Edición 118

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Caracas: ahí están las marcas de esos disparos

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Nuestro periodista Leo Felipe Campos habló con Miguelón, un habitante de Caracas cuya historia está marcada por la violencia y la criminalidad que se vive en algunos barrios de la capital venezolana.

En medio de la crisis que golpea a Venezuela: inflación, corrupción, desabastecimiento, protestas callejeras y represión política, Caracas se ha convertido en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses de la capital llegan alrededor de 500 cadáveres por muertes violentas todos los meses. Nuestro periodista Leo Felipe Campos visitó algunas barriadas peligrosas de Caracas hasta que llegó a San Agustín, donde encontró a Miguelón, un maleante que creció entre robos, asesinatos y disparos. La criminalidad es uno de los mayores dramas que enfrenta Venezuela en la actualidad. ¿Se ha convertido Caracas en la Medellín de los años noventa?, ¿podrán sus habitantes salir de esa espiral que crece entre homicidios, secuestros y extorsiones?

La única vez que su padre le pidió una pistola tenía doce años. Es el último recuerdo que tiene de él: lo escuchó decirle entre dientes que lo habían robado y quería vengarse. El chico consiguió el arma a través de uno de sus tíos maternos y se la entregó. Su padre estaba casado con otra mujer, no con su mamá. Aquella mujer viajaba y la fue a buscar. La encontró en la cama con otro, les disparó a ambos y se suicidó.

–¿Cómo se llamaba tu padre?

–Miguel, igual que yo.

Tenía también doce años cuando un compañero de estudios le arrebató un lápiz y un borrador. Pero ya no usaba su nombre, le decían Miguelón. Se cayeron a golpes. Una pelea de muchachos, hasta que su compañero salió corriendo a buscar a su hermano mayor, que estaba armado. Él fue a decirle a sus tíos, los hermanos de su madre. El resultado: un tiroteo. Acababa de nacer su primera “culebra” en el barrio, como se les llama a los conflictos personales en estas zonas populares. San Agustín, Caracas, Venezuela. Comenzaban los años noventa.

–¿Volviste al colegio?

–Después de eso, más nunca.

Años antes ya lo habían defendido de esa forma, cuando iba a visitar a su papá y un joven trató de robarlo. Se lanzó por un barranco, le dijo a su mamá, llamaron a sus tíos y estos respondieron con balas.

–¿Qué edad tenías cuando aprendiste a disparar?

–Catorce años.

Su padrastro, que era delincuente, tuvo una hija con su madre, y él sintió celos de su hermana. Cuenta que la mamá y el padrastro lo dejaban solo. Se mudó con su abuela.

–¿Dónde dormías?

–Compartía una litera con uno de mis tíos.

Al mayor de los tíos lo liquidaron primero, en un velorio; había asesinado a alguien y el padre de ese alguien cobró venganza. Luego fue el turno de su tío menor: su mismo grupo le tendió un complot. Eso dice Miguelón, quien buscó un revólver fuera del cerro para protegerse. Tenía amistades en otras zonas de Caracas porque jugaba baloncesto en torneos intercomunales. Sus tíos vendían droga.

–¿Y tú?

–Yo no. Todavía.

Después llegó un tipo que lo humilló mientras jugaba baloncesto. Le disparó y él tuvo que correr. Le dijo a su mamá: “Nojoda, yo no me voy a dejar matar”. Se sentía solo, contaba con sus primos, que también eran criminales en potencia, y con un amigo, pero sin sus tíos no era igual. Fue entonces cuando compró su primera pistola. Una 7 milímetros. Quienes lo amenazaban vivían cerca. Suele ser así: los protagonistas de una “culebra” se conocen desde pequeños. Tienen un conflicto y a raíz de ahí se estudian, se juran la muerte. Disparan. Sobre todo en las noches.

–¿Qué edad tenías?

–Diecisiete.

Formó parte de una banda delictiva llamada “El autobús”, que obtuvo prestigio en el mundo del hampa. Para quien crece en la ley del cerro lo más importante es el cartel y eso se traduce en que portes un buen armamento y te tengan miedo. Nadie es más malandro que nadie, reza un proverbio común en los barrios. Le llaman respeto. Miguelón vendió drogas: marihuana y crack, sobre todo. Robó. Fue acumulando poder. Llevó el “volante” del “carro” en su sector, lo que quiere decir que tomaba decisiones en su banda. Era mujeriego. Le encantaban la bebida y el deporte.

–¿En ese momento aún vivías con tu abuela?

–No, ya vivía con Yelitza, mi primera mujer.

Yelitza quedó embarazada, pero perdió al bebé cuando nació. En un tiroteo mataron a una señora por accidente. Balas perdidas. Él no sabe si esas balas fueron de “El autobús” o de la otra pandilla. Esa señora era la suegra de una hermana materna y ella, su hermana, nunca supo que él estuvo implicado en el homicidio.

 

–¿Tienes, además, una hermana paterna?

–Sí, pero con ella no me la llevo bien. Conocí a mi sobrino en estos días, también es delincuente, vino por ahí y yo le estaba dando consejos. En veinte años nunca llegamos a hablar. Esto fue hace poco, porque mi tía se murió y yo bajé pa’l entierro. Mi hermana ni se acordaba de mí, me vio y se quedó impresionada, pensaba que la iba a matar.

–¿Por qué?

–Porque a raíz de que mi papá mató a su mamá y se suicidó, ella vino pa la casa de mi papá y sacó su ropa y la quemó. Ella es mayor, cuando eso pasó yo estaba más pequeño y me empezaron a decir cosas. Yo la quería matar a ella.

La banda “El autobús” comenzó a ser perseguida por la policía, que entró al barrio a ejecutar a los delincuentes. Miguelón huyó y se escondió en Caucagua, un pueblo del estado Miranda. Allá dejó embarazada a una chica, pero ella no le contó nada, dice. Cuando las cosas se calmaron, regresó a San Agustín y tuvo una hija sin saberlo. Al tiempo volvió con Yelitza, quien quedó embarazada, nuevamente. Le nació otra hija. A esta sí la conoció de inmediato.

–¿Sigues con Yelitza?

–No, ya te voy a contar...

En otra de muchas fiestas, una de sus “culebras” llegó “echando plomo”. Le mataron a un compinche, a uno de sus primos le dieron un tiro en el ojo y él terminó con una bala en el hombro. Los llevaron al hospital. Alguien le avisó a Yelitza, quien estaba en su rancho con la bebé, en ese momento de once meses. Ella salió a buscarlo y quedó atrapada entre las balas de los que dispararon en la rumba y los que respondieron desde una calle cercana. Terminó herida de muerte. La llevaron al hospital donde estaba Miguelón. Se encontraron en Emergencias. Él se sorprendió, le preguntó qué coño hacía allí.

–¿Por qué estás sangrando así? ¿Dónde está la bebé?

Los médicos no pudieron salvarla.

Miguelón supo entonces, más que cuando trataron de robarlo por primera vez, más que cuando su papá se mató con una pistola que él le había entregado, más que cuando pensó que su madre lo quería menos que a su hermana, más que cuando asesinaron a sus tíos, más que cuando perdió a su bebé, más que nunca supo que quería vengarse, exterminar a alguien, acabar con todo. No le importaba nada más.

Tenía 25 años. Hoy tiene 36, cinco hijos, siete balazos en el cuerpo, y está en una silla de ruedas.

***

La historia de Miguelón no es una excentricidad en un país que tiene una tasa de homicidios de setenta por cada cien mil habitantes, según las estimaciones de la investigadora Dorothy Kronick, que rebasan las cifras oficiales y están por debajo de las proyecciones de otras ONG, como el Observatorio Venezolano de Violencia. Venezuela es uno de los países más peligrosos del planeta, y su capital, una de las ciudades que aporta más cadáveres abaleados.

Dentro de las 32 parroquias (como se les dice a varios barrios agrupados en Venezuela) que conforman Caracas, San Agustín, donde vive Miguelón, tiene un estimado oficial de cincuenta mil habitantes repartidos en sus lomas, y solo entre mayo y junio de 2016 varios entrevistados afirman haber conocido sobre al menos nueve asesinatos. Uno de ellos tuvo amplia notoriedad, pues ocurrió dentro de uno de los funiculares del sistema de metrocable, un teleférico que funciona como transporte masivo y conecta a los habitantes del barrio, enclavado en montañas, con la parte baja de la ciudad.

Jesús Galarraga, habitante de la zona desde que nació, hace 33 años, cuenta que iba en el siguiente vagón y presenció el homicidio:

–El chamo ni se dio cuenta, estaba viendo su celular cuando abrió la puerta y llegó el otro, le puso el arma en la cara y ¡bum! Aquí también mataron a otro hace poquito, aquí, aquí mismo –señala el lugar donde estamos–. El chamo saltó de ahí pa abajo y lo estaban esperando. Por eso está cerrada la estación y nada más está esa puerta abierta, y por eso están los policías.

Se refiere a la fachada del metrocable en La Ceiba, que comunica con una calle del barrio. Abajo, a pocos metros, está un colegio de la organización católica Fe y Alegría, donde estudió él. También Miguelón, antes de que lo expulsaran, y la mayoría de los habitantes de la zona, que entran o salen de la estación a toda hora. Al lado está la cancha de baloncesto Por la Paz y la Vida coronando una edificación enorme, de cinco pisos, una obra del gobierno chavista del Distrito Capital.

En los niveles inferiores hay un mercado y una farmacia que por lo general están cerrados. En los pisos siguientes hay salones para talleres educativos, de danza y teatro, y también exposiciones. Dictan clases de percusión y conviven alumnos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.

La instalación deportiva está protegida por cercas sobre pequeños muros de concreto. El techo es alto. Al ser un quinto piso y estar sobre la loma de una montaña, la vista hacia los cuatro puntos cardinales resulta privilegiada: ofrece un campo de béisbol, terrenos baldíos, ranchos, escalinatas y perros, el verde de su amplia floresta, avenidas con movimiento, torres y monumentos como íconos de la arquitectura modernista del siglo XX, los linderos de la ciudad que se pierden y sus contornos que se bifurcan. Desde allí se ve una buena parte de Caracas. Juegan baloncesto desde las alturas.

Mientras converso con Galarraga aparece una niña desde un costado. Es su sobrina y toca el violín. Acaba de terminar una clase de la orquesta sinfónica. Le pide la bendición y cuenta que la maestra le está enseñando “una música toda loca” que a ella le gusta. Comienza un diálogo entre ambos:

–¿Y tu mamá?

–Está allá abajo.

–¿Cuándo vas a subir pa allá arriba? Ve un fin de semana.

–No sé, tío, ahorita las cosas están peligrosas. Iba a ir la otra vez y mi mamá me echó pa atrás, pero a lo mejor voy este fin de semana, si Dios quiere y no pasa nada grave.

La niña se marcha. El hombre hace una pausa.

–¿Ves? Los chamos ya piensan así. Ella apenas tiene siete años.

San Agustín cuenta con una impronta criminal y cultural reconocida en la capital. De esta barriada que se extiende entre laderas y miles de viviendas, callejones que serpentean verticalmente bajo techos de zinc, cables de alta tensión, cabillas, bloques de concreto y ropas secándose al sol, como si algo estuviera siempre a medio construir, han surgido músicos, artistas y deportistas, pero también malandros: ladrones, traficantes, asesinos.

El crimen y su configuración en esta parroquia, sin embargo, distan de las formas de acción de otras barriadas peligrosas de Caracas, como El Valle, El Cementerio y la Cota 905, sectores que se comunican entre sí por la parte alta de sus montañas y donde el Gobierno de Venezuela ha centrado la llamada Operación de Liberación y Protección del Pueblo (OLP), un operativo armado y represivo que busca combatir a las bandas criminales que han establecido alianzas entre sí.

 

Según declaraciones de periodistas, investigadores, funcionarios y también delincuentes, estas alianzas, esta “paz” entre malandros, es una orden que viene de las prisiones, donde la palabra de un líder, llamado “pran”, puede ser una sentencia de muerte. Los “pranes” deciden qué se hace y qué se deja de hacer en las celdas, patios y pabellones de la cárcel. Están presos, pero imponen su ley tanto adentro como afuera: poseen celulares, dinero y armas de alto calibre. Usan sus contactos y mueven redes que los conectan con gente en las ciudades, en las bandas y en el sistema de justicia.

Donde existe “la paz” de los malandros hay códigos y tareas para el escape, el hurto, el robo, la extorsión, el secuestro, la venta de drogas, los asesinatos, las ejecuciones y el ocultamiento, desmembramiento o desaparición de cadáveres. Se respetan las jerarquías y lo que hagan los bandidos de otros cerros porque el enemigo es uno: el uniformado, bien sea policía o guardia nacional. Al que “se coma la luz”, como dicen para referirse a alguien que ha quebrantado una norma, lo eliminan.

Esa “paz” entre delincuentes existió poco tiempo en San Agustín porque son muchas bandas, no hay un solo líder. Es lo primero que me dice Miguelón cuando nos presentamos. Galarraga opina lo mismo y se refiere a una orden policial en Venezuela que prohibió el patrullaje en ciertos sectores dominados por el hampa, como parte de un proyecto impulsado por el gobierno en 2013, llamado Movimiento por la Paz y la Vida. Dice que funcionó solo por unos meses.

–Una autoridad habló con los malandros para que se acabaran los disparos y entregaran las armas, pero ellos más bien se tomaron un break para armarse mejor, y seguían robando en la calle. Son cosas que la gente sabe. Hasta que llegó el momento en el que volvieron los problemas y ahora es peor. ¿Por qué? Porque esos chamos tienen armamento de guerra. Aquí hay semanas en los que salen hasta cinco muertos.

Las cifras oficiales sobre homicidios en Venezuela son un misterio debido a la opacidad del gobierno, pero entre periodistas de sucesos, institutos de investigación y ONG de derechos humanos surgen estimados que reproduce la prensa. El de junio de 2016 es un boquete que espanta: ingresaron quinientos cadáveres abaleados al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses, mejor conocido como la morgue de Bello Monte. Hasta entonces, uno de los meses más violentos de los que se tenga registro.

En la parroquia El Cementerio, el comerciante de origen portugués Ricardo Soares, que en realidad tiene otro nombre, cuenta que un famoso criminal del sector Cota 905, apodado “el Coki”, lo ha llamado para pedirle treinta kilos de carne para hacer asados comunales entre sus secuaces. Ha ocurrido dos veces. El maleante envía a jóvenes en motos y paga un precio que no le permite a Soares ganar dinero, pero sí sentir algo de tranquilidad. Este joven, socio de una carnicería y otro negocio de alimentos, ha convivido con los malandros de la zona desde niño. Afirma que creció con ellos; se conocen y se respetan, pero a inicios de 2016, desde la parte más alta de El Cementerio hubo una orden: todos los comercios deben pagar una “vacuna”, eufemismo para la extorsión periódica, en este caso, mensual.

—Yo no es que sea su pana, pero he hablado con los “pranes” de abajo. Hay una relación. Ellos me protegen porque cuando me llega comida, los llamo y sus familias nunca hacen cola, y tú sabes que ahora, con la escasez de alimentos tan dura que hay en Venezuela, eso se agradece. Pero bueno, tuvieron que ponerse de acuerdo con los de arriba para cobrarme, y eso que antes se odiaban, se caían a plomo. A esos chamos también les doy carne para que hagan parrillas.

–¿Y te han invitado?

–Un par de veces, pero ¡qué va! Una tarde me vinieron a buscar, me montaron en una moto y me tocó ir a negociar. En los otros locales pensaron que me estaban secuestrando. Subí y cuando llegué fue como hablar con un empresario, solo que había un poco de hombres armados, con granadas, fusiles, de todo.

— ¿Cuántos eran, aproximadamente?

—Verga, más de 40. Me ofrecieron de beber. Hablamos tranquilos. Al final, como yo conocía a los de abajo, me cobran solo 150.000 bolívares mensuales. Eso fue a principios de año, pero por la inflación ya me avisaron que pronto va a subir. La crisis les afecta a todos, papá. A una doña que tiene un negocio en la esquina, que no quiso pagar la “vacuna”, la secuestraron, la amenazaron y le quitaron diez mil dólares. Ahora está pagando su vaina.

A mediados del 2016, esos 150.000 bolívares equivalían a unos nueve salarios mínimos en Venezuela. Aparte, Soares contrata también a dos policías para que lo escolten hasta la autopista cuando cierra sus locales. El monto es similar. En total, paga unos veinte salarios mínimos cada mes para sentirse medianamente seguro. Hasta que le aumenten la extorsión.

 

No es una exageración afirmar que los habitantes de Caracas de cualquier localidad y estrato social han sido asaltados, secuestrados o extorsionados, o bien tienen un familiar o amigo que ha sido víctima de estos crímenes o, incluso, fue asesinado. Para combatir esto, el Gobierno nacional puso en acción otro plan de seguridad. En paralelo, los líderes del chavismo apuntan a una idea que repiten como mantra: no luchan con delincuentes comunes, sino con paramilitares financiados por “la derecha”, en abstracto, que forman megabandas y entrenan a sus soldados.

En Venezuela, las municiones son competencia legal y exclusiva del Estado, pero es común el uso de granadas, fusiles y metralletas entre las bandas delictivas. ¿Cómo llegan a los delincuentes? Aunque el gobierno se haga la víctima, parte del problema está en el tráfico de balas y armamentos a través de militares y policías.

El Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea) y Human Rights Watch publicaron un informe en abril de 2016 en el que dan cuenta de detenciones masivas, maltrato de detenidos, desalojos forzosos y al menos veinte ejecuciones extrajudiciales.

Alexánder Torres es padre de dos niños y vive desde que nació, hace treinta años, en el sector El 70 de El Valle, uno de los barrios de Caracas dominados por la acción criminal. Su casa está cerca del lugar que usan los delincuentes para reunirse con sus fusiles a la vista. Con ellos negoció el uso de un terreno para fines religiosos. Acude a una iglesia cristiana y asegura que nunca lo han robado allí, pero que con la policía instalada en las calles por la OLP, el orden ha cambiado, los de la banda huyeron o están escondidos. Al líder lo mató la Policía Nacional Bolivariana.

–Yo puedo transitar a la hora que sea mientras estén los malandros, inclusive me siento más seguro cuando los veo. Ahorita ando preocupado porque están afuera y la policía le quita dinero a la gente. Te paran y si te consiguen “unos reales” se los quedan. La gente no conoce sus derechos y un policía mete miedo. Tiene su pistola, te puede desaparecer, tú sabes cómo es. Claro, no todos son iguales.

–¿Los criminales de El 70 prohíben robar en el barrio?

–Allá lo respetan mucho a uno, y más como cristiano. A veces llegan y te dicen: “Coye, varón, échame una bendición aquí. Mira, tengo un problema con mi esposa”. Yo he recibido vendedores de droga, minoristas, hubo uno que fue hasta mi casa y lloró. Hace meses llegaron unas chamas de Valencia, tenían dinero y unos malandros las robaron y las mataron. Esos malandros eran de El 70, pero el mismo líder de la banda los mandó a eliminar porque se “comieron la luz”.

***

Después de envenenarse de odio por el asesinato de Yelitza, la madre de su hija, Miguelón incendió la casa de los homicidas, que en ese momento estaba vacía. Siguió su rutina criminal entre rumbas y partidos de baloncesto hasta que conoció a una chica llamada Haiskel, que tenía 17 años, y se enamoró. Ella le pidió que abandonara la delincuencia. Tuvieron un hijo y él comenzó a alejarse de sus fechorías, pero era mujeriego y agotaba a su nueva pareja, así que se fue a vivir con otra.

Sus robos eran cada vez más esporádicos y en uno de ellos fue capturado por la policía: le decomisaron la pistola y lo dejaron en libertad esa misma madrugada, luego de pagar una extorsión.

Como uno de sus compinches le debía dinero, él lo amenazó: le dijo que tenía que pagar o atenerse a las consecuencias. El 6 de junio de 2010 fue a una fiesta. Seguía desarmado a causa del robo frustrado. Se estaba marchando cuando pusieron tambor, un ritmo musical hecho para cinturas vertiginosas y cuerpos que saben sudar. Una mulata le pidió devolverse. Estaba bailando cuando escuchó que alguien gritó su nombre sobre el repique de los cueros. No llegó a voltearse del todo.

Uno.

Dos tiros.

Por la espalda.

Fue su compinche.

Quiso matarlo antes de que él lo liquidara por el dinero que le debía.

Miguelón terminó nuevamente en el hospital. Juró vengarse, pero su columna hizo cortocircuito y sus piernas no respondieron. Los especialistas dijeron que nunca volvería a caminar. Comenzó la recuperación en San Agustín con médicos cubanos. Haiskel, la madre de su hijo, lo convenció para que acudiera a una iglesia cristiana.

–Mi mentalidad fue cambiando, antes tenía miedo de salir porque decía: “Si pasa la ‘culebra’ y me ve en silla de ruedas, me mata”, pero empecé a luchar. Me había separado de la mamá de mi hijo y estaba con la otra chama, que me había salido preñada, pero yo era desconfiado, pensaba que me iba a “montar cachos” por estar así, sin poder caminar. Me separé. Hablé con Haiskel. Hablé con el niño. Ella volvió conmigo y me puso condiciones, me ayudó en la rehabilitación. Fue una lucha, un proceso tremendo, pero poco a poco me levanté. Con voluntad.

Se puso en pie en pocas semanas. Aunque puede apoyarse en unas muletas para andar trayectos cortos, se cansa rápido y hoy, prácticamente, vive en su silla de ruedas. Así encaró al hombre que le había disparado por la espalda. Le dijo que él podía haberlo matado, pero que ya no importaba. Lo perdonó.

–Ese chamo sigue vivo, pero está peor que yo.

–¿Por qué?

–Porque vive encerrado en cuatro paredes, o escondiéndose, no puede salir. Por aquí mataron a uno hace una semana, él estaba ahí y también lo plomearon. Se lo tuvieron que llevar del barrio.

A Miguelón lo salvó el baloncesto. Durante la inauguración de la cancha Por la Paz y la Vida, junto a la estación de metrocable La Ceiba, pidió entrenar a los niños y adolescentes que quisieran ser dirigidos por él. Nunca antes lo había hecho y en su condición sería más difícil. Comenzó con seis muchachos y al mes eran treinta.

Hoy es quien se encarga del mantenimiento de la instalación, con sus propios recursos, tiene la llave para abrir y cerrar la puerta, practica con la selección para discapacitados del distrito capital y suma cinco años dirigiendo todas las semanas a los chicos y chicas de su escuela Team Work, a quienes les repite hasta el cansancio que hay pocas opciones para no caer en la delincuencia. Se pone de ejemplo: a medio afeitar, sentado en su silla de ruedas, con bermudas o jeans gastados, se toca con el índice la cabeza, sobre la que a veces lleva una gorra, y más bien seco, apoyado en el sarcasmo, muestra sus heridas. Sus piernas son más delgadas que sus brazos, prácticamente unos huesos forrados de piel. No les pide, les exige: que no sigan sus pasos o terminarán caminando mal.

 

Haiskel, su actual pareja, cuenta que ella tuvo dudas sobre el papel de Miguelón como entrenador, porque su cambio no fue de la noche a la mañana. Seguía bebiendo, a veces fallaba. Pero él le habló de “rescatar a esos chamos” y ella reconoció otra motivación. Cuando la cancha Por la Paz y la Vida estuvo inhabilitada durante un tiempo, él bajaba hasta una más lejana, llamada El plan, y hasta allá iba a entrenar.

–El de antes era irresponsable hasta con sus hijos —dice Haiskel—, ahora piensa primero en los demás, sobre todo en los muchachos de su cancha. Él los apoya en sus sueños y les habla claro, los salva del ocio y de lo que se vive aquí todos los días, que es el malandreo.

Miguelón, que antes fuera un maleante: ladrón, vendedor de crack, asesino, es hoy ese líder. Dirige. Consigue dotaciones para sus jugadores. Protege el espacio.

–A los niños o jóvenes malandros de hoy en día tú no les puedes decir nada, pero ha habido problemas cerca de por aquí y yo he tenido que bajar y decirles: “Epa, mano, ¿qué pasa? Tú sabes que yo ando es con gente sana, que está pendiente del deporte, ya no estoy con la delincuencia”. Y ellos: “No, vale, tranquilo. Nosotros sabemos que tú estás en tu cancha”.

Este viernes en la tarde, desde su silla de ruedas, Miguelón grita hacia las gradas. Se toma en serio su papel de árbitro de un torneo intercomunal que él mismo organiza. Carga un pequeño cuaderno, escuálido y gastado, en el que escribe y revisa horarios de los partidos por venir.

Junto a él está Yhaderlyn, una morena que lleva las anotaciones del juego: minutos, puntos y faltas. Tiene 21 años. Creció en San Agustín, pero a raíz de la construcción del metrocable, el gobierno les ofreció otra vivienda a sus padres y se mudaron. Ella igual regresa para las prácticas todas las semanas desde hace tres años y, como las otras chicas, respeta a su entrenador. Son solidarias con él. Lo quieren. Ella estudia sexto semestre de contaduría. Juega con el equipo de su universidad, pero afirma que el entrenamiento de La Ceiba es más físico y completo.

–Miguelón es exigente. Le gusta que tengamos disciplina, que nos comportemos bien, incluso fuera de la cancha. Que veamos el deporte como un estilo de vida. Nos dice que así estemos perdiendo por muchos puntos, nunca dejemos de luchar. Que ganemos o perdamos, pero con los zapatos puestos. Ayer mataron a un joven por la redoma, cerca de aquí, y mi mamá me pidió que no viniera. Eso es algo que desmotiva. Nosotros hemos vivido balaceras aquí metidos, ahí están las marcas de esos disparos, pero Miguelón siempre nos habla de su situación y nos incentiva.

Haiskel mira esta tarde el entrenamiento con una bebé de ocho meses en sus brazos. Es la hija más pequeña de Miguelón. Cuenta que el grupo tiene poco apoyo de los padres y del resto de la comunidad. Hay eventos a los que acuden grupos de música, danza o teatro del sector, pero lo que tienen el entrenador y sus chamos es producto de su esfuerzo, del dinero obtenido por rifas y torneos, o de donaciones.

Miguelón usa sillas de plástico y pequeños conos para señalizar los ejercicios, balones viejos que abrió con una navaja y llenó de tierra para hacer movimientos de fuerza, y también las gradas del recinto, sobre las que exige saltos, subidas y bajadas. Para hidratarse cuentan con un termo decrépito. Antes de cada sesión buscan agua, que por lo general les regala el personal del metrocable, pero estas semanas han tenido que conseguirla en otro lado y hoy el agua tiene un tono verdoso. Algunos jóvenes prefieren no beber de ella, a pesar del cansancio.

Rommel es el más alto, supera los 1,80 metros. Es fuerte, más bien gordo, sus movimientos son poco fluidos. No logra cumplir con una tarea: elevarse con ambos pies hasta el siguiente escalón en la grada. Teme caerse. Miguelón lo llama y le pide que salte sobre el piso. El chico lo hace. Después lo invita a que repita el movimiento hacia delante.

–Si te sientes inseguro nunca vas a lograr lo que quieres. Confía en ti.

Lo para frente a las escalinatas y le dice que lo intente. Rommel vacila, solo levanta un pie. El entrenador lo lleva de a poco y el chico respira hondo. Cierra los ojos y aprieta los puños. Se eleva y, por menos de dos segundos, vuela sobre sus miedos. Dos de sus compañeras lo aplauden. El entrenador se voltea con una sonrisa.

 

Durante el torneo, que puede durar meses, Miguelón arbitra casi siempre con el pito en la boca porque las manos las usa para girar las ruedas. Va de un lado al otro de la cancha. Acelera. Frena. Avanza. Retrocede. Hace un chiste. Se ríe, tiene los dientes montados. Su boca es una ciudad donde ha ocurrido un terremoto.

Durante un momento del partido va hasta un costado y toma un cepillo para barrer los pequeños pozos de agua que quedaron detrás de uno de los tableros, producto de la lluvia. Se queja de la falta de recursos. Dice que sus chamos son buenos, pero no tienen ni zapatos adecuados, y merecen más.

Al terminar el último juego de este viernes, algunos se quedan charlando y otros practicando jugadas. De repente se escuchan disparos. Vienen de una calle aledaña a la planta baja, al lado de un conjunto de edificios donde viven dos alumnas de Miguelón. Una de ellas mira todo desde arriba mientras escribe por su celular.

El entrenador está excitado. Se desplaza en su silla de ruedas hasta la cerca para presenciar mejor el tiroteo que ocurre abajo, a unos cincuenta metros. Se ríe. En la cancha se emocionan. Sienten curiosidad, comentan. Desde allí ven cómo varios muchachos de su edad, que están armados, corren para esconderse y entran en los edificios. Hay mirones en la calle y en las ventanas de los apartamentos. Las balas cesan y vuelven.

El eco de los disparos hace difícil precisar el lugar de los pistoleros, hasta que un grupo de cuatro varones y dos mujeres sale cargando a un joven herido. Lo hamacan entre sus brazos mientras caminan. Intentan parar una moto, pero el conductor no frena. Lo insultan, lo maldicen. Los disparos continúan. Cinco. Siete minutos. Casi una eternidad. Finalmente, logran que otro motorizado se detenga. A esta distancia es confuso detallar de dónde mana la sangre. El chico no se sostiene. De la cintura hacia abajo es una gelatina roja. Lo montan entre el piloto y otro que decide acompañarlos.

Arriba, en la cancha, Jesús Galarraga apunta:

–¿Ves? Esta es nuestra cultura.

Otro completa la idea y dispara sonriente:

–Bienvenido al barrio, panita.

El rebote incesante de los balones ha dado paso a un susurro. Los jóvenes se cruzan de brazos. Preguntan si alguien conocía al herido. Especulan. Las pelotas descansan sobre el piso. El baloncesto ha terminado por hoy. El sol se esconde y al fondo está la ciudad, imponente, con sus montañas y estructuras de concreto, como una gigantografía inamovible llena de hormigas. Miguelón decide cerrar y manda a recoger todo. Frente al silencio del grupo, suelta con naturalidad:

–Vamos, que esto se está poniendo feo, mano, y ustedes pueden correr, yo no.

Al día siguiente, el torneo sigue. Es el turno de las chicas a las que dirige Miguelón: se las verán contra un equipo de varones. Por ética deportiva, él no será el árbitro. Dará las instrucciones desde un costado, regañará, subirá las cejas. Apretará la boca y cerrará los ojos, como suele hacer cuando algo no le gusta.

Será un partido duro, de fallos y entregas comprometidas. El ánimo se desbordará mientras un manto de luz fina entra desde un costado. Miguelón se inventará un chiste antes de frotarse las manos para celebrar un lance. Se jugará con ambición. Habrá gritos de aliento. La pasión flotará sobre la cancha y bajará como un rocío sobre el cerro. Por un momento, solo existirá ese partido. No habrá más.

Al final, ellas perderán por un punto, pero lo harán batallando y se notará en sus rostros: hasta el último segundo correrán hacia el aro contrario creyendo que pueden ganar.

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