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El relato del Coronel (R) Plazas sobre la toma del Palacio de Justicia

Por Natalia Bernal Restrepo Fotografía: Sebastián Jaramillo

Plazas

El caso sobre las desapariciones en la toma del Palacio de Justicia tiene al coronel (r) Luis Alfonso Plazas en la cárcel La Picota. DonJuan habló con él y ésta es su versión de lo sucedido.

A raíz de la confirmación del Tribunal Superior sobre la condena al Coronel (R) Luis Alfonso Plazas Vega, quién deberá pagar treinta años de prisión por las desapariciones del Palacio de Justicia, reivimos este texto publicado en la edición 18 de DONJUAN, correspondiente al mes de marzo de 2008.

Desde el 16 de Julio de 2007 el Coronel (R) Luis Alfonso Plazas Vega se encontraba detenido en la Escuela de Infantería mientras se investiga su papel en los hechos del Palacio de Justicia. Hoy está en la cárcel La Picota de Bogotá. Allá (en la Escuela de Infantería) tenía una habitación en la unidad de hospedaje de los oficiales en la que todos sus vecinos son militares en oficio. Su habitación tenía baño propio, una cama semidoble y un computador. Gran parte del cuarto lo ocupaban repisas que estaban llenas de folios, libros y carpetas en donde guardaba todos sus procesos legales y los artículos que publican sobre él. Los recortaba y organiza en forma cronológica. Cuando cuenta su historia se remite constantemente a estos folios. Caminaba en el pequeño espacio de la habitación mientras habla, siempre con una mano en la espalda y la otra tocándose el bigote o usándola para darle énfasis a su relato. En su mesa de noche guardaba los chocolates que le llevaban sus familiares y amigos cuando iban a visitarlo. También había una canasta de frutas y tarros de jugo de mandarina. Se vestía siempre con una camisa, saco y pantalones grises o negros. Cuando salía a trotar por las mañanas utilizaba una sudadera y una cachucha que decía "República de Colombia".  Detrás de él, mientras hacía ejercicio y prácticamente durante todo el día, tenía a dos soldados que lo vigilaban. Comía en el Casino de Oficiales y va a misa todos los domingos. Éste es su relato.

Por Natalia Bernal Restrepo

 Salí de mi casa a eso de las 11 a. m. tenía que hablar con el ministro de Defensa, el general Miguel Vega Uribe. Yo era presidente de la Federación Ecuestre de Colombia y el ministro, presidente del Club de Golf y teníamos varios asuntos pendientes. Luego debía regresar a la unidad, recoger a mi hijo de la casa de su tía y hacer acto de presencia en el bingo del Colegio Patria en el Hotel Tequendama, mi día era un día normal, pero una llamada lo cambió todo. Llegué al Ministerio en el Mercedes-Benz de la Escuela de Caballería. Mientras esperaba al ministro me puse a hablar con las secretarias acerca de mis hijos y los de ellas. De un momento a otro los cuatro teléfonos de cada una de ellas comenzaron a sonar. Gloria fue la primera en contestar, se le apagó la sonrisa, se mantuvo seria unos cinco segundos y colgó. "Coronel, dicen que se están tomando la Corte Suprema de Justicia". En un comienzo pasamos por alto la llamada: pensamos que podía ser terrorismo telefónico. Pero los teléfonos no paraban de sonar y todas las llamadas reportaban lo mismo. "Mi coronel, se oyen disparos", dijo Gloria.

Hice dos llamadas y salí del ministerio. Mi chofer empezó a esquivar carros. El copiloto, con la ventana abajo, trataba de dirigir el tráfico y en diez minutos atravesamos toda la carrera Séptima, desde la calle 26, hasta la 106. Por el radio militar alerté a mi general Arias Cabrales, el comandante de la Décima Tercera Brigada y se dio la instrucción de alistar los escuadrones blindados que consistían en tanques cascabel y urutú. Los cascabeles son vehículos de combate con blindaje liviano, tienen un cañón de noventa milímetros, cuentan con tracción sobre las cuatro ruedas y espacio para tres tripulantes. Los urutús son vehículos de transporte de tropa, no de combate, con blindado liviano, una ametralladora punto cincuenta y espacio para unos 12 tripulantes. Ambos son de fabricación brasilera y reciben su nombre por serpientes de ese país. Entré en mi casa, en la misma Escuela de Caballería, con la esperanza de encontrar a mi esposa, pero ya se había ido para el bingo. Yo era un hombre de 41 años, no era la primera vez que me enfrentaba con la guerrilla y sabía lo que me esperaba; me di la bendición y recé un Padre Nuestro mientras cerraba la puerta. Partí de mi casa para encontrar a los oficiales que salían del casino, algunos se quejaban de no haber alcanzado a almorzar, otros se amarraban los cinturones; los más ansiosos empezaban a limpiar sus fusiles. Dejé instrucciones claras para mi familia con el sargento Ramírez Yossa y tres soldados auxiliares de comando  para que, en caso de que yo no regresara, ellos se fueran inmediatamente a donde mi hermano en Estados Unidos. Si fallábamos no permitiría que mi familia creciera y viviera en un país controlado por terroristas.

El general Arias Cabrales no fue en ese momento con nosotros, quería esperar a través de la cadena de mando las órdenes del Presidente y la claridad de la situación política; nosotros, los comandantes subalternos de la Brigada, debíamos acatar sus órdenes y manejar las tropas por radio hasta que llegáramos a la Plaza de Bolívar. Nos enfilamos en los tanques por la carrera Quinta y otros por la Séptima, mientras atravesábamos la Escuela de Caballería no podía dejar de pensar en mis hijos. Los grandes estaban en el colegio, ya tenían 11 y 9 años, siempre se paseaban en bicicleta por la Escuela y entraban a montar a caballo, pero si me pasaba algo y no regresaba, ¿se acordaría de su padre mi hijo pequeño de seis meses?
En total eran 24 blindados, 18 cascabeles y 6 urutús. Los vehículos se desplazaron a 70 km/h en fila india. Todas las emisoras de radio transmitían la toma, las sirenas sonaban a pleno, los vehículos particulares frenaban, se montaban en los andenes y nos daban paso. Cuando llegamos a la Plaza de Bolívar ya se encontraban la Policía Nacional, el Batallón Guardia Presidencial y la PM, que estaba terminando de retirar curiosos del sector. Media hora después se ordenó, por decisión concertada del presidente Belisario Betancur y sus ministros, la entrada a Palacio, el rescate de los rehenes y retirar a los subversivos. Recibí la orden del general Arias Cabrales, comandante de la operación, de entrar al Palacio, para proteger el ingreso de las tropas a pie. En ese momento todas las dudas desaparecieron, teníamos una misión: rescatar a los rehenes y enfrentar a los terroristas del M-19 que probablemente nunca se imaginaron que los tanques irrumpirían en el Palacio. Sabíamos que la entrada podía estar minada. No nos importó.

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