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La National Portrait Gallery de Londrés presentó Michael Jackson On The Wall, un conjunto de obras que revisan el impacto en el arte de un personaje tan polémico como icónico.

 Veinticuatro globos de helio sostienen un par de mocasines negros que quedan empinados. Alrededor de la instalación no suena ningún acorde, pero la pose evoca de inmediato la figura de Michael Jackson. No hace falta nada más para que aparezca en la mente la silueta del rey del pop en el momento preciso en que hace su ‘freeze’: equilibrio absoluto sobre la punta de los dedos de los pies, las medias blancas y brillantes, las rodillas dobladas casi a noventa grados, la espalda arqueada, el mentón al pecho y una mano enguantada en el borde del sombrero.

La obra se llama P.Y.T., fue creada por el artista británico Appau Junior Boakye-Yiadom y si en ella no hay lugar para interpretaciones elaboradas es porque Michael Jackson “es probablemente la persona más famosa del planeta”, como lo dijo Bob Geldof en 1996 cuando Jackson aún vivía. Cualquier objeto artístico que hable sobre él es contundente, y así lo entiende Nicholas Cullinan, el director de la National Portrait Gallery de Londres, que presenta desde el año pasado en varios museos la exposición Michael Jackson: on the Wall con la intención de revisar, a través de piezas de arte contemporáneo, cómo este ícono de la música dejó huella en la sociedad de los siglos XX y XXI.

La representación de Jackson en el arte comenzó hace casi 40 años. Cuando el público empezó a coronarlo como el rey del pop, Andy Warhol le edificó su primer altar con una serigrafía: escogió el azul marino para los rizos, le pintó unos dientes inmaculadamente blancos y lo vistió con la inconfundible chaqueta de cuero roja que el cantante utilizó para el inmortal video de Thriller, en el que Jackson baila con zombies y se metamorfosea en un hombre lobo.

Arcángel Michael: y ningún mensaje podría haber sido más claro (2009), de David LaChapelle. Foto:David LaChapelle / Cortesía: Bundeskunthalle

Era noviembre de 1982. Esta imagen vio la luz justo cuando salió a la venta el álbum Thriller, que vendió más de 65 millones de copias y llevó a Michael al pináculo cuando tenía solo 23 años. Warhol creó luego otra versión que alcanzó mayor reconocimiento porque fue un encargo de la revista Time para la portada de su edición del 19 de marzo de 1984. Para esta segunda pieza, Warhol hizo varios ajustes de color: conservó el rojo de la chaqueta y se decidió por colores fríos para las líneas del pelo, los ojos y las cejas; prefirió un amarillo para el fondo, que, según confiesa en su diario, nunca lo convenció del todo. Pero nada de ello fue tan relevante para Warhol como el hecho de que en la entrevista el periodista de Time le haya preguntado a Michael si planeaba hacerse un cambio de sexo.

Para esa época, no habían estallado los escándalos que pusieron al rey del pop en la mira de la justicia. Todo se concretó en 1993, cuando los rumores se convirtieron en expedientes judiciales con cargos de pederastia cuando Jordan Chandler, un niño de 13 años, lo acusó de abuso sexual. Nunca se encontraron pruebas contundentes en contra de Jackson, más allá del testimonio de sus víctimas, pero las acusaciones en su contra nunca terminaron: incluso ahora, 10 años después de su muerte, HBO lanzó el documental Leaving Neverland en donde James Safechuck y Wade Robson detallan durante cuatro horas los abusos a los que los sometía el cantante cuando iban como invitados a Neverland, su rancho en California. Dan Reed, el director del documental, comprobó los testimonios con las familias de las víctimas y dejó los momentos más impactantes, que pintan con crudeza a un Michael Jackson con una enorme capacidad de engaño y como un pedófilo enmascarado de estrella pop. De hecho, ha sido tan contundente la transmisión de este documental, que algunas cadenas radiales canadienses, australianas y neozelandesas decidieron dejar de emitir canciones de Jackson, pero hasta el momento la justicia norteamericana no ha reabierto los casos contra el cantante y sus fanáticos continúan defendiendo su presunción de inocencia.

Michael Jackson (1984), de Andy Warhol

El tema tampoco resulta ajeno para el arte, que a través de obras muy poeticas ha intentado explorar y denunciar las acusaciones contra Jackson. En Neverland (2001), por ejemplo, el artista Jordan Wolfson aisló en un video los ojos de Jackson durante una emisión que hizo el cantante en 1993: toda la pantalla queda en blanco y sólo se puede ver el pestañeo de Jackson, como si fuera un fantasma, mientras niega las acusaciones de abuso sexual. Esta obra, junto al óleo En memoria de Michael Jackson (2017), de Yan Pei-Ming, con sus gruesas pinceladas en blanco, negro y grises, ilustran dos de las múltiples caras de Jackson: la del ídolo inmortal que no pierde popularidad ni siquiera cuando está frente a un juez y la de un humano imperfecto, repleto de contrastes, luces y sombras. Otras obras son aún más críticas y llegan a dibujar a Jackson, literalmente, como un monstruo: en los collages de Mark Flood, el artista usa las fotos de Jackson con E.T. –el extraterrestre de la película– para deformar la figura de Michael y cuestionar quién es el verdadero monstruo.

A este, se suma el tema de la construcción racial y la identidad afroamericana que varios artistas exploraron a su manera. Keith Haring convirtió en 1984 a Jackson en un rompecabezas difícil de descifrar, pues resulta imposible determinar dónde empieza su silueta y dónde termina el decorado. Por su parte, Todd Gray, quien trabajó para Jackson como fotógrafo oficial entre 1979 y 1983, decidió usar su obra para establecer reflexiones sobre la raza, tras la muerte del rey del pop, en el 2014. En sus obras el rostro de Jackson está cubierto por portarretratos en donde aparecen otras fotografías de su autoría, pero tomadas en países de África. “En algún momento me di cuenta de que Michael no estaba rechazando su negritud para abrazar la cultura de las mayorías”, le dijo en el 2017 a SF Weekly. “A él –como a mí y como a muchos otros en una minoría– le afectan presiones culturales que provocan complejos de inferioridad”.

Para otros artistas, en cambio, Jackson es una figura vívida, kitsch, glamurosa y excéntrica. David LaChapelle lo presenta a manera de mártir moderno, de ángel y de profeta, mientras que Jeff Koons creó en 1988 Michael Jackson & Bubbles, una escultura de porcelana en tamaño real donde el rey del pop está vestido de dorado y recostado sobre una cama de rosas con un chimpancé –su mascota Bubbles– sobre las piernas. Louise Lawler, sin embargo, logró cuestionar toda esa grandiosidad con solo una fotografía en la que se ve cómo unos operarios de Sotheby’s instalan cuidadosamente la escultura de Koons justo antes de ser subastada por 5,6 millones de dólares: es una imagen potente en la que se sintetiza la figura de un Michael fabricado, endiosado, frágil e infinitamente rentable, no solo para él mismo sino para todos los que le rodeaban.

Los biógrafos coinciden en que Jackson fue un amante del arte desde el momento en que Diana Ross, una de sus más íntimas amigas, lo llevó por primera vez a un museo cuando él era todavía un niño. Esa afición se perpetuaba durante sus giras por Europa, pues entre uno y otro concierto, en horas de la noche, cuando ya no había público, paseaba libremente por la Capilla Sixtina, el Palacio de Versalles, el Louvre y la Galería Uffizi. Además, su fortuna le sirvió para convertirse también en un coleccionista que adquiría piezas sin mucho orden y más por intuición y emoción.

Michael y E.T. (1985) de Mark Flood. Foto: Maccarine NY / La Stuart Shave / Modern Art, Londrés / Cortesía: Bundeskunthalle

Por eso no resulta extraño que el mismo Jackson haya decidido incluir el arte en su universo. En 1995, por ejemplo, para el videoclip de Scream incorporó un autorretrato de Andy Warhol y varias obras de Magritte y Pollock. Después, a medida que fue aumentando su fama, se dieron colaboraciones entre el cantante y varios artistas contemporáneos que derivaron en obras que Jackson les encargaba. Una de ellas es el enorme retrato que le hizo Kehinde Wiley, el actual pintor oficial de los Obama, en el que Jackson aparece vestido con un sobrio traje de caballero sobre un caballo blanco y a punto de ser coronado con una tiara de laureles por dos ángeles. La pose es la misma en la que Rubens retrató al rey Felipe II de España en 1628. Y así como esta, existen muchas otras piezas excéntricas que todavía reposan en Neverland, aunque de ellas poco se habla porque muchos críticos consideran que no tienen mayor valor artístico.

Entre todas ellas, sin embargo, la más memorable es el acrílico The King of Pop (1991), de Mark Ryden, que sirvió como portada del álbum Dangerous. Es una pintura que resume toda la personalidad y el carácter de Jackson: un auténtico y misterioso carnaval que se debate entre lo fantasmagórico y lo onírico, a pesar de que está anclado en un sinnúmero de símbolos y citas de sus canciones, sus ídolos y sus gustos artísticos. Están el estilo animado del videoclip Leave me Alone (1987); referencias al icónico álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de los Beatles; los amantes encerrados en una burbuja de El Jardín de las Delicias, de El Bosco; y un camino que se abre en primer plano entre una arquitectura en blanco y negro, que alude a la cinta Metrópolis. También hay incontables alusiones al poder que recuerdan piezas como Napoleón I en el trono imperial, de Ingres, que se mezclan sin pudor con un perro y un ave reinantes. Sin embargo, el monarca absoluto es Michael: sobre su frente no solo se halla su ensortijado mechón, sino también Campanilla, el hada de la historia de Peter Pan, cuyos polvos mágicos hacen volar, y sobre ella un cortejo de ángeles que sostienen su corona, a pesar de que quien la detenta es Bubbles, su amado chimpancé. La orden de Michael fue llevar a Bubbles hasta el estudio de Ryden en una limusina y a media noche para que posara tranquilamente y el artista lograra “captar su alma”.

Ryden tardó seis meses concibiendo esta obra. Michael le pidió que incluyera varios elementos en la imagen: un niño mitad negro y mitad blanco que hace alusión al vitiligo, la afección a la piel de la que sufría; un lugar para Macaulay Culkin, su eterno amigo y protagonista del video Black or White, y, por último, que le pusiera el pin de “1998” a la chaqueta de P. T. Barnum, uno de los inventores del circo.

“Amo el arte”, le dijo en 1982 al escritor Bob Colacello en una entrevista para Interview, la revista que dirigía Andy Warhol. “Puedo mirar una escultura o una pintura y perderme totalmente en ella. Quedarme parado viéndola y volverme parte de la escena. Puede llevarte a las lágrimas y conmoverte mucho”.

Frente a un personaje tan complejo, no era de extrañar que David Hammons preguntara: “¿A qué Mike te quieres parecer?” a través de una instalación en la que tres micrófonos ajustados a diferentes alturas se juntan para mostrar que solo tres hombres afroamericanos han logrado convertirse en leyendas: Michael Jackson, Michael Jordan y Mike Tyson. La respuesta es obvia: Jackson es el único tan mediático, tan metamorfoseado y tan universal como para lograr que el mundo entero sea capaz de entender sus singulares gestos.

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La prueba, de nuevo, está en su moonwalk y lo demuestra la obra homónima de Jérôme Bel, que muestra en un video cómo personajes anónimos e insospechados se atreven a imitar el paso más famoso del rey del pop; hay incluso una chica en silla de ruedas que usa sus manos para emular la sutileza de los pies de Jackson. Algo similar sucede en VIA, un video de Jacques Gamblin, en el que la bailarina Raphaëlle Delaunay incorpora en una coreografía clásica la precisión de los movimientos de Jackson al ritmo de una tradicional pieza barroca de Jean-Baptiste Lully.

Solo Michael Jackson logró inventar un baile –o mejor aún, un paso– que se reprodujo en diferentes generaciones, que fue redefinido en una coreografía de música barroca y que fue emulado en todo el planeta por miles de personas que querían rendirle un homenaje al día siguiente de su muerte. Solo ese talentoso chico afroamericano, nativo de Indiana, que se convirtió en la persona más famosa del planeta logró adquirir en vida la inmortalidad a punta de grandes himnos del pop, una perpetuidad que le aseguraron además los artistas cuando lo convirtieron en un tema del arte después de su muerte.

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