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El caso sobre las desapariciones en la toma del Palacio de Justicia tiene al coronel (r) Luis Alfonso Plazas en la cárcel La Picota. DonJuan habló con él y ésta es su versión de lo sucedido.

A raíz de la confirmación del Tribunal Superior sobre la condena al Coronel (R) Luis Alfonso Plazas Vega, quién deberá pagar treinta años de prisión por las desapariciones del Palacio de Justicia, reivimos este texto publicado en la edición 18 de DONJUAN, correspondiente al mes de marzo de 2008.

Desde el 16 de Julio de 2007 el Coronel (R) Luis Alfonso Plazas Vega se encontraba detenido en la Escuela de Infantería mientras se investiga su papel en los hechos del Palacio de Justicia. Hoy está en la cárcel La Picota de Bogotá. Allá (en la Escuela de Infantería) tenía una habitación en la unidad de hospedaje de los oficiales en la que todos sus vecinos son militares en oficio. Su habitación tenía baño propio, una cama semidoble y un computador. Gran parte del cuarto lo ocupaban repisas que estaban llenas de folios, libros y carpetas en donde guardaba todos sus procesos legales y los artículos que publican sobre él. Los recortaba y organiza en forma cronológica. Cuando cuenta su historia se remite constantemente a estos folios. Caminaba en el pequeño espacio de la habitación mientras habla, siempre con una mano en la espalda y la otra tocándose el bigote o usándola para darle énfasis a su relato. En su mesa de noche guardaba los chocolates que le llevaban sus familiares y amigos cuando iban a visitarlo. También había una canasta de frutas y tarros de jugo de mandarina. Se vestía siempre con una camisa, saco y pantalones grises o negros. Cuando salía a trotar por las mañanas utilizaba una sudadera y una cachucha que decía "República de Colombia". Detrás de él, mientras hacía ejercicio y prácticamente durante todo el día, tenía a dos soldados que lo vigilaban. Comía en el Casino de Oficiales y va a misa todos los domingos. Éste es su relato.

Por Natalia Bernal Restrepo

Salí de mi casa a eso de las 11 a. m. tenía que hablar con el ministro de Defensa, el general Miguel Vega Uribe. Yo era presidente de la Federación Ecuestre de Colombia y el ministro, presidente del Club de Golf y teníamos varios asuntos pendientes. Luego debía regresar a la unidad, recoger a mi hijo de la casa de su tía y hacer acto de presencia en el bingo del Colegio Patria en el Hotel Tequendama, mi día era un día normal, pero una llamada lo cambió todo. Llegué al Ministerio en el Mercedes-Benz de la Escuela de Caballería. Mientras esperaba al ministro me puse a hablar con las secretarias acerca de mis hijos y los de ellas. De un momento a otro los cuatro teléfonos de cada una de ellas comenzaron a sonar. Gloria fue la primera en contestar, se le apagó la sonrisa, se mantuvo seria unos cinco segundos y colgó. "Coronel, dicen que se están tomando la Corte Suprema de Justicia". En un comienzo pasamos por alto la llamada: pensamos que podía ser terrorismo telefónico. Pero los teléfonos no paraban de sonar y todas las llamadas reportaban lo mismo. "Mi coronel, se oyen disparos", dijo Gloria.

Hice dos llamadas y salí del ministerio. Mi chofer empezó a esquivar carros. El copiloto, con la ventana abajo, trataba de dirigir el tráfico y en diez minutos atravesamos toda la carrera Séptima, desde la calle 26, hasta la 106. Por el radio militar alerté a mi general Arias Cabrales, el comandante de la Décima Tercera Brigada y se dio la instrucción de alistar los escuadrones blindados que consistían en tanques cascabel y urutú. Los cascabeles son vehículos de combate con blindaje liviano, tienen un cañón de noventa milímetros, cuentan con tracción sobre las cuatro ruedas y espacio para tres tripulantes. Los urutús son vehículos de transporte de tropa, no de combate, con blindado liviano, una ametralladora punto cincuenta y espacio para unos 12 tripulantes. Ambos son de fabricación brasilera y reciben su nombre por serpientes de ese país. Entré en mi casa, en la misma Escuela de Caballería, con la esperanza de encontrar a mi esposa, pero ya se había ido para el bingo. Yo era un hombre de 41 años, no era la primera vez que me enfrentaba con la guerrilla y sabía lo que me esperaba; me di la bendición y recé un Padre Nuestro mientras cerraba la puerta. Partí de mi casa para encontrar a los oficiales que salían del casino, algunos se quejaban de no haber alcanzado a almorzar, otros se amarraban los cinturones; los más ansiosos empezaban a limpiar sus fusiles. Dejé instrucciones claras para mi familia con el sargento Ramírez Yossa y tres soldados auxiliares de comando para que, en caso de que yo no regresara, ellos se fueran inmediatamente a donde mi hermano en Estados Unidos. Si fallábamos no permitiría que mi familia creciera y viviera en un país controlado por terroristas.

El general Arias Cabrales no fue en ese momento con nosotros, quería esperar a través de la cadena de mando las órdenes del Presidente y la claridad de la situación política; nosotros, los comandantes subalternos de la Brigada, debíamos acatar sus órdenes y manejar las tropas por radio hasta que llegáramos a la Plaza de Bolívar. Nos enfilamos en los tanques por la carrera Quinta y otros por la Séptima, mientras atravesábamos la Escuela de Caballería no podía dejar de pensar en mis hijos. Los grandes estaban en el colegio, ya tenían 11 y 9 años, siempre se paseaban en bicicleta por la Escuela y entraban a montar a caballo, pero si me pasaba algo y no regresaba, ¿se acordaría de su padre mi hijo pequeño de seis meses?

En total eran 24 blindados, 18 cascabeles y 6 urutús. Los vehículos se desplazaron a 70 km/h en fila india. Todas las emisoras de radio transmitían la toma, las sirenas sonaban a pleno, los vehículos particulares frenaban, se montaban en los andenes y nos daban paso. Cuando llegamos a la Plaza de Bolívar ya se encontraban la Policía Nacional, el Batallón Guardia Presidencial y la PM, que estaba terminando de retirar curiosos del sector. Media hora después se ordenó, por decisión concertada del presidente Belisario Betancur y sus ministros, la entrada a Palacio, el rescate de los rehenes y retirar a los subversivos. Recibí la orden del general Arias Cabrales, comandante de la operación, de entrar al Palacio, para proteger el ingreso de las tropas a pie. En ese momento todas las dudas desaparecieron, teníamos una misión: rescatar a los rehenes y enfrentar a los terroristas del M-19 que probablemente nunca se imaginaron que los tanques irrumpirían en el Palacio. Sabíamos que la entrada podía estar minada. No nos importó.

El primer cascabel derribó la puerta y entraron dos vehículos, esperamos unos instantes y nos informaron que el primer piso del Palacio podía permitir el acceso de dos más. Con los dos cascabeles restantes avanzamos en columna para que penetraran los soldados; yo entré en el tercer tanque. Lo único que podía percibir era el sonido de los disparos. Era como una caneca llena de totes. Sabíamos que el vehículo nos protegía de los disparos, pero sabíamos que el M-19 contaba con minas, fusiles, rockets, ametralladoras y la vida de los rehenes. Ningún soldado de la Escuela de Caballería había entrado antes al Palacio. Nunca lo conocimos en su esplendor. Ahora era un edificio lleno de polvo y de parapetos que se había convertido en refugio de terroristas. El trabajo de los blindados era, esencialmente, permitir que pasaran los soldados, pero también entraron tropas de varias unidades militares, personal de Cruz Roja, policías, DAS, F-2, Guardia Presidencial..., se creó una confusión peor de la que ya se vivía. El primer cadáver que vi estaba acribillado por la espalda. Luego me enteraría de que era Tadeo Moya, el administrador del Palacio. Fue la primera persona que se enfrentó a las balas de los que se tomaron el Palacio. En cada oficina del Palacio había una batalla diferente. Al abrir la puerta los soldados no sabían cuántos del M-19 iban a encontrar, ni a cuántos rehenes tenían como escudo. Ya creíamos tener todos los obstáculos posibles cuando un nuevo cambio jugó a favor de los guerrilleros. El sonido de los transformadores dio inicio a un nuevo problema; cortaron la luz eléctrica. Sólo contábamos con la luz del sol y había lugares del Palacio que no tenían ni una sola ventana.

Los disparos y la manera como se dirigían a nosotros nos evidenciaban que estos eran los mejores combatientes del M-19 y que su manejo de armas no podía ser subestimado; se escondían de tal manera que nos impedían el acceso por las escaleras, no había ascensores debido al corte de la luz y para subir a los pisos superiores varios hombres terminaron sacrificando su vida. Recuperamos la primera planta del Palacio y empezamos a acorralar al M-19 en los pisos de arriba. En un cascabel van tres personas. En mi caso, iba en la torreta, la parte alta, ese es el puesto del comandante. Desde este lugar se dan las órdenes y se identifican los blancos. El cabo Asprilla era el conductor y otro suboficial, el artillero, es la persona que apunta el cañón y las ametralladoras. Las órdenes de movimiento, localización de blanco y disparo las da el comandante. El cañón no fue utilizado sino hasta la media noche, las ametralladoras fueron usadas desde el comienzo. Los del M-19 disparaban y nosotros disparábamos de vuelta. Era la forma de acorralarlos en los pisos de arriba y tomar control de la primera planta del Palacio.

A las nueve de la noche salieron los blindados del Palacio. Me bajé del tanque por primera vez y en lugar de encontrarme con militares me topé con un grupo desorbitado de periodistas. Atendí algunas preguntas: "¿Qué hace el Ejército en este momento?", preguntó el periodista Jairo Pulgarín. "Manteniendo la democracia, maestro", dije, y salí a buscar un teléfono. Mi esposa se había enterado de la situación en el bingo, que finalmente se realizó con la protección del escuadrón de reserva de la Escuela de Caballería. Un tanque se parqueó afuera del Tequendama. "Gorda, ¡estoy bien! Llama a la esposa del general Guerrero y dile que su hijo (que estaba en el segundo tanque) también está bien". Al regresar me quedé un minuto mirando el Palacio. La edificación estaba reducida a lo que parecía el set de una película: llamas, personas entrando y saliendo, soldados, fusiles. "Coronel, el esfuerzo principal de la operación queda ahora al mando de la Escuela de Artillería", ordenó el general Arias Cabrales. Artillería estaba al mando del teniente coronel Rafael Hernández López. La Escuela de Caballería pasó a la condición de Unidad de reserva desde las nueve de la noche del miércoles. Los vehículos blindados siguieron protegiendo a las unidades a pie que ingresaban al Palacio de Justicia por la entrada de la Plaza de Bolívar.

No podía pensar por más de diez segundos cuando ya recibía nuevas órdenes. No volví a entrar al Palacio en el cascabel, ahora mis tanquetas eran el escudo protector y en todas las oficinas se repetía la misma escena. A las dos de la mañana del jueves 7 la Escuela apoyó con fuego de ametralladoras para cubrir el ingreso de unidades de contraguerrillas de la Brigada y de la Escuela de Artillería, entraron y tuvieron que replegarse a los pocos minutos porque el calor dentro de la edificación era infernal. A las dos y media de la mañana recibí la orden del general Arias Cabrales de disparar los cañones de los tanques contra el frontispicio del Palacio. Se trataba de abrir un orificio por el cual pudiera salir el humo, de lo contrario, soldados, rehenes y guerrilleros morirían asfixiados. Se hicieron tres disparos. El piso del edificio y la misma Plaza de Bolívar se sacudieron como en un terremoto. Las personas atemorizadas, escondidas tras las columnas, tendidas en el piso, entre los orinales de los baños que eran los únicos lugares que no había alcanzado el incendio, gritaban, lloraban o se paralizaban por el miedo.

Nos sentían llegar y muchos se daban la bendición. Los guerrilleros no se rendían y continuaban disparando. Algunos de estos guerrilleros que hacían resistencia, disparaban y amenazaban con la vida de los rehenes, pero morían por el fuego de las armas oficiales. A medida que los secuestrados iban siendo rescatados nos abrazaban, nos daban besos y daban gracias a Dios por su libertad. La orden era clara, los rehenes debían ser llevados a la Casa del Florero, allí Inteligencia, bajo el mando del coronel Edilberto Sánchez Rubiano, se encargaría de su manejo. Entre esos que abracé pudo haber estado Irma Franco -la mujer por la que se me acusa de desaparición-, pero hay que entender que cuando uno rescata no se sabe las caras de quienes rescata, ni los nombres; yo no sabía si estaba rescatando a un visitante del Palacio o a un Magistrado de la Corte, lo que si sé es que a todos los que saqué, los saqué vivos y mis tropas los entregaron vivos. Todos salían tan rápido como se lo permitían sus piernas. La mayoría de las mujeres se quitaban los zapatos y los dejaban botados para poder correr. Gritaban "Gracias a Dios" y lo que más pedían era comunicarse con sus seres queridos. Los que fueron rescatados durante el segundo día, salían con la cara y las manos negras y la ropa con rastros negros del humo que habían recibido durante una noche del Palacio en llamas. Los soldados tenían que llevar a la gente al hombro, porque estaban en shock o se desmayaban.

En la Casa del Florero, obviamente, no había entrega documentada: era una batalla, no una labor de oficinas. Los soldados entregaban a los rescatados y regresaban a la carrera al Palacio a seguir el combate, y a rescatar más personas. Inteligencia reseñaba a cada rescatado, le tomaban datos personales y lo mandaban para su casa o para un centro hospitalario. Ellos eran los responsables. En el Palacio reinaba el olor a pólvora, a muerto, un olor horripilante de carne quemada, a incendio y polvo. Gritábamos órdenes y nombres para no confundirnos. Los del M-19 tenían uniformes azul claro y gris, parecidos a los nuestros y se escabullían entre nosotros. Se oían gritos, disparos aislados, tiros, órdenes, insultos. La noche trajo mayor confusión, pero también la certeza de que estábamos recuperando el Palacio. La transición entre noche y día no la sentimos, en ningún momento sentí hambre ni quise entrar al baño, en una batalla tres minutos pueden parecer horas, cada minuto transcurre como una eternidad. Artillería logró recuperar el baño en el entrepiso del tercero y cuarto piso, rescatar los últimos rehenes y consolidar la recuperación del Palacio.

Al recibir la noticia, al saber que ese baño donde se hallaban acorralados -tanto los combatientes que quedaban como los rehenes-, estaba en manos de las fuerzas armadas, respiré hondo. Recuperé la sensibilidad del cuerpo, comencé a sentir el cansancio en las piernas, las secuelas del agotamiento y los ojos secos por el humo. Sentí dolor de cabeza y fatiga, pero todavía faltaba una tarea: recorrer el Palacio una vez más. De todas las veces que entré esta fue la más dura, no sabíamos si había un guerrillero herido que esperaba hacer uso de sus últimas fuerzas para dispararnos. Las imágenes de ese momento fueron espantosas, cenizas por todas partes, todos los muebles habían sido consumidos por el incendio y se confundían entre las cenizas de papeles y personas. Los cadáveres los reconocíamos porque parecían muñecos de trapo quemados tendidos en el piso. Se veían el cráneo, la columna vertebral y las costillas reducidas a un tamaño que me ponía la carne de gallina, no se podía saber si era hombre o mujer, joven o viejo, en ese momento era sencillamente un arrumo de huesos negros. Ningún entrenamiento militar lo prepara a uno para esas imágenes. Cada uno de esos muertos hubiera podido ser yo. Había tenido la fortuna de no sufrir ninguna herida y podía regresar a mi casa esa noche mientras que otros permanecerían como cenizas y polvo.

Salí del Palacio y reorganicé mi tropa, en ese momento todas las discreciones militares se rompieron y a cada uno de mis muchachos le di un abrazo. Impartí la orden de regresar a las instalaciones de la Escuela de Caballería. Contamos hombres y me di cuenta de que no habíamos perdido ni uno solo; era hora de volver a casa. En la Escuela, de manera espontánea, cantamos el himno nacional, con lágrimas en los ojos entoné sus notas y como nunca antes grité: "Cesó la horrible noche". Mi esposa me abrazó como nunca lo había hecho. Mis hijos mayores también me abrazaban y me besaban, Miguel, el de nueve años, sollozaba por los nervios, el fue el más preocupado y se le notaba en las ojeras que no había dormido pegado al televisor. Alcé a Camilo que apenas tenía unos meses. Eran las ocho de la noche. Me ofrecieron un caldo pero en realidad lo que deseaba comerme era un roscón de arequipe. El sabor dulce del arequipe contrarrestaba el sabor amargo que tenía en la boca. Me quité las botas y el resto del uniforme y me acosté. Esa noche puse la cabeza en la almohada y recé nuevamente, apretando la mano de mi mujer, no terminé el Padre Nuestro cuando caí profundamente dormido.

El año siguiente me ascendieron a coronel. fui agregado militar en Madrid entre 1989 y 1990 y después me retiré del Ejército por voluntad propia en 1991, bajo el mandato de César Gaviria, porque no me ascendieron a general. Me lancé al Senado de la República. Desempeñé cargos como profesor en la Universidad de La Sabana y fui director nacional de Estupefacientes entre el 15 de agosto de 2002 y el 9 de noviembre de 2004. Hoy se me acusa de ser un peligro para la comunidad, de torturas y desapariciones, cuando en ningún momento estuve encargado del manejo posterior de los rehenes. Yo entregué las personas vivas a los organismos de Inteligencia en la Casa del Florero. Hoy, después de haber contribuido al rescate de 260 personas de las garras del movimiento terrorista M-19, me encuentro privado de mi libertad en la Escuela de Infantería. Ha iniciado mi juicio y se me acusa de cargos como tortura y desaparición forzosa cuando ya se han llevado a cabo investigaciones que probaron mi inocencia. Según estas investigaciones y remitiéndome a la investigación realizada por el Tribunal Superior de Instrucción los únicos responsables de los hechos de Palacio fueron los integrantes del M-19. Sus armas, como lo demuestra la investigación en su momento, fueron facilitadas por el gobierno venezolano a los guerrilleros sandinistas y de un armamento que perteneció a la Guardia Nacional de Nicaragua.

Hoy estoy detenido, cuando los verdaderos responsables, los miembros del M-19, los asaltantes del Palacio, después de ser condenados por un juez sin rostro fueron amnistiados e indultados y han ocupado y ocupan los más altos cargos de la nación. Es evidente -al menos para mí- que las personas que están detrás de las acusaciones que se me hacen son los miembros del M-19. Han usado falsos testigos, como al cabo primero Villamizar, que nunca estuvo en Palacio y que dijo que había presenciado las torturas, pero se demostró que en ese momento se encontraba en el Meta. El senador Gustavo Petro afirmó que se acordaba muy bien de mí cuando dirigía las torturas en la Escuela de Caballería entre el 4 y el 7 de octubre de 1985, y pude comprobar que para esa fecha yo estaba en España de vacaciones. Yo les pregunto a todos los que me apuntan con el dedo: ¿Por qué entramos al Palacio?

MundoDonJuan

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