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¿Por qué fue condenado a 35 años de cárcel un hincha del DIM?

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La historia de uno de los hechos más violentos del fútbol colombiano

Mientras que los directivos del fútbol colombiano piensan en la carnetización de los hinchas como solución a la violencia entre barras, uno de los hechos más violentos en toda la historia de este fenómeno en Latinoamérica pasó desapercibido. Sucedió en una carretera a tan solo 45 minutos de Medellín. Juan Fernando Cuadros, integrante de la barra Rexixtenxia Norte, del D.I.M., fue condenado a 35 años de cárcel por lo que sucedió esa noche. Él afirma que nunca estuvo ahí.

Valeria Romero esperó ansiosa cumplir 13 años para ingresar a la tribuna sur del estadio Atanasio Girardot de Medellín. Su tía y su primo, integrantes de la barra popular Los del Sur, que ocupan este sector del estadio, determinaron la edad por encima de la ley que prohíbe el ingreso a menores de 14. La tarde en la que el Atlético Nacional jugaba el clásico 275 contra el Independiente Medellín, sería inolvidable para Valeria. A pesar de haber visto la barra por televisión, repetir muchos videos de YouTube y oír las miles de historias de sus primos, la energía que sintió cuando ingresó a la tribuna fue una suerte de epifanía que definiría su destino. El batir de las banderas, los cánticos al ritmo de los bombos, los rollos que volaban por el cielo y mujeres y hombres tatuados de Andrés Escobar que no paraban de saltar y alentar a su equipo, le confirmaron que ese era el lugar donde quería estar todos los domingos de su vida.

Así fue como Valeria (a quien le cambiamos el nombre por seguridad) entró a ser parte de las barras populares. Un colectivo al que para un amplio sector de la sociedad le sobran razones para rechazar y relacionar con violencia, mientras que para más de 50.000 jóvenes de todo el país, entre los 14 y 35 años, es un estilo de vida intenso y apasionado.

DEXTRUXION es uno de os grupos más representativos de la barra Rexixtenxia Norte de Independiente Medellín. 

Juan Fernando Cuadros también es barrista. En el clásico en que debutó Valeria, él estaba en la tribuna de enfrente. La pasión heredada por su abuelo y su padre, con quienes tantas veces fue al estadio, cambió de rumbo a los 17 años cuando comenzó a ser parte de Dextruxion, uno de los grupos más representativos que conforman la barra popular Rexixtenxia Norte del Independiente Medellín. Con el pasar de los años, Juan Fernando y Valeria se volvieron acompañantes permanentes de sus equipos (cumpliendo con lo que hace un barrista: acompañar al equipo a todos los lugares a donde vaya a jugar). Fue así como jugaron un partido en la playa y sintieron por primera vez la sal del mar en su piel cuando sus equipos enfrentaron rivales de la costa. Conocieron los nevados cuando jugaron contra los equipos del eje cafetero y comieron arepas con agua de panela cuando visitaban a equipos boyacenses.

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A la una de la mañana del 28 de julio de 2014, la neblina cubría la carretera que une a los municipios antioqueños de Santa Bárbara y La Pintada. Algunas tiendas de comida –las mismas que muchas veces son asaltadas por los barristas cuando viajan porque casi nunca tienen plata para comer– permanecían abiertas para atender a los viajeros que regresaban a la capital de Antioquia. Y en medio de esa vía curva, a solo 45 minutos de Medellín, se encontraron los buses de las barras a las que pertenecen Juan Fernando y Valeria, protagonizando una pelea sin precedentes en la sangrienta historia del barrismo en Colombia. Las consecuencias del suceso siniestro llevarían a Juan Fernando a la cárcel y a Valeria, le dejarían marcas imborrables en su cuerpo y en su cara y la sensación de no saber si se había muerto en vida.

Según cifras de la Conmebol, 11´090.000 personas son hinchas de Nacional, seguidos por Millonarios con 9´100.000

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Terminaba el año 2012 cuando a Valeria le anunciaron sus padres que tenían que marcharse de Medellín. Una oferta laboral en Tuluá, en el Valle del Cauca, los motivó a abandonar su lugar de origen. A Valeria le dolió el estómago. A sus 18 años dejar sus amigos, su novio, su colegio y una ciudad que comenzaba a disfrutar en la adolescencia no le pareció buena idea. Pero lo que la hacía llorar en su cuarto, mientras alistaba la maleta, era la barra. Para ese entonces, Valeria era una barrista activa que no faltaba nunca al estadio. En lugar de afiches de actores y cantantes, de las paredes de su cuarto colgaban fotos de los ídolos verdes y en su clóset no se veía la ropa de moda de una jovencita, sino camisetas del Nacional de todos los años. Había más. Valeria se había encontrado con esas acciones escondidas que pocos saben hacen las barras y en especial Los del Sur, que en temas culturales y pedagógicos son los más organizados del país. Algunos amigos participaban de concursos de literatura y fotografía y eran activos en las campañas sociales que se realizaban en los barrios deprimidos de Medellín. Incluso, uno de ellos trabajaba con los líderes de la barra dictando talleres de convivencia en colegios públicos para vivir el fútbol en paz.

Ya en Tuluá, las cosas no fueron fáciles. En los primeros meses la nostalgia del tiempo y la lejanía hubieran terminado por derrumbarla si no es por el hecho de seguir al equipo que cuenta con la hinchada más numerosa del país. Según cifras de la Conmebol, 11.090.000 personas son hinchas de Nacional seguidos por Millonarios con 9.100.000. En diferentes lugares de Colombia, no solo hay seguidores del equipo verde, sino también facciones de barristas que se organizan como filiales y pertenecen y tienen derechos y responsabilidades con la barra Los del Sur. La filial de Tuluá reconoció la afición de Valeria y comenzó para ella una nueva etapa de viajes y celebraciones hasta el domingo 27 de julio de 2014, cuando Atlético Nacional enfrentaría al Deportivo Cali en el Atanasio Girardot. Sin duda, un viaje soñado para Valeria en el que podría ver a su equipo, alentarlo con sus primos y colgar el trapo de la filial Tuluá en la tribuna que tanto añoraba. Pero también, un viaje en el que se encontraría de frente con la barbarie de las barras bravas colombianas y su pasión se convertiría en cenizas.

Foto de Juan Fernando Cuadros tomada en la cárcel Bellavista de Medellín.  // Fotográfia: Guillermo Ossa 

Las banderas –o trapos en el argot barrista– son los objetos más simbólicos y de mayor valor para una barra. Fue en las tribunas de los estadios ingleses en los años setenta, donde se comenzaron a exhibir las banderas de los equipos. En Argentina también se empezaba a vivir el folclor de las banderas y los cantos en esos años. Esta simbología creció en el partido Argentina vs. Inglaterra, en el Mundial de México 86. Un colectivo de barrabravas argentinas había salido del país con el fin de apoyar a la selección. El líder era el legendario José Barrita alias “el Abuelo”, reconocido ideólogo de La 12, la barra de Boca Juniors y una de las más populares de Argentina. También viajaron barrasbravas de equipos como Vélez, Chacarita y Racing, entre otros, que se unieron para robar las banderas y atacar a los hooligans ingleses y vengar así lo ocurrido en la guerra de las Malvinas. “Yo estaba en una tribuna que era mixta así que fui de los primeros que comencé a pelear”, cuenta Raúl “Pistola” Gámez, otrora barrabrava y hoy presidente de Vélez Sarfield. “Eran tiempos diferentes, las barras eran otra cosa. No comparto en lo que esto se convirtió.

Nosotros peleábamos diez minutos, robábamos los trapos y hasta ahí llegaba todo.” Lo cierto es que esas banderas inglesas se exhibieron como un trofeo en los estadios argentinos y ahí comenzó el juego. Desde entonces, el fenómeno del barrismo se extendió con más fuerza por Latinoamérica y sus integrantes impusieron una nueva forma de ir a los estadios vistiendo las camisetas de sus equipos, saltando y alentando todo el partido. Pero también, la pasión del fútbol que brota por la venas de las favelas de Brasil, de las villas argentinas o de cualquier barrio en Colombia, Perú o Ecuador, –en donde las canchas de tierra se convierten en los únicos lugares para escapar del infortunio– se mezcló con las fronteras invisibles, las pandillas, la ausencia de Estado y otras problemáticas sociales con que crecen los jóvenes. Así fue como el aguante, el término que describe al barrista que alienta a su equipo en las buenas y en las malas y canta y salta los noventa minutos, dejó de ser eso para convertirse en el adjetivo del más peleador. Para el sociólogo Gonzalo Medina es una problemática social: “En lo que concierne a Colombia (…) El Estado no es capaz de responder ante sectores juveniles que están encontrando en el fútbol un modo de exorcizar frustraciones, exorcizar unas carencias producto precisamente de estar en una sociedad que no ha sabido responder a sus reclamos”.

 

Las banderas se convirtieron entonces en su trofeo de guerra. Las barras de los equipos latinoamericanos comenzaron a robar los trapos de los equipos rivales, al principio, a puños y de una manera, aunque injustificable, que no iba más allá de un efervescente impulso juvenil. Hoy, después de dos décadas de peleas absurdas, con leyes y códigos de mafia y delincuencia, ese juego ha cobrado la vida de más de noventa jóvenes colombianos.

Las barras generalmente están divididas en grupos, combos, facciones o parches. Para ser parche oficial de una barra se tienen que cumplir algunos requisitos como pagar mensualidades, asistir a reuniones y viajes y participar de la logística alrededor del equipo. Así se gana el honor de colgar el trapo del parche en la tribuna. Los parches se forman con los amigos de la cuadra, del barrio, del colegio o de la universidad o con los que se tiene algo en común, además de la afición por el equipo. Con ellos, en una tarde de fútbol o de asado, o de fútbol y de asado, se diseña la bandera que llevará el nombre como se bautice al parche. Luego de pintar y coser toda una tarde, o a veces días enteros, se sella un pacto de amistad y de honor en el que se promete llevar el trapo a donde vaya el equipo. También existen las banderas de la barra. Estas son mucho más grandes, como una especie de estandartes, y las principales son los frentes que llevan el nombre de la barra y se cuelgan en la parte frontal de la tribuna.

 

El día en que a Juan Fernando lo invitaron a pintar el trapo de Dextruxion se sintió halagado. Lo invitaron a lavarlo, pero eso también hace parte del ritual. Su relación con la barra venía desde 2010 cuando comenzó a asistir a la tribuna norte. Un vecino del barrio San Javier, al nororiente de Medellín, le presentó integrantes de Dextruxion. Este parche había tomado un papel protagónico en la barra por tener miembros fundadores, estar presente en todas las canchas y realizar otras actividades que lo hacían sobresalir como su equipo de fútbol y su banda de rock. A Dextruxion lo integran aproximadamente 400 personas que conforman 13 subparches, la mayoría de San Javier y otros barrios populares de la comuna 13 que han demostrado su amor por el Independiente Medellín y ser colaboradores y activos con las acciones de la barra. Pero también, que están dispuestos a defender su camiseta por encima de todo. Es decir, enfrentarse a las barras rivales con las armas que sean necesarias y bajo cualquier circunstancia. Como ellos mismos lo dicen “dejar la vida por los colores”.

Juan Fernando comprendió que la vida iba más allá de Rexixtenxia. Se graduó de bachiller honrando los esfuerzos de su madre y no dejó de trabajar ni un día para cumplir su sueño de estudiar Publicidad y Mercadeo en medio de un colectivo donde el 40 % de los jóvenes está desescolarizado y solo cuatro de cada noventa ingresan a la universidad. Su amor por el Independiente Medellín y su talento para el fútbol le otorgaron un lugar privilegiado en la barra. Con su cuerpo atlético de 1,79 metros de estatura se convirtió en el arquero de Dextruxion. Incluso, un logro que nunca olvidará, fue haber sido parte del equipo que representó a la barra en San Andrés, en el torneo que organizó el Ministerio del Interior. Gracias a ese torneo, Juan Fernando conoció la isla y gracias a la barra y sus actividades fue encontrando valores y habilidades para su vida. También aprendió del amor, porque la tarde en que Medellín, su equipo del alma, enfrentaba a Envigado en septiembre de 2012, fue la excusa perfecta para hablarle a Karen Guerra y comenzar una relación entre trapos y bengalas.

 

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Atlético Nacional y el Deportivo Cali empataron a dos goles aquella noche del 28 de julio de 2014. Copete y Guisao marcaron por Nacional. Herrera y Rivas por el Cali. Para Valeria fue un viaje feliz. Visitó a sus primos, colgó su trapo, alentó a su equipo. Cuando terminó el partido, tipo 9:30 p.m., llamó a su mamá y le dijo que si no había contratiempos, a las cuatro de la mañana, por tarde, estaría en casa. En total, de la filial de Tuluá, viajaron 34 personas divididas en dos buses de las cuales 9 eran mujeres, una de ellas en estado de embarazo, y 4 menores de edad. Roosvelt Quigua, el conductor humilde y trabajador de uno de los buses, cobró un millón doscientos pesos por el viaje. Gastó 700.000 en peajes y gasolina. Y de esos, me dijo, gastaría 100.000 llevando a piscina a su esposa y a su hija el próximo domingo. A las barras del Cali, por ser visitantes, les dieron salida del estadio inmediatamente terminó el partido. A las barras del Nacional las retuvieron aproximadamente 15 minutos para evitar enfrentamientos.

El sábado en la noche de ese mismo fin de semana, el Deportivo Pasto enfrentó al Independiente Medellín en el estadio La Libertad de la capital de Nariño. Rexixtenxia Norte, como es su costumbre, organizó un viaje masivo de 9 buses, con 300 personas aproximadamente. El costo fue de 75.000 pesos por persona incluida la boleta. Esta barra, se dice, tiene el récord en Colombia por haber llevado más hinchas a un estadio visitante. Ocurrió en febrero de 2012, cuando 11.000 personas coparon el estadio Centenario de Armenia. Juan Fernando no pudo ir. Esa tarde, integrantes del Frente Radical, que venían de jugar en Manizales, se encontraron en el municipio de Santa Rosa con algunos hinchas de Medellín, que nada tenían que ver con barras, a quienes golpearon y ultrajaron. Los integrantes del Frente Radical no contaban con la numerosa hinchada del Medellín que llegó al rescate de sus coequiperos originando una batalla campal en la carretera. En medio de una gresca a machetes y pedradas, se rompieron los vidrios traseros de uno de los buses que transportaban a los hinchas caleños y cayeron al piso las tulas que guardaban sus banderas más preciadas. Ese robo “involuntario” sería el origen de la discordia y cuatro años después, en el municipio de La Pintada, los barristas del Frente Radical, cuando se devolvían de Medellín a su casa, se encontrarían de frente con la barra que robó sus banderas.

 

Son las once de la mañana del 19 marzo de 2016. Ha pasado un año y ocho meses después de esa noche de terror. El tiempo vuela, dirían muchos. Pero para Juan Fernando Cuadros, preso en la cárcel Bellavista de Medellín por tentativa de homicidio, incendio y perturbación al transporte público, cada segundo es eterno. Juan, sin embargo, luce sereno. Viste una camisa azul tipo polo, pantaloneta de tela y zapatillas Puma. Ya no usa su cabellera larga solo en la parte de atrás, común de jóvenes paisas, sino pelo al rape que deja resaltar más sus cejas pobladas. Estamos en una sala pequeña y calurosa que nos asignaron para esta entrevista. Charlamos de su afición por Medellín, del partido por Copa Libertadores que su equipo jugó hace unos días. Confirma, a pesar de todo, que nada como viajar con la barra. “Viajar a ver el Medellín es una sensación casi indescriptible. No hay palabras para describir la emoción que genera un viaje de 13, 14 horas, donde, pues, pasás retenes de policías, represión. Ver como los habitantes de otros pueblos te rechazan. Después de todo ese trajín, vos llegás a la cancha ver a tu equipo, a pedirles a los jugadores que pues ‘mirá, nosotros estamos aquí, venimos por tierra, dándole duro, dejá la vida también en la cancha como lo hacemos nosotros por venirte a ver’”, dice Juan emocionado. “Y el regreso, que es más duro todavía, pero igual después de cada viaje decís: ¿cuándo será el próximo?”.

El partido en Pasto de aquella noche del 27 de julio de 2014 terminó cero a cero. Al finalizar el encuentro, los nueve buses de Rexixtenxia comenzaron el retorno. Tras 21 horas de recorrido alcanzaron el puente del municipio de Santa Bárbara en Antioquia. “Algunos, envalentonados por ese largo viaje decidimos bajarnos y caminar el puente donde comúnmente se paran los hinchas de Nacional a esperar con piedra los buses de las barras rivales”, cuenta un barrista de Rexixtenxia Norte que estaba presente y pide reserva de identidad.

 

“Otros tantos, y algunas mujeres, se quedaron en los buses cuidando las banderas”. Pocos hinchas había de Nacional esa madrugada aunque el investigador criminal de la Policía Nacional, Diego Sierra, hablaría de algunos enfrentamientos con hinchas verdes que nadie vio. También afirmaría que los barristas del Frente Radical y de Rexixtenxia Norte ya sabían que se encontrarían. “Cuando investigamos las redes sociales de los barristas que iban en esos buses, algunos regresando a Cali después del partido en Medellín y otros regresando a Medellín después del partido en Pasto, encontramos que iban señalando el recorrido”. Así que según Sierra, aunque fortuito, tuvo algo de premeditado el encuentro. Los aproximadamente ochenta integrantes del Frente Radical también se bajaron de los buses mentalizados a cobrar una venganza. Una vez más, no imaginaban lo numerosos que eran sus enemigos. Aunque de haberlo sabido, de igual manera, se hubieran enfrentado.

Los hechos que ocurrieron a la una de la mañana del 28 de julio de 2014 en la carretera que une a los municipios de Santa Bárbara y La Pintada bien podrían ser una escena de la serie Vikingos, de Michael Hirts. En medio de la oscuridad y la niebla solo brillaban los machetes que raspaban contra el piso acompañados de la respiración agitada de cientos de jóvenes colombianos dispuestos a vencer o morir. Casi 400 barristas, a los que se les olvida que alguien los quiere, que alguien los espera en su casa con un plato de sopa, o que quizás recuerdan que nadie los ha querido ni tienen un plato de comida esperándolos, se enfrentaban con cuchillos, navajas, machetes, piedras y palos. A pesar de ser minoría, pero con el rencor adentro de estar peleando por el honor de sus banderas, los hinchas del Frente Radical resistieron casi diez minutos hasta que tuvieron que retroceder. Algunos de ellos no alcanzaron a subirse a los buses y emprender la retirada y se lanzaron por el barranco. Anderson Alfredo González (21) no alcanzó a huir y fue retenido por los hinchas de Rexixtenxia. Según el dictamen de Medicina Legal le propinaron diez puñaladas. Según el informe policial de Sierra y sus investigadores, una vez muerto, intentaron quemar su cuerpo con gasolina.

 

Juan Fernando dice que de eso poco se habló en los días siguientes. Nadie tocó el tema ni en la reunión general de la barra. Al fin y al cabo, un muerto más entre tantos. Al fin y al cabo “lo que pasa en carretera se queda en carretera”. Tampoco se dijo mucho de lo que ocurrió minutos después con uno de los buses en los que regresaban los hinchas de la filial de Tuluá. Nadie de la barra más popular del Independiente Medellín contó que en medio del fulgor que sienten al matar un hincha del equipo rival; de la adrenalina que les produce ver correr a los “enemigos”; de la euforia que generan las drogas y el alcohol mezcladas con la sensación errada de lo que es una victoria, los hinchas de Rexixtenxia pensaron –también por la placa VBX 290 de Cali– que el bus de Valeria y sus amigos eran más hinchas del Frente Radical. Así que fueron decididos a continuar con la barbarie y su sevicia se hizo mayor al percatarse que no eran hinchas del Cali, sino del Nacional: filiales de la barra popular de los de El Sur: El eterno rival. Esos que hace algunos años les enviaron a unos supuestos paramilitares armados que los intimidaron y los obligaron a devolver unas banderas ganadas en franca lid. Con los mismos que habían firmado una tregua ordenada por el narco-paramilitar “Don Berna” que no quería más peleas de barras en Medellín –ni más faltaba, como si el jefe de la narcomafia no tuviera cosas más importantes en qué pensar–. “Pero acá no, a esta hora y en este municipio no habrá ningún alcalde como Sergio Naranjo que los apoye y los prefiera más a ustedes que a nosotros”. “Acá, en esta carretera que nos pertenece más a nosotros, porque nosotros somos más paisas que ustedes, no habrá nadie que los defienda”. “Acá no habrá ninguna marca que los patrocine dizque por sus buenas acciones, a pesar de que se la pasan asesinándose con los hinchas de Millonarios en Bogotá y robando mercados en los pueblos de Latinoamérica”. “Acá, ahora sí, van a saber quién es Rexixtenxia Norte”. Así que sin resquicio alguno, sin pensar en todos esos pactos de paz que se firman cada vez que se posesiona un alcalde nuevo en Medellín, se lanzaron a atacarlos. Roosvelt Quigua, el conductor del bus en el que iba Valeria, en un acto de protección, se bajó y cerró la puerta. “Me intimidaron con armas de fuego. Me rompieron la cabeza. Juro que vi una patrulla de la policía de carretera que al ver el hecho prefirió huir. Mientras me alejaba a pedir ayuda, vi que mi bus se comenzó a incendiar”. Y es que los integrantes de Rexixtenxia, impotentes por no lograr continuar su faena, no encontraron otra forma de obligar a bajar del bus a los hinchas de la filial del Nacional que lanzando una bomba molotov. Valeria y sus 20 amigos se vieron en medio de casi 300 hinchas eufóricos que los querían exterminar. La molotov explotó hacia la parte trasera del bus que comenzó a incendiarse. Valeria, por su pequeña estatura de no más de 1 ,50 metros, se escondió debajo de los asientos. Pero poco a poco los integrantes de Rexixtenxia rompieron los vidrios y comenzaron a ingresar. También empujaban el bus para que cayera al precipicio. Valeria sintió que llegaba el final de su vida. “Todo se llenó de humo. Me empecé a ahogar. Pensaba en mi mamá y en mi amiga que estaba embarazada. Eso era lo que les gritaba: ‘Por favor, por favor, hay una mujer embarazada’; ‘un bastardo menos’, decían ellos. El que lograba bajarse del bus lo agarraban a cuchillo. Hubo un momento en que ya sentí que no había nada que hacer. Se me quemaba la espalda y el pelo que lo tengo largo, pero prefería morir quemada a que me mataran a cuchillo y a machete”.

 

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Las historias de violencia entre barras se repiten con frecuencia en las carreteras del país. Y de eso, de esa horrible noche, de ese muerto y ese bus incendiado con gente adentro, nadie habló. A excepción de un breve en elcolombiano.com y una pequeña nota en Noticias Caracol que mostraba como imágenes de apoyo el esqueleto de hierro de lo que alguna vez fue el bus de Roosvelt Quigua, ningún medio informó de lo ocurrido. La idea de Roosvelt de llevar a su hija a piscina se convirtió en que la tuvo que sacar del colegio porque se quedó sin la manera de conseguir los recursos para pagarle los estudios y nunca nadie le respondió. “Es muy duro ver el esfuerzo de tantos años desaparecer en un segundo”.

Mirando las redes sociales, Karen, la novia de Juan Fernando, descubrió en la cuenta oficial del Twitter de la barra de Los del Sur, una foto del equipo de fútbol que representó a Rexixtenxia en el torneo de barras organizado por el Ministerio del Interior, con un título que decía: “Estos son los terroristas”

Después de tres cirugías, un médico especialista decidió hacer un injerto de piel para recuperar parte del tejido del brazo y la cara de Valeria. Sus quemaduras de tercer y cuarto grado la aislaron del mundo por tres meses, también por una bacteria que contrajo en el monte mientras esperaba una ambulancia que nunca llegó. Por un tiempo, Valeria se miraba al espejo y no se reconocía. Era inevitable borrar el recuerdo de lo que sucedió esa noche. No tiene claro en qué momento terminó todo ni quien la bajó del bus y salvó su vida. “Solo recuerdo el momento en que con mi último aliento llamé a mi mamá a decirle que me moría. Mi mamá me daba fuerzas, me decía que rezara, me rogaba que le dijera en dónde estaba. Llamábamos ambulancias y a la policía y nadie nos ayudó. Teníamos miedo de que volvieran a aparecer los hinchas de Medellín”, cuenta Valeria en medio del llanto porque le es inevitable recordar sin llorar.

 

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Estamos en un pequeño salón que hace las veces de juzgado en el municipio de Santa Bárbara. Son las diez de la mañana del 24 de febrero de 2017. Es la audiencia que corresponde al juicio oral. El fiscal Carlos Eduardo Suárez le pide a Valeria que describa los hechos. “Haga un esfuerzo Valeria, cuéntele a la juez –Ana Karina Arboleda– cómo sobrevivió a esa pesadilla. Yo sé que es difícil, pero haga un esfuercito”. Y entonces Valeria, que no quiere hablar más de esto, pero que para hacerlo en esta audiencia se ha venido preparando, revive lo sucedido. Narra con detalles cómo sintió que se moría. Asegura que eran de Rexixtenxia porque a la vez que los atacaban cantaban arengas de su barra. Y ahora, viene la pregunta clave: “¿Valeria, de casualidad usted recuerda a alguno de los atacantes?”, pregunta el fiscal Suárez. Valeria dice que sí. El fiscal levanta las cejas y le pregunta si de casualidad esa persona está en esta sala. Valeria dice que sí. El fiscal sigue con las cejas levantadas, más asombrado que nunca, y le pregunta que si acaso es el mismo que vio en un reconocimiento fotográfico en la cárcel Bellavista. Valeria dice que sí. El doctor Leonardo Buitrago, abogado de Juan Fernando, objeta las preguntas alegando ser inducidas. La juez Arboleda no da a lugar. El fiscal, entonces, le pide a Valeria que haga un esfuerzo más y lo señale. El abogado León Jairo Buitrago, objeta alegando que no estamos en un reconocimiento fotográfico. La juez Arboleda no da a lugar y le pide a Valeria que continúe. Y entonces Valeria, que al estirar su brazo para indicarnos cuál es el culpable, deja ver las quemaduras que no cicatrizan, señala a Juan Fernando Cuadros Galeano, o a alias Cuadros como lo llaman los investigadores criminales. Y entonces Juan Fernando, que quiere hablar pero no puede, que quiere defenderse pero ya aprendió, después de tantas audiencias, que debe esperar su turno, que ya sabe que todo lo que diga puede ser usado en su contra, vuelve a preguntarse por qué él está metido en todo esto.

Es verdad que hace parte de Dextruxion, claro. Es cierto que cada vez que podía, viajaba a ver a su equipo. Es verdad que esa noche en que llegaron a capturarlo a su casa, al frente de su madre, como si fuera el cabecilla de la peor banda de sicarios, encontraron en su cuarto camisetas del Independiente Medellín que se convirtieron en la prueba reina de la Fiscalía. “¿Cómo voy a negarlo?”. Pero también se pregunta por qué lo incriminan a él que ni siquiera fue a ese viaje. Por qué a él, que cuando ocurrieron los hechos estaba durmiendo en su casa. Por qué a él, si cuando arrancaron los buses a ese viaje, estaba repartiendo volantes de promociones de paquetes turísticos de la Agencia Polaris Spirit para ganarse 30.000 pesos. Por qué a él, que vio ese empate de Pasto vs. Medellín en el bar la Catedral del Fútbol del barrio la Floresta. Y sabe, claro, que a él, todo un barrista, no tienen por qué creerle. También, piensa, por qué no les creen a sus amigos, que no son barristas, y que han repetido innumerables veces en las audiencias, bajo juramento, que vieron el partido con él aquella noche y en ese bar y que después del partido se fueron a la casa de Tabares a tomarse unos “guaros”. “Que se les iba yendo la mano”. Que después se fue a dormir a la casa de Karen donde también estaba su suegra. Ellas también rindieron testimonio. Los que creen en su inocencia se preguntan, por qué no le preguntan a cualquiera de la barra que saben que él no fue. Por qué no valen las cámaras del metro que evidencian que tras dormir donde su exnovia, tipo cinco de la tarde, se fue a su casa a dormir y no estaba en ningún Pasto ni en ninguna Pintada ni en ningún viaje ese fin de semana. Por qué a él, que nunca en su vida tuvo un incidente de barras. Mientras Valeria lo señala y él piensa “pobrecita, cómo quedó esa niña”, Juan Fernando se pregunta, por qué ella se empecina en decir que él, con un machete en una mano y una piedra en la otra, fue su victimario.

 

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Del incidente de aquella noche, Andrés Freidell Salazar fue también condenado y tampoco viajó. En la mayoría de las barras se cuentan historias similares. Los que piensan que ellos son inocentes, ven incomprensible que los juzguen colectiva y no individualmente.

Desde la Federación de Fútbol o la Dimayor están las medidas que contemplan cerrar las tribunas, subir el precio de las boletas, carnetizar a los hinchas o proyectos millonarios de registros de ingreso a los estadios. Para sus dirigentes lo mejor es que se aparte esa escoria de la sociedad para que dejen el fútbol tranquilo. “Acaso qué tenemos que ver nosotros con iniciativas culturales, deportivas y sociales que ahora proponen las barras, en muchos casos apoyadas con administraciones locales”, afirman. “Es más, si sabemos que los clubes profesionales los apoyan les quitamos puntos. Los sancionamos. Eso es apología al delito”, anuncian en ruedas de prensa.

 

La violencia de esa noche hubiera pasado inadvertida, si no fuera por una ONG de derechos humanos que un año después denunció lo ocurrido a la Gobernación de Antioquia de Sergio Fajardo. La foto que vio Karen del equipo de fútbol de Dextruxion, que publicaron Los del Sur, para ir detrás de los culpables, se convirtió en una de las pruebas. “Al hacer un análisis de las redes sociales que manejan esas barras, esos elementos fueron aportados a la Fiscalía para ir estableciendo su autoría o principalmente si estas personas en realidad estuvieron allá ese día”, afirma el investigador Sierra. Esas pistas, más los reconocimientos fotográficos en los que Valeria señaló a un joven de estatura media, piel morena y cejas pobladas, fueron sentenciando el destino de Juan Fernando. “Colombia es un país donde la Fiscalía ha fabricado una gran cantidad de falsos testigos. Un país donde el término falso positivo se trasladó a las dinámicas de fútbol. Muchos de estos muchachos son víctimas de linchamientos mediáticos, es decir, no hay un culpable específico si no se les juzga en colectivo. Por otro lado, las autoridades no hacen investigaciones rigurosas para dar con la captura de las personas que tienen malos comportamientos o que cometen delitos. La inmediatez y el populismo penitenciario son la prioridad cuando el Estado y sus organizaciones necesitan buscar rápidamente un culpable sin cumplir con los procesos y los mecanismos de investigación”, afirma el sociólogo y analista de barras Alejandro Villanueva.

 


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“Por ser un peligro para la sociedad, por ser un vándalo que incendió un bus y por ser un barrista”, como le dijeron literalmente varios de los jueces que pasaron por este caso, Juan Fernando deberá pasar 35 años encerrado en una cárcel. El día que salga de la cárcel, hasta podría encontrar un puesto en la cúpula de la barra, como en muchos casos sucede, pues pelear, caer preso, defender el barrio a punta de cuchillo y machete, sigue dando prestigio. También, podría trabajar por desnaturalizar la violencia de las barras y aprovechar la fuerza, la energía y la rebeldía de estos colectivos para generar una fuerza de paz, como también comienza a suceder con algunas hinchadas. “Si no actuamos ahora y seguimos generando muertes en las calles arropando gente que cree ser barra y que mata sin piedad, vamos a terminar sumidos en la ilegalidad. Pero también tenemos la posibilidad de transformar el poder de las barras y su criterio político en algo positivo para el país”, afirma John Vásquez, líder popular de la barra Holocausto Norte, del Once Caldas.

Juan Fernando, sin embargo, no quiere nada de eso. Ha perdido interés por muchas cosas e incluso a veces ni se anima a jugar un partido de fútbol al que lo invitan en el patio. Eso sí, el día que salga, quiere volver a ir al estadio a ver al Independiente Medellín. Ya no desde la tribuna norte. Mejor en la oriental, donde su papá lo llevó a enamorarse de ese equipo.

 

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