Por: Diana María Pachón Foto: Julián Lineros
El luto todavía está en la vereda Bodegas en Puerto Berrío, donde vivía libre el fugado hipopótamo de la Hacienda Nápoles. William Ramírez, pescador de la zona, se siente engañado y cómplice.
Es mediodía en el caserío Bodegas en Puerto Berrío. Las hojas de los árboles se mantienen quietas como si el viento se hubiera olvidado de pasar por esta tierra. El sol se filtra por las setenta casas construidas con tablones de madera y en las tiendas los habitantes se reúnen para hablar del hipopótamo. La palabra "Pepe" es el eco del pueblo.
- ¿Acaso en este país todo se tiene que arreglar a plomo? -comenta Edwin Méndez, pescador de Bodegas.
Al lado del puente que cruza el río Bartolo, William Ramírez se sienta en una silla plástica para huir del calor de su casa. Él recuerda que por dos años estuvo acompañando a los funcionarios de Corantioquia y de la Fundación Vida Silvestre Neotropical en la búsqueda del animal.
Considera que fueron dos años perdidos.
En agosto de 2007 el hipopótamo apareció por primera vez en el caserío. Los pescadores, asustados por la presencia del colosal animal, llamaron a las corporaciones ambientales que acudieron para dictar capacitaciones. William recuerda que en una oportunidad los veterinarios les advirtieron que la muerte del animal significaba una pena de siete a ocho años de prisión.
Pasó un año. El animal seguía apareciendo debajo del puente atrayendo a turistas de las poblaciones cercanas. Los niños se entretenían gritándole desde la orilla e inventando nombres para llamarlo hasta que finalmente dejó de ser un hipopótamo cualquiera y se convirtió en "Pepe".
Pepe divertía a los habitantes y asustaba a los pescadores.
El animal roncaba debajo del puente, se zambullía en las aguas y sacaba la cabeza. "Vivía tranquilo", dice Maria Ciro, "no le hacía daño a nadie". Después empezaron los disparos y las recompensas. En tres ocasiones vinieron hombres de Medellín, en camionetas, para ofrecerle a William de tres a diez millones de pesos por la cabeza.
- Usted como fue tan guevón, William. Si a mí me hacen esa oferta yo mato a ese animal y hasta subo la oferta -dice Beltrán Gallego, un habitante de la vereda.
- A mí me interesaba que se lo llevaran vivo, no que lo mataran esos hijueputas -responde el aludido.
- Durante dos años me engañaron y me usaron -dice William-. El veterinario de la Fundación Vida Silvestre Neotropical, Carlos Valderrama, me prometió que no lo iban a matar. Les colaboré prestándole mi lancha. Dejaba de trabajar para llevarlos a todos los caños aledaños al río Bartolo. Caminé con ellos días enteros, ¿para qué? Para después ver en las noticias que el mismo veterinario lideró la cacería del hipopótamo. ¿Cuándo se ha visto que un veterinario contrate a dos cazadores? Eso solo se ve aquí.
William hizo una docena de viajes con biólogos de la región que apenas le daban lo de la gasolina y diez o veinte mil pesos. En total, no le pagaron más de 350.000 pesos sumando todos los recorridos. Él considera que perdió mucho dinero. En la pesca se gana en promedio 30.000 pesos diarios, pero como debía estar pendiente de las comitivas que llegaban de las corporaciones, abandonó la pesca.
Al lado del puente, viendo como baja la corriente del río que alguna vez fue la morada de Pepe, el pescador se lamenta de haber guiado a los verdugos. Se siente cómplice de la muerte del hipopótamo. Ahora manifiesta que lo mejor es quedarse callado si vienen ambientalistas a buscar a la hembra y su cría.
- Ya no se puede confiar en nadie -dice. Tácitamente los demás pobladores tomaron la misma decisión. Ya nadie dice nada del paradero de los demás hipopótamos fugados. No quieren que corran la misma suerte de "Pepe".
La historia completa de la Hipopótamo perdida de Pablo Escobar aquí.
La jaula destinada para la captura de 'Pepe' y su familia nunca fue usada y se perdió en la burocracia ambiental
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