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Interés DJ

Así funciona La Luciérnaga

Por Jorge Patiño Fotografías: Sebastián Jaramillo

Este es el día a día del programa de humor "serio" más exitoso de Colombia.

La Luciérnaga es la mejor amiga de los conductores atrapados en los trancones de las seis de la tarde. Su fórmula radial le permite burlarse de ministros, alcaldes, presidentes y expresidentes, modelos, futbolistas, guerrilleros, paramilitares, traquetos y de todo el que tenga algo que decir. Este es el día a día del programa de humor "serio" más exitoso de Colombia. 

Unos minutos después de las cuatro de la tarde, apenas termina el boletín de noticias de la hora en punto, Hernán Peláez entra en la cabina principal de Caracol. Lleva en sus manos los libretos de La Luciérnaga y una pequeña lata plateada, apenas más larga que un dedo índice y un poco más ancha que un palo de escoba. En la cabina hay una gran mesa con forma de V: su vértice es el puesto de Peláez.

Cada posición tiene su silla y su micrófono, pero el de él no está en la mesa sino sostenido en el suelo por un soporte que el director de La Luciérnaga ajusta a su altura porque le gusta trabajar de pie. Cerca del micrófono está el atril donde pone los libretos. Con su postura, los papeles y el atril, Peláez parece más un director de orquesta que de un programa de radio.

La lata plateada entra en acción de inmediato. Se trata de un ambientador marca Slatkin & Co. que puede ser de cualquier aroma, pero que por estos días es de canela. Se consigue por cinco dólares y los humoristas del programa que van a Estados Unidos a presentaciones le traen algunos de regalo. Con sus "perfumitos", como les dicen a las latas, Peláez intenta matar el ambiente que crea el aire acondicionado. Y sigue de pie porque se siente más cómodo y así evita el dolor que le causa un problema en la rodilla, y además trabaja mejor la voz.

Desde la cabina perfumada va dando las entradas a cada una de las personas que intervienen. Ahí están Gabriel de las Casas, y "Alerta", Juan Ricardo Lozano, un humorista que lleva 18 de los 19 años que tiene el programa al aire. Las órdenes de Peláez pueden ser verbales, pero también mediante señas. Del otro lado del vidrio de la cabina está la productora Viviana Echeverry y todos los días hay uno o dos imitadores que con sólo mirar a Peláez ya saben cuál personaje deben interpretar; si Peláez se persigna, por ejemplo, es el momento de imitar al cura Hoyos.

Una de las últimas en llegar a la cabina es Alexandra Montoya. Cuando entra al estudio deja su morral rosado de libros sobre la mesa. Alexandra está en cuarto semestre de derecho en la Universidad del Rosario y siempre tiene que correr para cumplir con las clases y luego convertirse en el personaje femenino que tenga que imitar. El ambiente de La Luciérnaga, sin embargo, no está cargado de estrés. No hay invitados para hablar en el estudio o por teléfono.

Una de las pocas ocasiones en las que ha habido uno fue en junio del año pasado, cuando llegó el general Luis Mendieta un par de días después de que lo liberaran las Farc. Acababa de salir de unos exámenes médicos en el Hospital Militar, preguntó dónde quedaba Caracol y pidió que lo llevaran. Dijo que quería ir La Luciérnaga y conocer a Peláez. Allí contó cómo en medio de la selva machacaba las pilas de su radio cuando se estaban quedando sin energía para poder seguir oyendo el programa.

La ausencia de invitados hace que La Luciérnaga sea un programa barato. Sus cuentas telefónicas son prácticamente inexistentes y no gasta un peso en viajes para enviados especiales. Lo único que se debe pagar es la nómina. Gastos adicionales, como la bolsa de roscones y la botella de gaseosa que a veces piden hacia las cinco de la tarde, corren por cuenta de los integrantes del programa, que hacen una colecta para pedir las onces a una panadería.

Los integrantes de la orquesta que es La Luciérnaga son como esos músicos que tocan algo difícil pero sin hacer gestos de sufrimiento y le hacen creer al público que presentarse en un escenario es facilísimo. Tanta fluidez se logra mediante un trabajo en equipo muy bien coreografiado y un grupo de personas que se conocen dese hace mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los programas o medios de comunicación, en La Luciérnaga no hay un consejo de redacción en el que todo el personal se reúne para dar ideas y repartirse las tareas.

Todo empieza temprano, pero no en Bogotá, sino en Tuluá y Medellín donde respectivamente preparan la agenda, Gustavo Álvarez Gardeazábal y Pascual Gaviria, que desde mediados de diciembre reemplaza a Héctor Rincón, quien se pensionó por esa época (Durante sus primeros días de trabajo era frecuente oír decir a alguno de los humoristas "¿Quién se coló en el estudio? ¿De quién es esa voz?", para recordarle a Gaviria que aún era un novato).

-Yo nunca he sido madrugador. Tengo una niña de tres años y ella marca la hora de levantada, pero más o menos es a las ocho de la mañana. La recopilación de la información la hago en la casa y llego a Caracol unos diez minutos antes de entrar al programa -dice Gaviria.

Por su parte, Gardeazábal no tiene una hora fija para empezar a trabajar. "Eso depende de la hora a la que me acueste... y con quien duerma". De todos modos, entre las nueve y las diez de la mañana envía un correo con unos veinte temas para el programa de ese día, cada uno de ellos escrito en un formato breve, como un titular de dos líneas. Hay toda clase de informaciones que no salen de su recorrido por los medios sino de las llamadas que hace por la mañana para enterarse de cosas, y de los almuerzos que todos los días organiza de una a tres de la tarde. Gaviria también envía sus titulares unas horas después de Gardeazábal.

Desde su casa en Tuluá, Gardeazábal se comunica, literalmente, con todo el mundo. La mayoría de los periodistas tiene que buscar a sus fuentes y Gardeazábal lo hace con juicio. Pero además tiene el privilegio de que muchas de sus fuentes lo buscan a él. Saca de su bolsillo para el trago y el almuerzo que les ofrece a sus visitantes. Casi no le gusta salir de Tuluá, y no va en absoluto a ningún lugar que esté a más de 1.500 metros de altura por causa de una deformación tubular de la aorta ascendente, que podría matarlo si se descuida.

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