¡Ahorre hasta un

32%

por un año!

alo

Interés DJ

El ciclismo desde la mente de Marco Pantani, Santiago Botero y Héctor Ríos

Por Juan José Gaviria // Fotografía Juan Fernando Ospina

Este artículo explora la mente de tres grandes: el pirata Marco Pantani; Santiago Botero, rey de la montaña en el Tour de Francia de 2000, y Héctor Ríos, un repartidor de frutas de Medellín.

El ciclismo es el deporte más duro del mundo. Nada se compara con los cientos de kilómetros del Tour de Francia o con llegar primero a los premios de montaña de la Vuelta a España, el Giro de Italia o la Vuelta a Colombia. Las carreras parecen diseñadas para superhombres y los ganadores siempre son vistos con desconfianza; "debe estar dopado", dicen. Este artículo explora la mente de tres grandes: el pirata Marco Pantani; Santiago Botero, rey de la montaña en el Tour de Francia de 2000, y Héctor Ríos, un repartidor de frutas de Medellín que se ganó la venia del propio Botero.

Por Juan José Gaviria // Fotografía Juan Fernando Ospina

El auto se estaciona en un restaurante de comida típica en la vía que une a Medellín con el eje cafetero. Dos hombres de chaleco -con la sigla WADA (World Anti-Doping Agency)- se bajan del carro y entran con aire decidido al restaurante. Santiago Botero, el campeón mundial de ciclismo, los espera en una mesa. Lo llamaron de sorpresa esa misma mañana. Está con su esposa y sus hijos, y sabe qué tiene que hacer: entra al baño, orina en unos recipientes y los agentes regresan de inmediato a California.

Esta historia empieza cuando Santiago tiene diecisiete años, está en el último año del colegio en el Instituto Jorge Robledo y no sabe bien qué camino seguir. No se ha destacado en deportes y cree que quiere estudiar lo mismo que su papá. Además, le gusta beber y fumar, y fue expulsado de otro colegio por mala conducta. Con su mejor amigo, Pascual Gaviria, sale de rumba a las discotecas Baviera, Casa Verde y Oporto. Otro de sus amigos, Juan Esteban Aristizábal, no se deja cortar el pelo porque dice que será cantante.

El día de los exámenes de Estado, celebran haciendo trompos en dos Suzukis SJ en una competencia suicida. Juanes se baja y dice que todavía no quiere morir. Por esos días, en 1989, Santiago sale con Pascual en bicicleta para ver si es capaz de llegar al alto de las Palmas. Su vida cobra sentido. Se enamora, entrena todos los días, deja de tomar y de fumar, sus papás celebran y con William Molina, un tornero de Arbar, la fábrica de bicicletas más popular de Medellín, salen a conocer los pueblos de Antioquia a pedal.

Al otro lado del mundo, en Cesenatico, un pueblo que duerme sobre la costa adriática, un flaco menudo de diecinueve años acaba de convertirse en ciclista amateur por consejo de su abuelo, un zapatero comunista. Se llama Marco Pantani, tiene orejas grandes, sufre alopecia prematura y disputará su primer Giro de Italia para amateurs. En el prólogo de la carrera pierde el control en una mancha de aceite y cae. Se disloca un hombro y tiene una cortada seria.

El director del equipo llama a su papá para que lo recoja, pero Pantani continúa. Ataca en las subidas y escala posiciones. Aparece en el tercer lugar de la clasificación general. Seis años después, en 1995, es el mejor ciclista de Italia. Con irreverencia, quedó segundo en el Giro y tercero en el Tour de 1994. Ahora representa a su país en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Duitama, Boyacá.

El 4 de octubre, Indurain, Olano, Bugno, Chiapucci, Pantani, entre otras figuras, ruedan bajo un aguacero en una carrera de 265,5 kilómetros que termina con medalla de oro para Olano, de plata para Indurain y bronce para Pantani. Entre la delegación colombiana hay un joven aficionado que ha hecho una gran presentación en la Copa Mundo, tres semanas antes de la competencia definitiva. Santiago Botero no es profesional y ha quedado segundo. Es la primera vez que Pantani y Botero coinciden en el mismo lugar. Uno tiene 25, el otro 23 años.

Las nueve de la mañana del 28 de julio de 2007, un hombre de 36 años se baja de un bus en Barranquilla. Tiene una bicicleta Trek blanca y un morral. Héctor Ríos no ha dormido bien en las dieciséis horas que duró el trayecto desde Medellín, pero quiere entrenar un poco antes de ir al partidor de la Vuelta a Colombia. Sin embargo, está en forma. Todos los días se levanta a las cinco de la mañana, entrena hasta las nueve, se baña, se viste y sale en una bicicleta para la Plaza Minorista de Medellín, al puesto 437, en el sótano de la plaza, donde agarra una bicicleta de carga que pesa veinte kilos y tiene dos parrillas. En ella reparte frutas durante el día en billares y tabernas del centro.

A las tres de la tarde se da la largada en Barranquilla. Es una contrarreloj de 6,6 kilómetros. Santiago Botero gana sin problemas con un tiempo de siete minutos y treinta y siete segundos. Las etapas contrarreloj son su especialidad. Lo sigue Libardo Niño, ocho segundos por encima. Héctor Ríos, el repartidor de frutas de la Minorista, no está entre los diez, tal vez tampoco entre los veinte primeros. Solo le importa participar en la Vuelta, sentirse libre.

Está orgulloso de correr con un campeón como Botero, quien en ese entonces ya había corrido en equipos europeos durante una década, había sido campeón de la montaña en el Tour de Francia en 2000 y campeón mundial contrarreloj ese mismo año, además de subcampeón de la Dauphiné Libéré en 2005.

Héctor se inscribió en la Vuelta con un equipo que formó con su amigo Santos Álvarez, El Costeño, y cinco hombres más. No son profesionales, deben comprar la comida para los trayectos y contrataron un carro para que los acompañe. Consiguieron quién les pagara los hoteles y las comidas en los cierres de la etapa. Además, un concejal de La Vega puso su nombre en las camisetas y los "apoyará" cuando pasen por su municipio.

A Héctor no le gusta mendigar y siempre ha ahorrado para poder correr la Vuelta a Antioquia, el Clásico RCN, la Vuelta a Colombia, y cualquier "clásica" que se le atraviese. Santiago Botero, en cada final de etapa, ve a Héctor ir cada noche a comprar el agua, las galletas y los sueros para la competencia. Santiago es profesional, gana dinero al pedalear. Pero ¿Héctor por qué se rompe el lomo con trescientos kilos de fruta para ahorrar y subir el alto de Minas, el alto de las Palmas, a Santo Domingo, comprar un tensor o un sillín, unas gafas y unos guantes?

En ocasiones, Héctor arma su mochila y se va a acampar en un potrero para después volver a la ciudad. Otras veces se va más lejos, hasta Apía, Risaralda, para visitar a sus primos. Cuando vuelve, empieza el ritual de sus bicicletas: la de ruta, para entrenar; la de montaña, para bajar a la Minorista; la de carga, para llevar cientos de kilos de fruta a los bares del centro de Medellín.

...

Publicidad