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Francisco Prado es el chef de dos de los restaurantes más importantes de Cali. Aunque estudió arquitectura, este caleño siempre ha sido un apasionado de la cocina, gusto que heredó de su padre

A los siete años Francisco Prado perdió la cabeza por un queso brie. Desde entonces dice que es adicto a los quesos. Sin embargo, su pasión por la cocina no paró ahí. A la misma edad se atrevió a hacer pan en un horno de leña que su papá le construyó. Hoy, Francisco es dueño de dos restaurantes en Cali, La cocina y Hacienda del Bosque, por el cual ganó el premio La Barra por mejor nuevo restaurante, además tiene una empresa de catering. Aunque para llegar a este punto, Francisco tuvo que cambiar de camino varias veces.

“La primera vez que fui a Maido en Lima fue una experiencia increíble. Además de que la comida peruana es una de mis favoritas. Un buen tiradito es algo que me encanta”.

(Andrés Galofre: el agricultor urbano)

Hace diez años estudiar cocina no estaba de moda y era visto como una locura, por eso cuando dijo que quería estudiar gastronomía la respuesta en su casa fue un no. Decidió irse de Cali para estudiar administración de empresas en Bogotá, pero esto solo fue una escala, pues a los pocos semestres se cambió de carrera y empezó a estudiar arquitectura. Esto no lo alejó de la cocina, mientras aprendía sobre estructuras y diseño, Francisco leía todo lo que podía sobre recetas y chefs. En cuarto semestre buscó trabajo en Harry Sasson: “Yo quería trabajar allá, de lo que fuera, por eso el día de la entrevista dije que si me tocaba empezar desde cero no tenía ningún problema”; la escuela de Francisco empezaría pelando ajos y espinacas. Al final se graduó de arquitectura, pero sus conocidos sabían que lo suyo iba más por el lado de los fogones, tanto que todos los regalos que le dieron en su graduación eran cosas de cocina.

“Me encantan los libros de cocina, una vez llegué a comprar treinta libros en un viaje, la enviada por correo fue vulgarmente cara, pero valió la pena. Uno de mis favoritos es Perfect Cakes, de Nick Malgieri”.

(Christian McAllister, el artista del catering)

Cuando empezó en el negocio de la comida no todo fue fácil, él mismo dice que tuvo que aprender a las malas cómo funcionaban los restaurantes. Ahora, mientras atiende sus negocios saca tiempo para montar a caballo, su otro hobby, y también saca tiempo para comprar y leer libros de cocina, su otra adicción.

“Mi chandoso llegó un día a mi taller, estaba perdido. Como no nos queríamos encariñar mucho, por si aparecía el dueño, nunca le pusimos un nombre. Al final se quedó con nosotros, pero como mi mamá siempre le decía, Niño, así lo bautizamos”.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @felipeg269

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