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En el cuarto aniversario de DONJUAN revivimos la historia de Pablo Ardila, el ex gobernador de Cundinamarca, publicada en la edición 12 correspondiente a agosto de 2007.

En el cuarto aniversario de DONJUAN revivimos la historia de Pablo Ardila, el ex gobernador de Cundinamarca, publicada en la edición 12 correspondiente a agosto de 2007.

A veces parece un niño. Cuando se sienta en el fondo del salón de conferencias a oír a su gabinete en un Consejo de Gobierno parece uno de esos niños nerds de las películas, impartiendo instrucciones a colaboradores que le doblan la edad y que le temen. Cuando se ríe también parece un niño, pero uno que acaba de hacer una diablura y no le importa lo que digan sus papás. Cuando habla de hacer barquitos, de armar carritos o rompecabezas, algunos de sus hobbies, uno tiene la impresión de que habla con un niño que disfruta de sus juegos de hijo único. Pero Pablo Ardila no es un niño. Es el gobernador de Cundinamarca. Un hombre polémico por los escándalos que lo han rodeado desde el primer día de su carrera política. Un hombre silencioso con los medios de comunicación.

Un hombre que muchos ven como excéntrico y sobre el cual todos tienen algo que decir. Conocí al gobernador al medio día de un jueves lluvioso. Acababa de salir de Consejo de Gobierno y estaba rodeado de funcionarios de su gabinete que querían hablarle de la Licorera de Cundinamarca. Ardila sabía que mi función era estar el día entero a su lado, a veces como observadora y otras como entrevistadora; pero cuando me saludó se olvidó un rato de mi presencia y se dedicó a caminar por el despacho, con las manos en la espalda, hablando con su equipo sobre la posible venta de la empresa de licores. Era el único que no llevaba corbata y sin embargo se veía de lejos que era el más elegante. Sus zapatos Gucci negros tenían una hebilla plateada de gran tamaño y llevaba un traje de paño gris y una camisa de un rosado que apenas alcanzaba a tener color. En su muñeca izquierda brillaba un Rolex y en la mano derecha blandía un cigarrillo Marlboro rojo, que compra por paquetes de 10. Con la habilidad de un empresario y el don de mando de un emperador, convenció a su equipo de las ventajas de vender la empresa y los comprometió a hacer los sondeos correspondientes.

Cuando nos quedamos solos, Ardila mostró por primera vez su sonrisa de niño malo y me dijo que estaba listo a contestar cualquier interrogante que tuviera, aunque eso no garantizaba mucho, porque su hermetismo es famoso. Pablo ardila sierra nació en el hospital militar de Bogotá el 20 de mayo de 1969. La suya es una familia bastante particular. Aunque tenía cuatro medio hermanos (uno murió recientemente) del primer matrimonio de su padre, es el único hijo del Jaime Ardila y Hellen Sierra, los dueños de uno de los periódicos más importantes del país: El Espacio. Desde niño, Ardila tuvo que aprender a vivir con la realidad de ser el heredero de un imperio que se había hecho gracias a un diario sensacionalista y donde aparecían mujeres desnudas, creado para alimentar el morbo del pueblo y las clases más bajas. Estudió en el Gimnasio Los Cerros y luego en el Gimnasio Moderno, y mientras se codeaba con varios muchachos más pobres que él pero con más alcurnia, soportó a veces ser el blanco de las bromas de sus amigos y el objeto de odio de uno que otro profesor moralista que asociaba al niño Pablo con el periódico de los Ardila.

A pesar de ser un niño rico, sus padres lo educaron bajo parámetros muy estrictos, casi con una disciplina militar y una pensión mucho más limitada que la de sus compañeros de curso. "Mis papás eran cosa seria", dice Ardila. "Mi papá de pronto un poquito más flexible con los permisos, pero no tan flexible con la plata. Mi mamá, sin que sea gran cosa, era ligeramente más generosa con la plata, pero inflexible con los permisos. Entonces eso se combinaba y era mortal". Por eso comenzó a trabajar desde niño para poder tener algo extra. Su primer trabajo fue en Little John's Pizza, un restaurante en la calle 100 a donde llegó atraído por la posibilidad de comer a diario su plato favorito. "La pizza en ese momento estaba muy recién llegada a Colombia, y entonces era costosa. Y, claro, yo con esas ganas de comer pizza y mi papá no me lo patrocinaba, entonces me hice amigo del dueño y me fui a trabajar a la pizzería. Era mesero, lavaba platos, preparaba la masa, hacía pizza y hacía domicilios. Mi papá me había comprado una cuatrimoto de regalo de Navidad, y yo hacía domicilios de pizza en ella. En esa época me mandaban un celador para que me cuidara, entonces me servía porque yo ponía al celador afuera para que cuidara los carros de los clientes de la pizzería".

Ardila nunca se caracterizó por ser un buen estudiante, lo que representaba un problema enorme en una familia tan rígida. Su padre lo mandó a terminar el bachillerato a los Estados Unidos y luego de un año en Alemania y de una carrera como economista (en la que le fue mejor que en el colegio) en la Florida, regresó a Colombia para empaparse de los negocios familiares que, además de El Espacio, incluía fincas ganaderas en el Cesar. Comenzó, sin embargo, por el periódico. "Pasé por todas las áreas, pero me concentré en el área comercial", dice Ardila. A pesar de estar trabajando, su mesada seguía aún bastante reducida, así que decidió aprovechar sus nuevos contactos para sacar ganancias extra. "Yo estaba en área comercial y por supuesto que en los renglones de anunciantes de El Espacio están muchos brujos. Yo tenía que atenderlos, recibirles el dinero de la publicidad. Eran mis clientes. Entonces me di a la tarea de ver cómo me podía meter yo en el mundo de estos brujos y terminé vendiendo amuletos". Pero el niño consentido tuvo que crecer. Mientras Ardila vendía amuletos para patrocinar sus fiestas, ocurrió algo que lo hizo convertirse en un hombre a los 23 años.

"Si no recuerdo mal ocurrió un sábado de una semana santa. Mi papá estaba almorzando en Valledupar, a la una de la tarde, cuando llegaron unos bandidos y se lo llevaron". Jaime Ardila Casamitjana llevaba más de diez años yendo al Cesar, donde tenía fincas ganaderas. Por culpa de la violencia, había salido de San Vicente de Chucurí, en Santander, un municipio que ya era peligroso cuando las sabanas costeñas aún eran pacíficas. Su amigo, el patriarca de los Araújo, lo había convencido de comprar tierras en el departamento, que luego del secuestro tuvieron que vender. Ardila duró 37 días secuestrado y fue su hijo quien negoció su liberación. Mientras habla del tema del secuestro, el gobernador baja la voz y comienza a pronunciar las palabras con una lentitud y una mesura que no ha tenido durante toda la entrevista. "Era la época de Gaviria", dice. "Era muy complicado porque habían sacado esa ley temporal de que no se podía pagar por los secuestros, pero afortunadamente se negoció eso y sacamos a mi padre adelante del tema. El general Miguel Maza Márquez me ayudó mucho a enseñarme a negociar, a entender cómo era un secuestro, a cómo era la dinámica de ese negocio, su filosofía...", y con eso da por terminado el tema.

Cuando su padre fue liberado, Ardila ya era otra persona. Comenzó a trabajar en sus negocios de bolsa y salió de las faldas de sus padres para aventurarse en su nueva obsesión: la política. Fue secretario de Hacienda de Leonor Serrano de Camargo, quien dijo alguna vez a la revista Semana: "Destituí a Pablo porque me di cuenta de los vacíos en su conocimiento". Ahora su enemiga política, Serrano se convirtió en senadora y en compañía de su homólogo Édgar Artunduaga, intentó recoger firmas en el departamento para revocar el mandato del gobernador, sin éxito. Ardila también pasó por la Cámara de Representantes donde fue miembro de la Comisión de Acusaciones. Allí llamó a indagatoria a los magistrados de la Sala Penal de la Corte Suprema, acusándolos de prevaricato por haber investigado a los congresistas que absolvieron al presidente Samper en 1996. Los magistrados, a su vez, acusaron a Ardila de prevaricato y la Corte le ordenó detención domiciliaria al entonces candidato a la gobernación.

"Durante el tiempo que duré detenido me dediqué a hacer barquitos y rompecabezas, que luego enmarcaba y se los daba a mis amigos. También tomé clases de cocina árabe, entonces iban mis abogados, mis amigos, a clase de cocina árabe. Y después de que terminaba la cocina nos dedicábamos a estudiar mi caso". Fue en su segunda campaña cuando Ardila resultó elegido gobernador, y desde entonces él y sus colaboradores han sido acusados de corrupción; se le ha cuestionado que sea su secretaria privada la que asuma funciones propias del gobernador; le han criticado sus viajes frecuentes, muchos de ellos sin justificación, y hasta lo han culpado de abuso de poder debido a los excesos de su cuerpo de escoltas. Pablo Ardila, sostiene, sin embargo, que es una cruzada contra él. "Desde el día uno, desde que yo me metí a hacer política, me empezaron a atacar. Me empezó a atacar puntualmente El Tiempo" y aunque dice tener varias tesis, suelta una de ellas. "Yo creo que hemos tenido (en El Espacio) un rifirrafe comercial muy fuerte con El Tiempo, de vieja data. Y obviamente El Tiempo puede tener muchas mejores relaciones con los otros medios, generadas por el tipo de periódico que son ellos".

Ardila está tan seguro de su teoría que hizo una apuesta para comprobarlo. "Yamid Amat me dijo que los medios de comunicación no son sino el canal, el intérprete de lo que piensa la gente, así que yo le dije: 'yo no creo que eso sea cierto. Si eso fuera cierto, quiere decir que entonces yo debo tener una muy mala imagen en mi departamento'. Él me dijo: 'Sí, señor'. Así que yo le contesté: 'Entonces, Yamid, hagamos una apuesta. Yo mando a hacer una encuesta. Si la encuesta sale mal, usted tiene razón y yo me voy a plegar a que usted tiene razón y voy a convencerme de su tesis. Pero si no, usted me da una respuesta de por qué tengo yo ese karma con los medios y de paso, usted, al perder la apuesta que estamos haciendo, me hace una nota decente en CM&'. Y mandé a hacer la encuesta. Perdió. Yo saqué 59% de favorabilidad en todo mi departamento. Me cumplió la apuesta en el sentido de que me hizo la nota bien hecha. La parte que no me cumplió fue explicarme por qué". M ary luz olarte es la jefe de protocolo y la mejor amiga del gobernador. Es una mujer atractiva, de 32 años, que el día de la entrevista estaba vestida con un traje de vaquera beige con incrustaciones de cuero marrones y unas botas del mismo color.

Boyacense, hija de políticos, "Mary", como le dice Ardila, lo conoció en una fiesta cuando ella tenía 17 años y él estaba viviendo los días del secuestro de su padre. Tiempo después, cuando había terminado su detención domiciliaria, Ardila fue a una fiesta para celebrar el cumpleaños de Jacquin de Samper y allá estaba Olarte. Desde ese entonces se han vuelto inseparables. El trío lo completa la hermana de Mary Luz, Fanny, que también trabaja en el equipo, como gerente de la Corporación Social. Ellas son las "rubias despampanantes" con las que alguna vez un periodista radial vio al gobernador en una corrida de toros en Sogamoso. "Ser dueño de El Espacio ha tenido más desventajas que ventajas para Pablo", me dice Mary Luz. "Le han dado bola negra en todos los clubs, en el Jockey, en Los Lagartos, en todos". También, según ella, todas las historias que inventan sobre su jefe son mentira. "Son mitos. Dicen que se va al apartamento de sus padres en Nueva York, pero él ni siquiera lo conoce, nunca ha ido.

Acabamos de mandar su cama para allá, pero él no sabe cómo es". Se nota de lejos que Ardila es una persona solitaria, de pocos amigos, que prefiere la compañía de sus barcos o de las rubias Olarte, que lo hacen sentir tranquilo, a la de muchos que no conoce tan bien. Aunque se le ha asociado románticamente con muchas mujeres, dicen sus confidentes que ellas se aburren y se van, amenazadas unas por su compacto círculo de amigas y otras por el aterrador fantasma de la política y la mirada pública. Cualquiera que sea el motivo, el gobernador Ardila permanece soltero y su fama de coqueto lo precede."Soy muy, pero muy tímido, entonces el que es tímido no es coqueto", asegura. Es cierto que es tímido. Luego de pasarme por alto durante un rato hablando con sus colaboradores y espués de clavar la nariz en un cerro de papeles que necesitaban firma, apenas comenzó a mirarme cuando me contestaba.

Pasada la una de la tarde, Mary Luz llegó a informarnos que el almuerzo -que le lleva a diario su chef- estaba servido en el comedor contiguo al despacho. Ahí, en compañía de las hermanas Olarte, Pablo Ardila dejó de ser un rato y por primera vez el gobernador y se convirtió en el niño rico capaz de hablar de sus hobbies y de su vida privada con tranquilidad. Probablemente la única vez que de verdad le brillaron los ojos durante todo el día fue cuando comenzó a hablar de cacería. La gente especula sobre sus aficiones como cazador y hay quienes aseguran que lo que hace el gobernador es un crimen ecológico, pero para él no hay tal.

Es miembro del Safari Club International, una entidad que, según él, "es la que más contribuye para la conservación de las especies", y según su página web es la líder en protección a la libertad de caza y la promoción para la conservación de la fauna salvaje en el mundo.

Los cazadores expertos, como Ardila, sólo matan machos adultos, y llegan a pagar hasta cincuenta mil dólares por una licencia para cazar un elefante. Aun así, dice él, la adrenalina no está en el disparo sino en todo lo que lo rodea: el estudio de los hábitos del animal, el paisaje salvaje de África, el rastreo de las huellas y finalmente el trofeo disecado para su exhibición. Cada vez que puede, el gobernador organiza un viaje (con un año de anticipación) para buscar alguna presa nueva y, contrario a lo que se pensaría, no son los grandes gatos ni los elefantes los más complejos de cazar, sino una clase de antílope enano, del tamaño de un perro grande, que él ya tiene en su galería de trofeos exhibido de cuerpo completo.

Durante su gobernación, sin embargo, dice que no ha tenido tiempo para un viaje a África, pero se propone hacerlo cuando termine su período, porque no puede estar mucho tiempo separado del continente que adora. "Una de las cosas que yo haré en algún momento es comprar una finca en el África y pasar algunas temporadas. Quiero irme al África a cazar, pero más a compartir", dice. Sus amigos, sin embargo, le dicen que está loco. Que mejor vaya a Nueva York o a París de compras, pero él afirma que aunque esos planes le parecen ricos, prefiere el continente negro. Cuando cambia de tema y pasa a hablar de la ropa, otra vez parece indiferente. "Claro, me importa cómo me vista. Mis vestidos para la oficina los mando a hacer acá. Normalmente me los hacen Ricardo Pava o Lina Cantillo. Las camisas, me gustan las que compro en Estados Unidos. Los zapatos y las correas son italianos. He ido muchas veces al San Andresito a comprar ropa... no me importa demasiado".

No tanto, en cualquier caso, como los relojes. Su marca favorita es Patek Philippe, también le gustan los Rolex y los Cartier, y hasta ahí le llegan sus gadgets porque no resiste una agenda electrónica, un esfero costoso o un celular con funciones diferentes a la de llamar y colgar.T al vez de todo lo que dice la gente sobre el gobernador, lo que más curiosidad causa es su casa, una mole de ladrillo y concreto de 2.600 metros cuadrados, hecha por el arquitecto Rogelio Salmona. Esa noche, Ardila me llevó a conocer su casa, en la que vive solo, pero en la que nunca se siente solitario, según afirma. La construcción, hecha con el impecable estilo de Salmona y rodeada de sus famosos espejos de agua, es al mismo tiempo austera y extravagante. Para comenzar, el baño social parece más uno típico de un restaurante de lujo, con un baño para hombres y uno para mujeres, y lavamanos compartidos. Tiene también una mesa de cuero, ubicada en una especie de salón de televisión, de unos tres metros de largo, que compró el gobernador para jugar al cacho. La mesa, sin embargo, no tiene aún sillas.

En el garaje, junto a las camionetas de sus escoltas y chécheres viejos arrumados, hay vitrinas cerradas que guardan cientos de carritos de colores vivos, a veces antiguos a veces modernos, que están perfectamente organizados. Su taller para hacer barquitos también tiene un espacio junto a la mesa de cacho, pero hasta ahora no lo ha estrenado. Sin embargo, de lejos lo más impresionante es el salón de trofeos, donde descansan con amplitud una cabeza de elefante (sus patas fueron convertidas en taburetes y canecas de basura), medio cuerpo de jirafa, varios antílopes, la cabeza de un hipopótamo y de una cebra y los cuerpos completos de un cerdo salvaje, de un jabalí, de un leopardo y hasta de un león, que está en pleno acto de comerse a un antílope, también disecado. En un cuarto contiguo, separado por una puerta de madera que trajo de sus viajes al África, hay también un polígono para practicar su puntería.

La casa parece solitaria. Aunque Ardila está en la tarea de comprar cuadros de artistas colombianos para adornar sus paredes, es difícil darle vida a tanto espacio. La sala es austera y lejana. El comedor principal, que puede albergar a unas veinte personas, parece recién comprado. Al fondo, en un comedor pequeño, de seis puestos, hecho en semicírculo, hay un solo puesto. Un plato, un tenedor, un cuchillo, una servilleta y una copa. Cuando lo miro, siento un vacío tremendo.

Por: Marta Orrantia. Fotos: Santiago Forero

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