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"Si no podemos regular el alcohol, ¿podremos con la marihuana?"

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En una eventual legalización de la marihuana con fines médicos -y, por qué no, una futura legalización para fines recreativos-, ¿podrá el país regular con éxito esta sustancia?

La primera vez que vi la marihuana tenía doce años, ni siquiera sabía fumar cigarrillo y creo que no había tomado alcohol nunca. Nos la fumamos con dos amigos encerrados en un cuarto de bicicletas. Sin saber fumar cigarrillo, no hubo forma de averiguar qué se sentía y la experiencia se aplazó por un tiempo. Unos meses después, antes de cumplir trece años, se le ocurrió a un vecino de la misma edad una idea bastante desquiciada: “un amigo del colegio me dijo que por 500 pesos puede ir uno a la Universidad Nacional, a la Plaza Freud y nos dan una bolsa llena de marihuana. La dividimos en hojas de cuaderno, la vendemos y así tenemos plata para ir a Unicentro”. Contactamos al amigo del colegio de mi amigo, para que él fuera hasta la Nacional e hiciera la compra. Días después tuvimos una bolsa de marihuana que guardé en mi casa por unos días, hasta que la tentación por probarla fue muy fuerte y bajé a donde mi vecino del cuarto piso, que también tenía trece años, y que como todos los de esa zona se la pasaba todo el día solo en la casa. Me encerré en su cuarto e hice un cigarrillo gigante y extravagante. Después vinieron algunas de las dos horas más angustiantes y desastrosas de las que tengo memoria. Si existiera algo así como una sobredosis de marihuana –algo imposible de que ocurra–, seguramente me encontraba en una de ellas. Prometí jamás volver a hacerlo y, lamentablemente para mí, mi familia y mucha más gente, no cumplí la promesa. Han pasado casi treinta años desde esa época de experiencias, y si pudiera devolver el tiempo, hubiera preferido no pasar por ahí.

Aprendí la lección. Soy psicólogo. Me especialicé en adicciones, hice un doctorado centrado en el tema de las drogas, y a pesar de que mi vida parece estar llena de logros, soy consciente de lo que me afectó el consumo de esa época. Durante los últimos 18 años con mis equipos de trabajo desarrollamos el modelo Colectivo Aquí y Ahora para el tratamiento de adicciones y programas de prevención como Consentidos, Sanamente y Yo respondo; todos se han convertido en referentes internacionales en el mundo de habla hispana, durante estos 18 años hemos trabajado bastante duro por una sociedad en la cual las drogas causen menos estragos. Hemos llegado a tasas de éxito superiores al 70% y demostramos que la prevención sí funciona.

Ahora estamos en un momento histórico diferente. La marihuana, que en nuestro contexto parecía muy peligrosa hace unas décadas, ahora demostró ser medicinal, como ya se pensaba miles de años atrás: basta recordar la China de hace 10.000 años, en donde ya se utilizaba el cáñamo para hacer telas, cuerdas y redes. Su uso médico tiene registros de hace casi 2.000 años en el famoso herbario de las plantas medicinales el Pen-tsao.

El espíritu científico me ha alejado de mi postura radical de hace casi veinte años. Ya no creo que haya que eliminar el alcohol del planeta, ni que alguien que alguna vez se haya fumado un porro tenga un montón de problemas o debilidades morales; pero al mismo tiempo, la experiencia y ese mismo espíritu científico me hacen llamar algunas cosas por su nombre: la marihuana no es una simple hierbita con beneficios medicinales, porque es una hierba sembrada en un país con una historia compleja y sangrienta.

He visto a miles de jóvenes recrearse con el uso de la marihuana y muchos han perdido la cordura, han disminuido su potencial intelectual y se han vuelto más impulsivos, especialmente con las nuevas marihuanas que suelen tener mucho más THC (tetrahidrocannabinol). También he visto a muchos adultos que se han aislado cada vez más, se han vuelto más sensibles al estrés, más distraídos y alejados de sus hijos.

Aunque algunos digan que la marihuana no resulta adictiva, lo importante consiste en comprender que la adicción a las drogas es una relación entre una persona, una sustancia y un contexto histórico particular, y efectivamente la marihuana muchas veces desarrolla adicción, en especial si su uso es temprano o en la adolescencia. Cuando algo te entrega cosas importantes, como por ejemplo identidad, sensación de tranquilidad o disminución de la sensación de estrés, puedes enamorarte de eso.

En los últimos años, en Colombia se ha empezado a hablar de legalización de marihuana medicinal y recreativa. El senador Juan Manuel Galán tiene un proyecto de ley que busca que se use sólo para fines médicos y terapéuticos, en especial para hacer menos dolorosos los días finales de una enfermedad terminal, como el cáncer o la esclerosis múltiple. Yo suelo moverme en diferentes ámbitos, algunos están ciento por ciento en contra de estas propuestas y otros ciento por ciento a favor, cada quien con argumentos muy interesantes y, a veces, con buenas evidencias científicas. Algunos creen que legalizar la marihuana aumentará su consumo y que no tiene ningún sentido en un país con las vulnerabilidades sociales y educativas que tenemos, mientras que otros piensan que realmente la marihuana es inocua y no tiene ningún sentido mantener su prohibición e, incluso, llegan a pensar que es una buena forma de acabar con el narcotráfico. Confieso que al día de hoy no estoy ciento por ciento en ninguno de los dos bandos, pero sí tengo algo claro: me encuentro en el bando de los que quieren que este país sea un mejor lugar para vivir.

Para mí, pensar que la marihuana acabará el narcotráfico es un argumento difícil de sostener, porque los recursos del narcotráfico vienen especialmente de otras drogas, así que en un país como Colombia, legalizar la marihuana no tiene mucho que ver con afectar el mercado y disminuir las enormes ganancias de los narcos. Por otro lado, creo que nos hace falta una gran coherencia como país, no puede ser que estemos sentados en una reunión consumiendo cocaína y al mismo tiempo nos quejemos de la guerrilla. “No me gusta que hayas secuestrado a mi papá, pero… ahí te mando dinero para que secuestres a alguien más”.

El National Bureau of Economic Research, en su reporte de mayo de 2014, plantea las siguientes conclusiones: que las leyes sobre marihuana medicinal y recreativa afectan el consumo, al aumentar el abuso del mismo en los adultos; en los mayores de edad también se observa, después de estas leyes, un aumento superior al 15% del abuso de alcohol, porque se mezcla con el consumo de marihuana; por último, en los menores de edad la aplicación de estas leyes no incidió en el aumento del consumo de alcohol ni en el inicio del consumo de otras sustancias.

Actualmente, mi trabajo más fuerte es en la prevención del consumo de alcohol en menores de edad, una sustancia legal en Colombia, y donde estamos en la poco honrosa categoría 3 de la OPS (Organización Panamericana de la Salud), una categoría del 1 al 4 que determina qué tan grave es nuestra pauta de consumo y que constituye –además– una de las principales causas de muerte por enfermedad no trasmisible. Por si fuera poco, desde hace una década hemos estado con el mayor consumo de alcohol en menores de catorce años en toda Latinoamérica, llegando casi al 40%, por encima de países del cono sur, que tienen una mayor tradición del consumo de vino. Por eso pienso que si somos un país de adultos con una de las peores pautas de consumo y tenemos los adolescentes que más lo hacen en Latinoamérica, deberíamos estar más ocupados en controlar el consumo de alcohol, en lugar de preocuparnos tanto por la marihuana medicinal. Porque si sumamos todos los efectos de las drogas legales juntas, en términos de violencia intrafamiliar, carga al sistema de salud, accidentalidad y otros desmanes, sabemos que el daño de la marihuana no les llega ni a los tobillos al que produce el alcohol.

El último estudio con universitarios colombianos, realizado por la Comunidad Andina de Naciones, arrojó que 39,9% de hombres y 24,4% de las mujeres de universitarias ha consumido alguna vez marihuana. Por otro lado, algunas de nuestras investigaciones muestran que casi la cuarta parte (27%) lo hace antes de graduarse del colegio. Ante esto tengo una postura muy explícita: si hay algo importante en Colombia son los menores de edad e, incluso, los recientes mayores de edad, porque es claro para todo profesional responsable que las drogas no son una opción recreativa para nadie que no haya terminado de desarrollarse, por lo menos cerebralmente, y esto tan solo se alcanza un poco después de los 21 años, cuando la corteza cerebral humana, especialmente la corteza prefrontal, alcanza la maduración –encargada, entre otras cosas, del manejo de la voluntad–.

El proyecto de ley del senador Galán es claro en buscar la regulación con fines médicos y terapéuticos de manera exclusiva. Definitivamente no resulta lo mismo fumar marihuana que beneficiarse de los canabinoides que tiene. Ahora bien, ¿estamos en capacidad de manejar esto? Me lo pregunto porque en Colombia existen sustancias legales como algunos opioides –hidrocodona, codeína, morfina, por nombrar solo algunos–, inductores de sueño y benzodiazepinas, y dudo que exista un proceso extenso y serio de formación de especialistas en el manejo adecuado de estos medicamentos. Muchos opioides que han humanizado los procesos de dolor de muchos pacientes no se manejan bien. Los seguimientos de los usuarios no se hacen siempre en los tiempos adecuados, no se les capacita acerca de los riesgos de la adicción, a veces sencillamente no se consiguen a tiempo y además no siempre están disponibles para quien los necesita. Además, muchos de los opiáceos que se comercializan en el país no tienen la tecnología que existe en otros países para reducir la posibilidad de abusar de estos medicamentos –medicamentos que no pueden triturarse para ser inyectados, cambios físicos del medicamento que evitan el uso por ciertas vías, entre otros–.

Por eso, si no hemos podido regular con fuerza el manejo adecuado de opiáceos, inductores de sueños y benzodiazepinas, ¿estamos realmente listos para manejar una sustancia medicinal adicional? ¿No deberíamos manejar primero lo que ya está y luego sí invertir en lo que no está? Y aunque el senador Galán resulta bastante claro al afirmar que su proyecto es por completo diferente de una legalización para fines recreativos, vale hacerse la misma pregunta, para el futuro: si no podemos regular el alcohol, ¿podríamos regular la marihuana con fines recreativos? Tal vez legalizar la marihuana con fines médicos sea una buena opción, y mi discusión no es sí es viable o inviable, pero sí cuestiono el hecho de que si con la experiencia que tenemos en el caso del alcohol, el cigarrillo y los medicamentos de prescripción, el Gobierno sea capaz de manejar una nueva sustancia.

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