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La increíble historia del caballo clonado

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Terremoto, el caballo de paso fino más importante de todos los tiempos en Colombia y que hizo suspirar a Roberto Escobar, el hermano de Pablo, y a todo el clan de los Ochoa, fue clonado.

Terremoto de Manizales fue el caballo que hizo suspirar a Roberto Escobar, el hermano de Pablo Escobar, y a todo el clan de los Ochoa. Para los entendidos en el tema, ha sido el caballo de paso fino más importante de todos los tiempos en Colombia.

Su leyenda fue todavía mayor, porque en una venganza de los Pepes, fue castrado para que nunca tuviera descendencia y la gracia de sus pasos quedara perdida para siempre. Pero en una historia macondiana, un veterinario tomó muestras de piel de su pecho y las envió a Canadá en un periplo que terminaría en un laboratorio en Texas. Esta es la increíble historia del clon de Terremoto.

¿Puede copiarse a un campeón?

Ese día de verano, Terremoto apareció amarrado de un árbol en la glorieta de la Aguacatala, en pleno barrio El Poblado de Medellín. Estaba castrado y junto a él había un pedazo de madera en el que podía leerse: “Lo devolvemos al terrible Roberto Escobar y su hermano”. Era 1993. El caballo tenía siete años y unos ciento setenta hijos.

Cinco semanas antes, hombres enviados por los Pepes habían ido hasta la finca La Loma, en Envigado, y habían secuestrado al caballo. Miembros de la misma banda llegaron hasta Asados Juan, en la avenida Las Vegas, y asesinaron a Óscar Cardona, un prodigioso montador que había sido formado en las fincas de Fabio Ochoa Restrepo, el padre del clan Ochoa.

Cardona era famoso en el gremio equino por su forma de montar y exhibir los caballos. Era simpático y hablador, y uno de los pocos que se atrevía a desafiar a “don Fabio”, como era conocido el padre de los Ochoa. Todavía algunos recuerdan una exposición de finales de los ochenta en la feria Agroexpo, en Bogotá. Cardona montaba a Rescate, el padre de Terremoto, y su dueño, “don Fabio”, gritaba desde la orilla de la pista para que el montador lo “recortara”, una expresión que se usa para referirse a la acción de tensionar las riendas hasta que el caballo se apoye en el freno y ejecute el paso fino en cuatro batidas cada vez más cortas y veloces.

Era tanto el desespero de “don Fabio”, que Óscar Cardona detuvo el caballo y le gritó: “Venga y lo monta usted mismo pues”. Cardona no solo era audaz para montar caballos, también lo era para arriesgar la vida. Terremoto, que esa mañana de verano había sido abandonado en una glorieta de Medellín, moriría años después del asesinato de Cardona. Antes de que brillara para él la luz perpetua, sus dueños quisieron acercarlo a la eternidad.

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Eduardo Peláez es un hombre delgado y estrecho de hombros que siempre parece molesto (cuando no está riendo). Sus cejas son dos arbustos negros y hay algo en su rostro que añora el bigote que tuvo hace unos años. Es escritor y uno de los criadores de caballos de paso fino más conocido y respetado en Colombia.

Aquel día de noviembre, Peláez organizó un viaje para ir a conocer el clon de Terremoto de Manizales. Iba con Hernán Mejía, un hombre con el que tiene una amistad de forma geométrica en la que el tercer ángulo se llama Manuel Mejía Vallejo, el autor de La casa de las dos palmas. Manuel ya está muerto, pero su presencia los acompañó todo el camino en forma de recuerdo, una versión efímera de la inmortalidad.

En el mundo de los caballos, Peláez pasó a la historia por haber propiciado a Vitral de El Salado, el mejor hijo de Terremoto, que está tan muerto como el autor de Aire de tango. Ser el criador de Vitral es un pasaporte que le permite pasar todos los portones de los criaderos y le abre la puerta de cualquier pesebrera.

Unos días antes de su viaje para conocer al clon, Hernán Mejía había exhibido por primera vez a Energía, una yegua de treinta y seis meses que es tataranieta de Terremoto por ambos padres. El viaje era para ellos algo así como uno para conocer el clon de Manuel Mejía Vallejo. El símil es válido: la emoción de ver a Manuel Mejía Vallejo caminando hacia ellos es equiparable a la de ver a Terremoto de Manizales ensillado y ejecutando los cuatro tiempos del paso fino.

Mientras viajaban, Peláez y Mejía conversaban sobre caballos. Los dos caminaban seguros, como dos caballos finos haciendo paso fino por una pista sonora en la que unos se oían mal y otros bien. Hablaban de animales reunidos e isocrónicos. De yeguas timbradas y patudas. El lenguaje se alargaba y encogía en el ambiente equino, como si se tratara de clones de palabras que crecían en un hábitat diferente del de su molde original. Los dos hombres querían ver una copia genética del semental que más habían admirado en sus vidas. En apenas unas horas estarían frente a él.

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La carretera se abrió en un inmenso valle y Peláez y Mejía siguieron hablando de caballos. Dulce Sueño, del criadero Lusitania, un caballo avaluado en varios miles de millones de pesos, es el nuevo gran semental. Los dos hombres discutieron sobre lo que significaría su éxito comercial para la raza (vende cientos de pajillas al año a diez millones de pesos, la preñez asegurada). Los nuevos caballos finos son más rápidos que nunca, ejecutan más de setecientas pisadas por minuto en un compás de cuatro tiempos, como si atravesaran un campo de brasas ardientes.

Dulce Sueño le ha dado potencia a esas pisadas y eso hace que sus hijos sean “sonoros” cuando pasan por la pista dura (un camino tablado, con micrófonos para amplificar el sonido). Para aumentar el volumen de las pisadas, los caballos finos de la raza de Dulce Sueño flexionan las rodillas y los corvejones un poco más que los de otras familias. Al descargarlas, la fuerza de pisada es mayor. A Peláez y a Mejía esta característica les parece de mal gusto, pues los caballos finos empiezan a parecerse en el movimiento a los trochadores (otro andar de los caballos colombianos) y son menos suaves al momento de montarlos.

Terremoto era la antítesis de esta forma de caminar. Sus pisadas milimétricas iban sucediéndose en una cadencia suave y armoniosa en la que las rodillas delanteras apenas se flexionaban. El resultado era la suavidad suprema. ¿Por qué asombra tanto a estos hombres la manera de andar de un caballo? ¿Cuál es el encanto de unas pisadas?

Antes de Terremoto, reinaban en el paso fino Resorte III y Resorte IV. Sus movimientos eran más bruscos, en buena parte por la forma en que flexionaban las rodillas. Cuando apareció Terremoto, a finales de la década de 1980, la raza evolucionó a una forma más delicada y pulida de andar, y los jinetes empezaron a lucir estáticos sobre los lomos lustrados de los caballos. Peláez y Mejía viajaban ese día de noviembre para ver de nuevo al caballo que les había cambiado la vida y que la guerra de la mafia había convertido en un caballo capón, un caballo al que le habían cercenado la eternidad.

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Unos años atrás, en 2007, un paquete llegó al criadero. Adentro había cuatro recipientes con un líquido y una tarjeta con cuatro círculos. Terremoto caminaba libre y castrado por los alrededores de las pesebreras sin saber que se acercaba a la eternidad. Tenía veintidós años. Era un caballo anciano. El veterinario pidió que lo amarraran. Lo rasuró en pequeñas zonas del pecho y el cuello, y se dispuso a efectuar las biopsias. Después metió las muestras de piel en los cuatro frascos llenos del “medio”, como llaman los científicos al líquido en el que las células pueden vivir por fuera del cuerpo que las ha creado.

En los cuatro puntos que traía la tarjeta, depositó el mismo número de gotas de sangre. Con ellas se crearía una cédula genética que diría quiénes eran la madre y el padre del animal, el llamado proceso de genotipificación. El clon sería de Rescate y María Luisa, los padres de Terremoto.

El kit con las muestras celulares, sumido en gel refrigerante, viajaría por correo hasta Canadá. Allí, de entre los millones de células de Terremoto que había en los recipientes, aislarían una sola para extraerle el núcleo, el banco que contiene toda la información genética de un individuo. Cada célula sabe cómo debe crecer el cuerpo al que pertenece, de qué color deben ser la piel, los ojos y el pelo. Cada célula tiene un código que dice qué tan alto será ese individuo, si ha de ser gordo o flaco. Cada célula tiene las instrucciones completas.

En Canadá tomarían un óvulo de alguna yegua de sacrificio y le extraerían el núcleo para que no quedara rastro genético de su dueña. En ese óvulo vacío y sin núcleo insertarían el extraído de la célula de Terremoto y formarían una nueva que activarían con una pequeña descarga eléctrica, simulando el impulso inicial de la vida. En cuanto esta nueva célula comenzara a hacer mitosis (a dividirse sucesivamente), se formaría un embrión que viajaría otra vez por correo hasta el laboratorio Viagen, en Amarillo, Texas, donde sería dispuesto en el útero de una yegua receptora y allí empezaría a tomar la forma de un caballo: la forma de Terremoto, del clon de Terremoto.

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Peláez y Mejía debieron esperar unos minutos en la puerta del criadero para que les abrieran. El calor de las tres de la tarde podía verse desde el interior del carro, hecho de una atmósfera artificial por cuenta del aire frío que salía por las rendijas del tablero.

Mejía estaba a punto de conocer, como si lo hubieran traído del más allá, al doble tatarabuelo de Energía. Peláez, por su parte, se aprestaba a sentir la emoción de veinte años atrás, cuando vio por primera vez a Terremoto, el día que le ganó a Cancionero, la estrella de ese entonces. Reviviría el impulso que lo llevó a decidir que haría preñar a su mejor yegua con el semental, y su emoción partiría esta vez de la certeza: del recuerdo del día en que nació Vitral, el campeón mundial de 1999, en Tampa, el caballo que crió en su finca El Salado.

Un muchacho negro de ojos tristes abrió las puertas. Adentro, una construcción albergaba no menos de veinte pesebreras. Al fondo, a mano derecha, podía verse el picadero y, a unos metros, un tronco dispuesto sobre dos pequeñas columnas que servía para amarrar los caballos.

Un hombre joven los atendió en cuanto se bajaron del carro. Era el veterinario. Mientras traían al caballo, Peláez discutió con él la nueva disposición de la Federación Colombiana de Asociaciones Equinas, Fedequinas, el máximo organismo regulador de la cría de caballos criollos. Aunque en un principio la federación había aceptado la posibilidad de que hijos de clones fueran registrados y pudieran participar en competencias juzgadas, unos días antes del viaje se echó abajo la decisión inicial. Los hijos de la copia genética de Terremoto no podrían ser registrados. Eso hacía improbable que algún criador decidiera preñar sus yeguas con el clon.

Peláez insistía en que era una tontería. En la actualidad, los criadores recurren cada vez más al trasplante de embriones como sistema de procreación. Tener el hijo de un caballo que le gusta al criador es fácil: solo hay que comprar el semen. Pero ¿cómo hace alguien para tener el hijo de una yegua que admira pero que no es suya? En estos casos, el comprador encarga un embrión hecho con el semen del caballo que quiere y un óvulo de la yegua que admira. Una vez formado el embrión, lo ponen en una yegua receptora, una nodriza ignorante de que el hijo que tendrá no guarda ni una pizca de sus genes. ¿Por qué no se puede entonces aceptar la cría mediante clonación?

Peláez estaba a minutos de ver el clon de Terremoto y poco le importaba lo que dijera la federación. Si el clon fuera igual al original, le pondría una de sus yeguas. Para él, se trataba de una obsesión estética, no de un cálculo pragmático. Haría lo que fuera por volver a ver un caballo como Vitral. Además, decía que si la ciencia había sido capaz de hacer posible la clonación de caballos, pronto la de humanos sería una realidad. Entonces, se mandaría a hacer un clon de sí mismo. Sería lo más parecido a la inmortalidad.

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Los padres de Katie condujeron durante más de seiscientos kilómetros al enterarse del accidente. Su bebé había ido a pasar vacaciones con una prima que quería estar con ella. El carro en el que iban las dos se estrelló contra otro en la carretera y ambos quedaron como dos fuelles. Katie murió de inmediato. Mientras se dirigían a la morgue, la madre de Katie recibió una llamada de su hermana, una estudiante de medicina. Le recomendó que tomara muestras de tejidos y de sangre del cadáver de su hija. La madre, confundida, hizo lo que dijo su hermana.

Seis semanas después, las muestras del cuerpo de la niña llegaron a un laboratorio secreto del doctor Panayiotis Zavos, el hombre que en 2004 había anunciado la creación del primer embrión de un ser humano clonado. No solo había que lograr que la célula empezara a hacer mitosis, sino que había llevado el embrión a un nivel de desarrollo suficiente para transferirlo al útero de una mujer. Cuando lo han entrevistado para confrontarlo, Zavos se defiende diciendo: “Yo no soy Dios, solo hago el trabajo de Dios. Entre jugar a ser el diablo y jugar a ser dios, prefiero lo último”.

A pesar de que el embrión creado con los tejidos de Katie llegó a un punto importante, nunca evolucionó lo suficiente para convertirse en un feto. Hasta ahora, Zavos no ha logrado hacerlo con ninguno de sus embriones, pero sigue trabajando en ello. Cuando un periodista de Discovery Channel le preguntó a la madre de Katie si pretendía crear de nuevo a su hija, la mujer respondió: “Si pudiera lo haría, pero no creo que sea posible. Lo que sí trato de hacer es darle una presencia biológica en este mundo”. Para ella, como para Eduardo Peláez, la clonación se parece a la inmortalidad.

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Un muerto miraba a Eduardo Peláez y a Hernán Mejía. Tenía cuarenta meses y ningún hijo. El mismo muchacho de ojos tristes que les había abierto la puerta lo tenía del cabestro. Peláez se acercó hasta él y le acarició el cuello aterciopelado. El manto alazán y las crines naranjas eran las mismas del caballo que habían conocido dos décadas atrás.

Tenía una pequeña diferencia en las manchas blancas que cubren sus patas. Terremoto tenía una pinta en la mano derecha, su clon tiene pintas en las dos manos. Su mirada era cálida y digna, como si ese potro de cuarenta meses supiera que los campeones actuales llevan todos su sangre. Peláez parecía un niño que ve por primera vez a Mickey Mouse en un parque de diversiones. “Voy a hacer una locura y se lo voy a poner a una yegua”, dijo. Sus ojos tenían destellos alucinados. Ahí estaba otra vez Terremoto, el padre de Vitral, que ya estaba muerto y enterrado. Otra vez la ilusión de repetir el mejor episodio de su vida, una quimera.

Hay un instante que parece darle sentido a la vida de cada ser humano, unos segundos que justifican el hecho de haber nacido. Su potencia radica en el hecho de ser irrepetible, imposible de clonar.

La idea era ver al clon ensillado. Peláez y Mejía querían oír otra vez el paso corto y explosivo de Terremoto de Manizales. Entonces lo mandaron a enjaezar. El mismo que lo tenía de cabestro le pasó un cepillo por todo el cuerpo para quitarle el polvo y el aserrín de la pesebrera, le puso una alfombra y luego la montura sobre ella. Cuando acabó, reemplazó el cabestro por una cabezada que hacía juego con la que cargaba el freno. El caballo recibió los fierros en la boca y mascó. Sus orejas eran atentas, las movía adelante y atrás, esperando cualquier señal.

Peláez y Mejía siguieron al caballo, que a su vez seguía al muchacho de ojos tristes hacia el picadero. Lo vieron entrar y esperaron en la puerta mientras el jinete trataba de montarse. El caballo piafó y se movió inquieto antes de que pusieran un pie en el estribo. Un instante después, el muchacho estaba montado y le dio la primera orden al caballo para que empezara a moverse.

Peláez y Mejía lo vieron moverse en la oscuridad del picadero circular. Cuando salió de allí, pasó en un pasitrote desganado hacia el otro lado del criadero. Después giró a la izquierda y se perdió por una estrecha carretera destapada.

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El clon de Terremoto es tan imponente como su original, pero ha vivido en un entorno diferente. Para hacerlo igual al que nació de un cruce entre un caballo y una yegua, habría que clonar también a Óscar Cardona para que lo montara. Y para que Cardona fuera tan buen montador como el original, tendría que formarse en las pesebreras de “don Fabio”, y entonces habría que clonar a este último para que fuera otra vez un hombre rico al que le gustan los caballos… Al final, los planes de los hombres resultarán un desastre.

Cada individuo tomará el rumbo que mejor le parezca, y el clon de “don Fabio” podría ser un peluquero gordo y Cardona un ingeniero de sistemas dicharachero y espontáneo. El clon de Peláez, por su parte, odiaría los caballos y le parecería inaudito que alguien haya gastado ciento cincuenta mil dólares en la creación de un clon para repetir un caballo que ya es una pieza de museo.

Fotografía: Archivo particular

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