Edicion 148

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Cuarenta años despuésde su muerte, Sid Vicious sigue siendo la imagen del punk. ¿Pero cómo hizo un tipo sin talento para convertirse en el ícono de un movimiento sin haber hecho prácticamente nada.

 Todo pueblo tiene derecho a su porción de fama. Para el caso de Bensalem, Pensilvania, sus credenciales incluyen ser la sede en Estados Unidos de los fabricantes de guitarras Ibanez y de las baterías Tama. Allí también nació Smarty Jones, un purasangre que en el 2004 ganó el Derby de Kentucky. No está nada mal: una estrella mediana del mundo de la hípica y un par de bodegas desde donde se despachan los instrumentos con los que unos pocos músicos talentosos van a alcanzar la fama y muchos, muchísimos otros, van a terminar haciendo ruido en un garaje.

Pero esta no es una historia de talento, sino de fama.

Las dos personas más famosas de Bensalem no nacieron allí, sino en Londres, Inglaterra, y en Nueva York. A ambas la muerte les llegó en esta ciudad, que queda a varias horas del pueblo. Sin embargo, encontrarlas es fácil: basta llegar a una de las dos gasolineras de la calle Bristol, en las esquinas del cementerio judío King David. Por cualquier lugar se puede entrar. En la sección BB, en la tumba 4388, está la lápida de Nancy Spungen, que tenía 20 años cuando murió, el 12 de octubre de 1978. Y en algún lugar debajo del prado de la tumba, empujadas por algún aguacero, deben quedar algunas moléculas de las cenizas de su novio, John Simon Ritchie. No hay nada que marque el nombre –ni el real ni el artístico– de su amante cremado, Sid Vicious, a quien literalmente se lo llevó la lluvia y el viento.

Como lugar de peregrinación, el cementerio King David resulta decepcionante. No hay vendedores de mapas de tumbas famosas a la entrada, como sucede en Père Lachaise, en París. Sin embargo, siempre hay alguien que manejó media hora desde Filadelfia hasta Bensalem para estar en el lugar donde se esparcieron las cenizas del tipo menos talentoso de la historia del rock.

Sid no debería estar allí. Sid Vicious, ya fallecido y hecho polvo, no tenía permiso para estar en ese cementerio. De hecho, la familia de Nancy no autorizó a la madre de Sid para esparcir sus cenizas sobre la tumba. Por supuesto, todo esto fue pura formalidad, pues era inútil intentar darle órdenes a la madre del punk más famoso del mundo, tan heroinómana y desafecta de la autoridad como su hijo. Anne simplemente fue por su cuenta al cementerio y regó las cenizas de Sid sobre la tumba de Nancy. Sid no debería estar allí, pero allí se quedó.

Tampoco debió haber estado en ninguno de los lugares que marcaron su vida. No debió haber estado en un hogar roto que su padre abandonó cuando ni siquiera tenía diez años; poco tiempo después, su madre volvió a casarse –esta vez con Christopher Beverley, un estudiante de Oxford– y la relación que prometía traer algo de estabilidad al hogar terminó con la muerte del nuevo marido. No es que Anne fuera muy estable. Para entonces ya era una adicta a las drogas, y cuando Sid cumplió 16 años lo echó de la casa. A partir de ese momento, a Sid le quedaban cinco años de vida, en los que todo sucedió tan rápido que pasó de convertirse en fanático de una banda a ser su bajista, ícono del punk, acusado de asesinato y cadáver.

Y no debió haber estado en una banda de ningún género, porque Sid, simplemente, no sabía tocar nada. Pudo haber llegado a ser un cantante medianamente competente, pero para juzgar eso solo existen pocas grabaciones que publicaron en el álbum póstumo Sid Sings, que dejan ver algo de potencial, pero que acaban siendo más un interrogante que una certeza sobre su verdadero talento.

Pero si algo dominaba la idea del punk era ese espíritu de “hágalo usted mismo” y la convicción de que bastaba saber tres acordes para armar una banda y escribir canciones. Lo poco que Sid podía tocar en el bajo lo aprendió después de dedicarse una noche entera a replicar las canciones del primer álbum de los Ramones. No se puede saber si él era consciente de este espíritu del punk, pero quienes sí lo tenían claro eran los Sex Pistols, la banda en la que cantaba John Lydon, más conocido como Johnny Rotten. Sid y John eran amigos, se habían conocido cuando estudiaban arte, compartieron un apartamento que ocuparon ilegalmente y actuaban en la calle (Lydon en la voz y Sid en la pandereta) a cambio de algunas monedas.

Pero la historia formal de la banda empezó en Sex, una tienda de ropa inspirada en la estética sadomasoquista que también vendía camisetas desafiantes con consignas políticas inspiradas en el marxismo y el anarquismo. Al frente de la tienda estaban Malcolm McLaren, un antiguo estudiante de artes que jamás terminó su carrera, y su novia, Vivienne Weswood, cuyas prendas definieron la estética del punk y quien acabaría por convertirse en una de las diseñadoras más importantes del mundo. McLaren había trabajado en Estados Unidos con los New York Dolls y regresó a Londres convencido de que podría hacer lo mismo allí, entonces juntó al guitarrista Steve Jones, al baterista Paul Cook, al bajista Glen Matlock y a Johnny Rotten. Sid no debería estar ahí, no solo por su falta de talento, sino también por la falta de espacio. Pero estuvo, como amigo de Rotten y fanático del grupo.

Sid tampoco estuvo en Mánchester el 4 de junio de 1976, cuando ocurrió un evento único en la historia del rock británico. Ese día, los Sex Pistols tocaron por primera vez en vivo ante poco más de 40 personas. Allí estaban quienes después salieron a formar bandas como The Smiths, The Buzzcocks, Joy Division y New Order. También estaba Mick Hucknall, de Simply Red, el tipo menos punk a quien inspiraron los Sex Pistols, porque, al final de cuentas, lo que importaba en el punk no era ser un virtuoso como los músicos de todas esas bandas de rock progresivo de principios de los setenta, sino tener más actitud que técnica.

Sid Vicious.

Los problemas inesperados son comunes en el mundo del punk. Un año después, en 1977, Sex Pistols tenía prácticamente listas las composiciones de su primer álbum, pero Matlock salió de la banda por diferencias con Rotten. Como no había quien grabara las partes del bajo, McLaren le ofreció dinero a Matlock para grabar, pero Matlock pidió que le pagaran por adelantado. Como nunca recibió el dinero, Matlock no fue a grabar y las partes del bajo las tocó Steve Jones, no Sid.

Sid Vicious no estuvo en un concierto clave, no fue miembro fundador, prácticamente no trabajó en el álbum de los Pistols y solo estuvo en la banda once meses sin saber tocar correctamente su instrumento. Es más, en muchas presentaciones en vivo, el bajo de Sid ni siquiera estaba conectado al sonido; basta ver algunos videos para notar el desfase entre lo que él hace y lo que suena, en las pocas ocasiones en las que sí se puede oír su instrumento. Sin embargo, ese hombre ausente en los momentos clave forma parte fundamental de los Sex Pistols, del punk y de la historia del rock.

La banda no podía prescindir de él. Si Johnny Rotten era la voz y la furia, y Steve Jones y Paul Cook eran los músicos de verdad, Sid era el alma oscura. Todos eran la irreverencia encarnada, la vulgaridad y el humor de retrete, pero Sid llevaba la autodestrucción. Era un hombre de extremos, podía ser muy violento y también vulnerable y sumiso. Nancy Spungen, una groupie neoyorquina que vivía en Londres, encontró en Sid a la estrella de rock ideal para convertirlo en su novio. No parecía ser una relación con puntos medios: se amaban, pero también se maltrataban y ella lo sumió aún más en las drogas. Todo queda claro en Sid and Nancy, la película que en los ochenta hizo Alex Cox: Sid Vicious, el animal salvaje de la banda más odiada del Reino Unido, era en el fondo un niño carente de afecto.

A toda la rebeldía que Sid proyectaba, ahora se sumaba la romantización de su relación con Nancy. Ella, por asociación, también acabó formando parte de la iconografía del punk, un amor trágico que por dentro era una bomba de tiempo. La bomba estalló el 12 de octubre de 1978, cuando Nancy apareció muerta de una puñalada en la habitación 100 del hotel Chelsea, en Nueva York. El hotel, en pie desde 1885, era famoso por haber sido la residencia de Mark Twain, Arthur C. Clarke, Tom Wolfe, Patti Smith, Iggy Pop, Janis Joplin y una lista que más parece la de un salón de la fama que la de un hospedaje. Sin embargo, a la leyenda del Chelsea ahora se sumaba un crimen en el que estaba involucrado un artista.

Sid llamó a la policía y, por supuesto, él siempre fue el principal sospechoso. ¿Quién iba a dudar de la culpabilidad de un heroinómano vulgar y violento? Sin embargo, aún hoy, la verdad sigue siendo un misterio. En los años setenta no había manera de hacer pruebas de ADN para examinar con más atención la evidencia. Y si bien es muy posible que él la hubiera matado en medio de una discusión alimentada por las drogas, también es probable que haya sido otra persona. Se sabe que poco antes de la muerte de Nancy, Sid había recibido una gran cantidad de dinero por regalías de su versión de My Way, de Frank Sinatra, y el pago de algunas presentaciones. También que había consumido una dosis muy alta del sedante Tuinal, suficiente para dejarlo inconsciente durante un buen rato, lo cual habría impedido que atacara a Nancy o que la defendiera, en caso de que el culpable hubiera sido otro. La policía encontró huellas de seis personas que tenían relación con la pareja, pero a ninguna de ellas se le hizo un interrogatorio. Algunos testigos dicen que vieron salir de la habitación de Sid y Nancy a un hombre sin identificar plenamente, pero que no era Sid, con unos fajos de billetes en la mano. Dicen que era un drogadicto llamado Michael, que solía quedarse en el sexto piso del hotel. En la escena del crimen no se encontró el dinero.

Tras su arresto, se le imputaron cargos, pero salió bajo fianza. Sus gastos legales los asumió discretamente Mick Jagger, quien jamás buscó publicidad con el tema (esto solo se sabe por registros oficiales y por el testimonio de Johnny Rotten). Sid Intentó suicidarse y pasó tres días en un hospital. En diciembre le pegó un botellazo al hermano de Patti Smith y volvió a prisión durante dos meses.

La noche del 1 de febrero de 1979, fecha en que salió de la cárcel, Sid Vicious murió por una sobredosis de heroína. Tal vez fue en la madrugada del 2. Una vez más, Sid no debería haber estado ahí, en esa celebración por su libertad que rápidamente se convirtió en un funeral. Después de haber pasado un periodo de desintoxicación forzada por orden judicial tras la muerte de Nancy, su cuerpo, limpio de las drogas tras dos meses sin consumir, no pudo resistir la heroína particularmente pura que se inyectó en su última noche.

La muerte de los ídolos del rock suele venir acompañada de revelaciones que muestran las verdaderas facetas de su personalidad. Hace poco, cuando murió Keith Flint, el vocalista de The Prodigy, surgieron las anécdotas de lo amable que era en persona, una imagen que contrasta con el agitador en el que se convertía sobre el escenario, capaz de pasar de un estado a otro en un instante. Prince colaboraba de manera generosa con causas filantrópicas en absoluto silencio, y a pesar de lo lujurioso de muchas de sus canciones, era un tipo consumido en su trabajo y en más de una ocasión su cita con una mujer fue llevarla al estudio y ponerse él a trabajar durante horas.

De Sid, en cambio, no se supo nada nuevo. Nunca pudo superar su apodo, como tampoco pudo separar al personaje público del privado. Algunas personas que visitaban la tienda Sex lo recuerdan como un tipo dulce y algo tímido, pero Sid terminó por asumir por completo su condición de personaje. No se puede ser malvado –vicious– y dulce al mismo tiempo. Y por eso el lugar de John Simon Ritchie terminó ocupándolo Sid Vicious, de quien queda más iconografía que discografía y el brillo lejano de una estrella fugaz que no hizo nada importante, pero que todo el mundo vio.

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