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Marihuana de Corinto: cien por ciento campesina

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Los campesinos colombianos la cultivan y la venden en paquetes artesanales y les dan las semillas a sus gallinas. Este es un viaje al corazón de la principal zona de producción de cannabis en Colombia

Hace apenas unos meses, los californianos tuvieron un plebiscito para legalizar el consumo de la marihuana, el sí estuvo lejos de ganar, pero el tema es cada vez más recurrente y polémico en los Estados Unidos y en el resto del mundo, mientras tanto, los campesinos colombianos la cultivan y la venden en paquetes artesanales y les dan las semillas a sus gallinas. Este es un viaje al corazón de la principal zona de producción de cannabis en Colombia. Marihuana ciento por ciento campesina.  

No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento me trajo su aroma dulzón mezclado con el de la selva húmeda. La mata de marihuana en esta parte del país es más alta que los palos de café, y su fragancia, más intensa que la de cualquier otra planta. La brisa delata cada uno de los cultivos que hay al lado del camino. Vamos en tres motos, adelante, marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola de la caravana voy yo.

Avanzamos a más de 60 kilómetros por hora a través de una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó. Después de media hora de recorrido abandonamos las motos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

-Oigan muchachos -nos dice el guía- alístense que los voy a secuestrar.

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven típico de la región -moreno, de baja estatura y con unos bigoticos menudos- nos dijo que arriba estaban esperándonos. La orden era perentoria. "Arriba" es el monte; "arriba" significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron cuesta "arriba".

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado. El trayecto duró poco, unos veinte minutos. Estacionamos las motos en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y limpia y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quien ha perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos de que es jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y que queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer la gente que la siembra. Después de cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas, bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación. 

-Pobres campesinos -dijo-, ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:
-A veces mediamos en las disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida.

Y ahora -24 horas después- nos iban a secuestrar.

El guía soltó una carcajada cuando vio nuestras caras. Aquí -nos dijo- no entra cualquiera, es tierra indígena y campesina, pero los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.

-La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas. Continuamos la marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo "corinto" o "corintiana" que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que se cultiva en los departamentos de Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y "corinto", que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol -THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. Y la que se produce en el Cauca tiene 2,0%.

En la jerarquía marihuanera, la Santa Marta Golden y la "corinto" ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como "cripi". Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta 18%.

Bajo los inmensos matorrales de hierba "corintiana" aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, de pelo negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver sus plantas se cogió la cabeza y literalmente perdió la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregó sus hojas en los brazos, en el rostro y en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado el Edén en su propia finca.

-Por poco y se embute las matas -recuerda.

Imito al holandés -en una escala bastante inferior-, y arrancó una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume de esta hoja prohibida y tan famosa como los avisos de Coca-Cola. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28,5 millones de personas que consumen o que han consumido marihuana. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

-¿Usted ha fumado marihuana? -le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que "no", un "no" prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un "bareto", y mucho menos conocen la sensación de una "traba". Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo lleva recogido con la licra de una media velada. Dice que no posee carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es de pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los "traquetos", también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

-Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9'520.000 pesos que son repartidos en partes iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba en germinar, crecer y "enmoñar" o florecer es de seis meses. Los 4'760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha: aproximadamente 793.000 pesos mensuales. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas -como todas las cosas ilegales de Colombia-, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con lona verde y un techo de plástico transparente. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares. 

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

-Las de esta mitad son "white widow", las otras son "skunk #11" -lo dice como si toda la humanidad supiera de lo que está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.  

La "white widow" y "skunk #11" son dos de las treinta variedades de cripi que crecen en el país; otras son "super star", "fulanita", "wi-wi", "american golden", "purple #1" y "blueberry". El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de "corintiana" que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6'250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de cripi surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde puedan esconderse. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

-El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos -dice Don Gustavo, un agricultor, dueño de 5.000 plantas de marihuana "corinto". Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín.

Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

-Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para que nos avisaran si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, "¡jueputa!" dijo ella, "jueputa" pensé yo, "nos cogieron los chulos".

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. "Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del "chulo", mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos".

-¿Y no han venido soldados?

-Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden sobre el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. En el interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies.

Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

-¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? -pregunto  mirando a la niña. 

-Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud -OMS- desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de Cannabis sativa alivia las náuseas, los vómitos y la pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias.

La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

-Si hay gente que inhala gasolina y bóxer, por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata -dice don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes.

Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70. Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá por 700.000 pesos y en España por 3.000 dólares.

El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están "trabadas", "turras" o "groggys".    

Después de diez días de estar en el Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas.

De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en todas las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

Fotografía Carlos Villalón

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