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Estuvimos en Nueva York recorriendo dos de los lugares que marcaron la historia de Muhammad Ali, la leyenda del boxeo.

Muhammad Ali era el rey del mundo. Lo podía gritar mil veces y nadie iba a discutirlo. Sus golpes fueron tan famosos como sus palabras. Fue un ícono de la lucha por los derechos civiles hasta el punto de que sacrificó su carrera por sus convicciones. Esta vez fuimos hasta Nueva York para recorrer dos de los lugares que marcaron su historia y agrandaron su leyenda. 

La excusa para escribir sobre Muhammad Ali fue un reloj. Nunca me había interesado el boxeo, ni lo entiendo demasiado bien. Cuando me hablan de un jab o un uppercut no tengo la menor idea a qué se refieren. Sin embargo, los boxeadores siempre me han parecido personajes muy complejos. No por nada escritores como Gay Talese han publicado crónicas sobre ellos. Porque, ¿quién en su sano juicio se gana la vida, y lo disfruta, recibiendo y dando golpes? Algunos como Kid Pambelé o Floyd Patterson lo hacían para ganarse la vida, para salir de la pobreza. El caso de Ali era diferente, nunca le faltó nada, venía de una familia de clase media. Lo suyo era hacer historia y darle golpes al racismo y al sistema. Y derrotarlos.

Pero volvamos al reloj. Para verlo tuve que empacar una maleta de mano y tomar un vuelo a Nueva York. La idea era cubrir el lanzamiento de la pieza de museo de Tag Heuer en homenaje a Ali. Lo que no me esperaba es que se convirtiera en la excusa perfecta para descubrir los rincones de esta ciudad que marcaron a la leyenda. Lo primero que hice fue buscar la biografía que escribió el actual editor de The New Yorker, David Remnick, sobre Ali: Rey del mundo. Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano.

 

Antes de viajar miré una de las peleas más importantes de Ali en Nueva York. El video de YouTube logró el primer milagro: mi conexión con el boxeo. El combate del 8 de marzo de 1971 entre El Rey y Joe Frazier fue la pelea del siglo, en un siglo con muchas peleas del siglo. Ali iba por el título que le habían quitado al negarse a ir a la guerra de Vietnam, había pasado tres años bajo arresto y quería reclamar lo que era suyo: la cima del mundo. El combate fue tan fuerte que los dos boxeadores tuvieron que pasar varias semanas en un hospital recuperándose. Volví a verla en el avión: después de ver una hora de golpes y caídas, la azafata me pidió que enderezara mi silla y me abrochara el cinturón de seguridad.

En la fila de migración, que duró más que la pelea, pensaba en el legado de Ali. Su figura fue polémica, sus opiniones nunca gustaban y sus actos menos. Desde su cambio de nombre, su conversión al islam, su relación con Malcolm X hasta su negativa para enlistarse en el ejército norteamericano, hicieron que fuera mucho más que un deportista. Viendo la cara de la oficial de inmigración me acordé de la arrogancia de Ali, verlo gritar: I’m the King of the world, I’m the King of the world, no choca, uno sabe que era el mejor y punto.

Con el sello de entrada en mi pasaporte, estaba más cerca del reloj que me trajo hasta la Gran Manzana. Fuera del aeropuerto me esperaba una mujer vestida de negro con un iPad que le servía como letrero que decía: F. González. Me acerqué, le dije que era yo la persona que estaba esperando y me llevó a un Mercedes-Benz negro que parecía una limusina. Crucé Manhattan como si fuera una estrella de Hollywood. En el hotel ya me esperaban mis anfitriones suizos. Me entregaron un horario cronometrado hasta el último segundo.

Una de las versiones de la colección de relojes en homenaje a Muhammad Ali.

Quince minutos después estaba en otro Mercedes camino a un bar. En el piso 30 de un edificio cerca del World Trade Center ahora era yo el que me sentía como el “Rey del mundo”. Nunca había visto Manhattan así. Y la vi mejor cuando tomé el primer bourbon. Sin darme cuenta, entre trago y trago estaba jugando billar con un señor que tenía un blazer y una camiseta de un equipo de fútbol y que me hizo pasar uno de los mayores ridículos de mi vida. Reía sin parar y cada vez que pasaba un mesero aprovechaba para pedirle otro trago; no fallaba con sus bolas y las metía meticulosamente sin burlarse de mí. Yo no mejoraba. Después de golpear el paño de la mesa un par de veces y golpear con la bola una ventana decidí que era mejor retirarse. Mi contrincante soltó una risotada de campeón del mundo y me dijo que tenía que practicar más, que no sabía lo importante que era el billar para la vida.

Y luego sentí el ridículo. Mi contrincante era uno de los mejores pesos ligeros de la historia del boxeo y no me había dado cuenta. Estuve cuatro horas con Mano de Piedra Durán, no hablamos de sus peleas legendarias contra Sugar Ray Leonard, pero me contó que quería montar un negocio de billares en Ciudad de Panamá, de sus planes para ampliar su casa y me dio consejos sobre cómo conquistar a una mujer; invitarla, ignorarla y hacerse el macho fueron sus consignas.

Fue otro de los periodistas que estaba en el bar el que me sacó de mi ignorancia: “Güey, a que no sabes que estuviste jugando con Mano de piedra toda la noche, ¿cierto?”. Al ver mi cara soltó una carcajada y me contó que Roberto Durán es una leyenda en Panamá y en toda América Latina por su carrera en el boxeo. Aunque ahora se la pase en Ciudad de Panamá jugando billar y conduciendo su moto, ese señor inspiró una película en la que actuó Robert de Niro. Con las manos en la cara y acordándome de las palmadas ridículas que le di en la espalda a Durán, me fui a una esquina a esperar que se acabara la última partida. Brindé con Mano de piedra, me despedí y le dije que era un gran admirador suyo (una de las mejores mentiras que he dicho en mi vida). Durán se volvió a reír y me dijo que si quería también me podía enseñar a boxear.

Maleta en la que se subastó el reloj de Ali. En ella vienen los guantes autografiados, los certificados de autenticidad y, obvio, el reloj.

Al día siguiente tenía la mañana libre. Entre el dolor de cabeza y el afán de los neoyorquinos llegué hasta el Madison Square Garden. En el camino vi la segunda pelea más importante de Ali en este escenario. Era de nuevo contra Joe Frazier, no peleaban por un título, solo peleaban por saldar cuentas. Ali ganó por decisión de los jueces esa pelea del 28 de enero de 1974, pelea que fue la antesala de uno de los duelos que marcaron la historia del boxeo: Ali vs. George Foreman en Kinshasa. No quería llegar tarde e incumplir el horario establecido. Di una vuelta, busqué la calle que en honor a Ali y tomé el metro de regreso al hotel.

El siguiente destino era el Gleason’s Gym, en Brooklyn. Un barco nos esperaba para cruzar el Hudson para llevarnos al gimnasio donde Ali entrenaba. Aunque no está en el mismo lugar, el interior sigue siendo igual. Las máquinas guardan ese toque viejo y dejado que da la sensación de estar en un gimnasio de La Habana. Bruce Silverglade, propietario del lugar, recibía a todo el mundo como si fueran viejos clientes. Atiende todas las preguntas y no se cansa de contar la historia de Ali en Gleason’s: “Aquí fue donde vino a entrenarse para el combate que dejó a todo el mundo boquiabierto”, dijo Silverglade al evocar el combate en 1964 entre Ali y Sonny Liston. Esa fue la pelea que lo consagró como uno de los mejores de todos los tiempos.

Entre tragos de bourbon por fin apareció el reloj. Se hizo paso entre los otros boxeadores que estaban. Esquivó a Julio César Chávez, a Evander Holyfield hasta mi ya conocido y “amigo” Roberto Durán, Mano de piedra. Sin embargo, uno de los encargados de mostrarlo fue el famoso quarterback Tom Brady. Ahí estaba el reloj de oro, inspirado en el célebre reloj Ring-Master (creado en 1957 y actualmente en el museo TAG Heuer). Este modelo iba a ser subastado, junto a unos guantes con la firma de Ali.

Jean-Claude Biver, CEO de Tag Heuer, durante la subasta del reloj en homenaje a Muhammed Ali, en el Gleason’s Gym de Brooklyn. Atrás, varios boxeadores que asistieron al evento, entre ellos Evander Holyfield, Roberto Durán. También están la esposa de Ali y el jugador de fútbol americano Tom Brady.

Me subí a una de las esquinas del cuadrilátero para ver la subasta. Tenía 180 dólares en el bolsillo, así que no era candidato para quedarme con ese reloj. A mi lado estaban dos parejas. Como no quería cometer el mismo error que con Mano de piedra, les pregunté si por casualidad eran deportistas. Se rieron y me dijeron que no, que simplemente eran unos buenos compradores.

Empezó la subasta. Mis vecinos alzaban la mano y subían el valor del reloj sin el menor remordimiento. Hubo un momento en que ya la cifra era incomprensible para mí. Miré el trago que tenía en la mano y esperé que dieran los tres golpes. Me acordé de la escena con la que Remnick empieza su libro: un Muhammad Ali viejo, sentado en un sofá viendo la pelea contra Sonny Liston, diciéndole a la pantalla lo bien que boxeaba y lo guapo que era. Llegó el tercer golpe, el knock out, que me volvió a traer al ring. El CEO de Tag Heuer, Jean-Claude Biver, acababa de quedarse con el reloj, lo alzaba como si fuera el cinturón de campeón mundial.

Salí del gimnasio, el frío hizo que metiera las manos en los bolsillos. Hay una foto de Ali corriendo en la que se ve el skyline de Manhattan, seguramente esta vista era la misma que él tenía. Atrás quedaba otro homenaje que hará que la figura de Ali, no solo la del boxeador, siga siendo un referente de rebeldía, ego y constancia. Subí al barco, cerré los ojos y desperté pensando que si pudiera devolver el tiempo, seguro que lo haría para ver a Muhammad Ali en alguna de sus peleas, pagaría lo que fuera por estar en primera fila para ver uno de sus golpes que dejaban a los contrincantes en la lona. Y pagaría lo mismo para estar en una pelea de mi amigo Mano de Piedra Durán.

Adelante: el exboxeador panameño, Roberto 'Mano de piedra' Durán, junto a Jean-Claude Biver, CEO de Tag Heuer.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @felipeg269

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