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Interés DJ

El orgasmo silencioso

Por: Carol Ann Figueroa. Fotos: Archivo particular

Yo me masturbo, tú te masturbas, él se masturba, ella se masturba. ¿Es una mentira sentir tanto placer y no musitar una sílaba? Selección de artículos de sexo en DONJUAN.

Ahora me parece una falta imperdonable en el plan de estudios; una irresponsabilidad. Tratándose de un verbo tan ejecutado, ¿cómo es posible que no lo pudiéramos usar? Sí se hace, pero no se dice. Es pecado. He ahí la explicación. Recuerdo una escena de la película Átame, de Pedro Almodóvar, en la que Victoria Abril se masturbaba tomando un baño de agua tibia. Peinada con la clásica cola alta y mechones húmedos asomándose sobre la nuca, se acomodaba en la bañera y disponía en el extremo opuesto un juguete al que tenía que darle cuerda. Era un hombrecito de plástico, vestido de buzo, que vencía la marea hasta encallar en su entrepierna, mientras ella se acomodaba lo mejor que podía para que el hombrecito se quedara adentro para siempre.

Los ojos de Victoria giraron en sus esferas y su boca se entreabrió dejando escapar una exhalación placentera, pero el sonido de su orgasmo nunca se escuchó. Algo parecido sucede con una escena de masturbación de Meg Ryan, que sirvió para promocionar una película malísima, con el cuento de ver a la novia de América "como nunca la habíamos visto", esto es, masturbándose. Lo que llamaron su trabajo más controvertido, se reduce a una escena en la que se recuesta boca abajo aplastando su mano con el peso de su propio cuerpo, contrayendo los muslos, tensando la planta de los pies y balanceándose un poco hacia adelante, un poco hacia atrás. Un jadeíto mínimo le hace apretar los ojos y morderse los labios haciéndonos pensar que tuvo un orgasmo, pero nadie -ni siquiera ella- escuchó la evidencia de su placer porque pese a estar sola en su apartamento de soltera, no dijo ni mu.

Y así, en silencio, se masturban Kim Basinger en Nueve semanas y media, Sharon Stone, en Sliver, Paz Vega en Lucía y el sexo y un sinfín de actrices cuyos personajes al parecer sólo expresan satisfacción cuando su coprotagonista las penetra. Horror. Yo que nunca había caído en cuenta y que creía que las monjas eran las únicas responsables de que el tema fuera prohibido, me puse a repasar mis escenas y comprobé con pena que, mientras los orgasmos en pareja suelen salir disparados por la ventana, los orgasmos privados casi siempre se deslizan calladitos entre las sabanas y terminan escondidos debajo del colchón.

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Si los sexólogos afirman que la respuesta sexual ante la masturbación y el coito es exactamente la misma, y las fases de deseo, excitación y orgasmo son exactamente iguales; si ambos orgasmos son tan placenteros como extravagantes, ¿por qué el sonido va a ser diferente? En uno de los dos casos, esta mujer, miente. Es admisible un componente de exageración en los gemidos que expresamos en pareja. Puede ser. Al fin de cuentas se trata de hacerle saber con lujo de detalles a qué lugar hemos llegado y hasta cierto punto exhibir el monte conquistado. Pero eso no es mentir.

Ahora bien: tenderse en una cama o en el suelo o en la tina, boca abajo o boca arriba; serpentear con la cadera al vaivén de las ideas, exhalar las contracciones que sacuden la entrepierna; escuchar el cambio de la presión sanguínea y aumentar el movimiento sin que nada nos dirija; respirar el jadeo propio y besar o morder lo que sea que la mente se imagina, someternos al cuerpo y descubrir ese recodo donde un orgasmo se anida y transpirar mientras se expone, se expande y ramifica; mientras sube, se hace intenso y nos domina, y en un momento que todo lo abarca y todo lo puede, desintegrarnos en el tiempo y el espacio conquistando algo más grande que la vida; eso sin dejar escapar ni una mísera sílaba, eso sí es una gran mentira.

Bendígame padre porque he pecado. He mentido sobre mis orgasmos de masturbación. Sólo una de cada diez mujeres se anima a aceptar públicamente que se masturba. De las nueve que se quedan calladas o lo niegan, al menos seis se masturban pero lo hacen negándose el orgasmo, enmudeciéndolo como si así se enmudeciera el pecado.

De las otras tres, dos alguna vez se masturbaron pero la sorpresa del placer las asustó tanto que creyeron que eran lesbianas, o que si tenían muchos orgasmos a solas, nunca más tendrían orgasmos en pareja. La mujer que nunca lo hizo padece anorgasmia y figura en las estadísticas que aseguran que entre las mujeres que no han experimentado un orgasmo, en el 80% de los casos se debe al hecho de no haberse masturbado nunca.

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Más vieja y censurada que la prostitución, la masturbación femenina no siempre fue una vergüenza. En el antiguo Egipto era considerada un ritual religioso, en Grecia era públicamente aceptada como forma de suplir el abandono de los maridos durante las expediciones, y a lo largo de la Historia ha sido protagonista de incontables decorados en vasijas, posturas en esculturas y escenas de pinturas que asumieron el tema sin pudores. Klimt pintó en 1913 una de las escenas más explícitas, tras varios años en que realizó estudios con modelos que actuaban frente a él.

Sin embargo, desde el mismo origen de su nombre, hacia adelante, todo apunta a disfrazarla de misterio. Dicen los lingüistas que masturbación es una palabra compuesta por las raíces griega y latina mezea (pene) y turba (perturbación) que juntas significan excitar el pene. Esta será la más machista de las explicaciones. Las menos, dicen que masturbación provine de una sola raíz, del latín manus stuprare es decir violar con la mano -¿algo está violando a alguien?- o manus turbare es decir, excitar con la mano.

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