), anularían la penetración a mansalva. Pero lo cierto es que la historia nunca se ocupó en detalle de la ropa interior femenina. Salvo contadas excepciones, lo más importante de un calzón siempre fue la manera en que se podía sacar. No existe una profusa bibliografía sobre el tema. Sí, muchas versiones. En el libro Candados y fajas de la castidad: un aviso histórico y descriptivo, la filóloga francesa Alcide Bonneau cuenta que estos cinturones se inventaron mucho después de la Edad Media; como mínimo, en el Renacimiento. No existen referencias históricas probadas antes del siglo XIX. Y varios museos han tenido que retirar los que exponían al descubrir que eran falsos.

En sus orígenes, estos aparatos se habrían usado como defensa contra posibles violaciones: durante viajes y en estancias nocturnas en posadas. Sin embargo, por las infecciones y lastimaduras que producía el contacto de la piel con el metal, no habrían podido usarse más que por algunas horas, o pocos días.

En el Medioevo, hombres y mujeres se vestían con tejidos gruesos muy similares. Sólo las calzas largas -de la cintura hasta la parte superior de los tobillos y perfectamente ajustadas- eran un objeto específicamente masculino. Apenas en el siglo XIV las mujeres empezarán, de a poco y silenciosamente, a usar estas calzas como prendas íntimas. Al igual que en otras épocas, la Iglesia, que no se ha caracterizado por ser una institución vanguardista, pondrá reparos: basta ver uno de los cargos de la sentencia que el Tribunal inquisitorial esgrimió para llevar a la hoguera a Juana de Arco a finales del siglo XV: el inaceptable uso de "masculino ropaje".

En la España de mediados de siglo, las mujeres, que todavía no conocían los calzones, solían depilarse el pubis. Cuenta la historia que en 1455 cuando Juana de Portugal llegó a Castilla para casarse con Enrique IV, viajó acompañada de un grupo de damas pudorosas, que se pintaban con pintura blanca desde las rodillas hasta la cintura. Así, al bajar de los caballos, un posible voyeur sólo vería una mancha blanca, carente de erotismo. Pegajosa sorpresa la del hombre que, luego de seducir a una de estas damiselas, intentara propasarse metiendo la mano debajo del vestido.

En 1559, Isabel de Valois llegó a España desde Francia para casarse con Felipe II: la reina y sus discípulas vestían otro antecedente del famoso calzón. Fue Catalina de Médicis quien lo adoptó y lo bautizó como brides á fesses (bridas para las nalgas): estos calzones moldeaban los muslos y se unían a las medias por debajo de las rodillas a través de ligas. Confeccionados en principio con telas propias de ropa interior como lino o algodón, luego fueron hechos de tejidos de seda y bordados de oro y plata.
Evidentemente, no los querían esconder demasiado.

A principios del siglo XIX apareció en Francia lo que después se conocerá como pantalón de lencería. "Esta prenda no se impondrá hasta 1850. Estaba mal vista ya que se asociaba a las prostitutas -dice la socióloga argentina especializada en moda Susana Saulquin-. Ellas fueron las primeras en usarlo: en los burdeles recibían a los clientes sin más que este ropaje". En 1840, la norteamericana Amelia Jenks Bloomer contrató a la diseñadora Elizabeth Miller para confeccionar unas faldas que usaría en Londres donde daría una conferencia sobre "el arte del vestir". En esa época los calzones, que empezaban a formar parte del guardarropa femenino, eran largos, amplios, puritanos, con puntillas. Calzones que hoy, lejos de erotizar, parecerían pijamas de invierno. Estaban hechos de muselina y eran difíciles de lavar, por lo que sus usuarias los cambiaban cada una o dos semanas.

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