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Los últimos días de Andrés Escobar

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Veinte años después, nadie sabe con certeza qué pasó. Ni su familia ni amigos ni compañeros de la Selección Colombia dicen una palabra del asunto.

Los hinchas, en cambio, lo han erigido como un dios, se lo tatúan en la piel, llevan su lápida al estadio y cuidan de que se recuerde como una gran persona y un futbolista excelente. Esta es una reconstrucción hora tras hora de la vida de “el inmortal #2” desde el minuto 33 del partido contra estados unidos en el Mundial de 1994.

Los últimos días de Andrés Escobar Saldarriaga fueron, en apariencia, los de alguien que en nada anticipa qué le va a suceder. Diecinueve días atrás, el 14 de junio, había viajado a Los Ángeles con toda la nómina de la Selección Colombia en un vuelo de Avianca que el periódico El Colombiano calificó como “de ilusiones y esperanzas”. Ese avión era un absurdo, no solo estaba lleno de futbolistas, sino también de reporteros de prensa y televisión. Y como si fuera poco, iba repleto de hinchas optimistas; aficionados que compraron unos paquetes de turismo insólitos que incluían en la tarifa el privilegio de estar en contacto cercano con los jugadores, como si en lugar de atletas concentrados fueran animales de zoológico. Incluso se alojarían en el mismo hotel. Andrés Escobar, sin embargo, era ajeno a ese carnaval. Tenía una ventaja sobre el resto del grupo: una lesión de rodilla lo había alejado de los partidos de la eliminatoria y, sobre todo, del desatino en que se sumió el equipo luego de golear a Argentina el 5 de septiembre de 1993. Convocado de nuevo a mediados de abril, apenas estuvo en los últimos juegos de la pretemporada al mundial, cuando a la selección la inflaron con aire. Por eso se encontraba en un estado distinto al de sus compañeros de equipo. Mientras Bavaria llevaba a su selección de gira y llenaba a los jugadores de bonos y regalos, él había continuado la fisioterapia por su propia cuenta montando en bicicleta por las lomas de Medellín.

Así, en ese clima mental, llegó al mundial. Medía 1,85 metros y pesaba 75 kilos. Sumaba 238 partidos como profesional, 51 con la selección, y con ella un solo gol marcado: el de Wembley, el de cabeza, el del día de su iniciación. Escobar era zurdo, y su estilo de juego, una traducción de su vida: disciplinada y sobria. Devoto de María Auxiliadora, se confesaba con frecuencia. Su personalidad era como su autógrafo, de letra amplia, optimista, ligeramente adornada con unas ondas algo infantiles en los trazos bajos de la E. La suya, en suma, era una mente ágil y sin problemas ni conflictos. Su vida, además, estaba próxima a girar: se casaría en noviembre con su novia, Pamela, una odontóloga, y lo tenían fichado para irse a jugar con el Milan.

*    *    *

Una vez arranca la copa, colombia juega el 18 de junio contra Rumania y pierde. El 21, Andrés Escobar hizo una declaración a periodistas: “Pesó el hecho de llegar como favoritos”. Y el 22, en el estadio Rose Bowl, en una tarde a 26 ºC, entró alineado como titular a la jornada menos afortunada de su vida como atleta. En el minuto 33, ya se sabe, mete el balón en su propia portería. Los minutos siguientes son un solo esfuerzo por recomponerse. Se ve frustrado e impaciente, pasa del medio campo sosteniendo la bola –algo inusual en su juego– y sube al área rival en los tiros de esquina, como si quisiera intentar algo, quizás ese algo que había hecho contra Inglaterra seis años atrás.

Hinchas de la barra de Los del Sur muestran sus tatuajes del "inmortal #2".

Después del partido su familia va a buscarlo al hotel Marriott de Fullerton. Están preocupados por su estado de ánimo y quieren acompañarlo, pero para su sorpresa lo encuentran tranquilo y, al parecer, frente a ellos pronuncia de manera espontánea su famosa frase “la vida no termina aquí” –aunque Maturana también la usó en entrevistas, así que es posible que la haya oído de él, en el vestuario, durante el entretiempo–. Sin embargo, pese a la calma aparente, esa noche no duerme bien. Está más callado de lo usual y lo mortifica saber que justo ese día, en las graderías del estadio, lo estaban viendo jugar los del A. C. Milan.

El día siguiente, 23 de junio, habló en una rueda de prensa convocada a último momento. El programa inicial suponía que la selección tendría la tarde libre de asuntos de fútbol y todos irían a conocer Disneyland. Tenía sentido, el juego contra Estados Unidos era un mero trámite. Pero resultó todo lo contrario. Así que, en el último momento, la salida se canceló y en cambio el cuerpo técnico decidió ofrecer una conferencia para medios donde, en representación de los jugadores, hablaron Escobar y Córdoba. Ambos tenían que explicar algo que nadie, ni siquiera ellos, entendían.

Producto de estas reflexiones, en la mañana del 24 de junio El Tiempo publicó: “Fallamos en el momento decisivo. Y queda uno desarmado cuando le preguntan las causas […] le di muchas vueltas a la cama, repasé las situaciones, todo, pero no pude sacar un diagnóstico claro de la debacle”. Se trata de una columna de prensa firmada por Andrés Escobar y titulada “Nos metieron mucho cuento y nosotros lo creímos”. Como se suponía que ese iba a ser un torneo largo, antes del mundial los periódicos reclutaron columnistas de ocasión. El Espectador había fichado a Maturana, así que El Tiempo le propuso a Escobar ser su hombre en Estados Unidos. Querían contar con su testimonio en primera persona –y de primera mano– sobre los intríngulis del equipo en un espacio llamado “La selección por dentro”. Como su fuerte no era la escritura sino el fútbol, le propusieron un método de trabajo: él le soltaría las ideas de viva voz a una grabadora, los redactores harían la transcripción y luego le darían forma de columna. La idea funcionó y los textos –que aparecieron varias veces en la prensa– tienen toda su personalidad y su tono: son un cruce de diario íntimo con análisis futbolístico. Leídos con detalle permiten conocer cómo funcionaba su psiquis. Esta columna en particular revela su frustración, pero también su coraje de atleta.

De ahí que, dos días después, en el partido contra Suiza, Andrés Escobar sea de nuevo un crack y haya dejado el pasado atrás. De hecho, Colombia entera muestra otra cara. Maturana lo alinea como titular inicialista y allí, en el estadio de la Universidad de Stanford, juega de tal forma que pareciera que nada malo le hubiera ocurrido en ese torneo. Cierra delanteros como último hombre en la defensa y saca balones hacia el medio campo: el trabajo de un buen central. En ese partido es un futbolista recuperado. En el minuto 5 rechaza de cabeza hacia el saque de banda, en el 11 cubre el primer palo cuando el arquero lo deja solo, en el 31 le saca limpia la pelota a un delantero que la traía camuflada entre las piernas. Minutos antes ha subido al arco contrario. Se trata de un tiro de esquina cobrado por el Pibe con muy poca potencia, donde la bola se mete medio boba al área y pica en una suerte de tierra de nadie entre arquero, defensas y delanteros. Andrés Escobar ve una oportunidad, se perfila para empujarla al gol, pero un suizo se la gana en el último instante. Hubiera sido una bonita redención. Entonces la cámara oficial de la transmisión OTI lo poncha cumpliendo otra vez con su deber: en la carrera de vuelta hacia su posición habitual en la cancha. Lo acompaña en un movimiento de travelling y permanece en él. La imagen es un ícono entre emocionante y trágico, como Galán en la plaza de Soacha o Lucho Herrera ensangrentado con la camiseta de pepas. Allí está: el uniforme amarillo contra el público fuera de foco, el número 2 estampado, la boca entreabierta para recuperar aire, las cejas abundantes. La quijada amplia y cuadrada. Es la última gran imagen que quedó de él como futbolista.

Esa secuencia alimenta hoy toda la iconografía del hincha. Pero hay otras, muchas más, y eso hace que su rostro y su figura, veinte años después, sean invocados de muchas maneras. Lo obvio son los acrósticos en los afiches callejeros, porque en Colombia a uno no lo han querido hasta que le hacen un acróstico. Lo de menos son las banderas y las pancartas en los estadios. Y lo de más, son cosas hechas en lienzos mucho más poderosos: en tatuajes y murales. A Andrés Escobar lo pintan en la piel y en las paredes de los barrios. Casi siempre se trata de pinturas inspiradas en fotos suyas que abundan en la Internet, donde aparece de perfil. O también, en una pose casi mítica; un plano ligeramente contrapicado de su rostro visto más o menos de frente –tres cuartos, al decir de los viejos fotógrafos de ponchera–, donde su mirada se pierde hacia un costado, nadie sabe atendiendo a qué. Tiene la barbilla levantada con orgullo, y el pelo largo, como un adolescente rebelde. En ella aparece con la camiseta de franjas blancas y verdes con que el Atlético Nacional jugó buena parte de la Copa Libertadores de 1989. Toda una leyenda.

"Le di muchas vueltas a la cama, repasé situaciones, todo, pero no pude sacar un diagnóstico claro de la debacle", escribió Andrés Escobar sobre lo sucedido.

En la piel del hincha casi siempre está en el antebrazo, cerca del hombro. Algunas veces en la pantorrilla, otras en la espalda –entre espinillas y acné de sudor–, y unas cuantas en el pecho, justo arriba de la tetilla derecha, diríamos que cercano al corazón. En estos dibujos su cuello se funde, una vez más, con la camiseta de rayas. Otras veces aparece en alto contraste, como un Che Guevara. Sea cual sea la técnica o la calidad del tatuaje, su cara es inconfundible y no pierde el rastro de virilidad y decencia que hicieron de él un futbolista distinto a los otros.

Venía de la clase media. Su papá trabajó durante 35 años en un banco y su infancia estuvo ligada al tradicional barrio Calasanz, desde donde se alcanzan a escuchar los goles cuando se juegan clásicos en el Atanasio. Si bien como deportista alcanzó una constitución física estupenda, fue un niño flaco. Comía tan mal que rayaba en la anemia. Pero al final de la adolescencia, cuando decidió hacerse futbolista, modificó la dieta y se sometió a un duro plan de gimnasio. En 1984 perdió décimo grado por andar jugando al fútbol, y tuvieron que cambiarlo del Colegio Calasanz al Instituto Conrado González, donde le permitieron entrenar a su gusto. Se graduó dos años después y salió directo a la Selección Antioquia. Luego al Nacional. Y en 1988 ya jugaba con la Colombia de mayores: un meteoro.

El culto que le rinde la hinchada es uno de los pocos escenarios en donde la familia y los amigos cercanos de Andrés Escobar se sienten tranquilos con la evocación de su memoria. En general, todos ellos guardan un sobrio hermetismo sobre su caso: no quieren documentales, ni programas de tv, ni entrevistas para revistas, ni notas de prensa, ni declaraciones, ni homenajes. Pero la tribuna puede corearlo. Su nombre, sin embargo, se permite usar para muy poco: el estadio de fútbol del municipio de Jardín, Antioquia, y la unidad deportiva del barrio Belén, en Medellín, son una excepción amable. Por eso, esa especie de permiso tácito del que goza la barra Los del Sur les confiere un valor especial y ellos lo saben apreciar. En su jerga lo llaman “el Inmortal #2” y de él hicieron dos prendas conmemorativas.

Para homenajearlo, las camisetas de 1989, con las que ganó la Copa Libertadores: la legendaria de rayas y la verde de mangas largas, con puños y cuello blancos. En ambas están estampados el escudo con cuatro estrellas de la época y el viejo logo de SAM. Atrás, el inconfundible número dos.

Andrés Escobar hace parte de sus ídolos, una categoría de jugador que se configura cuando alcanza un nivel de prestigio en la memoria del hincha. En Nacional son solo un puñado, casi todos nacidos en Antioquia, casi todos históricos, casi todos campeones de la Libertadores. Y entre ellos, El caballero del fútbol, como lo llamaron los cronistas deportivos de los noventa, tiene un puesto de honor. Su imagen es impoluta. Jamás vistió la camiseta de otro club en Colombia y eso hace que su reputación como jugador haya quedado intacta.

El 27 de junio, después de una campaña tan desafortunada como extraña, el equipo de fútbol de Colombia es eliminado del mundial de fútbol más insípido de todos los tiempos. Ese mismo día la concentración se disuelve y los jugadores quedan por su cuenta. Andrés Escobar, convertido ya en un turista, permanece en el Marriott de Fullerton –que hasta entonces ha ocupado la selección– y se dedica a hacer compras. A la media noche los periodistas lo abordan en la  recepción del hotel cuando acaba de llegar, vestido de bermudas. También firma autógrafos para niños y, al menos en su  semblante exterior, se ve contento y animado. El 28 sale de nuevo al comercio y regresa al medio día. Su familia quiere que se quede en los Estados Unidos para hacer un viaje que planearon juntos, sin que importara el resultado de la copa. Y una cadena estadounidense trata de convencerlo para que los acompañe como analista deportivo durante el resto del mundial. Pero él ya ha tomado una decisión: volverá al país con Francisco Maturana y los que quieran acompañarlos. Siente que necesita explicar lo ocurrido. La expresión que usa, cuando su papá le insiste que permanezca con ellos, es que debe “dar la cara”.

Arriba a la izquierda, Andrés Escobar con la exprimera dama Ana Milena Muñoz antes del partido contra Suiza, el último que jugó./ Abajo a la izquierda, Los vehículos de los asesinos./ A la derecha, René Higuita durante el funeral.

A las dos de la tarde se refugia en una esquina del pequeño lobby del segundo piso del hotel y allí, en soledad, le habla por última vez a una grabadora de periodista. El miércoles 29, bajo el título “Nos faltó verraquera”, apareció publicada la columna. En ella se despide de los lectores y hace el llamado que luego se convirtió en profecía: “Por favor, que el respeto se mantenga […] hasta pronto, porque la vida no termina aquí”. Apaga la grabadora, se dirige a la habitación que aún comparte con Herman “el Carepa” Gaviria, y sale vestido con el clásico traje de corbata que tiene el escudo de la Federación de Fútbol de Colombia, para montarse en un avión que lo traerá de regreso a Bogotá.

*    *    *

Sin duda se trata de un caudillo, aunque a los hinchas les preocupa que su memoria se asocie a la de un mártir y no a la del excelente futbolista que fue. En las tribunas su presencia se invoca, y allí la rivalidad entre cantos con los Comandos Azules de Millonarios toca un nervio sensible, porque en esa enemistad histórica algunos lo usan como ariete: “miren, miren a Santiago [el canto hace referencia a Sachi, el hermano técnico] / mírenlo cómo se ve / dirigiendo desde el banco / con el corazón de Andrés Vs Andrés Escobar / paisa ijueputa [sic] / ya no existe más / los sureños lo lloraron”.

Pese a la aparente devoción, no se le considera un santo. Más que un ser divino prefieren pensar en él como en un amigo que los acompaña en el estadio. Sin embargo, alrededor de su figura ocurre un fenómeno psicológico no despreciable: Andrés Escobar también funge como factor cohesionador. Por lo menos en Medellín su caso aúna, a todos les duele. Es, si se quiere, una suerte de primo colectivo en una ciudad donde cada cual tiene el drama de un pariente vinculado a una tragedia de balazos. De ahí el culto a su imagen y su presencia permanente.

En cierto sentido la tribuna es la prolongación de su esencia. En 1994 se creó El caballero del fútbol, una barra de hinchas en su honor, que más tarde, en 1997, se fundió con Los del Sur, quienes en su aspecto social se mueven en los barrios marginales de Medellín con proyectos artísticos y culturales. Sus iniciativas son avaladas por la Secretaría de Cultura y su cuartel general, en el área de influencia del Atanasio Girardot, tiene un letrero que dice Sede Social. Esos son símbolos. De hecho, se llaman a sí mismos “barra popular” y descalifican de manera categórica el “barra brava” que usa la prensa. Como quiera que sea, honran la memoria del ídolo. Muchas de las pinturas murales son consecuencia de programas llamados Con la pelota en la cabeza o La Navidad verdolaga, que realizan en los barrios donde más ha sufrido Medellín. Ambos guardan el espíritu de las acciones solidarias que Andrés Escobar hizo de manera espontánea y discreta alguna vez. Su imagen de hombre generoso es bien conocida y abundan las anécdotas de guayos regalados a jugadores incipientes que no tenían dinero para comprarlos.

La suya siempre fue una existencia discreta, y si se quiere, austera. Aunque le gustaban las lociones y la ropa de marca, no tenía lujos extravagantes, salvo una pulsera energética rematada por dos cuarzos que solo usó durante algún tiempo. Durante la primavera de 1990 en Suiza, cuando jugó con el Young Boys Bern, a menudo aparecía para la prensa vestido de manera formal: de pantalones y chaqueta de cuero, casi nunca en jeans. Alguna vez aceptó ser imagen de marca para Leo, pero con la condición de no posar en ropa interior. Y en 1994, justo antes del mundial, se negó a unirse a la ampaña de Andrés Pastrana, quien lo quería con insistencia, porque Samper ya tenía al Pibe.

Dieciséis de los veintidós jugadores volvieron a Colombia junto con Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez. En las primeras horas de la mañana del 29 de junio, trajinados por el viaje, tienen que afrontar una rueda de prensa tensionante en Bogotá. A ese avión la prensa ahora lo llama “el desfile de los dolorosos”. Las preguntas –y las respuestas– de reproche van y vienen. Los técnicos asumen la vocería de todo, pero junto a ellos se encuentra también Andrés Escobar. Está cumpliendo su promesa de “dar la cara”.

Era usual que la lápida de Escobar apareciera en el estadio. Existen dos versiones: que fue robada del cementerio y la guardaban en un baño del Atanasio Girardot. La otra dice que la familia la cambió y un hincha quiso quedarse con la anterior.

Terminada esa especie de escala incómoda, tomó otro avión y aterrizó a las once de la mañana en el aeropuerto del municipio de Rionegro, a una hora de Medellín. Cinco años atrás, en junio de 1989, como campeón de la Copa Libertadores, en el bus de la victoria se demoró seis horas para recorrer el trayecto entre el aeropuerto José María Córdova y el Atanasio Girardot, donde recibieron a su equipo. Ahora, sin caravana ni escolta de triunfo, va hacia su casa, acompañado de Pamela, su novia, quien fue a recogerlo. En su cabeza lleva tres proyectos inmediatos: arreglar su traspaso a Italia, gestionar la creación de una escuela de fútbol para niños y comenzar a planear el matrimonio. En el peaje de la carretera los vendedores de gelatinas y obleas lo reconocen y lo saludan con cariño: es el primer pulso que le toma al inestable clima emocional de la ciudad, y la respuesta amable lo tranquiliza.

Ya en Medellín, la familia de su novia lo espera con un almuerzo de bienvenida. Luego, los vecinos del conjunto residencial donde vive junto a su papá –su mamá había muerto en 1985– lo reciben de manera calurosa. Se ocupa en desempacar maletas y regalos, y hacia las cinco sale con Pamela para pasar juntos el resto de la tarde. En ese entonces buena parte de la actividad social de la ciudad gravita en torno al tramo bajo y más urbano de la carretera Las Palmas, donde hay restaurantes, discotecas y bares, y hacia allá se dirigen. Entran a La Frutera, tal vez el sitio más casual de todos. En la noche van a cenar a un restaurante de comida de mar, el favorito de ambos. Allí lo reconocen y lo saludan con simpatía. Nadie tiene un solo comentario de displicencia ni de burla. Terminada la cena se despiden y Escobar se encuentra con su amigo de muchos años, Juan Jairo –el Jota Jota– Galeano, retirado del fútbol un año atrás. Se toman unas cervezas y hablan del tema que Andrés más quiere que le escuche: la extrañísima campaña colombiana en el mundial. Al respecto su ánimo va y viene, se mueve entre la resignación y la frustración. Como futbolista a veces no está tranquilo, pero como persona siente que no debe tener complejos ni estar en deuda. Antes de la media noche ambos amigos se dicen adiós. La mañana siguiente es feliz. Es 30 de junio y Pamela, su novia, cumple años, así que le envía una canasta de rosas rojas. Luego, en la tarde, va a su casa. Hace visita. Pasa el tiempo descansando, leyendo revistas y eriódicos, mientras ella, egresada de la Universidad CES, prepara un examen de inglés. Escobar telefonea a Pedro Pablo Álvarez, su primer técnico en las inferiores del Nacional y a quien llama “don Peter”, y le promete ir a verlo el sábado o el domingo para saludarlo. En la noche salen de nuevo a cenar, pero esta vez en compañía de la familia. Hay una pequeña celebración en un restaurante en el sector de El Poblado y, allí, Andrés está jovial, tranquilo y feliz.

*    *    *

1º de julio. en la mañana andrés escobar va a la sede del Atlético Nacional, cerca del estadio Atanasio Girardot. Quiere enterarse de cómo se está moviendo su traspaso al fútbol italiano, que a esas alturas es un asunto casi finiquitado. De ahí se dirige a Unicentro, cerca del tradicional barrio Laureles, a unas cuantas calles abajo de la emblemática carrera 70, donde siempre se ha celebrado el fútbol en la ciudad. La gente, una vez más, lo reconoce y lo saluda con simpatía mientras almuerza acompañado de Pamela en la plazoleta de comidas, que mira hacia la Pontificia Universidad Bolivariana. Por su forma de vida, sus creencias y su temperamento, Andrés Escobar nunca pensó que algo malo le pudiera llegar a pasar en su propio territorio.

Mural de Andrés Escobar en la calle 70 de Medellín, e lugar de rumba y celebración futbolera de la ciudad.

Después de almorzar juntos llevó a su novia a su consultorio odontológico y, por teléfono, arregló verse con Eduardo Rojo, otro amigo de toda la vida. Ambos se encuentran hacia las cinco de la tarde en Niágara 5 Puertas, una tienda de esquina con espíritu de tertuliadero, ubicada unas calles detrás del Parque Lleras, cuando el sector no se había convertido en el distrito nocturno que es hoy y aún era un apacible barrio de viudas venidas a menos, coronado por una pequeña iglesia. El sitio, tan tranquilo como tradicional funcionaba como una especie de plataforma de lanzamiento para noches más movidas. Lo frecuentaban vecinos de toda la vida y, por algún motivo, era muy popular entre futbolistas. El plan allí siempre consistió en tomar cerveza y comer empanaditas hechas de maíz mezclado con panela, bajo unos almendros que le guarecían los costados al sitio. En Niágara, Escobar permaneció hasta las nueve de la noche, y allí habló de fútbol y del mundial junto con Rojo, el J. J. Galeano y varios hinchas que entran y salen de su conversación. Allí reconstruye el partido contra Estados Unidos, y aunque su ánimo se apaga a veces e insiste en que nunca nada similar le sucedió en su vida, “ni como aficionado ni como profesional”, tenía una cosa clara: al equipo no lo eliminaron por su culpa. A esas alturas ya está en paz consigo mismo y con la gente.

Pero es viernes. Los tres amigos acuerdan verse de nuevo más tarde. Escobar va donde Pamela para proponerle salir de fiesta, pero ella prefiere quedarse en casa. Al día siguiente tienen planeado un paseo por carretera hacia dos pueblos del suroeste antioqueño, Andes y Jardín, para pasar el fin de semana en el campo. Mientras tanto, Rojo recoge a su esposa y todos juntos se encuentran en la discoteca Pádova –o Padua–.

La reconstrucción de esa noche es una sucesión de hechos contados siempre con matices divergentes e inexactos, ambientada en el desordenado sector de rumba en el que, durante los fines de semana, se transformaba ese tramo bajo y urbano de Las Palmas, en Medellín. La fiesta allí era fácil, de baile en pareja, aguardiente y ron, y a esa hora los restaurantes comenzaban a cerrar para darle paso al puñado de discotecas más famosas de la época, lugares de mesa, barra y pista de baile donde sonaban merengues y algo de vallenato, y solo al final las tandas de canciones en inglés que, de seguro, Andrés Escobar también llamaba “música americana”. En total no eran más de quince locales contiguos distribuidos en 500 metros de calle, que se convirtieron en el escenario final.

Los sucesos adentro de Pádova, y otras veces afuera, son un laberinto de versiones encontradas. Sumándolas todas pareciera como si Escobar hubiera sido tocado con el don de la ubicuidad: dizque lo ven allí, otras allá. Tan pronto está hablando por teléfono en un local vecino como comprando comida en un puesto callejero. O compartiendo con J. J., Rojo y señora en su mesa. Dicen haberlo visto en ocho sitios distintos durante seis momentos diferentes de la noche: dentro de un baño y al teléfono, en La Tranquera; comiendo pinchos, afuera de Discovery; manejando, frente a Bartolomé; tomándose un aguardiente, en Pádova. Y en particular, subiéndose a su carro para marcharse, bien en el parqueadero del restaurante El Indio, bien en el de El Salpicón, o bien en el de Palmitas. En alguno de esos sitios tuvo lugar el suceso final, aunque entre los tres medien casi 200 metros.

Las estimaciones de tiempo son aún menos precisas, y difieren unas de otras hasta en treinta minutos. A veces, incluso, Andrés Escobar aparece haciendo acciones simultáneas. No está claro a qué hora definitiva dejó Pádova, ni cuándo ni dónde se despidió de los amigos que lo acompañaban: Rojo y su esposa, quienes fueron los primeros en irse –hacia las dos de la mañana–, o Galeano, quien permaneció con él una hora más y luego se fue tranquilo, porque al otro día se verían para salir hacia los municipios de Andes y Jardín. Todo son contradicciones e imprecisiones: los malos trucos jugados por la memoria de los testigos que dicen haber visto al futbolista por última vez. Y con esos fragmentos se armó la secuencia final de una película que, aún hoy, siempre termina de manera distinta.

Sin embargo, hay una cosa que es constante: ni afuera ni adentro, Andrés y sus amigos tuvieron una noche de desafueros. El licor fue moderado y se encontraban en un sector privilegiado de la ciudad. Se sabe, también, que en varios momentos el grupo se cruzó palabras con personas que los molestaron, pero los términos de esas confrontaciones –una vez más– están cubiertos por un sudario de confusión. Parece que en algún momento Escobar llegó a descomponerse y a lamentar que lo trataran tan mal. Una voz, salida de su garganta, pidió respeto.

En la madrugada, entre las 3.15 y las 3.45 a. m., cuando quiere irse a su casa, los andenes, las bermas y los parqueaderos –cualquiera que fuera el local– son un apiñadero de carros sin orden y sin ley. Él, horas atrás, ha tenido la mala fortuna de dejar su Honda Civic plateado cerca, o enfrente, o tal vez dificultándole la salida a la aparatosa camioneta Land Cruiser en la que andan escoltados unos gatilleros de la mafia: los mismos que lo intimidaron adentro y con quienes se trenzó en una discusión y mientras estaba al volante de su carro –y no se vuelve a bajar–. Pudo ser para defender su hombría, o quizás para hacer respetar su prestigio de jugador. Pero en Colombia esas cosas nunca han terminado bien. Y en la mañana del 2 de julio su familia, que aún se encontraba en los Estados Unidos, recibió por teléfono una infame noticia.

La pregunta es: ¿a partir del minuto 33 de ese partido entre Colombia y Estados Unidos, la vida de Andrés Escobar entró en una suerte de cuenta regresiva? Asegurarlo sería tan volátil como decir que, por el contrario, su cronómetro vital estuvo programado desde siempre para detenerse a los 27 años y 111 días, y que en esa madrugada solo actuó el destino, vestido como pistolero en una ciudad violenta.

NOTA DE FUENTES: Sobre la vida de Andrés Escobar su familia y amigos guardan un prudente silencio que solicitan ser respetado. Obtener información de ellos –las fuentes primarias–, además de constituirse en un dilema ético para el periodista resulta prácticamente imposible. Esta reconstrucción cronológica se basa en los datos que aparecen consignados en los libros En defensa de la vida, de César Mauricio Velásquez; Una gambeta a la muerte, de Gonzalo Medina Pérez; Autogol, de Ricardo Silva, y El 5-0, de Mauricio Silva. Algunos datos factuales, cifras, fechas, estadísticas y nombres se extrajeron de los archivos de prensa de los periódicos El Colombiano y El Tiempo. La barra Los del Sur, en cabeza de Felipe Muñoz, suministró fotografías e información sobre el culto del hincha.

Esteban Duperly - @e_duperly

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