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Federer o Nadal, ¿quién ganará el US Open?

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Los dos titanes del tenis han vuelto. El final de temporada es apasionante, Federer y Nadal, una vez más, pelean por el número uno. El año pasado eran considerados "leyendas en decadencia".

Los dos titanes del tenis han vuelto. El final de temporada es apasionante, Federer y Nadal, una vez más, pelean por el número uno. El año pasado eran considerados “extenistas”, “veteranos”, “leyendas en decadencia”.Este año, sin embargo, la final de Australia los tuvo otra vez como protagonistas, para muchos fue un golpe de suerte porque los dos tenistas que habían tomado el relevo, Murray y Djkovic, no estaban en forma. Se equivocaron. Federer y Nadal volvieron airosos de sus lesiones. Ninguno quiere jubilarse y, como hace más de diez años, otra vez están en plena forma, y como siempre, intratables en la pista. Solo hay dos jóvenes que quieren dar pelea, Zverev y Thiem, pero ninguno – todavía– tiene un Grand Slam. Federer y Nadal suman 34.

Vive el tenis tiempos de melancólica involución. Roger Federer ganó Wimbledon y Rafael Nadal Roland Garros, algo que no ocurría simultáneamente desde 2012. Para mí, que vengo siguiendo regularmente el circuito desde hace casi dos décadas al pie del cañón, en las pistas de los cuatro grandes, Melbourne, París, Londres y Nueva York, he de reconocer que ha sido una sorpresa contemplar en directo cómo ambos retomaban el poder y emprendían una vez más la lucha por el número 1 del mundo.

Se trata del octavo título del suizo en Londres. Del décimo del español en París. Federer, además, venía de imponerse por quinta vez en el Abierto de Australia a principios de año, superando en la final a Nadal, a quién si no. Entre ambos suman nueve títulos esta temporada. El helvético también ganó Miami e Indian Wells y se llevó por novena vez el triunfo en Halle. No pudo hacerse con la victoria en Montreal, neutralizado en la final por Alexander Zverev, el hombre llamado a entrometerse por derecho en el grupo de cabeza del ranking, aunque todavía no en la pelea por el primer lugar.

Nadal sacó otros dos dieces en Montecarlo y en el Conde de Godó y se impuso, además, en Madrid. Federer ha estado 302 semanas al frente de la clasificación. Lo hizo por última vez el 5 de noviembre de 2012. Nadal ocupó ese lugar durante 141 semanas, viendo el final de su tercera etapa como número 1 el 7 de julio de 2014; ahora goza de un breve nuevo reinado. Federer cuenta con la ventaja de que este último tramo del curso se disputa íntegramente en superficies rápidas. Nadal tomó ventaja y se asomó otra vez al primer lugar gracias a la renuncia de su gran adversario a jugar en Cincinnati, pero la disputa será larga y estrecha.

Final de Wimbledon, 2008. El mejor partido de la historia del tenis. // Fotografía: Ian Walton

Tuve la oportunidad de ver el décimo de Nadal en París y el octavo de Federer en Wimbledon, de hablar con ellos, así como con Djokovic y con Murray, quienes han quedado relegados por sus respectivas crisis y por el renovado empuje de los dos hombres que suman 34 títulos del Grand Slam. Nadal se comportó con su tradicional humildad mientras conversamos, un día después de ganar en París, a bordo del barco que recorrió el Sena con el campeón y su décima copa. Federer, todo saber estar, en Wimbledon, un escenario que es como el jardín de su casa.

Semanas después, Nadal gozó de la oportunidad de encaramarse de nuevo a lo más alto en el Masters 1000 de Montreal. Murray, convaleciente de su lesión de cadera, no disputó el torneo, lo cual convertía al español en el número 1 en caso de alcanzar las semifinales. Las tempranas eliminaciones de Del Potro y Raonic, que circulaban por su lado del cuadro, le ponían las cosas aparentemente más sencillas. Pero el joven canadiense Denis Shapovalov, verdugo de Del Potro, lo fue también de Nadal en octavos, después de que el manacorense hubiera arrollado a Borna Coric en su debut. Gran sorpresa la protagonizada por un joven de 18 años, 143º del mundo, que disputaba el torneo gracias a una invitación.

El tropiezo no escatima valor a la gran temporada de Nadal. Tampoco resta méritos a la de Federer su derrota en la final del torneo canadiense con la nueva sensación del tenis: Zverev. La resurrección de ambos coincide, o provoca, que Murray y Djokovic, quienes parecían haber tomado el relevo casi con carácter definitivo, queden ahora en un segundo plano. El escocés, que protagonizó una secuencia admirable en 2016 desde que se colgara en Río de Janeiro su segundo oro olímpico, no ha soportado la responsabilidad de ascender por primera vez al número 1, lo cual consiguió a finales de año en el Masters 1000 de París-Bercy.

Extenuado por un trabajo ímprobo, que le llevó también a estrenarse como ganador de la Copa Masters, arrastra problemas en la cadera, que precipitaron su adiós ante Sam Querrey en los cuartos de Wimbledon, para desconsuelo de la afición local. Sus días en lo más alto están contados, dada la enorme cosecha que le toca defender hasta la conclusión del curso frente al horizonte diáfano de Nadal y Federer, ausentes en ese mismo período por distintas contingencias físicas. Si el suizo logra volver al número 1 se convertirá en el más veterano en ocupar ese lugar. Tanto él como Nadal se manejaban con un cierto desdén a la hora de valorar lo que significaba ese logro, pero conforme han ido viendo que lo tendrán a tiro han atenuado su discurso. Portar el número 1 y, más aún, acabar el año como número 1 es un honor en modo alguno baladí para ningún tenista, por mucho que ambos ya lo hayan conseguido en varias ocasiones.

Nadal levantó este año, por decima vez, la copa de los Mosqueteros en Roland Garros. Record absoluto.// Fotografía: Tim Clayton - Corbis

Djokovic –el exnúmero 1– anunció hace unas semanas en Belgrado que no volverá a las pistas hasta 2018, para tratar una lesión en el codo derecho que viene de atrás. El serbio, con quien conversé largamente durante el torneo de Madrid, antes de que disputase las semifinales con Nadal, se retiró en cuartos de Wimbledon cuando estaba un set a cero y “break” abajo en el segundo ante Tomas Berdych. Será la tregua más dilatada en una carrera que apenas ha sido atravesada por las lesiones. Más allá de la evidente necesidad de recuperación de los daños padecidos, el ganador de 12 títulos del Grand Slam busca poner punto aparte en un momento crítico. Desde que perdió con Querrey en la tercera ronda de Wimbledon, en 2016, “Nole” no ha levantado cabeza, como si hubiera sido víctima de una implosión después de tres temporadas erigido en absoluto dominador del circuito.

La recobrada hegemonía de Federer y Nadal ha producido también daños colaterales entre los líderes de la generación que, esta vez sí, avanza con paso firme. Hablamos, fundamentalmente, de Alexander Zverev y Dominique Thiem, ya instalados entre los diez mejores: el alemán, séptimo en el escalafón, con seis títulos, cinco esta temporada, dos de ellos Masters 1000, liquidando por la brava a Djokovic y Federer en las finales de Roma y Montreal; el austriaco, octavo en la lista, con ocho títulos, uno de ellos en 2017, y ya una semifinal de Roland Garros en la solapa.

Thiem, un especialista sobre tierra batida, se ha encontrado cuatro veces con Nadal este año. Le ganó en cuartos de Roma, pero perdió en las finales de Madrid y Barcelona y en las semifinales de París. Zverev llevó a los cinco sets al español en segunda ronda del Abierto de Australia y cayó con Federer en la final de Halle antes de superarle en Montreal. Hay un consistente dique de resistencia a los recién llegados. Con la ambición intacta, en un momento favorable para los jugadores veteranos, y con la calidad contrastada a lo largo de tres lustros, Nadal y Federer transitan por el circuito como si el tiempo se hubiera detenido.

El suizo, que solo ha perdido tres partidos este año, ganó su octavo título en el All England Club sin perder un solo set, algo que solo Bjorn Borg había conseguido, en 1976. Fui testigo de la sucesión de impecables representaciones que llevó a cabo en la Central. En particular, destacaría su partido de cuartos contra Milos Raonic, el mismo hombre que le había eliminado en las semifinales de 2016, en el que fue su último encuentro hasta reaparecer a principios de este curso en un torneo de exhibición en Australia.

Si entonces el canadiense abrió serias dudas sobre el porvenir de Federer, esta vez quedó como otro más de los sucesivos cadáveres que el hoy ya poseedor de 19 “majors” fue dejando a su paso. Su actuación fue una de las más brillantes que quien esto escribe ha tenido oportunidad de contemplar. Por momentos, para gozo de un público entregado, que aún no ha perdido su capacidad de asombro ante la sublimación del tenis que es capaz de producir, parecía jugar poseído por una fuerza superior, como en trance. Raonic llegó a dominar por 3-0 el desempate del tercer parcial, tras ganar los dos servicios de su adversario, sugiriendo la posibilidad de llevar la confrontación a un cuarto set y poner a prueba la entereza física de un deportista que acaba de cumplir 36 años. Ni siquiera entonces pudo reunir argumentos para creer en ello. Con un resto ganador sobre primer saque y una sucesión de puntos en los que comprimió la incomparable destreza de toda una vida, el de Basilea enfiló sin tacha el camino hacia las semifinales.

Federer, por su parte, ganó su octavo Wimbledon y se consagró como el dios absoluto de la hierba. //  Fotografía: Tim Clayton - Corbis

Para mí, ocupado en mil quehaceres durante los torneos del Grand Slam, pues así lo impone hoy el periodismo, con la inmediatez de le edición digital y el complemento más reflexivo para la edición impresa, resulta a veces difícil asistir íntegramente en pista a todos los partidos de Federer. Lo cierto es que procuro simultanear trabajo con el fin de escaparme a la Central, el único lugar donde acostumbra a jugar el suizo en el que bien puede considerar su torneo. Sus devotos, que son casi todos, adoptan las actitudes que convienen en cada momento, contenidos por lo que impone el escenario y el protagonista. Digamos que puede pasarse del clamor silencioso de algunos puntos al inevitable estallido de ovaciones operísticas que puede llegar en jugadas de aparente irrelevancia, como el 0-15 en medio de un set, pues no se trata solo del carácter más o menos trascendente del punto, sino de cómo lo recita el bardo suizo con su raqueta.

Nadal, que se quedó en octavos ante Gilles Muller, después de perder 15-13 en el quinto set de un partido que se prolongó durante cuatro horas y 47 minutos, había dejado su propia impronta semanas antes en Roland Garros. A sus 31 años, transcurridas tres temporadas de su última conquista, dominó el torneo con proceder marcial, haciéndolo suyo por tercera vez sin entregar un solo set. Al día siguiente de arrollar a Stan Wawrinka en la final, como hizo con todos y cada uno de sus rivales, estuve con él en el barco donde paseó la copa de campeón alrededor del Sena.

Fotografía: Clive Brunskill

Hay quien puede verme como un ganador obsesivo, pero no lo soy. Sí se me ha hecho largo no poder competir regularmente en los últimos dos o tres años. Es muy difícil encadenar buen juego cuando no tienes oportunidad de hacerlo. Son muchos golpes a lo largo de la carrera, y desestabilizan”, me comenta, vestido con unos jeans y una ajustada camiseta negra que luce el dibujo taurino extendido a buena parte de su atuendo deportivo, sentado en uno de los compartimentos de la embarcación.

El público francés, que ha asimilado con cierta indiferencia su período de esplendor en París, acabó por inclinarse ante él. Algo ha tenido que ver el hecho de tratarse del décimo título, una cifra significativa que caló en los medios de comunicación y, consiguientemente, entre los aficionados. Desde el principio del torneo, había una historia que contar, como la hubo en 2009, una vez eliminado Nadal por Soderling en octavos, con la hipótesis finalmente confirmada de que Federer ganara el torneo por primera vez, o en 2015, con el estreno de Djokovic como campeón.

Fotografía: Tim Clayton - Corbis

 

Ya como diez veces vencedor, Nadal cenó junto a su equipo y su familia en el Hotel Intercontinental de París, cerca de la Ópera. A su lado, Francisca Perelló, su novia, y el rey emérito de España, Juan Carlos I. Después se prolongó la fiesta en la zona de Matignon. Habla Nadal como un profesional redimido, que necesitaba con urgencia recobrar pujanza y salud. Desliza una reflexión de las que emanan de la filosofía de su tío Toni, que el próximo año dejará de viajar con él. “Soy consciente de que mi carrera es algo especial, pero también de que todo es pasajero. En años no muy lejanos seré un ciudadano más. Mejor no subirse muy arriba, porque luego la caída es más grande. Siempre he intentado estar al nivel del mar”.

Fotografía: Icon Sportswire

Si en 2008 había ganado el título con tan solo 41 juegos perdidos, esta vez lo hizo dejándose únicamente 35. Diez Roland Garros. Quince “grandes”. Ya uno más que Pete Sampras. En ese instante, tres menos que Federer. Porque la carrera entre ambos también es de largo recorrido. No solo van a cimbrearse a golpe de riñón por la reconquista del número 1, ambición que, sin ser baladí, ocupa un espacio lateral en el catálogo de sus anhelos, sino que persiguen, ese sí, el premio mayor, la gloria eterna.

Federer tardó poco en ampliar la ventaja que había adquirido en el Abierto de Australia. Emuló al propio Nadal en la forma de conquistar su octavo Wimbledon, el decimonoveno “grande”. Lo hizo sin admitir debate, firme, brillante, seguro, desmintiendo categóricamente los recelos que había despertado su deliberada ausencia de Roland Garros, el largo período lejos de las pistas. Hasta Nadal, siempre comedido, se atrevía a cuestionar la decisión en el curso de la charla que tuvimos a bordo del barco fletado por Roland Garros. “Lo que ha hecho Federer es arriesgado. Le puede salir bien, porque lleva una línea fantástica, pero no es fiesta cada semana. Cuando estás tres meses fuera, no es tan fácil recuperar el ritmo de competición, aunque le va a ir bien, porque tiene dos torneos antes de Wimbledon. Pero para mí no lo veo”.

La derrota ante Tommy Haas en su reaparición fue solo un sobresalto hasta cierto punto comprensible. Federer ganó poco después el noveno título en Halle, la antesala de su triunfal singladura en Wimbledon. Antes de Milos Raonic, en octavos había dejado atrás, con gran facilidad, a Grigor Dimitrov, el jugador que en su momento fue esbozado como su sucesor, si no en una relación tan fructífera con el éxito, sí en su manera de interpretar el juego, delicada, elegante, distinta. Después de llevar a Nadal al límite en las semifinales del Abierto de Australia, el búlgaro no ha respondido en consecuencia a lo que parecía un definitivo punto de inflexión en su carrera. Le vi ante Federer como resignado, asumiendo su inferioridad, falto de carácter.

Tanto Federer como Nadal han acabado por frustrar el (discutible) empuje de otra generación que, en lo que se refiere a grandes logros, casi puede empezar a darse por pérdida. No demasiado lejos de la treintena, Raonic, Dimitrov, Nishikori, y hasta el propio Marin Cilic, tocado por la mala fortuna de su lesión en la final de Wimbledon ante el suizo, están quedándose a medio camino, aunque el croata cuenta al menos con un título del Grand Slam, el que ganó en 2014 en Nueva York, precisamente tras liquidar a Federer en semifinales.

Ese hombre de cuya renovada consagración fui testigo en la Central del All England Club ha sido dado por “muerto” en más de una ocasión. Ese Federer aclamado por un público que lo venera con respeto y pasión casi mística llevaba cinco años sin hacer de las suyas en Wimbledon. Bien es cierto que había peleado las finales de 2014 y 2015 ante un Djokovic entonces intratable, pero, quién sabe si también por eso, por la sensación de indestructibilidad que ofrecía el serbio, no era disparatado pensar que Federer difícilmente volvería a ser investido en la Catedral, ahora ya por encima de Pete Sampras y William Resnhaw, con quienes compartía el registro de siete títulos.

Fue una ceremonia especial a la que asistí a la vez como admirador y periodista, allí, de pie, abandonando la zona de prensa, para respirar más de cerca una atmósfera única. Sobrio habitualmente en las celebración de los puntos importantes, con poco más que el puño derecho discretamente cerrado y un grito apenas perceptible proclamando “come on”, Federer rompió a llorar tras el último punto, como lo hizo al dirigirse después desde el centro de la pista a su box, donde se encontraban su mujer, Mirka, y sus cuatro hijos: las gemelas, Myla Rose y Charlene Riva, de siete años, y los dos gemelos, Leo y Lenny, de tres. “No tienen mucha idea de lo que está pasando. Piensan que esto es probablemente una bonita vista y un hermoso campo de juego. Espero que algún día lo comprendan”, comentó respecto a los dos muchachos. Las niñas ya le habían visto ganar Wimbledon, no así los dos niños.

Con un inglés impecable, como corresponde a quien se maneja con absoluta solvencia también en francés y en alemán, entre las aclamaciones de sus feligreses, que copaban la Central en una tarde límpida, sin la recurrente amenaza de lluvia que caracteriza el torneo, Federer “el VIII”, como tituló al día siguiente The Daily Telegraph, se refirió a la sencilla conciliación familiar de un trabajo que ahora realiza casi “a tiempo parcial”. “Me gusta jugar y mi mujer está completamente de acuerdo con que lo siga haciendo. El objetivo es estar aquí el próximo año para defender el título”. “Wimbledon siempre ha sido mi torneo favorito y lo será siempre. Mis ídolos caminaron por estos terrenos, se movieron por estas pistas. Es también por ellos por lo que soy un jugador mejor. Hacer historia aquí significa mucho para mí”, prosiguió.

Poco antes del torneo de Montreal reconoció en otros grandes campeones parte de sus estímulos competitivos. “Me inspiro en deportistas como Usain Bolt, Michael Jordan, LeBron James, Valentino Rossi o Michael Schumacher. Tipos que hicieron cosas durante mucho tiempo al más alto nivel”.

La renovada carrera por el número 1 se produce en un contexto único, el que rodea a dos jugadores que se han enfrentado en 37 ocasiones, aún con un saldo claramente favorable al español, que domina la serie por 24-13. Ahora bien, Federer ha revertido la tendencia en los cuatro últimos partidos, todos ellos en superficie rápida: la final de Basilea 2016, la final del Abierto de Australia de esta temporada, los octavos de Indian Wells y la final de Miami.

Hay una larga memoria detrás desde aquel primer enfrentamiento de 2004 en segunda ronda de Miami, con Nadal aún casi un muchacho. He sido testigo de buena parte de ellos, muchos a pie de pista, como la no por recurrente menos inolvidable final de Wimbledon 2008, un thriller en toda regla, detenido en dos ocasiones a causa de la lluvia y cuya conclusión llegó cerca del anochecer. Allí estaba quien esto escribe, con las urgencias del cierre, tres archivos abiertos en el ordenador por lo que pudiera suceder, que ganase cualquiera de los dos o que el encuentro fuera aplazado por falta de luz, pues el torneo aún no contaba con techo retráctil. Se impuso Nadal por 6-4, 6-4, 6-7 (5), 6-7 (8) y 9-7, en el encuentro considerado por la prestigiosa revista estadounidense Sports Illustrated como el mejor de la historia.

Zverev es la nueva sangre del tenis. El aleman tiene 20 años y esta temporada ya ganó dos Masters 1000. // Fotografía: Gareth Copley

 

Era la tercera final consecutiva que disputaban sobre la hierba londinense y Nadal había perdido las dos anteriores. En aquel 2008 venía de aplastar al suizo en Roland Garros (6- 1, 6-3 y 6-0), en una de las mayores exhibiciones que le he visto sobre arcilla. Fue poco menos que una matanza, si se consiente la expresión. He de reconocerme absolutamente impresionado por cómo se resolvió aquel partido. Pude observar de cerca el rostro del suizo antes del comienzo, un semblante de derrota anticipada, como si temiese lo que se le iba a venir encima.

Nadal y Federer han dejado partidos extraordinarios, como corresponde a dos magníficos jugadores de antagónicos estilos. No hay que ir muy lejos para encontrar la gran victoria del suizo en Melbourne, después de estar “break” abajo en el quinto set. Un Federer renacido y capaz de desmentir la debilidad mental que le había caracterizado en numerosos cruces con su gran opositor, un Federer que ha aprendido a anticiparse a la hora de ejecutar el revés para evitar la carga de liftado del zurdo, principal fundamento de este en su larga secuencia de triunfos, un Federer sensiblemente mejor con su paralelo de revés, solución medular que también funcionó después en Indian Wells y Miami.

Entre la lista de disputas hay nada menos que siete finales del Grand Slam, entre ellas la que Nadal ganó en Australia en 2009, haciendo brotar de su adversario lágrimas de frustración. Pero ha habido también partidos de inferior rango de un enorme atractivo, como la final de Roma 2006, que se llevó el español tras imponerse por 6-7 (0), 7-6 (5), 6-4, 2-6 y 7-6 (5), después de superar dos “match points”. Vencido esta temporada el síndrome Nadal y también dejada atrás la evidente frustración de las dos finales perdidas ante Djokovic, Federer es un hombre nuevo. También asistí a aquellas dos derrotas ante el serbio, confesaré, pues el periodista tiene sentimientos y toma partido emocionalmente, que con bastante dolor. Esta vez, Nole varó en cuartos de final, en lo que se convirtió en un punto aparte hasta la próxima temporada. Ganador en el amanecer del año en Doha, Nole está muy lejos del apabullante competidor que fue.

En la imprecisa búsqueda de soluciones, despidió a todo su equipo técnico días después de caer ante David Goffin en cuartos de Monte Carlo. A la cabeza estaba Marian Vajda, su entrenador desde 2006, aunque se hubiera visto relegado a funciones subsidiarias durante los tres años de la triunfal asociación entre Djokovic y Boris Becker. La ruptura con el alemán se produjo a finales de 2016.

Así llegó a Madrid, con su gurú, Pepe Imaz, y su hermano Marko como apoyos más firmes. Imaz, sí, un preparador español más célebre por su doctrina espiritual que por sus métodos tenísticos, cuya presencia en el equipo fue uno de los motivos de la salida de Becker. “No acepta preguntas sobre Imaz”, me advirtió el responsable de prensa del Mutua Madrid Open horas antes del encuentro que mantuve con el exnúmero uno del mundo en vísperas de su partido de semifinales contra Nadal.

Es el único veto de una charla cordial, en la que se desenvuelve con su característica locuacidad. “¿Qué tal? ¿Todo bien? Gracias por la paciencia”, dice en perfecto castellano nada más llegar, con el retraso que suele consentirse a las estrellas. “En cada caída, en cada descenso, tienes una oportunidad de renacer. Así es como veo las cosas, especialmente ahora, porque he estado en esa crisis en cuanto a resultados en los últimos seis o siete meses, algo que nunca me había sucedido. Todos estamos más felices cuando las cosas van bien, pero la vida transcurre en círculos”, explica, en un parlamento claramente dominado por la envoltura zen de su mentor logroñés. “Estoy buscando una nueva piel”, añade.

Nadal, a la postre campeón, terminará en semifinales con una racha de siete derrotas consecutivas ante Djokovic, al que no ganaba desde la final de Roland Garros de 2014. Previsible el triunfo. Todo un síntoma en el nuevo statu quo, no solo señalado por el trote nuevamente imperial del español en la temporada de arcilla, sino por los resultados a lo largo del curso. En Roma, Nole, tras su formidable actuación en semifinales frente a Thiem (6-1 y 6-0), que venía de romper una secuencia de 17 victorias consecutivas de Nadal, cae frente a Alexander Zverev.

Thiem es el otro aspirante a ser número uno. En el polvo de ladrillo de París solo perdió con Nadal, el eterno campeón. // Fotografía: Clive Brunskill

Es después de este partido cuando comunica oficialmente que Andre Agassi será su nuevo entrenador, una noticia que se rumoreó la semana anterior en Madrid. Un tenista de época, que ganó cinco de sus ocho grandes cumplidos los 29 años. Djokovic cumplió 30 el 22 de mayo. Lo que se desprende de su rendimiento, de su actitud en la pista y de su discurso es que ha perdido parte del apetito competitivo. En nuestra conversación durante el Mutua Madrid Open, hablaba también de la llegada de su segundo hijo junto a su esposa Jelena, del cambio en el orden de prioridades.

Djokovic se ha hecho con siete de sus doce “majors” entre 2013 y 2016, un período durante el que ofreció muestras de una voracidad insaciable. Resulta difícil predecir qué puede esperarse en su regreso. Tanto Federer como Nadal han pasado largos períodos lejos del circuito, con brillantes reapariciones, reiteradas en el caso del español. No así el jugador de Belgrado, cuyos problemas respiratorios, superados hace bastantes años, constituyen el percance de mayor gravedad a lo largo de su trayectoria.

Este tiempo ausente le permitirá pensar con nitidez, aclarar cómo quiere trabajar en el futuro. Agassi solo estuvo en París la primera semana de torneo. Sí le acompañó en Wimbledon hasta su eliminación, pero falta que el compromiso quede plenamente definido. Más real, menos mediática, es la incorporación del croata Mario Ancic, a quien vi en Wimbledon con idéntico porte al que le catapultó al séptimo puesto de la ATP. Tempranamente retirado a causa de una mononucleosis, el croata, de 33 años, es hasta la fecha el último integrante del renovado grupo de Djokovic.
Incluso con su propia singularidad, el caso de Murray tiene puntos en común con el de Nole. Si bien su hoja de servicios, con tres “grandes” y dos oros olímpicos, es mucho más modesta, el escocés se enfrenta también a un momento de indefinición. Podría pensarse que ya no da más de sí, que ha conseguido todo aquello que estaba capacitado para lograr.

“Iba a suceder en algún momento. No creo que nadie se haya quedado en el número 1 toda su carrera. Siempre llega a su fin. No he jugado lo suficientemente bien este año para merecer quedarme allí por mucho más tiempo. Si esto no sucede al final de este torneo, sucederá al final del US Open. Está bien. Obviamente, yo preferiría ser antes el número 1 que el 2, el 3 o el 4. Me voy ahora y trataré de encontrar una manera de volver. Espero poder hacerlo”, comentó después de perder la durísima batalla ante Querrey, que eliminó en dos años consecutivos a los dos defensores del título.

Observé a un Murray lógicamente triste, decaído, como pidiendo excusas a toda una afición que le había sostenido en momentos precarios, aun a sabiendas, como él mismo asumía, de que no estaba en condiciones de defender la copa. Un Murray también sereno, humilde, resignado.

Se le notó renqueante desde el principio del torneo, con dificultades en los desplazamientos. Ya sufrió en tercera ronda ante el talentoso Fognini. Ejemplar fajador, resistente a los mayores embates, peleaba en condiciones difíciles para la supervivencia. La hinchada lo sabía. Era obvio que competía con limitaciones. La eliminación en primera ronda de Queen’s ante Jordan Thompson no había sido fruto de la casualidad. Cada partido era un capítulo más de cómo salvar al soldado Murray, fenecido en el penúltimo frente de combate.

Ivan Lendl, con quien inició su segunda etapa en el torneo de Queen’s del pasado año, ha sido un entrenador crucial . Fue con el estadounidense de origen checo con quien alcanzó la mayoría de edad tenística: oro en los Juegos de Londres, US Open ese mismo 2012 y primer Wimbledon un año después. Junto a él fue capaz de protagonizar una secuencia seguramente irrepetible, como la de la segunda parte de 2016. Queda por ver si el magnífico tenista que estuvo 270 semanas como número 1 del mundo aún podrá dar una vuelta más al tenis de Murray.

Fotografía: Ian Macnicol

Entretanto, algo empieza a moverse entre los que vienen. Lamentablemente, no se trata de Nick Kyrgios, que corre el riesgo de quedarse en un animador pasajero, uno de tantos consumido en su propia ligereza e indolencia. El australiano de origen chipriota, que sorprendió hace tres años en Wimbledon, con tan solo 19, eliminando a Nadal en octavos y yéndose hasta los ocho mejores, está lejos de consolidarse. Se lesionó en Queen’s y no pudo jugar en el All England Club. Los mensajes que lanza su raqueta se corresponden con sus propias argumentaciones. No se ve mucho tiempo como jugador de tenis y le hubiera gustado ser una estrella de la NBA. Le conocí en 2014, al día siguiente de eliminar a Nadal en octavos de Wimbledon, durante una entrevista. Era entonces un chico de verbo sereno, que no había asimilado el torneo que estaba haciendo. Nada que ver con el visceral y verborreico jugador de hoy.

Bernard Tomic, otro de los que apuntaban, participa de este discurso desapasionado. Es más noticia por los conflictos que genera fuera de la pista y por sus repetidas confesiones de hartazgo que por sus resultados.

Thiem y Zverev sí van en serio, y aprovecharán el mínimo resquicio para reivindicarse. El austriaco es un buen muchacho, esmerado, trabajador, que acepta el rigor de Gunter Bresnik, su entrenador desde la infancia. La semifinal de Roland Garros ante Nadal tal vez le llegó demasiado pronto, pues ya se sabe que ahora los tenistas tardan más en dar el estirón. Con 23 años, los que tiene Thiem, Federer, Nadal y Djokovic ya habían ganado varios títulos del Grand Slam. Pero, como apuntaba en el comienzo del artículo, el austriaco goza de una particularidad: funciona como auténtico especialista de la arcilla. Ahí reside parte de su esperanzador porvenir, en un circuito que desde que irrumpió Nadal apenas ha contado con hombres de verdadera entidad para hacerle frente. Es séptimo del mundo, con siete títulos.

Zverev, de veinte años, acaba de contratar a Juan Carlos Ferrero para su equipo técnico. El alemán de origen ruso ya tiene dos Masters 1000 y, desde sus casi dos metros, con un servicio y una pegada brutal, resulta peligroso en superficies rápidas. No le tiene miedo a nada. Antes de ganar en Montreal, se impuso en Washington. Está claro que ha sacado la cabeza con nitidez entre quienes tratan de dar el estirón. Sus victorias ante Djokovic y Federer, en las dos finales más importantes de su carrera, han sido de las más sencillas que ha logrado.

Ausente Djokovic; Wawrinka, el defensor del título; Murray taciturno y Federer y Nadal sobrados de avales, el Abierto de Estados Unidos se presenta sin un favorito definido. Además de Wawrinka, Cilic, en 2014, y Del Potro, en 2009, también fueron campeones inesperados. Flushing Meadows vuelve a dejar la puerta abierta a la sorpresa, con la lucha por el número 1 como gran atractivo incorporado.

Será un codo a codo apasionante, una suerte de “volatta” tenística, utilizando terminología ciclista. Dos grandiosos tenistas con la carrera ya hecha, se encuentran ante un desafío inesperado. Pocos contaban con ellos para volver a gobernar el circuito, vestir el mejor maillot. Sorprendidos por el renovado combate, en principio ambos abordaron la situación con cierto desdén. Pero saben que se trata de un goloso honor, cuyo aroma conocen

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