Edición 140

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Después del cambio de Fórmula Uno a la Nascar, Juan Pablo Montoya estuvo con DonJuan. Hoy es la sensación de esa competencia, que lo tiene a un paso de la gloria

Hace un tiempo, un niño -no vamos a revelar su nombre- vio a Juan Pablo Montoya sentado en un simulador de Daytona en el salón de maquinitas de Unicentro en Bogotá. El niño -que ese día celebraba su cumpleaños- jaló del brazo a su mamá y le pidió que lo llevara hasta donde estaba su ídolo para pedirle un autógrafo. En el camino se les atravesaron dos guardaespaldas impenetrables. Los empujaron y les pidieron que no se acercaran. Madre e hijo tuvieron que largarse con un lapicero y una servilleta sin firmar.

"¡Su esposo es un h...!", le gritó la mamá del niño a Connie Freydel, la esposa de Montoya, una semana después. Connie, entre alarmada y preocupada, le preguntó qué había hecho Juan Pablo. La mujer le relató la historia con pelos y señales y Connie le respondió entre aliviada y rabiosa:

-Eso es imposible. Hace una semana, el mismo día en que su hijo cumplió años, Juan Pablo estaba celebrando SU cumpleaños en Madrid, ¡Y YO ESTABA CON ÉL!

-Y eso no es nada -interrumpe Montoya en la pista de Homestead en Miami-. Hace un par de meses salí de cine en el Centro Comercial Andino, en Bogotá, y dos chinas de 15 años pasaron al lado mío y me dijeron al oído: "Antipático hijueputa".

Montoya está cansado de la palabra hijueputa. Todavía no sabe qué ha hecho para merecerla. "Estoy orgulloso de ser colombiano y de extender la bandera de Colombia en todo el mundo. Me gusta que hablen bien de mi país y no de droga ni de matanzas. Eso la gente no lo aprecia. Antes era antipático, pero ganaba; después, no ganaba y era antipático, y total: era un hijueputa. Yo preferiría que la gente me quisiera. No me parece bien que no lo haga. No le he hecho nada a nadie. Lo único que he hecho es esforzarme por dejar el nombre de Colombia en alto".

Montoya es tímido, extremadamente reservado y su círculo íntimo es muy pequeño, "sólo tengo tres amigos de toda la vida. Soy asocial. No hago nuevos amigos. Me cuesta trabajo relacionarme con la gente". Por otro lado es muy familiar y en la pista se puede ver una especie de "clan Montoya". Su papá, su esposa, su hermano, su hijo Sebastián -que no se pierde una sola práctica- y su hijo menor, lo acompañan por los pits y por la pista. Montoya tiene 34 años y el espíritu de un niño bueno. Es amante de los videojuegos y en su penthouse de Miami, en el piso 46, en el edificio Jade, el rascacielos más exclusivo de la ciudad, lo más notorio en las paredes -además de unos ventanales de piso a techo con una vista del otro mundo- son sus televisores de plasma. Sus juguetes preferidos son el yate que compró en Mónaco y que ahora, en Miami, disfruta más que nunca, cinco carros más y un avión Lear Jet 60. "No pongan eso", dice, "ahora van a decir que ahora el hijueputa además tiene avión".

Pero antes de tenerlo todo, no tenía nada, para viajar a sus primeras carreras en Estados Unidos, en la categoría Barber Saab, debía volar en aviones de carga y con cinco cobijas encima para no congelarse. En sus primeros años corriendo en Europa, en Inglaterra y Austria, para la Fórmula 3000 (fue campeón en 1998), tenía que alimentarse exclusivamente de hamburguesas de McDonald's y cereal al desayuno porque era lo más barato que tenía a la mano. No hablaba nada de inglés y en Gratz, Austria, tenía que hablar sólo consigo mismo porque ni siquiera tenía plata para hacer llamadas de larga distancia. Para ir a los entrenamientos atravesaba la ciudad en patines o en un viejo Ford Fiesta modelo 79 tan oxidado que en las mañanas tenía que pegarle con una varilla para que arrancara. En esa época aprendió a cocinar y a usar diferentes ingredientes para que la comida no fuera tan simple. Más tarde, su esposa, Connie, agradecería esos años de aprendizaje en Europa entre 1995 y 1999. Su receta estrella es el risotto. En Mónaco, cuando corría en la F1, Juan Pablo era el encargado de cocinar y ella de lavar los platos.

La mano derecha de Montoya es Gonzalo Mejía, un ex corredor de carros paisa, que desde hace siete años está pendiente de todo lo que tiene que ver con él. Maneja su agenda, carga su casco y tiene la fórmula mágica de la bebida energizante antes de cada largada, "Desde que llegó a la Nascar", confiesa, "Juan Pablo está tranquilo y más relajado que nunca". Miami efectivamente les ha cambiado la vida. En su apartamento, además de toda la presencia del clan, hay un pequeño staff de personas que les hace la vida más fácil. Montoya juega al golf en las mañanas y monta en bicicleta dos horas diarias en las tardes y pasa todo el tiempo que puede con los niños, descansa de lunes a jueves y corre todos los fines de semana. Su cocina tiene una máquina para hacer capuchinos y cuatro hornos. Pero el cambio no sólo fue por comodidad. Montoya confiesa que le gusta más Estados Unidos que Europa, y además siente que tiene otra vez la oportunidad de ganar. Esa es su obsesión: las carreras y divertirse, "En Fórmula Uno me quedaban cuatro años de competencia, ¿y para qué? ¿Para ganar 3 ó 4 carreras? En Nascar hay 36 carreras al año, ¡el equivalente a cuatro años en la Fórmula Uno! Además, puedo competir durante mucho más tiempo, hay pilotos de casi cincuenta años".

"Él va a ser mi competencia", reconoce Joe Nemechek, corredor de Nascar, "siempre lo veía los domingos en las carreras de F1. Me parece un poco extraño que haya pasado del top de las carreras a la Nascar". Todd Bodine, otro piloto de Nascar, gordo, calvo y divertido, dice que su sueño es algún día poder estar donde estaba Juan Pablo. Pero él les resta importancia a esos comentarios, siente que la Fórmula Uno es historia para él, en su debut, en su tercera carrera, logró sobrepasar a Schumacher en una maniobra que todavía recuerdan los especialistas y los aficionados, corrió 95 grandes premios, hizo 13 pole positions, 30 podios, ganó 7 carreras, incluyendo Mónaco, "ese día, cuando pase la línea, grité como loco y me desahogué como nunca". Steve Richards, periodista especializado en Nascar, dice que Montoya es un grande, "me encanta su manera de manejar, su estilo. Sé que aprenderá todo sobre la categoría en muy poco tiempo y el público lo va a amar".

Esa visión generosa de un periodista contrasta con la imagen que tiene Montoya de la prensa en Colombia, "los periodistas saben de fútbol, que es el principal deporte en Colombia, y en su momento preferían no escribir de carros, pero cuando lo hacían, lo hacían como si fueran especialistas y decían: 'Montoya frenó durísimo en la curva y dañó el carro. O: Montoya es un pata brava y quemó el motor'. ¡Mentira! ¡Eso es ridículo! La tecnología en Fórmula Uno es tan avanzada que la mayoría de las decisiones no las toma el piloto sino el computador, cuando aceleraba mucho, el carro hacía pi pi, y hundía un botón; si frenaba duro, el carro hacía pi pi, y bajaba a la velocidad exacta.

El último año gané tres carreras con McLaren, ¿Y qué pasó este año? ¿Kimi y yo nos volvimos malísimos? ¿A los dos se nos olvidó manejar? ¿Antes de correr en Renault Alonso era una hueva? Schumacher era un putas porque tenía un buen carro. Pero en Colombia nadie miraba eso. Apenas tres periodistas me acompañaron en todo el proceso: Germán Mejía, Juan Carlos Salgado y Diego Fernando Mejía". En Nascar esa carga tecnológica de la F1 no existe. Los autos tienen la apariencia de un caballo preparado para un torneo de la Edad Media. Es una coraza llena de soldaduras y los anuncios no están pintados, sino que antes de cada carrera lo forran con calcomanías de los patrocinadores. No cuentan con luces ni puertas y los pilotos tienen que subirse por la ventana como los Dukes de Hazard. Por dentro hay un enjambre de tubos que sirven para que, en caso de un accidente, el auto no se comprima como una lata de Coca-Cola. "Son muy seguros", afirma Montoya, "hace unos días me di un totazo muy duro y no pasó nada. Veinte minutos después estaba montado en otro carro. Por otro lado, toda la ropa es anti inflamable y está hecha para mí. Hasta los zapatos (y sus botas y su overol, efectivamente, tienen escrito su nombre).

El carro es mucho más artesanal, mientras que en F1 el chasis es de fibra de carbono, los de Nascar están hechos con soldadura y no con un computador. En ocasiones el carro no va lo suficientemente rápido por un tubo mal soldado. Y lo más interesante de Nascar es la estrategia para competir. Estos carros pueden alcanzar, al menos en esta pista, Homestead, 320 kilómetros por hora o 325 en la recta, y 240 en una curva". Pero hay pistas en las que no se levanta el acelerador y puede estar todo el tiempo a 320. "En la Fórmula Cart alcancé los 412 kilómetros por hora. Y en Fórmula Uno me movía entre 315 y hasta 370 kilómetros por hora". La competencia en Nascar, explica Montoya, es mucho más emocionante y mucho más abierta y cualquiera tiene oportunidad de ganar, ¿por qué? los carros, en teoría, no poseen ninguna ventaja tecnológica sobre los otros. El piloto y la estrategia del equipo son los que mandan. ¿Y la Fórmula Uno? Montoya confiesa que ni siquiera la sigue por TV, "¿a quién le voy a hacer fuerza? Hasta hace unos años todos eran mis competidores.

Todo el mundo habla del glamour de la Fórmula Uno, ¿y qué es glamour? En Japón me tenía que quedar en un cuarto más diminuto que esto (y señala la sala de tv de su casa), además, ¿cierto Connie?, olía a mico, ¿glamour? Eso es mierda, ¿glamour?, ¿las viejas?, ¿dónde estaban las viejas? Yo sólo las veía por TV o en las fotos, cambié Mónaco por Florida y para mí esto es más glamoroso. Tengo mi motohome (su casa rodante, dotada con cuarto de juegos para los niños, tv, etc, etc., para todas las carreras), me muevo en helicóptero y en mi avión. Eso es glamour".

Y por ahora su vida es eso. Hasta ahora nunca se ha planteado otra cosa en la vida más que correr, "nunca he querido mandar todo a la mierda. Las carreras son mi vida. El secreto de esta vaina es no rendirse nunca. Los chances que tenía de llegar a la cima cuando era un niño y veía a Senna y a Proust eran de uno en treinta millones, ¿o Villegas se imaginaba que iba a jugar con Tiger Woods? Nunca, pero no hay que rendirse. Ya llegué y pasé por la F1, mucha gente me decía que por qué no iba a la Indy Car, ¿pero para qué? Ya había sido campeón en la Cart. Ahora la Nascar es mi nuevo reto".

Por ahora Miami es su casa y en Colombia prefiere estar en Medellín. Bogotá, para él, es un lugar en el que debe soportar una fama de mala persona que lo tiene harto. Y tiene razón. Es un corredor de carros y de ninguna manera una reina de belleza. Hace su trabajo bien. Ha hecho sonar el himno de Colombia en lugares donde nunca había sonado. Es un amor con sus hijos. Adora a su famila y a sus amigos. Y no es ningún hijueputa.

(Perfil publicado en la edición 4 de DonJuan, en noviembre de 2006)

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