Edición 124

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¿Se imaginan a alguien diciendo "ella estaba divina y todo estaba bien, pero cuando se quitó los pantalones y vi esos calzones... la pasión murió"?

Hablan de los calzones matapasiones. O sea, calzones que matan las pasiones. Los que hablan de ellos no saben de lo que hablan. No saben de la pasión ni de los asesinatos. No saben de nada. Ni de calzones saben. Saben, de pronto, de televisión. Porque así se resuelven las cosas en los programas malos de televisión. "Me iba a acostar con ella, pero sus calzones mataron mi pasión".

Es una tontería, pero quizás lo crean genuinamente. Igual que creen que saber de televisión es saber de la vida. Cuando no, son cosas muy diferentes la televisión y la vida. Como creer que las propagandas son la vida, cosa que no son. Ni de cerca. Lo de matapasión suena, primero, a matasiete, que es lo que le decían a un sastrecillo que mató a siete moscas de un golpe. Sastrecillo. ¿Quién dice sastrecillo? Nadie que uno conozca. Ni siquiera en la televisión y eso es mucho decir.

Si fuera un sastre enano, se le diría sastre enano. O sastre pequeño. O pequeño sastre. En ningún caso sastrecillo. Quizás los cuentos de hadas fueran la televisión del antes. Sólo que con profundidades y resonancias míticas.

En ese cuento, reclutaron al sastrecillo que mató siete moscas para matar un gigante. Y lo pudo matar, pero no por ser un matasiete, sino por tener suerte y por sentirse alentado por el amor de una princesa (bueno, no el amor, sino la promesa de matrimonio con ella, porque en los cuentos de hadas el amor y el matrimonio son lo mismo).

Acá podemos volver a los calzones y pensar que cuando el afortunado o la afortunada por fin ve los calzones del bienquerido, ese momento viene a ser, simbólicamente, igual al instante donde el sastre está de pie frente al gigante y a punto de matarlo. Es decir, es el momento de la verdad y ahí no hay calzón malo.

El calzón es el último obstáculo antes de alcanzar la piel de la o el amado, un obstáculo que es más simbólico que otra cosa, porque comparado con bluyines o medias veladas, con los calzones del ranchero que comienzan con lana y terminan en cuero, un calzón -para qué exagerar- no es obstaculizante.

Son como una cortina. Como la cortina que tenían los teatros frente al escenario y que se abría lentamente para descubrir, adentro suyo, el mundo imaginario de la obra. El mundo donde pasaban cosas. Entonces se abre la cortina y uno puede ver ese mundo de maravilla que nos esperaba, con sus peripecias y eventos y gente entrando y saliendo por los lados del escenario, amando, riendo, muriendo, de todo. La vida condensada.

Así, quejarse de los calzones es como quejarse de esas cortinas con las que comienza el espectáculo. ¿Qué clase de tontería es esa? Pero se hace. Y quizás suceda porque el espectáculo mismo resultó decepcionante. Así se buscan pistas anteriores, claves que debieron haberse leído para entender que todo sería decepcionante. Decir "claro, la obra era malísima y lo supe desde que vi las cortinas".

Aunque se sabe que la culpa no está ni en la cortina ni en los calzones, sino en otra parte. Aunque seguramente habrá calzones que genuinamente maten la pasión, aunque la marca del calzón, su corte, su diseño, su confección no tengan importancia alguna. Por ejemplo, encontrándolos excesivamente sucios. Con manchas de comida o de fluidos corporales. Excesivamente almidonados o con olores repelentes, a amoníaco o ácido sulfúrico.

Cualquiera de esas cosas haría titubear las pasiones de la gente, sacándola del momento. A menos de que eso estimule la pasión, que también sucede. Porque la pasión, como se sabe, es una criatura resistente que se adapta a las circunstancias, que se nutre del pasado y de las experiencias, y si ese pasado está salpicado de olores repelentes, de prendas almidonadas, de manchas de comida, la pasión se activará igual, o con mayor fuerza incluso.

Hablan de los calzones matapasiones, contrastándolos con las tangas, como diciendo que las tangas son lo contrario: alientapasiones, quizás. Tangapasión. Pero quienes así los definan deberían pensar qué tanta pasión despiertan las mujeres que se ven por ahí, sentadas en un andén, un prado o en una banca de parque, con el pantalón escurrido y la tanga visible, vuelta espectáculo para el mundo.

¿Es eso sexy? Si parece una lengua extenuada, saliendo de entre la ranura de las nalgas apretujadas por el pantalón. Si traiciona la interioridad de la ropa interior y la vuelve exterior. Aunque, claro, tiene, como todas las traiciones, algo atractivo. Y algo repulsivo. Tiene las dos cosas a la vez.

Pero es también una traición falsa. Porque a diferencia de los mal llamados calzones matapasión, las tangas están hechas para ser vistas, para meterse entre las nalgas, desde donde pueden mirarnos de vuelta, desde andenes, prados, bancas de parque, como retándonos, como sacándonos la lengua y esperando curiosos nuestra reacción.

¿Retándonos a qué? A ignorarlos. A hacernos los que no los hemos visto. A negar su existencia en aras de la civilización y el disimulo. "Hola, si nos conocemos muy bien, ¿no eras la que estaba agachada en el parque, mostrando la tanga azul cielo que se perdía entre tus nalgas apretadas y sudorosas?". Los otros calzones tienen la dignidad de su interioridad. Existen para sí mismos. Para el portador o la portadora. Y eso los hace, paradójicamente, más sexys. No buscan provocar, y, en su inocencia, resultan mucho más provocadores.

"A veces velar es revelar/y mostrar es esconder", decía John Logan en un poema del siglo XIX, hablando sobre sus compatriotas y resulta imposible no estar de acuerdo. Las cosas, en cuanto a tangas y calzones, no siempre han sido así. Hay tres libros en inglés sobre la historia de la ropa interior (dos de los cuales citan el poema de Logan) que uno puede consultar en la librería pública de Nueva York, ese edificio majestuoso que dos leones ceñudos guardan celosamente.

Lo que dicen es que los calzones eran escandalosos: las mujeres decentes no los usaban. En el siglo XV, Caterina de Medici los introdujo en Francia y durante un tiempo se les permitía usarlos a las muchachas nobles y atléticas que montaban a caballo y que, al usarlos, podían caerse preservando su decencia. Pero luego estuvo de nuevo mal visto y sólo en el siglo XVIII volvieron a utilizarse. De nuevo, la excusa era lo de los caballos (además del frío).

"Las mujeres han comenzado a utilizar una especie de pantaletas llamadas calzones, preocupadas por la decencia. Además de ayudarles a mantenerse limpias, y protegerlas del frío, evitan que sus caderas sean vistas si se caen de un caballo. Estos calzones también las protegen de jóvenes aventureros, porque si deslizan sus manos debajo de sus faldas, ¡no pueden tocar para nada su piel!", decía un comentarista de la época citado en uno de esos libros de historia.

Eran otros tiempos y otros calzones también. Bajaban hasta casi las rodillas y cada pierna era casi independiente, estaban unidas sólo por atrás y dejaban unas extrañas aperturas entre las piernas.

¿Mataban pasiones? Para nada. Las inflamaban, más bien. Pero las cosas cambian. ¿Quién dice ahora que los calzones son para evitar que les entre un frío a las muchachas? ¿O para que no queden mal al caerse de un caballo o bajarse de un auto? Nada de eso importa ya. A nadie le importa quedar mal. Quedar mal es el nuevo quedar bien.

Los tiempos han cambiado, pero la pasión sigue misteriosa. Y los intentos por explicar ese misterio siguen torpes y ciegos, como siempre han sido. Así, hablamos de los calzones matapasión. Se puede uno imaginar a los pobres hombres, reunidos en su orfandad de misterio, tratando de balbucear esa explicación. "No, ella estaba divina y todo estaba bien, pero cuando se quitó los pantalones y vi esos calzones, la pasión murió".

Los amigos del tipo de la pasión fallecida asentirán y reirán con simpatía. Y la pasión, que ve a los hombres desde arriba tratando de explicarla, también reirá. Y habrá otra risa más: las de los diseñadores, vendedores y distribuidores de calzones que cada mes tienen nuevos diseños, nuevos colores, nuevos materiales. De peluche, seda, algodón. A ver si comprando algo más, gastando dinero, siendo proactivo, la pasión revive.

Pero la pasión, que vive como se le da la gana y no depende de calzones ni de ausencia de calzones ni de nada, será la que ría de último y, así, reirá mejor. Sin importar que el chiste no lo entendamos acá abajo, que no lo entendamos nosotros, simultánemante portadores de calzones y víctimas de la pasión.

Por Manuel Kalmanovitz G. Fotografía Hernán Puentes

Modelo: Jeimy Paola Vargas // Maquillaje y pelo: Álex Ospina // Producción: Carolina Baquero // Asistente de producción: Isabel González // Agradecimiento especial: Hotel V

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