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Julián Isaza Fotografía: Filiberto Pinzón
Álvaro Pérez tenía que ir de finca en finca para confeccionar trajes ajustados para las guerrilleras y a la medida para los comandantes más vanidosos. Esta es su asombrosa historia.
Cada célula de Álvaro Pérez estaba atravesada por el miedo. la saliva se le convirtió en engrudo y el corazón se le paralizó por un instante. el bus en el que venía de planadas a Bogotá tuvo que parar en un retén paramilitar. Los uniformados les ordenaron salir a todos los pasajeros. El sastre hizo lo que todos hacían, pero intentó prolongar hasta el infinito el trayecto por el corredor hasta la salida. Sabía que servir a las Farc era un negocio de alto riesgo y en cada paso calculaba sus escasas posibilidades de salir vivo.
Se vio a sí mismo, en una película cuadro a cuadro, seguir la fila con obediencia borreguil. Vio la carpeta que llevaba todavía debajo del brazo y que contenía pedidos de uniformes y otros papeles que lo vinculaban con la guerrilla. Unos cuarenta paramilitares estaban afuera. El comandante, un hombre gordo y sudoroso, les ordenaba a los demás que buscaran guerrilleros, mientras que otro señalaba con su mano sin dos dedos el turno para ser interrogados. Eran las once de la mañana y el sol les quemaba las cabezas. Dos guerrilleros que iban entre los pasajeros entraron en pánico, no supieron responder las preguntas y fueron arrastrados al monte frente a la mirada de más de 25 viajeros paralizados. Más tarde retumbaron dos balazos. Todos miraron al piso en monástico silencio. El paramilitar sin dedos escudriñó en los ojos de Álvaro y él también bajó la mirada. Se quedó muy quieto. Lo requisaron y le hicieron preguntas.
Aún no sabe cómo las contestó. Todavía no entiende por qué no miraron su carpeta y por qué sigue vivo. La muerte le había pasado por el lado una vez más. Álvaro parece un tipo sin muchas singularidades: ni gordo ni flaco, estatura media y pelo entrecano. No tiene la mirada feroz de alguien que se las ha arreglado para sobrevivir en medio de la guerra, tampoco tiene las facciones angulosas que esculpen años en el monte o los movimientos nerviosos de una persona que ha escuchado demasiadas detonaciones. Su singularidad, precisamente, podría situarse en que se trata de un hombre bastante promedio.
Es simplemente un tipo al que cuesta imaginar como alguien que una vez estuvo en las filas de las Farc, pero al que se puede ubicar fácilmente entre telas y metros. Es un sastre con un pasado demasiado peligroso. La historia de Álvaro Pérez como modisto de la guerrilla comenzó en 1999; en ese año tenía un taller de confecciones más o menos próspero que enfrentaba una quiebra inminente. La competencia, la mala administración y las deudas acumuladas lo pusieron en números rojos. Recibió una llamada de su primo desde Planadas, el pueblo en el que creció, del que se había ido hacía veinte años y que todavía estaba bajo el dominio de las Farc. Había un posible trabajo: coser para ellos a cambio de un salario suficiente para vivir con alguna comodidad. Eran días de bonanza guerrillera y el sastre no lo pensó mucho, finalmente, se dijo, tenía que hacer lo que sabía y las probabilidades de combatir y exponer su vida resultaban muy escasas. Se trata de un puesto privilegiado y, sobre todo, pacífico, en una organización cuya industria es la violencia. Al menos eso creyó.
Primero se acomodó en una casa a las afueras del pueblo, pero luego se trasladó al barrio Simón Bolívar, que la misma guerrilla había ayudado a construir en un terreno invadido y aledaño a la pista de aterrizaje del municipio tolimense. Un lugar de casas de madera y tejas de zinc. La suya tenía tres habitaciones, pagaba setenta mil pesos de alquiler y allí instaló su mujer, sus seis hijos y su máquina de coser y se dispuso a cumplir un contrato verbal, estipuló un pago de un millón doscientos mil pesos, que solo fue cumplido durante los dos primeros meses, después no recibió ninguna remuneración por sus servicios, le dijeron que todo era por la "causa". La "causa" le importaba a Álvaro un comino, pero terminó apoyándola y de manera gratuita. Cuando ya le debían nueve millones, entendió que no vería un peso de su trabajo y que mucho menos tendría seguridad social o aportes a un fondo de pensiones, ¿a quién iba a demandar?, ¿cómo podría renunciar o hacer valer sus derechos? Sus patrones -se sabe- no son muy dados a escuchar las peticiones (y menos) las exigencias de sus trabajadores.
En el engranaje de la guerra, la tarea que Álvaro empezó a cumplir era tan importante como la de los mismos combatientes. En sus manos estaba vestir a cientos de rebeldes, que no solo debían uniformarse, sino que tenían que verse como el ejército para poder camuflarse. Álvaro abastecía a siete frentes y fabricaba al menos 400 uniformes al mes. En su "tiempo libre" hacía faldas y pantalones de colegio para sus vecinos a fin de ganar unos pesos para sobrevivir con sus seis hijos. Su trabajo, se decía, por lo menos resultaba más cómodo que el de muchos de sus camaradas. En el organigrama de la milicia él era una especie de isla, un contratista que obedecía solo a la comandante Mayerly, una mujer llena, baja y de facciones duras, que dirigía la columna móvil Héroes de Marquetalia. Ella le mandaba de cuando en cuando los pedidos y le proporcionaba algunos ayudantes para sus labores. Álvaro permanecía con su familia y viajaba constantemente a Bogotá para comprar las telas camufladas a miembros del propio ejército. Se las vendían de forma clandestina y él regresaba a Planadas con su cargamento.
Álvaro podía ver las cosas casi como un espectador; desde su postura, una de las cuestiones que más le llamaba la atención eran las costuras de la violencia, las nimiedades, lo que realmente poco importa, como que algunas guerrilleras le pidieran que les hiciera más ceñidos los uniformes, porque si bien estaban dispuestas a repartir plomo, no dejaban la vanidad a un lado. O que los comandantes de los frentes exigieran sus uniformes a la medida y para ello enviaran a un guerrillero raso con una cuerda anudada, que daba cuenta de sus proporciones. O que los simples combatientes hicieran lobby por una gorra o un bolsillo extra en sus pantalones. Lujos, vanidad y rango resueltos en una tela.
Álvaro pasaba las tijeras con precisión quirúrgica por las telas marcadas con tiza. Se rascaba los párpados con el dorso de su mano. Sus uñas son gruesas, con textura mineral, más cercanas a las de un campesino que a las de un modisto. Y recuerda que con solo mirar con detenimiento a un comandante podía calcular su talla exacta y comenzar el trabajo. Para 2002 todo comenzó a cambiar. La presión del ejército se hizo notar y la guerrilla pasó de la ofensiva a la defensiva. El nuevo gobierno, desde la Casa de Nariño, había decidido derrotar militarmente a los rebeldes y otro capítulo en el conflicto estaba en su punto de partida. "A los seis meses de que Uribe fuera presidente, ya el ejército se había metido, aunque todo el mundo estaba avisado", dice Álvaro. Llegaron los sobrevuelos, los helicópteros, los enfrentamientos. El sastre apretaba el pedal de su máquina entre noticias, entre los correos verbales que contaban los pormenores de los enfrentamientos en los que empezaron a caer guerrilleros y amigos suyos.
Entre el repique de la máquina de coser y de las ametralladoras, Álvaro se enteró de la muerte de su amigo Moisés, el encargado de la emisora guerrillera. Del comandante Arturo y de Esteban, responsables de las finanzas y con los que compartió conversaciones y cervezas. Las balas llovieron y los cuerpos cayeron. "Me dio pesar, pero luego me dio miedo de que me fuera a pasar lo mismo", recuerda. Su posición no era tan segura como había pensado. Empezó a cumplir su labor para la "causa" moviéndose de un lugar a otro; quedarse en un lugar fijo representaba un enorme riesgo. A lomo de mula, Álvaro y sus ayudantes caminaban las trochas con todo y máquinas de coser, a la búsqueda de fincas en las que hubiera energía eléctrica, llegaban y pedían la colaboración de los campesinos que con más miedo que voluntad, les permitían instalarse durante algunos días, mientras que afuera se escuchaban los disparos. El sastre huía con su taller textil ambulante cada vez que sentía la presencia de la fuerza pública.
En medio de la batalla Álvaro sacaba adelante los pedidos y el grueso de sus confecciones se dividía en talla pequeña y grande. Una para hombres y otra para mujeres. No existían prendas para niños, pues haría falta un cinismo supremo para tener una línea infantil. El sastre recuerda que los más chicos se amarraban los uniformes con cabuyas para ajustarlos a la cintura y luego les recortaban el largo y así, perdidos en la inmensidad de un camuflado, quedaban listos para apretar el gatillo.
Tenía una pistola, pero nunca averiguó si podía escupir sus balas. La cargaba en el cinto. Pesaba y era incómoda. La dejaba guardada y nunca tuvo la necesidad de sacarla de su funda. Ser el sastre de las Farc no lo convertía en soldado de las Farc. Se mantuvo durante sus seis años y medio de servicio en las filas revolucionarias como un contratista que cumplía con lo estipulado sin hacer preguntas. Pero el vaso se llenaría con el tiempo y con la inminente posibilidad de morir o terminar en la cárcel.
El ambiente en el pueblo -al que regresaba cada tanto para ver a su familia- había cambiado. En medio del enfrentamiento, la guerrilla había reducido su presencia y dejaba al descubierto sus crecientes excesos contra la población civil, con "vacunas" y ejecuciones de los que consideraban informantes. El sastre vio cómo algunos de sus allegados no solo renegaban contra las Farc, sino que vitoreaban las alocuciones de Álvaro Uribe. El flujo de dinero para comprar más tela se volvió escaso, pero aún se necesitaban los uniformes y Álvaro todavía tenía algunos escondidos en el zarzo de su casa. La comandante Mayerly le ordenó que trajera lo que tuviera y el hombre sacó lo último de sus existencias: sesenta uniformes que empacó en bolsas plásticas negras.
El sastre salió de madrugada con dos de sus ayudantes, con rumbo al campamento donde le recibirían las prendas, pero esta vez la suerte no estuvo de su lado y, a medio camino, el ejército los detuvo en una trocha. Al descubrir las prendas camufladas los tres fueron arrestados, pero el sastre hizo gala de toda su capacidad para mentir y dijo que él era un campesino que cumplía órdenes para no ser asesinado. No hubo pruebas suficientes y lo dejaron en libertad a los pocos días, pero quedó en la mira de las autoridades y de la propia guerrilla, que empezó a desconfiar de su lealtad: no sólo se había salvado de pasar una temporada tras las rejas (que ya resultaba bastante sospechoso), sino que los miembros del ejército empezaron a hacerle visitas regulares a su casa y lo dejaban como un posible colaborador. Un sapo, como alguien le diría más tarde.
Supo que le quedaban dos opciones: huir o flotar en el río. Durante seis meses la paranoia se fue apoderando de él, la sospecha era continua y creía que los comandantes podían estar pensando seriamente en ejecutarlo. Se encerró, empezó a dormir mal, se despertaba con el corazón galopando. Tenía los nervios hechos trizas. Malos días y pésimas noches. Él y su familia totalmente expuestos. El peso era demasiado. El sastre desconfiaba de todo y sus alarmas se dispararon al límite cuando tres hombres "enruanados", como él los describe, llegaron a la puerta de su casa a preguntar por él. Su mujer dijo que no estaba y él se escabulló por la parte trasera de la casa. Ahora lo piensa y dice que si le hubieran querido hacer algo, simplemente lo habrían hecho.
El sastre comenzó a fraguar su fuga y la oportunidad le llegó con un nuevo encargo de telas y el consecuente viaje a Bogotá. En la capital hizo contacto con un viejo conocido de Planadas, Olivo Saldaña, un ex guerrillero que fue jefe de finanzas del Comando Conjunto Central y que había desertado con cerca de 10.000 millones de pesos de secuestros y extorsiones y que ahora estaba encerrado en la cárcel Picota, desde donde colaboraba con la justicia. Olivo, cuyo nombre real es Raúl Agudelo, terminó de convencerlo de que la mejor decisión era desmovilizarse y ojalá con más gente. Lo contactó con un coronel del ejército que le aseguró que no habría riesgo para él ni para los hombres que lo acompañaran. El sastre habló en Planadas con los guerrilleros que sabía que estaban dispuestos a desertar. Reunió a diez hombres en dos días y se fugaron la noche del 3 de septiembre de 2006.
La salida fue sencilla. Se pusieron un lugar de encuentro en las afueras del pueblo y se enrumbaron a pie hacia el batallón. Los hombres, atemorizados por las versiones que corrían en la guerrilla, que hablaban de que los que se entregaban eran asesinados, decidieron esperar agazapados entre los matorrales a 200 metros del lugar de destino. Álvaro caminó solo, entró en el batallón y preguntó por el comandante Richard, que lo estaba esperando. Luego de algunos minutos regresó por sus compañeros y de inmediato fueron transportados a Chaparral, Tolima, y desde allí a Bogotá. Luego de desmovilizarse, álvaro pasó por varios lugares que albergaban reinsertados. En el último que estuvo, en Chía, pidió que le permitieran tener una máquina de coser para distraerse, y de paso, ganar unos pesos. En pocos días varios de sus compañeros se convirtieron en aprendices de costura y nació la idea de crear una empresa en la que inicialmente se unieron 27 ex combatientes.
Vinieron las discordias, los celos, las ganas de ser los jefes. Cada uno fue un comandante aspirante y, al final, solo quedaron los diez fundadores Colfepaz. La Alta Consejería para la Reintegración y empresas como Coca-Cola Femsa les dieron capacitaciones en distintos campos como mercadeo, contabilidad, producción, asesorías legales y administración. Y la Escuela de Diseño y Mercadeo de Moda Arturo Tejada les enseñó a entender las tendencias y a estar al tanto de lo que sucede con el mundo de la moda. Ahora, al fondo del taller de Colfepaz, Álvaro es una silueta encorvada sobre una mesa. El repique de la máquina de coser es constante y el hombre tiene clavados sus ojos en una tela impermeable con relleno de espuma, a la que le marca rombos con el hilo. Hay una decena de máquinas, un mesón atiborrado de chaquetas sin estrenar y un radio que reproduce vallenatos mal sintonizados. El lugar queda lo suficientemente al sur de Bogotá y encumbrado en la montaña, como para que el clima se asemeje más al del páramo.
Los perros ladran en los tejados y los buses sueltan los chillidos de sus frenos de aire. Es un día como cualquier otro, pero muy distinto de los que quedaron en Planadas. Álvaro ve revistas de moda y baja de Internet modelos de ropa americana e italiana. Tiene un remolino en el pelo de tanto rascarse la cabeza. Lleva la mañana y la tarde completas sin levantarse de su asiento, desde donde dirige la pequeña fábrica. Le duele la espalda y se pasa la mano por la cara. El objetivo más próximo será abrir un punto de venta, para no depender sólo de los eventuales encargos de empresas privadas y de uno que otro almacén, sino sacar su mercancía para hacer sostenible el negocio. El hombre hace una pausa y bebe un sorbo del tinto que le trajo Luz Marina, una mujer grande, rubia y crespa, que fue miliciana y ahora maneja las cuentas de Colfepaz. Son muchas las cosas que han sucedido para que pueda beber esta taza, que ahora sorbe con tranquilidad.
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