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El hombre que dirige al Real Madrid resiste en una época de jeques y millonarios rusos para mantener al club blanco en la gloria

Hay un mito o un rumor en España que dice que ser presidente del Real Madrid es más importante que ser ministro del Gobierno español. Y puede que sea cierto. En el palco del Bernabéu se juntan las personas más influyentes del país ibérico y del mundo. Ahí desfilan desde presidentes de Estado, empresarios y estrellas de cine hasta hinchas de fútbol. Florentino, que antes de sentarse en el trono merengue fue político y hombre de negocios, sabe la importancia de ocupar este cargo.

Pérez, que es ingeniero, se interesó por la política desde muy joven, aunque el paso por esta fuera un desastre; en las elecciones españolas de 1986, su partido, el PRD (Partido Reformista Democrático), no obtuvo ningún escaño. Sin embargo, de esta mala experiencia le quedaron buenos contactos. Lejos de la política se dedicó al negocio de la construcción hasta convertir su empresa, el grupo ACS, en una de las más importantes a nivel mundial. Cuando no está fichando jugadores o aprobando diseños para el nuevo estadio del Madrid, Florentino está pendiente de la construcción de metros, aeropuertos y vías por todo el mundo.

El pasado julio, Florentino fue reelecto como presidente del Madrid, por tercera vez consecutiva, reafirmando un proyecto que empezó en el 2000 con los galácticos y que volvió desde el 2009 hasta ahora dando el sello definitivo al Real de Florentino, bajo la batuta de Zidane. Con el único objetivo de “Luchar por un Madrid que convierta la historia en leyenda”, como dijo en su discurso de posesión. Así se afianzó el emperador de la Castellana, un trono al que solo pueden llegar los socios con más de veinte años de antigüedad y un respaldo económico personal de 95 millones de euros.

Florentino se hizo con la presidencia del Madrid cuando implantó su política de fichajes con el traspaso del portugués Luis Figo, al traerlo del Barcelona.



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