Edición 117

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Los infiltrados de la policía en el narcotráfico en Colombia

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Este artículo recopila los relatos de agentes del Gaula, la Interpol y la Dirección Antinarcóticos que se han escondido a plena vista de los criminales.

Ellos personifican ejecutivos con “influencias” para pasar droga por aeropuertos, compradores de cocaína y hasta indigentes. Cenan con los delincuentes, hablan con ellos, estrechan sus manos y al final son piezas claves para mandarlos a prisión. Más peligroso y común de lo que se cree, este es el trabajo de los agentes encubiertos. Todos los nombres, por seguridad, están cambiados.

El coronel Julián Beltrán movía sus ojos de vitrina en vitrina hasta que reparó en una persona que le parecía familiar. Frente a él, un poco más gordo y con los ojos abiertos por la sorpresa, se encontraba Tony Tofiño. Por un momento ambos se quedaron incapaces de mover un dedo. Julián sintió miedo al caer en la cuenta de que estaba con su familia y no sabía qué podría hacerles Tony. Sin embargo, sostuvo la mirada y preguntó, sin ceder ni un decibel de su voz:

– ¿Cómo está?
–Bien, joven. ¿Cómo está usted? –respondió el otro, y empezaron a conversar. El encuentro entre ambos fue breve, pero dos palabras sobresalieron al final:
–Sin rencores –dijo Tony al hombre que lo puso tras las rejas por ocho años. Julián no sintió nunca que hubiera algún motivo para guardar rencor. Se despidieron y se marcharon, Tony hacia lo que parecía ser un futuro honesto y Julián con su familia, a continuar con la única vida que en verdad le importaba entre todas las que había tenido.

No hay cursos ni escuelas para esta labor. Los infiltrados aprenden a través de la creatividad y la experiencia: dominar los acentos de diferentes regiones del país, cambiar su apariencia física, improvisar, conocer el léxico de los criminales y familiarizarse con oficios que nunca habían desempeñado. “¡En ocasiones toca hasta ponerse arete!”, dice un intendente de Inteligencia del Gaula que ha recorrido Colombia de misión en misión y de personaje en personaje. Porque los agentes encubiertos son como actores, solo que cuando el actor se equivoca, la grabación se para y se intenta de nuevo, en cambio cuando el agente encubierto se equivoca, lo paga con su vida.

En una ocasión, el papel de Julián Beltrán consistió en ser un hombre con el poder de pasar paquetes de cocaína sin ningún problema por el aeropuerto.

–Hermano, mire, eso está cuadrado con el man de Kokoriko –les dijo a sus acompañantes, hombres de saco y corbata al otro lado de la mesa–. Él es el que recibe todo en el restaurante. Usted se lo entrega a él. Por la puerta del local hay un pasillo por el que salen todos los empleados y donde estará un contacto de Avianca, el que maneja los carros de carga, y él recibe ahí el paquete. Una vez lo reciba, ya con acceso libre, de ahí pa’ allá nadie lo va a requisar. Lo lleva, lo sube en el carrito y lo pone en una maleta ya con el bag tag, el sticker de la maleta. Y el sticker tiene este número.

Julián tiene que hacer sonar creíbles sus esquemas. Siempre lo logra. Sus acompañantes le creen todo a ese hombre que les acaban de presentar y que durante la última media hora se ha desenvuelto hablando de divisas y modelos de aviones como si fuera un ejecutivo de Harvard. No saben que es un oficial de policía y técnico electrónico, ni que todo lo que les acaba de contar es mentira. Solo disfrutan de su compañía mientras almuerzan en restaurantes como La Vitrola, en Cartagena, o en el hotel Spiwak, en Cali. Julián se gana de a poco su confianza con comentarios agradables sobre sus relojes o sus pasatiempos.

Además, lleva cédula y pasaporte con nombre ficticio: “Daniel Jaramillo” o “Fernando Posada” o cualquier otro nombre que no sea el suyo. Son documentos falsos y no están autorizados por la Fiscalía, pero ciertas unidades los consiguen para sus agentes si la situación lo amerita. Y también, según la situación, sus compañeros en la Dirección Antinarcóticos –Diran– pondrán la droga en las maletas y darán aviso a las autoridades del país de destino –posiblemente México o Estados Unidos– para que no le quiten los ojos de encima. Ellos seguirán a quien recoja la droga hasta el lugar donde la guarda, y cuando estén listos harán una redada. Recuperarán la droga, y ya para ese punto el agente encubierto podrá limpiarse las manos de cualquier responsabilidad, manteniendo su fachada.

Pero por ahora él solo tiene que preocuparse por cerrar el trato… y por guardar las facturas para que la Fiscalía le reembolse los viáticos: en estos casos de narcotráfico, a él se le podría ir una buena parte de su salario en una sola cena. Antes de irse, al momento de despedirse de sus nuevos socios con un apretón de manos, Julián comparte una mirada cómplice con uno de ellos, el informante de la policía que accedió a presentarlo a los demás. Los informantes son la forma más común en la que los agentes hacen contacto con estas organizaciones. Así es la misión. Puede durar días o semanas, o puede que se extienda hasta por dos años, el máximo permitido por la ley. Nada es seguro.

 

No todas las veces Julián interpreta a un hombre de negocios que almuerza en restaurantes. Para cierta misión, Julián tuvo que dejarse crecer el pelo, no se bañó en semanas, se revolcó en lodazales y vistió ropa que apestaba a secreciones humanas y que le compraron a un indigente, solo para poder hacerse pasar por vagabundo y vigilar una casa desde un caño en el que durmió durante casi dos semanas. Mientras tanto, en Interpol tienen a un agente aumentando cinco kilos y dejándose crecer la barba, a la vez que aprende sobre las fluctuaciones del dólar y memoriza las calles de Buenos Aires como si él mismo las hubiera recorrido, para que cuando se siente a la mesa con las personas que controlan carteles internacionales no lo cojan en medio de una mentira cuando hable sobre un supuesto viaje a Argentina que habría hecho la semana pasada. Los muchachos del Grupo Antisecuestro y Antiextorsión (Gaula) suelen tomar papeles más modestos, como conductores de transportes piratas o proveedores de suministros para la guerrilla en algún pueblo remoto, pero eso no es excusa para no investigar con minuciosidad los personajes y lugares en los que se van a infiltrar, datos de inteligencia que puede tomarles meses recopilar. El diablo está en los detalles.

Incluso, en esta era digital, a veces lo que podría ser una labor de encubierto ni siquiera requiere preparación o disfraces. En ocasiones solo se necesita un computador:

–Teníamos una operación para capturar dieciocho miembros de una banda criminal, narcos que robaban a narcos –cuenta el capitán Alonso, de la Diran, quien tiene al menos tres cuentas de Facebook diferentes para sus trabajos de encubierto y una foto de Dick Tracy en su perfil de WhatsApp–. Se hacían pasar por policías para robar la droga. Cuando ya llegamos a las capturas, al único que teníamos perdido era a un dominicano vinculado con el transporte de varios kilos. No sabíamos dónde estaba ni dónde vivía. Entonces un sargento se metió a Facebook y se bajó la foto de una mujer muy bonita. Montó un perfil con esa foto y le mandó invitación al dominicano. De inmediato la recibió y le preguntó quién era: “Es que te me hiciste conocido de un amigo dominicano”, le dijo el sargento, haciéndose pasar por la mujer. Y así lo infiltró. “¿Dónde vives?”. El dominicano respondió que en Bogotá. Entonces el sargento le dijo: “¡Yo también vivo en Bogotá! Chévere conocerte. ¿Cuándo nos reunimos?”. A las dos horas ya lo teníamos esperando en un centro comercial”. El capitán Alonso se divierte mientras cuenta esta anécdota.

Él ha hecho trabajo encubierto en tres ocasiones, pero está más acostumbrado a estar al otro lado de la línea, supervisando las operaciones. Mientras los agentes viven la farsa que han montado, hay todo un aparataje operacional y legal moviéndose junto a ellos. Todo empieza por las carpetas que reposan en la oficina del fiscal, esas son las solicitudes que hacen las diferentes ramas de la Policía a la Dirección Nacional de Fiscalías para que apruebe el uso de un agente encubierto en un caso. El artículo 242 del Código de Procedimiento Penal de 2004 permite el uso de policías y particulares para recoger material probatorio y les da licencia de realizar ciertos actos ilícitos según la investigación, siempre que el agente no incite al delito.

Aparte de los momentos de tedio y soledad que nacen de no poder llamar a la familia y ni siquiera poder saludar a un viejo amigo si se lo cruza por la calle, la vida del agente encubierto se resume en esos encuentros que tiene con los criminales. Y es el trabajo de los supervisores como el capitán Alonso convertir estos encuentros en ambientes controlados.
–Yo le digo a usted una cosa: no puede existir una operación de agente encubierto sin controles técnicos –dice el capitán–. Es decir, sin chuzadas.

Estas intervenciones, junto a la patrulla de reacción que se encuentra en las cercanías, no solo sirven para recopilar las evidencias que podrán presentar en un juicio, sino que también son la red de seguridad del agente. Si se reúne con alguien en un restaurante, su supervisor ya ha escondido una grabadora en el salero de la mesa, y puede que tenga listos a varios oficiales vestidos de civil en lugares cercanos; si la reunión es en la habitación de un hotel, días antes instalaron cámaras en el lugar, y lo más probable es que la policía esté monitoreando todo desde la habitación de al lado. Para vigilar este tipo de operaciones no se escatima en gastos, y saber que pueden esconder un micrófono en una corbata es prueba suficiente de su eficiencia.
Son precauciones que existen para casos extraordinarios, para esas veces en las que quienes monitorean las conversaciones escuchan que el capo le dice al encubierto “es que mi hijo me dice que usted es un agente de la DEA”, como pasó una vez. En ese momento el supervisor aguantó la respiración y solo se pudo relajar cuando el encubierto, medio divertido, desechó la acusación como si fuera una tontería. Si el agente no hubiera reaccionado rápido, la situación pudo haber sido muy diferente.

En otra ocasión, un agente encubierto de Interpol se encontraba en un restaurante de Medellín con varias personas dedicadas al narcotráfico. Al mismo tiempo, sin que el grupo de hombres se diera cuenta, y a solo una calle de distancia, la patrulla de reacción se enfrentaba en plena vía pública a miembros armados de una bacrim que tenía pensado secuestrarlos en cuanto salieran del restaurante. Los patrulleros ahuyentaron a los criminales, y ni el agente ni sus acompañantes se habían percatado de nada para cuando salieron del lugar.

Hace un tiempo la Diran tenía a un agente encubierto, un muchacho, listo para acercarse a una organización haciéndose pasar por comprador de cocaína. Se empieza con compras pequeñas, para establecer confianza, y una vez se la han ganado se lanzan por el pez gordo, una compra realmente grande. Ese era el plan.
Para esa compra los vendedores le pusieron la cita en un apartamento. El agente entró al edificio sin reparar siquiera en el vigilante que le abrió la puerta, pero el vigilante sí reparó en él. Subió al lugar de la reunión, cuadró con los hombres que ahí lo esperaban los detalles de la entrega, bajó y partió a casa. Todo normal.

–¿Cómo le fue? –le preguntó su agente de control, una vez acabó la reunión.
–No, pues bien –respondió el muchacho, después de cerrar un trato para comprar cincuenta kilos al día siguiente. Pero al poco tiempo lo llamaron los vendedores para pedirle que regresara, porque había un cambio de planes. El muchacho le informó a su agente de control y la patrulla de reacción, compuesta por cuatro oficiales de policía, siguió al encubierto de vuelta hasta el lugar. Siempre discretos, siempre manteniendo su distancia del agente, pero siempre pendientes de él.

El joven agente llegó al edificio y subió de nuevo al apartamento, donde le informaron de cambios insignificantes, pequeños detalles de la entrega, el lugar y la hora. Después de eso se encaminó por segunda vez al parqueadero y subió a la camioneta Toyota que le habían asignado para la operación. No alcanzó a encender el carro antes de oír los disparos, antes de que estallasen las ventanas y sintiera el impacto y el agudo dolor en su brazo. Los dos sicarios estaban escondidos en unos arbustos, detrás de la camioneta. En cuanto lo vieron subirse descargaron sus pistolas nueve milímetros sobre el carro. Herido, el agente reaccionó rápido y se agachó antes de poder recibir otro tiro. Alcanzó el arma que guardaba en la guantera, pero no tuvo necesidad de usarla, porque para entonces los policías de la patrulla de reacción ya habían salido de las sombras y abrieron fuego sobre los dos atacantes. Los abatieron a ambos. Uno murió y el otro quedó malherido junto al auto.

–Nos pagaron los de arriba. ¡No me vaya a matar, no me vaya a matar! –rogó el sicario, retorciéndose en el suelo.
Tras allanar el apartamento y arrestar a los vendedores, se supo la verdad: el agente encubierto era de un pueblo llamado Fredonia, en Antioquia, el mismo pueblo del que venía el celador del edificio. Fue el celador quien lo reconoció y lo sapeó. Luego el celador murió en un tiroteo con la policía, intentando impedir que entraran al edificio.
El muchacho se pensionó tras el incidente por incapacidad física. Aquel disparo que recibió le quitó la movilidad de su brazo. Aun así, es un destino mucho más afortunado que el de otros agentes encubiertos. Aunque no dan muchos detalles, los miembros del Gaula y el mismo director de la unidad, el coronel Fabio Hernán López, aseguran que ha habido agentes que se han delatado en mitad de la operación. Un error que cuesta la vida.

 

–Ese día se puede estar muy nervioso, o no se planeó bien qué se iba a hacer –dice un agente del Gaula–. La inseguridad, los nervios y la desconcentración son los que lo traicionan a uno, y llevan al error. Errores mínimos, pero que han terminado en hechos lamentables.

Las probabilidades de que suceda una “quemada”, como llaman los policías al momento en el que se compromete la identidad de un agente encubierto, depende mucho de la clase de gente que haga el trabajo. Siempre existen hombres y mujeres “bravos” para hacer esto, que no vacilan y pueden enredar con sus palabras al criminal más astuto. Por otro lado, hay personas que no aguantan la presión, se asustan con facilidad y hay que sacarlos antes de que se delaten a sí mismos. O puede pasar lo contrario, con los policías demasiado ansiosos por hacer cualquier tipo de progreso o por conseguir pruebas. Ellos terminan arruinando su oportunidad de infiltrarse por apresurar las cosas. Ahí suceden las quemadas.

–A veces el agente no maneja bien la situación –dice el capitán Alonso–. No es tanto como ser descubierto, sino que los bandidos empiezan a hablar. Ellos empiezan a decir que ese man está como raro, como chimbo. Esta es la importancia de los controles técnicos. Cuando uno escucha eso, corta comunicaciones y saca al agente para evitar cualquier situación. No es común, pero sí pasa. Una quemada no es algo que solo ocurra en el campo de operaciones. Puede suceder en un juzgado, mientras se lleva a cabo el juicio, o muchos años después, en un centro comercial. Como le pasó a Julián Beltrán.

Todos los mafiosos tienen un punto débil y el de Tony Tofiño era Capurganá, paraíso turístico del Chocó. Un corregimiento rodeado por selva y altas palmeras, con playas dignas de una postal. Tony amaba ese lugar, donde podía divertirse navegando en su yate o salir a recorrer las discotecas con alguna de sus novias. Incluso hacía reuniones de negocios allá. Para la gente, Tony pasaba por un hombre honesto con un negocio en Medellín que exportaba sal a Jamaica.

Era una buena tapadera que usaba para sacar coca del país. Lo hacía a través del Urabá, y le fue tan bien que llegó a hacer tratos con Salvatore Mancuso. Las cosas para Tony iban viento en popa, y creyó que se podían poner aún mejor cuando conoció a un joven que se divertía en la piscina con su novia. En cuanto tuvo la oportunidad invitó al joven a que lo acompañara a beber. No pasó mucho antes de que los dos conversaran como amigos.

–¿A qué se dedica usted? –le preguntó Tony tras unas cuantas copas.
–Yo, la verdad, estoy tratando de estudiar en Medellín porque me gusta la ingeniería de petróleos. Pero vivo de unos juegos de azar que tiene mi familia. Por supuesto, Tony empezó a preguntarle sobre el negocio, sobre las máquinas tragamonedas, sobre cómo funcionaba la industria. Su acompañante respondió las preguntas como todo un experto, totalmente, seguro de las palabras que salían de su boca.
–Ese negocio es bueno –le decía Julián, completamente inmerso en su papel–. Yo no entiendo cómo es que el que tiene plata no la oculta por ahí.
–¿Por qué dice eso?
–Porque a quien va a jugar nunca se le pide la cédula, ni se le pregunta cuánto va a jugar. Solo hay que reportar a Etesa. Se registra cuánto dinero entró, cuánto se pagó en premios y ya.

Siguieron bebiendo y dejaron a un lado el tema. Y todo el asunto habría quedado ahí, pero a los pocos días Tony llamó a su nuevo conocido con una propuesta. Lo iba a ayudar a montar un casino en Medellín. Él lo administraría, tendría su propio sueldo y podría quedarse con una parte de las ganancias. Sin dudarlo, Julián Beltrán aceptó. Estuvo siete meses en la organización, ayudó a Tony a montar un casino de 22 máquinas tragamonedas en Itagüí y lo administró con juicio, ya que pasaba en las mañanas a revisar los contadores en las máquinas y presentaba las cuentas a Tony en las noches, a veces por teléfono y otras veces en persona. Tuvo la oportunidad de ver a Tony con algunos de los capos más grandes de Medellín, pero su socio nunca lo involucró demasiado en las partes más oscuras de su negocio. Tampoco lo invitaba a fiestas o a pasear en sus fincas.

La noche antes de su captura, Julián llevó las cuentas a la casa de Tony. Lo recibió en la entrada y llevaba una pantaloneta que usaba como pijama. La mañana siguiente, Julián salió de su modesto apartamento de soltero en San Lucas y fue a trabajar al casino como si no supiera nada. Ya tenía incluso su “plan de salida” para dejar su doble vida sin exponerse: iría esa misma noche a casa de la esposa de Tony –cuando ya se supiera de su captura–, le entregaría el dinero de las cuentas y le diría que no trabajaría más con su marido por miedo a ser involucrado en el caso. Habría sido así de haber salido todo de acuerdo con el plan. En vez de eso, Julián recibió por la mañana la llamada de su superior en Inteligencia: Tony se les había escapado.

–No se mueva, que de pronto le llega ahí al casino –le dijo su superior.
Julián obedeció, y antes del mediodía Tony llegó. Llevaba la misma pantaloneta y camisilla de pijama con las que Julián lo había visto la noche anterior. Se veía agitado, aunque no parecía querer decir nada.
–Don Tony, ¿cómo está? ¿Cómo amanece? –le preguntó Julián–.
¿Se le ofrece un tintico o una aromática?
–No, mijo, vengo de afán. ¿Cuánto hay de las máquinas?
–Aún no he hecho el recaudo –le explicó Julián.
Había que pagar unos premios antes de poder sacar las ganancias, por lo que Tony tendría que darle algo de tiempo. Julián se apartó un momento, sacó su teléfono donde Tony no pudiera oírlo y llamó a un número que conocía muy bien: el de su jefe en la sección de Inteligencia.
–Está aquí en el casino. ¡Háganle que acá está! –le dijo.

En minutos llegaron al lugar los agentes de la policía, en motos y con sus armas en la mano. Detuvieron a ambos hombres, pero solo esposaron al capo mientras le leían sus derechos.
En algunos casos se necesita que el agente se queme en juicio. No es usual, porque los fiscales hacen todo lo posible por no tener que llamar a testificar a los agentes, pero puede hacerse y muchas veces los jueces lo exigen. Eso le pasó a Julián cuando testificó en Estados Unidos contra Alberto Mejía, uno de los cómplices de Tony. Al ver a Julián en la audiencia Mejía se quedó frío, y cuando volvió a la cárcel le dijo a Tony que los tenían infiltrados. Tony supo perfectamente de quién se trataba. Lo volvió a ver años después de salir de la cárcel, cuando se encontró con él en un centro comercial de Medellín.

El tiempo no los cambió mucho. Aumentaron unos kilos y tenían un corte diferente de pelo, se pudieron reconocer al instante y conversaron. Tony le contó a Julián cómo intentaron extraditarlo a Inglaterra, pero lo evitó a través de una dura batalla legal; cómo uno de sus sobrinos estaba metido en el narcotráfico, muy a su pesar –lo asesinarían días después en Panamá sicarios de la Oficina de Envigado–. También le confesó que se merecía todo lo que le sucedió: una lección bastante dura, pero necesaria. Pusieron todas las cartas sobre la mesa después de varios años. Y quedaron así: sin rencores.

Rodrigo Rodríguez / Twitter: @ElPrincipote

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