Edición 117

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"LOS TAXISTAS NO SON HIJUEPUTAS": ULDARICO PEÑA, EL ZAR DE LOS TAXIS

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Uldarico Peña, uno de los hombres más poderosos de Colombia con 60.000 taxistas a su mando, dice no ser tan poderoso ni tan rico; y no necesita llamar al presidente Santos, porque este lo llama a él.

 “Yo no uso micrófono, porque eso distorsiona todo lo que uno dice. Yo levanto la voz. Hasta me han puesto moderador cuando estoy rodeado de gente. Una vez estaba respondiendo preguntas a un grupo grande de taxistas, diciendo la verdad como debe ser. Saqué un billete de $2.000 del bolsillo, lo boté hacia arriba y cayó entre la gente. Todos se abalanzaron sobre él, se pusieron a pelear. Yo me volteé y me fui a almorzar. Lo hice por amor y por cariño, para reírme, porque sabía que iban a preferir el billete de $2.000 a las preguntas que me estaban haciendo y a su aparente interés”.

El zar de los taxis, el “temido mafioso” del transporte en Colombia, “el Capo”, “el dueño de Bogotá”. De Uldarico Peña también se dice que tiene el poder para bloquear la capital en diez minutos, y que con ello ha amenazado al Gobierno. Que se volvió millonario vendiendo taxis, cupos y tabletas en el aeropuerto Eldorado. Que es el dueño de Taxis Libres y Radio Taxi Aeropuerto S. A. Que cobra tarifas exorbitantes para que los conductores puedan tener un taxi en la calle, algo que a muchos les quita el derecho a trabajar. Que tiene un hijo que se está enriqueciendo tanto como él, y otro al que secuestraron. Que maltrata a la gente que trabaja con él. Que anda por Bogotá rodeado de cuarenta gorilas que protegen su seguridad. Que tiene un taxi amarillo de colección, un clásico de Nueva York. Que está enfermo…

“Yo estoy es muy bueno”, dice a carcajadas. Tiene 81 años y se pinta de negro el bigote y los pocos pelos que le quedan en la cabeza. “¿Le dijeron eso? ¿Alguien le dijo que estoy enfermo?”. Comenzaron a salirle canas a los 21 años, pero entonces no se las pintaba. “Me decían que era un hombre interesante. Pero las mujeres a veces también echan sus piropos tal vez sin merecérselos uno”, dice y vuelve a reírse. “Ya a mi edad tengo que ser como ustedes, colocarle algo de vanidad. He cambiado, pero con canas o sin canas, Uldarico sigue siendo el mismo”.

Y Uldarico Peña continuará hablando sobre sí mismo en tercera persona durante las siguientes dos horas. En una reunión de pactos en un salón del centro comercial Carrera, desde donde maneja el imperio amarillo, en medio de cerca de treinta hombres y mujeres, él es quien tiene la mejor postura. Espalda erguida. Cuello estirado, mirada hacia el frente. Elegante. Chaqueta, chaleco y pantalones azul oscuro con rayitas vino tinto, camisa blanca almidonada a la perfección y una corbata aburrida. Medias y zapatos negros. Impecable. La misma pinta que usa hace treinta años.

Las intervenciones de los presentes son serias, pero amenas. Discuten UBER y el “Yo por allá no voy”. Uldarico va a ser el último en hablar, y el único que va a sonar a discurso político populista. El único que grita haciendo énfasis en cada una de sus palabras. El único que parece bravo. De ojos pequeños y boca escondida debajo del bigote, lo más expresivo que tiene son las cejas. Cuando nos presentan, me da la mano mirando hacia ambos lados.

–Uldarico, ¿usted está bravo? –le pregunto.

–No. Dolido. Dolido de que lo que pide uno durante tantos años, como que nunca llega. Lo del taxista que pregunta para dónde va y no le presta el servicio a la gente. Para mí es delicadísimo, y lo he pedido cantidad de veces, de que las autoridades busquen la manera de sancionar, porque eso está en el código, el negarse a prestar el servicio. Entonces cuando uno solicita varias y varias veces y nunca llega, como que es de mal gusto ya. A veces le corresponde a uno, si no ponerse bravo, hacer esa comedia de bravo para poderlo solicitar. Las personas se equivocan mucho con Uldarico Peña, creen que soy una persona de mal genio. Mi tono de voz es ese, el que me está oyendo y el que me oyó.

No es cierto. En su despacho, donde tiene un escritorio de madera en el olvido, y una mesa de juntas llena de papeles, ya no se siente tenso ni bravo. Se relaja y mira a los ojos. Sonríe y hace chistes de los que solo se ríe él. Dice que le aprendió esa pasión y talante al hablar a Rojas Pinilla –perteneció a su equipo de seguridad, y a la guardia presidencial de Alberto Lleras Camargo y de Guillermo León Valencia–, y se pregunta de dónde lo habrá sacado él.

–¿UBER le quita el sueño?

–No, no. Pero mire cómo estoy de bravo… –dice y vuelve a hablar con ese tono típico del discurso de balcón que ya debería haber pasado de moda–. UBER llegó a imponer sus propias tarifas, cobran tres veces más que nosotros, pero el usuario se pone bravo con nosotros si le cobramos $2.000 más. UBER no tiene un centro de atención al cliente que se ocupe de las quejas, o que pague las multas, nada. Me da mucha tristeza que no cumplan con las normas establecidas. Creen que porque tienen tecnología pueden violar todas las normas. Bienvenida la tecnología, pero cumpliendo las normas. UBER no me quita el sueño, pero no la nombremos porque le hacemos publicidad.

–Entre todas las cosas que se dicen de usted, se dice que es dueño de una empresa que presta el mismo servicio de UBER. ¿Es eso cierto?

–No, no, nosotros no necesitamos nada de UBER –dice, pero piensa y arranca de nuevo–. Usted me debe estar preguntando por servicios especiales, una empresa de servicios puerta a puerta que se les presta a empresas, no servicios individuales. Es un contrato con empresas.

–¿Y es verdad que les dijo al viceministro de Transporte y a la directora de Tránsito y Transporte que usted tiene el poder para bloquear la ciudad en diez minutos?

–Lo dice Uldarico en sus propias palabras: es lo más falso que puede haber. Es la mentira más grande, puesto que Uldarico Peña es enemigo de eso. Lo ha oído usted en todos los medios de comunicación la semana pasada y la antepasada, que no hay necesidad que molesten a la ciudadanía. Y oyó que se lo dije a las autoridades: Tomen… algún… Ha… Hagan algo… Re… P… Porque no tienen p… por qué estar molestando a la ciudadanía –dice, todavía con el tono de un discurso político–. Parece que no pudiera decidir qué palabra usar. Como si se controlara a sí mismo. Vale la pena recordar que él fue un actor determinante en el paro que colapsó a Bogotá por varios días en 2001, por cuenta del pico y placa para taxistas que creó Antanas Mockus.

–La coyuntura y las constantes quejas de los bogotanos hacen que pueda hacerle esta pregunta, ¿por qué son tan hijueputas los taxistas?

–¿La pregunta la hace usted, o la hace la ciudadanía?

–La pregunta la hago yo, representando a la ciudadanía.

–Así los ve la ciudadanía. Los taxistas no son hijueputas, son unos nobles trabajadores maltratados muchas veces por los usuarios, no por todos, y por las autoridades. Por eso tienen un carácter de resentimiento. Maltratados, malas tarifas. ¡Para pedir hay que dar! Dénmele al gremio de taxistas lo que es justo por ley y verán que los taxistas no son hijueputas, lo van a dar todo –concluye dándole un leve pero contundente golpe a la mesa.

–Pero entonces sí está bravo…

–Muy mal genio sí da ver a unas personas en la calle bloqueando una ciudad, molestando a una ciudadanía que va a su trabajo, que de pronto va con un enfermo al médico, que va a una cita, que puede perder esa cita, que puede perder su trabajo. No pueden llegar a donde van por unas personas que están haciendo algo en la calle, cuando allí no les van a resolver absolutamente nada. Eso me molesta. Me molesta que la autoridad no tome cargos sobre eso. ¿Cómo va a creer que Uldarico Peña convoca a un paro? También oíste en mis palabras: les pido a los colegas que tomen cartas y que hablen con sus taxistas para que no salgan a hacer desórdenes a la ciudad.

–¿Usted ha sido sujeto de alguna investigación?

–Nada, en absoluto. Y ahora, estando en el transporte, soy muy amigo de la Policía, de los jueces, los fiscales… ¡Muy amigo de las autoridades!

–¿Cómo les afectó el negocio el asesinato del agente de la DEA?

–Lo peor que nos ha pasado a nosotros fue lo de estos personajes metidos dentro del gremio. Eso nos daña la imagen en un 80 % instantáneo, porque todas las personas comienzan a coger miedo. Yo a veces quedo aterrado porque fue la investigación más rápida que hayan podido hacer. Todavía no se sabe quién asesinó a Jorge Eliécer Gaitán, a Luis Carlos Galán o a Álvaro Gómez Hurtado, pero ya se sabe quién mató al de la DEA y ya están condenados. ¿Por qué unas cosas se saben y otras no se saben? Queda uno como mudo, ¿no? Si investigaran a Uldarico Peña, yo creo que al otro día estábamos condenados. Pero otras investigaciones graves se demoran y se duermen y nunca pasa nada.

–Se dicen muchas cosas sobre usted, yo estoy muy confundida.

–Uldarico Peña le va a contestar tal y como es –me dice.

–A ver, ¿aquí quién es el dueño, quién es el jefe, quién es el gerente, quién el representante legal, hay socios? ¿Usted tiene jefe?

–Sí, siempre he tenido jefe. Mi jefe en este momento es José Eduardo Hernández. Con él iniciamos esta empresa.

–¿Hernández es el dueño?

–Pues yo creo que no de todo.

–¿Y usted de qué es dueño?

–Soy el gerente general de Radio Taxi Aeropuerto S. A. y socio con unas pocas… eeeehmmm… unas pocas... Es muy poco, lo mío es muy poquito. Yo diría que para comprar dos o tres vestidos como este. Yo no tengo dinero, yo vivo de una pensión, de un sueldito. Tengo unas acciones en CorpoTaxi. Eso es lo que tiene Uldarico Peña.

–No le creo.

–¿Sabes por qué no me crees? Porque los medios de comunicación dicen que Uldarico tiene 3.500 carros. Que tiene 6.000 blancos. Que cuando estuvo Peñalosa de alcalde tuvo 3.500 rojos, que era su socio. Peláez, en La Luciérnaga, dijo que yo no iba a ninguna manifestación porque Uldarico le da órdenes al alcalde, la ministra, a la Secretaría de Movilidad. Y no, yo hablé con él y le reclamé, pero riéndonos. Lo único que hago es, a través de los medios, pedir citas para que los transportadores dialoguen con ellos. Siempre estoy abierto a un diálogo con las autoridades.

–Tres taxistas a los que entrevisté en la calle dicen que usted es dueño de 3.500 taxis, otros me dijeron que usted no tiene carros, sino cupos, que es donde más dinero hay y la razón de su nmensa riqueza. ¿De qué es dueño usted?

–Ni tengo cupos, ni vendo cupos, ni compro cupos. Ni tengo carros, ni compro carros. Uldarico es un personaje como lo estás viendo, que maneja, gerencia una empresa que es Radio Taxi Aeropuerto S. A., tengo una gran cantidad de gente que son los propietarios y taxistas que acuden hacia Uldarico Peña.

–¿Por qué es usted quien siempre está frente a las cámaras, la cara del negocio?

–No, yo creo que la cara del negocio es José Eduardo.

–¿Entonces usted no es tan poderoso como dicen, no es el zar del transporte en Bogotá, el Capo, el zar de los taxis?

–Uldarico Peña no es poderoso. Yo no soy poderoso, soy una persona…, eh, perdone mi modestia…, igual a cualquier otro taxista o transportador. Igual. Pero yo llamo a gerentes y llamo a los taxistas. Llego a golpear o a pedir de que se me atienda en una reunión para decir lo que tengo que decir. No creo que eso sea ser poderoso. Yo creo que es saber a dónde uno tiene que ir en lugar de tomar las cosas en las manos y ponerse a hacerle más daño al resto de la gente sin ninguna razón. Yo creo que eso no es ser poderoso. Ahora, si ser poderoso es decir las cosas por su nombre, es no tener pelos en la lengua, entonces digamos que sí soy poderoso. Porque yo le digo la verdad al que sea, llámese el alcalde, llámese el presidente de la república. ¡A la gente no le gusta que le digan la verdad!

–¿El presidente de la república le contesta el celular?

–No, no. Él me llama a mí.


****

En 1980, José Eduardo Hernández tenía 27 años y manejaba un taxi, con el que pagaba la universidad. Nació en Uvita, Boyacá. Su papá murió cuando tenía once años, y su mamá quiso que fuera sacerdote. Incluso lo envió al seminario del municipio de Chita, pero al poco tiempo desertó. Llegó al aeropuerto Eldorado con la idea de crear una empresa con taxistas bilingües, que vistieran uniforme y manejaran vehículos grandes y en estado impecable. Un servicio de primera calidad como no había en la capital. Intentó convocar un grupo de taxistas para que lo apoyaran y trabajaran con él, pero no tuvo éxito. Al preguntar dónde podía conseguir los taxistas que necesitaba, alguien le dijo que la única persona que podía ayudarlo era Uldarico Peña. José Eduardo ya sabía de quién se trataba. Uldarico en ese entonces ya era muy popular. Era el que siempre organizaba reuniones sociales los jueves en el aeropuerto, al que le decían la Pantera Rosa –por flaco y estilizado– y que andaba en un Volga oscuro en perfecto estado. Desde el primer día, José Eduardo siempre vio a Uldarico Peña, que en ese entonces tenía ya cincuenta años, muy bien vestido, muy bien peluqueado y muy organizado. “Él era igual a su carrito de la Cortina de Hierro, aunque era muy feíto, él lo hacía lucir”, dice Hernández.

José Eduardo, a quien Uldarico se refiere como su jefe, asegura que su socio es una persona muy desprendida de todo lo material. Alguien que no sueña con hacer fortunas y solo le importan su familia y sus amigos. Y el poder y el liderazgo, para poder servirle a la gente. Además lo describe como un romántico que durante las cuatro décadas que duró su matrimonio siguió tratando a su mujer como si fueran novios. Y que casi todos los domingos le deja flores en la tumba.

Al fracasar en ese primer intento de crear la empresa Radio Taxi Aeropuerto, Uldarico se devolvió a su pueblo, Junín, Cundinamarca, muy deprimido. Hernández le mandó una carta escrita a mano advirtiéndole que no se había rendido, que estaría en contacto y le avisaría cuando todo volviera a marchar. Mientras tanto, Uldarico aceptó el puesto de alcalde del pueblo que le ofreció el gobernador, pero solo por pocos días: una segunda carta de Hernández fue necesaria para que la Pantera Rosa renunciara y regresara a la capital.

Era 1983, y con $150.000 José Eduardo Hernández le solicitó la señal de radioteléfono para su empresa al Ministerio de Comunicaciones e instaló la antena en el patio de la casa de su mamá. Todos creyeron que estaba loco, pero su revolución fue tan grande como la que creó Tappsi y las demás aplicaciones de telefonía celular, y en las que Uldarico no creyó en su momento.

–Uldarico, también se dice que le ofrecieron la aplicación Tappsi, antes de que arrancara, y usted dijo que no creía que fuera a funcionar…

–No. Una persona relacionada con la política, o algo así, nos ofreció una aplicación, que nunca supe cómo se llamaba, pero le dijimos que no. Nosotros tenemos los sistemas más antiguos, que siguen funcionando y con harto trabajo.

La empresa de Uldarico y José Eduardo no fue la primera en tener radioteléfonos en los taxis –fue Real Transportadora S. A. en 1956–, pero sí tuvieron el primer número de fácil recordación (211 1111) y automatizaron la central de radio con identificador de llamadas, contestadores automáticos, GPS y convertidores de voz a datos. Y gracias a esta innovación, la suya se ha convertido en la más grande empresa de taxis del país: tienen oficinas en Cali, Barranquilla y Medellín. Entre Taxis Libres, Radio Taxi Aeropuerto, Taxi Imperial y otras empresas que prefieren no mencionar –“por motivos de seguridad”–, cuentan con aproximadamente 28.000 vehículos, que equivale a tener cerca de 50.000 conductores día y noche. Solo con Radio Taxi Aeropuerto disponen de 1.600 taxis con cupo afiliados, con tarjeta de operación. En toda Colombia tienen alrededor de 35.000 vehículos afiliados.

–¿Qué tipo de sociedad tiene con Uldarico Peña? –le pregunto a Hernández.

–Es una sociedad anónima compuesta por cinco mil taxistas. Así lo exigían las leyes del transporte hace 28 años: que los afiliados fueran accionistas de las compañías.

–¿Y se puede hablar de porcentajes de participación?

–Por temas de seguridad no es prudente dar tanta información financiera.

****

Uldarico asegura ser un apasionado por los caballos y los perros de cacería, tener una yegua de paso fino en su finca en Junín, Cundinamarca –el pueblo donde nació– y una perra de cacería “finísima” en Bogotá. Lleva un reloj marca Fossil en la muñeca y dice –vehemente– que solo almuerza en su casa. Dice nunca haber financiado una campaña política y tiene una foto con Álvaro Uribe Vélez enmarcada en la pared junto a unas pocas medallas. Nunca se sienta en su escritorio, no apaga el celular y dice que jamás ha tomado vacaciones. No ha salido de Colombia y no tiene pasaporte. En una ocasión saltó en paracaídas –en un acto de bienvenida al jefe de Estado de Chipre–, tiende su cama todos los días y no sabe cocinar.

Tiene nueve hijos. El que comentan que se está volviendo rico vive con él y Uldarico explica de dónde viene el rumor de su riqueza: “Es un abogado que ha ganado tutelas defendiendo el derecho de tener cupos de taxi. Y como a muchas personas no les cobró sus servicios, dicen que es dueño de todos los cupos. Pero no tiene cupos ni tiene nada. Vive conmigo en una pieza. Me va a tocar cobrarle arriendo para poder comprar la lechecita”.

También habla de su hija Gloria, que trabaja con él. Y en cuanto al hijo que dicen que iban a secuestrar, comenta: “Ese hijo maneja un taxi que no sé de quién es. Lo privaron de su libertad y lo amarraron para robarle el carro. Eso para mí es un secuestro y así lo reporté”.

Uldarico promete que no está cansado y que seguirá trabajando hasta el último día que Dios se acuerde de él. Niega haber sido socio del alcalde Peñalosa y que el taxi de colección clásico de Nueva York que estaba parqueado a la entrada del centro comercial fuera suyo. Camina por Bogotá sin ningún tipo de seguridad porque “El que nada debe, nada teme”, y mientras subimos y bajamos escaleras ayuda a cargar el trípode de la cámara ante la que posará con absoluta seguridad en sí mismo, guapo y elegante.

Enviudó hace catorce años luego de 45 de matrimonio con Julia Elvira Buitrago. Se conocieron cuando él tenía 19 años y era parte de un espectáculo que se presentaba en el batallón de Policía Militar, del que hacía parte –estudió para suboficial en la Escuela de Infantería y combatió a la guerrilla en el Valle y Tolima–. Allí llegaron invitadas las niñas del colegio de la Presentación de Madrid, Cundinamarca. Y entre ellas estaba Julia Elvira, de 16 años, vestida con la jardinera del
uniforme. Dos años más tarde estaban casados.

–¿En estos últimos catorce años no ha habido otra historia de amor? –le pregunto.

–¿Por qué no me pregunta usted, más bien, cómo fue el amor de los 45 primeros? –dice, riéndose otra vez–. Es que esos son los que valen en mi vida para ser soltero. Fueron 45 años que todavía no alcanzo a creer que la mujer de mis sueños… –dice. La mandíbula comienza a temblarle, se le llenan los ojos de lágrimas y le cuesta trabajo hablar. En cualquier momento sus ojos soltarán las lágrimas que ya no le caben–. No puedo creer que… que haya muerto. Fue una relación divina, divina, divina. Jamás peleamos, eso es increíble… En cualquier roce de un hogar, en cuatro minutos, si no era ella, estaba yo con un beso... Es la vida más divina que yo haya podido pasar… Ella fue el remplazo de mi madre. Murieron con seis meses de diferencia, primero murió mi esposa. El amor más lindo es el de una madre, y encontré un amor igual con mi esposa…

Los rayos de sol de la una de la tarde le iluminan la isla que tiene en la nuca y la parte superior de la cabeza, donde no volvió a crecer pelo. Por la ventana se ve avanzar un río amarillo sin afán. Nos hemos quedado solos en su despacho. Afuera lo esperan taxistas bravos, taxistas preocupados, taxistas que lo admiran, taxistas que buscan trabajo.

Y Uldarico Peña está llorando.

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