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Los 14 rockeros más fritos del siglo XX

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Esta lista, aunque se queda corta, hace un recuento de algunos de los músicos más "fritos" del último medio siglo.

Mientras los médicos hablan de hábitos saludables, muchas estrellas de rock –y, por qué no, de otros géneros– han encontrado en el alcohol y las drogas la fuente de la eterna juventud. Y hasta les da para publicar autobiografías que se convierten en bestsellers inmediatos.

Sly Stone (Texas, 1943)

En 1969, el líder de Sly & the Family Stone –la banda que reinventó el pop y puso de moda el black power– cargaba un estuche de violín repleto de drogas. Eso llevó a que lo dejaran de contratar porque los conciertos se convirtieron en un problema por culpa de los excesos de los músicos. Pero el estuche de violín siguió acompañándolo durante años y hasta se convirtió en una especie de fetiche para los fanáticos.

Su carrera se vino abajo y, a pesar del legado que dejó, hoy él ni siquiera recibe regalías por la reproducción de sus composiciones. En este momento, pasados los setenta años, Sly vive en la indigencia –aunque le queda algo de dinero para comprar cocaína– y sueña con volver a hacer música con un grupo de albinos “para evitar la discriminación racial”. El éxito está asegurado.

George Clinton (Carolina del Norte)

Hasta 2012, el papá del funk andaba con unos coloridos moños en el pelo, pronunciadas ojeras y ojos desorbitados. A los 62 años fue arrestado por posesión de crack en su automóvil y, aunque no lo aceptaron en el casting del reality Celebrity Rehab porque temían que tuviera un verdadero quebranto de salud, ahora sale en televisión vestido de corbata para luchar por los derechos morales de los músicos.

La marihuana, la cocaína y los ácidos hicieron parte de su dieta durante cincuenta años, algo que explica los interminables jams de Parliament. Su teoría de la liberación de la mente se concentró en los alucinógenos y varios de sus músicos sufrieron más de una sobredosis. El nombre artístico de su nieta es Sativa Diva, un claro homenaje a la marihuana que corre por el linaje familiar.

Keith Richards (Inglaterra, 1943)

El campeón de cualquier parranda ha llegado a extremos como esnifar las cenizas de su papá combinadas con cocaína –o, al menos, eso recuerda del día que cremaron a su papá–. El guitarrista de los Rolling Stones ha consumido todo cuanto ha podido, aunque le molesta que lo encasillen como a un drogadicto. Su problema no son las drogas sino la policía.

La primera vez que la autoridad quiso entrar a su casa en busca de alucinógenos, Richards tenía tanto LSD en el cerebro que pensó que se trataba de un grupo de enanos y, con toda amabilidad, los dejó entrar. Una caída de una palmera lo obligó a bajarle el voltaje, aunque también confiesa que “los rumores sobre mi sobriedad son un poco exagerados” y que está esperando a que se inventen algo mejor que el perico.

Eric Clapton (Inglaterra 1945)

Pasados los sesenta años, Clapton asumió una pinta como de Papá Pitufo, pero en sus mejores momentos se bebió océanos enteros de whisky y esnifó montañas enteras de cocaína –que pasaron a la historia en su clásico blues Cocaine–. La banda que lo lanzó a la fama, Cream, fue una de las abanderadas del movimiento psicodélico y, además del ácido lisérgico, por las venas de este virtuoso de la guitarra pasaron grandes dosis de heroína y otros opiáceos.

A principios de los ochenta, dio un concierto entero tirado en el piso, y como el público se encontraba en un estado similar nadie se quejó por el lamentable espectáculo. Admite que hacer música sobrio es bastante difícil. Hoy lidera una fundación que ayuda a la rehabilitación de diferentes adictos. Sin embargo, sigue cantando Cocaine.

Pete Townshend (Inglaterra, 1945)

El guitarrista de The Who es un sobreviviente: dos de sus compañeros de banda murieron de sobredosis y él está vivo de milagro. A mediados de los sesenta empezó a consumir drogas y alcohol sin control hasta que casi se muere en un viaje de ácidos: literalmente, en un avión, bebió unas gotas de LSD y se imaginó que la azafata era un cerdo y que su cuerpo se desdoblaba y que estaba atrapado… De otra fiesta recuerda haber hablado con el diablo en persona.

Para 1970 dijo que ya no estaba de acuerdo con la psicodelia, aunque seguía durmiendo con una botella de brandy entre los brazos. Diez años más tarde era adicto a la heroína y a la cocaína, pasó por las sobredosis, las rehabilitaciones y un poco más de drogas hasta que logró dejar de lado todo tipo de consumo en 1990.

Steven Tyler (Nueva York, 1948)

La cara –o, para ser exactos, la boca– de Aerosmith pasó un par de décadas de juerga, con las mejores groupies y la cocaína más pura. Tanto, que en el presupuesto de sus conciertos había un rubro dedicado al perico. El papá de Liv Tyler confesó alguna vez en una entrevista que “Perú queda en mi nariz. Me debo haber esnifado a todo ese país”.

Según él, para poder dar tres o cuatro conciertos seguidos en una semana era necesario oler todo ese polvo. Dice que lleva sobrio desde 1986, aunque tuvo que pasar por rehabilitación de medicamentos prescritos hace pocos años y sigue metiendo algunas pepas antes de componer nueva música. Su problema ahora es que parece El Gato con Botox: se volvió adicto a la fama y llega a extremos de decadencia como ser presentador de Miss Universo.

Ozzy Osbourne (Inglaterra, 1948)

Para nadie es un secreto que el mayor ícono del heavy metal ha tenido algunos problemas con el alcohol y las drogas. El cuento de que les arrancó las cabezas de un mordisco a un murciélago y a una paloma es más cierto que Papá Noel, según su propia esposa, que estaba sobria cuando él lo hizo. Entre otras maravillas de Black Sabbath, Snowblind es la mejor canción sobre la cocaína y Sweet leaf, una linda oda a la marihuana.

Después de cuarenta años de consumo, parece que Ozzy ya no quiere –ni puede– más. Sufre una enfermedad similar al párkinson, aunque los médicos aclaran que no tiene nada que ver con sus excesos. De hecho, creen que él fue bendecido con una condición genética que le permite aguantar la rumba más que otros humanos. Qué envidia.

Iggy Pop (Michigan, 1947)

Según él, sus problemas de cadera fueron causados por volar demasiado en clase económica, no por haber compartido casas, hoteles y hospitales psiquiátricos con Lou Reed y David Bowie. Junto a The Stooges, adquirió la linda costumbre de lanzar a las paredes la sangre que quedaba en sus jeringuillas, hábito que convirtió a su apartamento en un particular cuadro de expresionismo abstracto.

Duró décadas enganchado a la heroína y a los psicotrópicos más potentes, pero lleva al menos diez años sin siquiera beber alcohol. Parece que jugar al tenis desnudo fue su mejor terapia de rehabilitación, aunque hoy en día no se comporta como una hermanita de la caridad: sigue ahorcándose con el cable del micrófono y, entre las exigencias para su camerino, pide bebidas “con testículos adentro”.

Dave Mustaine (California, 1961)

Lo echaron de Metallica por “frito”. Su habilidad para pelear con el que se le atravesara lo convirtió en un tipo insoportable que no se pudo mantener en pie ni durante la primera gira de la banda. Con eso se podría cerrar este perfil, pero aún hay más: tratando de establecer a Megadeth, lo arrestaron por manejar bajo los efectos de siete drogas diferentes. Borracho –es decir, la mayor parte del tiempo– no era capaz de tocar guitarra y cantar al mismo tiempo.

Calcula que duró al menos veinte años dándole a la heroína hasta que encontró a Jesucristo y no lo suelta ni a cambio de una dosis vitalicia de metadona. Su nueva adicción le hace afirmar que el matrimonio gay no es bueno porque la Biblia lo dice y está convencido de que curó a una persona de cáncer gracias al poder de la oración.

Nikki Sixx (California, 1958)

Para que el baterista Tommy Lee –una madre superiora en el sentido Trainspotting– dijera que el bajista de Mötley Crüe era insoportable, es porque se trata de un tipo realmente podrido. Y no por usar maquillaje. Tuvo muchas sobredosis y, en una de ellas, llegó a quedar muerto durante unos minutos. Fue revivido por los paramédicos y al día siguiente sufrió una nueva sobredosis, solo que esta vez fue lo bastante cuidadoso como para dejar un mensaje en el contestador: “En este momento no puedo responder tu llamada porque estoy muerto”.

En su autobiografía, titulada Los diarios de la heroína, confesó que las groupies no eran su prioridad: primero dejaba entrar a los dealers en el camerino y, después, a las fanáticas. Lleva al menos una década sin drogas.

Scott Weiland (California, 1967)

Con el furor del grunge, Stone Temple Pilots fue una banda mediana. Su cantante fue el que los levó a ser célebres: compraba crack y heroína en la calle disfrazado de proxeneta, compartía hotel con la saludable Courtney Love –y no se suicidó–, lo atraparon manejando borracho y drogado ada mes, pasó varias veces por la cárcel y por centros de rehabilitación hasta que logró completar cuatro años sobrio. Entonces tuvo la genial idea de unirse a Velvet Revolver con Slash, el más “frito” de Guns ‘N Roses, y los “problemas familiares” lo llevaron de nuevo al alcoholismo.

Acabó esa banda y afirma que ya dejó las drogas, pero que todavía bebe de vez en cuando. Ahora trata de pegar en solitario con muy poco éxito. Esperemos que la depresión no lo lleve a protagonizar También recaerás.

Anthony Kiedis (Michigan, 1962)

El líder de Red Hot Chili Peppers lleva sobrio desde el año 2000 y ahora es un papá ejemplar, con músculos de modelo de calzoncillos. Sin embargo, probó la marihuana a los once años y, durante treinta más, le hizo a todo (hasta a Dave Navarro). Su papá, un actor de medio pelo en Hollywood, se ganaba la vida vendiendo drogas entre las celebridades de Sunset Boulevard y eso llevó a que Anthony conociera la heroína, las pepas y la cocaína cuando sus compañeros de escuela jugaban con carritos.

Confiesa que, antes de ser millonario, llegó a usar jeringas que encontraba en la calle y a limpiarlas con un calcetín. Debido a eso, se contagió de hepatitis C y necesitaba hasta siete dosis de morfina para curar el dolor. Décadas de uso constante lo volvieron tolerante a los derivados del opio.

Marilyn Manson (Ohio, 1969)

Alguna vez les recomendó a los jóvenes televidentes de MTV: “No usen drogas a menos que lo hagan conmigo”. Al inicio de su carrera cargaba un osito de peluche al que se le caía una pierna, que en realidad no estaba rellena de espuma sino de perico y heroína. El Anticristo Superestrella no tiene problema en inyectarse (no insulina) en público, aunque ahora que superó los cuarenta años diga que solo se droga cuando está de buen ánimo.

Si no se encuentra tan feliz, bebe absenta como si se tratara de agua Evian –tiene su propia embotelladora de absenta–, pierde el conocimiento en uno que otro concierto –y no es parte de su estrategia para impactar– y se pone a llorar cuando el mánager no le consigue coca. Sin embargo, cree que “no me gustan las drogas, yo les gusto a ellas”.

Pete Doherty (Inglaterra, 1979)

Saltó a la fama por su relación con la modelo Kate Moss y, después, con la cantante Amy Winehouse, dos grandes ejemplos de sobriedad. Para ser honestos, la música de The Libertines o Babyshambles no ha ayudado a su popularidad. En cambio, los arrestos por manejar borracho o robar a sus compañeros de banda y los escándalos cada vez que pierde los estribos –para ser exactos, día de por medio–, lo llevaron a convertirse en una celebridad.

En una entrevista admitió que antes de ser una estrella vendió drogas para poder mantener su adicción a la heroína y, en otra más reciente, que tendría que perder una mano para dejar las drogas, aunque parece que dejó de inyectarse. No hace mucho, lo echaron de un centro de rehabilitación porque era una pésima influencia para los demás pacientes.

Por: Daniel Páez

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