¡Ahorre hasta un

32%

por un año!

alo

Interés DJ

Cacería ecológica: disparar para mantener el ecosistema

Texto y fotos: Luis Guillermo Vélez Cabrera

Hay que apuntar bien: justo encima del hombro. Y con esta muerte -y con los dólares que se pagan por disparar- mantener el ecosistema. Este texto es para la polémica.

Hay que apuntar bien: justo encima del hombro. Y con esta muerte -y con los dólares que se pagan por disparar- manteenr el ecosistema. Este texto es para la polémica. La caza, según el autor, es uno de los últimos caminos para salvar especies en vías de extinción. ¿Es hora de que Greenpeace venda rifles?

Bueno, aquí estoy. He recorrido diez mil millas en avión, trescientos kilómetros en carro, cuatro kilómetros caminando sobre un río seco y quinientos metros arrastrándome como una salamandra. Ha llegado el momento, le quito el seguro al rifle, hago el menor ruido posible y lo pongo sobre el trípode. Ajusto la mira telescópica y el cazador profesional -PH en el argot africano-, me susurra en el oído: el macho viejo, tercero a la derecha.

Se me para la respiración, lo visualizo perfectamente en la cruz de la mira y apunto justo encima del hombro, donde los manuales dicen que se encuentran los órganos vitales. Cuando apriete el gatillo, la bala calibre .30-06 Springfield de 160 gramos atravesará en 0.19 segundos los 164 metros que me separan del ñu negro que tengo en frente y lo matará instantáneamente. Huntersmoon Game Ranch, Great Karoo, Sudáfrica. "Es en la mitad del país pero está lejos de todo", me había dicho una amiga de la universidad que vive en Johannesburgo. Asentí con la cabeza y le respondí:

-Ese es mi destino.

Cuando llegué no aparentaba ser gran cosa. "Great Karoo", como explicaba la revista del avión, quería decir "gran sequía" y todo lo que había alrededor me lo confirmaba. Hace cien años este mismo lugar había visto desaparecer los últimos ñus, los oryx, los hartebeest y los springboks y sus magníficas cornamentas para ser reemplazados por cientos de miles de ovejas, en la increíblemente ineficiente proporción de una cabeza por hectárea.

Las cosas hubieran quedado así si hace doce años Mark y Beth McAdam no hubieran decidido comprar nueve sobreexplotadas fincas ovejeras para crear una de las reservas naturales privadas más grandes y espectaculares del continente. Es su segunda aventura de este estilo, la primera fue una vetusta finca ovejera en las cercanías de Ciudad del Cabo de 8.000 hectáreas que convirtieron en la Reserva Privada Bushmans Kloof y que acaba de ser elegida como el hotel No. 1 del mundo por la prestigiosa revista Travel & Leisure.

Huntersmoon tiene 27.000 hectáreas y está rodeada por una cerca perimetral que permite mantener en la propiedad 11.000 animales de 26 especies reintroducidas que habían desaparecido de la región, entre ellos 12 de los 3.500 rinocerontes negros que todavía existen en el planeta. Pero nadie trabaja gratis y los McAdam, que quieren mucho a sus animales, tienen un negocio. El negocio se llama la cacería deportiva y hay clientes que vuelan desde todos los confines de la tierra para pasar siete días de safari y cobrar sus trofeos de caza.

Estos señores -y algunas mujeres- pagan por cazar animales viejos cuya carne los McAdam luego venden al frigorífico del pueblo. Adicionalmente, cada año se hace una evaluación de sostenibilidad ecológica para realizar cazas de control de las especies excedentes o se hace captura de animales vivos para venderlos en una subasta local como reproductores. Salvo por los señores vestidos de cazador africano, como negocio, Huntersmoon no resulta muy diferente de una ganadería extensiva en los Llanos Orientales.

Y en algunos casos resulta mucho más rentable: matar un rinoceronte blanco cuesta 50.000 dólares; un antílope sable, 10.000; un búfalo del Cabo, 15.000. Las especies que tienen mayor población y no se encuentran bajo ningún tipo de amenaza, no dejan de ser relativamente costosas, un jabalí verrugoso 450, un impala 450, un springbok blanco 900, un ñu negro 600 y una cebra 900 dólares.

La primera noche comemos al aire libre, calentados por una enorme fogata, los frutos de esta tierra: hígados de antílope sofritos en mantequilla, lomos de springbok y salchichas de kudu secadas al aire, acompañadas de una botella de shiraz ligeramente fría. Le informo a Mark que vengo por el ñu negro, el más viejo que encontremos, pero no le llama mucho la atención mi escogencia. Quiero un ñu negro porque hace sesenta años estuvieron al borde de la extinción y hubieran seguido el camino del pájaro dodo de no ser por la creación de reservas naturales como esta y por gente como yo. Hoy en día el ñu negro comparte el mismo estatus de conservación que tienen las Columbas livias domesticas, es decir, las palomas de la Plaza de Bolívar.

La World Wildlife Fund "considera a la cacería deportiva como una herramienta legítima de manejo ambiental y un incentivo para la conservación", opinión que comparten la mayoría de los ambientalistas serios. La caza es una de las actividades legalmente más reguladas; en la mayoría de los países existen vedas, temporadas de caza, zonas excluidas, reservas privadas y un adecuado control por parte de las autoridades. Esto ha permitido una importante recuperación de las especies cinegéticas, las que se cazan, que se encuentran en su mejor momento en décadas. No miento.

En Estados Unidos, por ejemplo, la población de venado coliblanco pasó de 300.000 animales en los años veinte a más de 27 millones en la actualidad; los alces, de 50.000 a cerca de un millón; los gansos canadienses, de un millón en los años cincuenta a 2,5 millones, y los patos, de 25 millones en 1960 a 43 millones, a pesar de que cada año se cazan cuatro millones de venados, 150.000 alces, 250.000 gansos y diez millones de patos.

Este modelo de sostenibilidad ambiental ha sido exitoso inclusive en los países subdesarrollados en África. En los 23 países africanos que permiten la cacería deportiva se asignan más de 1,4 millones de kilómetros cuadrados de tierra privada para hábitat de presas de caza, 22% más de extensión que la que tienen todos los parques y reservas de estos países. Esto quiere decir, sencillamente, que si la cacería fuera prohibida, mañana se reduciría el hábitat destinado a estas especies en 60%, se generaría una hecatombe ambiental de proporciones bíblicas, como en efecto ha ocurrido en Kenia desde la prohibición de caza en 1977.

Llevamos más de tres horas recorriendo la propiedad cuando Jan, el tracker bosquimano nos avisa que ha visto algo. Rhys Mowat, el PH, para de inmediato el vehículo y apunta sus binoculares hacia el horizonte. Yo hago lo mismo y no veo nada, pero ellos sí. "Black wildebeest bull, boss", dice Jan. Rhys asiente con la cabeza y revisa el viento. Me explica que si caminamos directo al ñu nos identificará con el olfato. El PH se voltea y toma rápidamente la dirección opuesta al objetivo. Sorprendido, le pregunto qué vamos a hacer, y me responde que nos acercaremos por el río seco a la izquierda. Nos tomará una hora más y cuando lleguemos es posible que ya no esté allí.

...

Publicidad