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Perfiles de las mujeres según la región. Pros y contras de las mejores mujeres de Colombia

Las costeñas siembran alegría, ritmo y un jajajaja imparable; las caleñas son como las flores y siempre, siempre, se las arreglan para llamar la atención y ser el centro de la fiesta; las bogotanas no tienen tanto maquillaje y cargan, en general, con muy pocos kilos de silicona y una onda relajada; las paisas son juiciosas y buenas estudiantes. Las cuatro tienen pros y contras.  Y las cuatro son lo mejor que tiene Colombia.

COSTEÑAS

Por: Alonso Sánchez Baute

¡Asténicos, retrocedan! esta podría ser una máxima de las mujeres de mi tierra, pues si hay algo claro sobre los gustos femeninos a lo largo y ancho de los siete departamentos que -por cercanía al mar o por tradición- se dicen costeños, es que allí, como en la oscarizada película de los hermanos Joel & Ethan Coen, "no hay lugar para los débiles". Como afirma mi amigo arquitecto Sergio Mendoza -rolo con pinta de rolo pero fanático de las costeñas-, a ellas "les gusta la galantería masculina y no pretenden competir por la igualdad en los sexos; les gusta sentirse protegidas por su hombre; les gusta ser femeninas y ser tratadas como reinas, ¿quien así no se siente como un rey?".

Como quien dice, el macho alfa no podría encontrar un mejor lugar para su harem. Me han encomendado describir aquello que tienen las mujeres de mi tierra que las hace tan deseables a la testosterona de los hombres del resto del país, y he comenzado la nota -ya lo han leído- por donde mis encuestados terminaron: por el machismo. "A veces, incluso, fuerzan a ser dominadas", según palabras de Fernando Rojas, otro viejo amigo cachaco (buscando generalizar en esta nota, cachacos no son sólo los bogotanos sino todo aquel colombiano nacido de Curumaní pa' abajo).

Soy consciente de la molestia que en muchas puede causar esta primera impresión que doy de ellas, pues el machismo, que tanto se critica en público, es tan perverso, que hasta sus víctimas, las mujeres, son las encargadas de preservarlo. Por eso, hablemos de él como si fuera bueno y parodiemos a Kundera quien, en La insoportable levedad del ser, asegura que "a las mujeres les gustan los hombres que salen con mujeres bonitas" y digamos que a los cachacos les gustan las mujeres que salen con hombres bien machos.  

Para Sergio Álvarez, el autor de La Lectora, la esencia de las costeñas, en cambio, radica en "su energía y sus profundas ganas de vivir y de mostrarse vitales, amén de que hablan de sexo sin remilgos y carecen de formalismos innecesarios. Lo anterior sin contar que tienen más carne de donde agarrar". Otro gran amigo, Ricardo Vivas, rolo de nacimiento, se casará pronto con una cartagenera de ojos vivaces y carcajada coqueta. Le consulté por aquello con lo que ella lo sedujo. "Vea, me enamoró por su alegría y espontaneidad -afirmó con mirada de hombre tragado-. Irradia energía y ganas de pasarla bueno, es abierta a la gente y la gente la adora. Me empezó a enamorar en la cocina: como buena costeña, tiene una sazón increíble. Su familia es algo fundamental y le es importante que yo sea parte activa de ella, eso me hace sentir especial".

La cocina es el lugar de la casa donde aprendemos de sazón, y la sazón, según define el DRAE, "es el gusto y sabor que se percibe en los alimentos". ¿A qué sabe, entonces, la mujer costeña? A  toda esa mezcla de culturas y fragancias que desde la Colonia anclaron en nuestras costas. Como en el porro, saben a tamarindo, a mango dulce, "a bollo poloco esmigajao en celele, a totuma é guarapo con hielo y limón"; saben a "arepita, queque, merengue, chiricana y dulces"; saben a mote de queso y a patacón pisao, a arroz con coco y a posta negra; a sancocho de chivo y a friche asado. Saben a tierra, a canto, a cadencia árabe  y a tumbao africano.

Pero sazón viene también de "sementera", y sementera significa sembrar. La mujer costeña sabe mucho de esto: siembra alegría, siembra queridura, siembra calor, siembra sol y verano, siembra gaitas y acordeones, siembra ritmo y un jajaja imparable y sonoro que nunca -jamás- es tímido. Cedo de nuevo la palabra a Sergio Mendoza: "Otra cualidad es su forma de caminar, no hay manera de evitar la mirada ante la entrada  de una mujer costeña. El calor que las obliga a usar ropas ligeras, permite que ellas sean maestras del movimiento de caderas que hipnotiza a cualquier transeúnte desprevenido, tanto como maestras de mostrar hasta donde se debe, hasta donde la imaginación aún permite soñar sin caer en vulgaridad. No se puede comparar la sensualidad del caminar de una mujer de las islas de San Bernardo del Viento con la gracia de las mujeres de Cogua".

Dicho en frase corta, las costeñas no necesitan ser bonitas para creer que lo son. De hecho, con su contonear,  más que sexis, saben que son deseables por el simple hecho de ser mujeres. Hablando de contoneo, ¿se creen mejores las costeñas que las cachacas? Pregunté a varias amigas cuyos nombres omito,  pues por sus respuestas podrían tomarse por petulantes. "Claro que somos mejores  -afirmó cada una por separado-: nada más mira cómo bailamos de bien". El baile lleva al pavoneo al taconear, y a esa gracilidad enamoradora que se manifiesta hasta en el hablar y las lleva a ser directas y a no sentir pena por no guardarse incluso lo que deben callar.

Un par de amigas fueron más explícitas al presumirse en la cama como panteras enjauladas. "Las cachacas tienen fama de frígidas y aburridas -afirmó literalmente una de ellas-. Por eso, cuando les ponen los cachos, suele haber una costeña ardiente de por medio"...Como escritor, agregaría un atrezo intelectual: la facilidad de la palabra, sumado a un acento alegre y sonoro, que las convierte en especies de Sherezadas a la hora de contar historias. "Tienen la fortuna de su tradición oral y la exageración de sus abuelas que convierten  cualquier anécdota en una historia fascinante de aventura y trópico. Nadie puede evitar quedar atrapado ante la mágica historia que cuenta cualquier costeña en la fila de un banco", remató mi amigo Mendoza.

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