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Interés DJ

Duelo de hembras: bogotanas

Por: Mauricio Silva Guzmán Fotos: Pizarro, Diego Cadavid y Julián Restrepo

Perfiles de las mujeres según la región. Pros y contras de las mejores mujeres de Colombia

BOGOTANAS

Por: Mauricio Silva Guzmán

Tal vez es el maquillaje. Digo, ese mesurado uso del maquillaje -algunas veces nulo, algunas veces imperceptible- de ciertas hermanas bogotanas. Tal vez ese es el rasgo que más me gusta de las rolas y que para mí las describe. Yo no sé ustedes, pero yo, que soy bogotano, que he capoteado el delirio de la nueva ciudad ocupada por todo tipo de habitantes menos por rolos, lo percibo así. De hecho, recuerdo a mis compañeras de universidad embadurnadas con una generosa capa de maquillaje. Pero las dos o tres que eran bogotanas, no. O por lo menos no tanto.

No sé, puedo estar equivocado, pero podría jurar que las rolas usan mucho menos maquillaje que las paisas y las vallunas y las costeñas y que eso, tal vez, es su gran punto a favor. Y es, de paso, la manera de reconocerlas. Sé que en estos discursos regionalistas esto de generalizar resulta un poco peligroso, porque, por ejemplo, ahí está la bogotanísima Gloria Zea con su histórico poema al maquillaje. Pero atención que, como ella, y también de su generación, está la cachaquísima Clara González, la mamá de Clara Rojas, sin gota del mismo.

Y de ahí para abajo, las bogotanas que andan por los cincuenta, cuarenta y treinta, más ese montón de veinteañeras que deambulan sin ese abuso del  maquillaje, que es ''la tercera mano'', como decía el Mocho Sánchez. Y lo lindas que se ven. Y lo saben. No sé. Tal vez ese sentido de la discreción, empezando por lo físico, es lo que me gusta de ciertas cachacas. Y tal vez por el hecho de que son las que consumen menos silicona en el país, porque aquí, con este clima, no es tan necesaria a la hora de "sobresalir". De lo que sí estoy seguro es de que, entre una rumba en Cali o una en Medellín o una en Bucaramanga o una en Pereira, y mil rumbas en Bogotá, hay kilos y kilos de diferencia en implantes.

O tal vez me gustan porque aquí, en Bogotá, no hay ese problema de salud pública que tienen las pobres antioqueñas con sus anorexias y su irremediable culto a la belleza donde las pobres gordas, las que sí se comen el mondongo, viven profundamente deprimidas. O tal vez porque las bogotanas de ayer y de hoy tienen lindas tetas. Tetas naturales. Tetas, tetas. Ese podría ser otro rasgo. Ahí están, por ejemplo, todas las hermanitas Sáenz -Shirley, Julie Pauline y Kathy- que fueron reinas sin necesidad de la silicona, por dar tres ejemplos.

Y sí, la belleza de Paola Turbay también me gusta. Y tal vez me gustan las bogotanas porque me gusta verlas con sus abrigos. Como la Flaca de mi corazón, que es bogotana e hija de bogotana, a quien los abrigos le quedan muy bien. No sé, debe ser eso, una linda tara con la ropa. Y en ese orden de ideas, me gusta ver cómo se arropan las bogotanas, todas en general: las hippies, las yuppies, las emos, las punketas, las raperas, en fin, todas. Un poco uniformadas en sus propias tribus, pero en un momento dado, como si todas estuvieran haciendo casting para una película de otoño por allá en Praga (y ahí perdonarán el arribismo checo).

No sé. Debo estar hablando paja, más si se tiene en cuenta que a los colegas que escriben las otras páginas de este especial les queda mucho más fácil el perfil de sus mujeres, ya que en Barranquilla la gran mayoría son costeñas; y lo mismo en Medellín, que está llena de paisas, y lo mismo en Cali, atiborrada de vallunas. Pero es que Bogotá, a diferencia del resto, no está llena de bogotanas sino de foráneas, unas con sello de cachacas adoptadas, otras en el proceso. Por eso, con todas juntas, las bogotanas deberían ser las que viven aquí.

Pero vuelvo. Tal vez me gustan porque las cachacas saben rodar la inmensa ciudad, con todos sus compliques, y eso significa que, si saben rodar esta ciudad, sabrán rodar otra cualquiera, lo cual las hace un poco más universales, un poco más cosmopolitas que el resto. Y tal vez porque se parecen a la ciudad: dinámicas y creativas. Y tal vez porque, como la ciudad, no se repiten. Y porque saben reírse de sí mismas. Sí, eso es.

Tal vez porque son grandes ''camelladoras'', como lo afirmó una reciente investigación de Future Concept Lab, en la que concluyó que "las bogotanas son más entregadas al trabajo que las europeas". Punto a favor porque, querido lector, una bogotana, tarde o temprano, lo va invitar al cine o a comer o pagar los tragos, cosa que es muy poco probable con las machistas de otros pagos.

O tal vez porque son las que menos creen, de todas las mujeres del país, que el paraíso terrenal está en Miami, y ese es otro puntazo a favor. Pero, ¡ojo!, volteo la torta y perdón a la que le caiga. No existe una malparida más aburrida, arribista y clasista que una cachaca malparida, aburrida y clasista (y les gana a las cartageneras del mismo tipo, que eso ya es mucho decir). Hablo de la rola en su 4x4 pisoteando a todo el mundo. No existe una competidora más golfa -hablo de competencia entre mujer y mujer, que una bogotana trepadora, decidida a aniquilar a su semejante.

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