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Así es la vida de Roberto Escobar, el hermano de Pablo Escobar

Por: Juan Carlos Giraldo Fotografía: Sebastián Jaramillo

"El Osito", el último sobreviviente del cartel de Medellín, un hombre que afirma que tiene la vacuna contra el sida, que tiene un museo del capo en su casa y que está vivo por no abrir la boca.

Roberto Escobar trata de identificar la mancha oscura que atraviesa el horizonte: un avión de Satena que se prepara para aterrizar en la pista del aeropuerto Olaya Herrera, el mismo donde él aterrizó en helicópteros y aviones privados que su hermano, Pablo Escobar, disponía para su familia. Un viento agradable se estrella contra la fachada de la casa, construida en la avenida de Las Palmas. Roberto Escobar no es ciego, pero no puede ver el avión. Hace más de dos décadas que una bomba, mimetizada dentro de un sobre de manila que llegó a sus manos cuando estaba preso, destrozó los nervios vitales de sus ojos.

Él dice que ve en blanco y negro, y en ocasiones, dependiendo del efecto de las gotas que le medicaron, descubre manchones parecidos a las pinceladas de Obregón. La casa de Roberto, sin embargo, no es un museo de arte y los manchones son de otro tipo. En la entrada de la casa hay una foto gigante del capo con un pantalón de lino azul y camisa blanca, abierta a la altura del pecho, mientras se baja de un jet. Está sonriente, algo obeso y tiene el bigote bien cuidado. En la foto también está su esposa, Victoria Eugenia, o "la Tata", embutida en un grueso abrigo de cuero con cuello de piel animal; cuando atraviesa la puerta de su casa, Roberto duda en salir, siempre se queda plantado en la terraza viendo la ciudad.

"El osito" rara vez sale de su hogar y solo oye el mundo de afuera en forma de pitos de carros y ronquidos de motocicletas de alto cilindraje que apuestan carreras improvisadas sobre la avenida El Poblado. Ese rumor es de los pocos ruidos que llegan con claridad a su sistema auditivo: el bombazo de la cárcel también le causó una sordera parcial de por vida. Perdió el oído en un sesenta por ciento. Hay que hablarle fuerte para que escuche, especialmente por el oído derecho. Ya no sale a ese alborotado mundo exterior. Sus placeres, desde hace ya una década, se limitan a la compañía de sus hijos y a descifrar los misterios de un invento que, según él, va a revolucionar la humanidad.

- La vida de ahora es mucho mejor que la de antes, es más tranquila, antes uno vivía en una zozobra muy grande, muy acosado -sentencia desde la comodidad de su poltrona de cuero descolorido y cuarteado. 

En una mesa hay una docena de libros que han escrito sobre su hermano. El narcotraficante más poderoso del mundo. Hoy Roberto sobrevive con lo justo. Casi todo lo que tuvo terminó en manos del Estado por vía de los procesos de extinción de dominio. Los procesos judiciales concluyeron que su patrimonio fue producto de los negocios de narcotráfico de Pablo. Roberto jura, cada vez que le tratan el tema, que jamás se inmiscuyó en los negocios de su hermano, aunque sí sabía que los hacía, pero dentro de sus múltiples confesiones ante los jueces luego de su entrega voluntaria, incluyó el delito de narcotráfico y recibió condena. Él dice que esa confesión fue un invento de su hermano para que pudieran estar juntos en la cárcel.

- Pablo consiguió unos testigos falsos que me involucraron en un negocio ficticio de droga, y eso fue suficiente para entregarme. La condición del gobierno era que tenía que confesar un delito. La prueba de que no tuve nada que ver con narcotráfico es que jamás fui pedido en extradición por Estados Unidos.

Le pesa admitir que cada vez que ve la foto de su hermano bajándose del jet, le llegan a su cabeza los recuerdos de sus años "mozos", de plata, aviones y carros de lujo. Aunque intenta no demostrarlo, se nota que esos recuerdos todavía lo tocan. La del avión no es la única fotografía de Pablo que cuelga de las paredes de la casa. Además de las imágenes que hay tiradas sobre una mesa, al lado de los libros sobre el capo, hay otros cuatro retratos del jefe del Cartel de Medellín exhibidos en diferentes lugares, dos de ellos a manera de afiche. Hay dos fotos que llaman especialmente la atención. En una de ellas el capo posa vestido de arriero paisa.

- Esa fue en un cumpleaños de la niña, de Manuela -explica Roberto.

Sobre la imagen se ve un orificio de más o menos un centímetro de diámetro.
- Ese fue el tiro que me hicieron la semana pasada, cuando se me metieron a la casa a secuestrarme -dice mientras levanta el marco para mostrarlo por su parte posterior, donde también se ve la salida de la bala. Y señala la pared que sostiene la foto, en la que se ve el final de la trayectoria de la bala.

- Pablo me salvó la vida -continúa-. Cuando el tipo entró, se encontró de frente con mi hermano y se asustó pensando que era una aparición del más allá, y le disparó al estómago. ¿No le parece eso muy verraco?

La bala que impactó el estómago de Pablo Escobar hizo parte de una seguidilla de por lo menos diez disparos de cinco hombres fuertemente armados en la madrugada de un lunes de octubre de este año en un intento por secuestrarlo. Hasta donde ha trascendido, ex empleados suyos querían llevárselo para obligarlo a que les revelara el paradero de las supuestas caletas que dejó su hermano. La Policía, advertida por Roberto, alcanzó a llegar a la casa justo antes de que los asaltantes entraran en la vivienda. Uno resultó muerto, dos más heridos y otros dos fueron capturados.

"El osito" no sale de su asombro. Dice que no entiende por qué razón hay gente que quiere hacerle daño, cuando él mismo se encargó de pedirle perdón a cada una de las personas a las que su hermano les causó algún mal y se esmeró por saldar todas las cuentas que quedaron pendientes y sanar las heridas que siguieron abiertas tras la muerte del capo.

- Le he cumplido al país, le he cumplido a mis amigos, a mi familia. Yo creo que soy de las pocas personas que ha hecho verdaderamente lo que prometió cuando salió de la cárcel, lo he cumplido al pie de la letra.


Se refiere a las promesas que hizo a quienes fueron los enemigos a muerte de su hermano Pablo, y a la justicia de Colombia y Estados Unidos. Con los primeros, "la gente de Cali" como los sigue llamando, reconoció los crímenes que cometió su hermano y les juró no involucrarlos en ningún asunto, ni atacarlos jurídica o militarmente, o tomar represalias. Persuadió a los sobrevivientes miembros del Cartel de Medellín para que siguieran su ejemplo. Le prometió a la justicia no volver a delinquir, no meterse en negocios ilícitos como el narcotráfico y hacer gestiones para lograr la paz de Colombia.

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