Edición 138

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El primer mundial de Colombia

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Tres partidos contra Uruguay, la URSS y Yugoeslavia en Chile 1962 que crearon las primeras leyendas de la selección, como el gol olímpico de Marco Coll y el empate con los campeones de la Eurocopa.

 Ya casi van a ser las seis de la tarde. A través de un ventanal se asoman algunas estrellas en esta ciudad de cielos oscuros. El próximo 27 de febrero Efraín “el Caimán” Sánchez, arquero de la selección Colombia en el Mundial de Chile 1962, cumplirá 92 años. Su pelo claro se ha vuelto ceniza. A veces sus recuerdos son nítidos y otras veces se vuelven elucubraciones que terminan en frases repetidas. Estamos en el apartamento del Caimán en el barrio La Colina, en Bogotá. Al Caimán le dieron ganas de hacer una llamada.

–Jaqui, haceme el favor y alcanzame el celular.

Pide el Caimán a su hija, sentado en la silla de la sala donde conversamos. Y Jaquelín, la tercera de seis hijos, le pasa el teléfono. Jaquelín no se acuerda de nada del mundial del 62 porque apenas tenía cinco años, pero dice que en cuarto de bachillerato hizo un trabajo para su clase de historia en donde entrevistó a casi todos los jugadores que fueron a Chile. Por eso sabe que Adelmo “Achito” Vivas, a quien el Caimán le dio por llamar, tapaba para el Pereira y fue arquero suplente en el mundial.

–Aló.

–Aló, ¿quién habla? –pregunta el Caimán.

–¿A quién necesita? –dice una mujer al otro lado de la línea.

–A Achito.

–¿Quién lo llama?

–Efraín Sánchez.

–Un momento.

–Aló –dice Achito.

–Hermano.

–Hermano, me alegra saludarte

–¿Cómo estás?

–Bien, hermano.

–¿Dónde estás Achito?

–En Cali.

–Achito, ¿es cierto que Maravilla tiene alzhéimer?

–No sé, hermano. Yo he hablado con él y está bien. Está en Buenaventura.

Presencio la conversación entre Achito y el Caimán y me es inevitable imaginarme la misma llamada de James a Falcao en unos años. Me es inevitable pensar que los años pasarán. Que ellos también crecerán. Que la vida es un suspiro.

Achito y Caimán también fueron jóvenes. Y unos arqueros de padre y señor mío. El tipo que tengo al frente, que ahora se quita un aparato que tiene en su oído derecho para oír mejor (con el propósito de oír mejor), que tiene un daño irreparable en su columna, que necesita un bastón para caminar, fue el responsable de demostrarle al mundo que en Colombia los porteros volaban de palo a palo.

En el Suramericano de Guayaquil de 1947, Efraín “el Caimán” Sánchez, que usaba un buzo rosado con el número uno, pantaloneta y medias blancas, fue sensación: “Cortaba centros e iba bien abajo; achicaba el ángulo y volaba como un águila”, cuenta el periodista Hernán Peláez. Y entonces René Pontoni y Nicolás Guisarri, delegados de San Lorenzo de Almagro –de ese San Lorenzo al que alentaba el futuro papa, un tal Jorge Bergoglio, desde la tribuna– pensaron que ese señor de buzo rosado tenía que atajar con el Ciclón. Y se va el Caimán para la Argentina. Y sus atajadas comienzan a hacer fama. Y Adolfo Pedernera, que para ese entonces jugaba con River Plate, no tarda en percatarse del talento del Caimán. Y el fútbol, que es un juego de ida y vuelta, hace que Pedernera termine viviendo en Colombia: primero como jugador, gracias a una jugosa oferta de Alfredo Di Stéfano para alinear con Millonarios, y luego como director técnico, cuando Di Stéfano junto con otros directivos de la Federación Colombiana de Fútbol piensan que no hay nadie mejor que Pedernera para intentar lo imposible: dirigir a la selección nacional para clasificar al mundial de Chile.

“Con Pedernera nos conocíamos hace tiempo. Habíamos compartido en muchos lugares. Cuando llegó la eliminatoria contra Perú yo tapaba en el Atlas de Guadalajara. El Maestro –como llamaban a Pedernera– me llamó para que nos encontráramos en Palmira, donde sería el lugar de la concentración. Después nos fuimos para Bogotá”, me cuenta el Caimán con su dejo costeño y emocionado al recordar.

Desde hace unos minutos Xiomara Hernández se ha sumado a la conversación. Xiomara es una barranquillera dulce, tranquila. Su pelo blanco y su sonrisa constante generan la ternura de una abuela. Cuando el Caimán no me oye, ella está atenta y repite la pregunta, sorprendentemente, en un tono mucho más bajo y apacible. Ella sabe cómo hablarle al Caimán porque lo ha hecho desde hace más de 72 años. El próximo 12 de febrero cumplirán 70 de casados y se hablan y se acarician y se consienten y se comprenden como en una relación de novios que recién comienza.

Como la más fiel de las hinchas, Xiomara acompañó al Caimán a todas las ciudades donde los llevó el fútbol. Soportó el frío bogotano cuando el Caimán jugó para Santa Fe, lo esperó en un viejo hotel en Buenos Aires cuando jugó en San Lorenzo y en el desolado apartamento de Guadalajara cuando lo hizo para el Atlas. Eso sí, nunca en el estadio, o muy poco. Prefería evitarlo desde aquella vez que lo acompañó a un partido, recién casado, en el que el Caimán tuvo una pésima noche y le anotaron cuatro goles. “La gente lo chiflaba y yo les oía decir: ‘Caimán tapa mal desde que se casó’. Ese día vi que esto no era para mí porque me ponía muy nerviosa”. Sin embargo, estuvo a su lado en la eliminatoria contra Perú el día que se logró la anhelada clasificación. Esa, nadie se la quería perder.

Para el Mundial de Brasil 2014, la Compañía Pacific Rubiales invitó a todos los familiares de la delegación de la selección Colombia a Brasil. Las treinta esposas y madres estuvieron hospedadas en los mejores hoteles y en primera fila de la mejor tribuna en todos los partidos. Pero en 1962, en Colombia muy pocos le invertían al mercadeo en el fútbol. El mayor provecho lo sacó la Cervecería Andina, que puso a modelar al Mono Tovar y al Cobo Zuluaga para un comercial de televisión en el que la pareja de volantes de marca repetían una contundente frase: “Yo prefiero Cerveza Andina”.

Y como nadie pensó en invitar a las esposas de los jugadores al mundial, a Xiomara no le quedó otra que sumarse a un grupo de personas que despidieron a los héroes que habían logrado la clasificación y que iban dispuestos a demostrar que Colombia ya no sería más la Cenicienta.

Los partidos de la eliminatoria contra Perú fueron toda una proeza. Nadie apostó por Colombia. Venezuela no participó, Brasil estaba clasificado por ser el campeón vigente y Chile por ser el anfitrión. Los tres cupos restantes para Sudamérica se jugaron en partidos de ida y vuelta: Ecuador vs. Argentina, Bolivia vs. Uruguay, Colombia vs. Perú.

La llave de Colombia y Perú tenía un claro favorito y no éramos nosotros. La sólida selección peruana de Marcos “el Oso” Calderón nos había ganado 4-1 en el Suramericano. Perú, incluso, sin convocar a los que jugaban en el exterior, ya era un seguro clasificado para los organizadores del mundial, tanto es así que le habían asignado la ciudad de Arica como sede, en la frontera entre Chile y Perú, contando con que miles de peruanos acompañaran a su selección.

Marino Klinger, delantero.

Pedernera, ya como DT, sabía que con el Caimán en el arco podía dormir tranquilo y realizó un acucioso trabajo para buscar a los demás jugadores. Colombia atravesaba un proceso de formación en el fútbol que hasta ahora no registraba ninguna actuación internacional favorable y, para la prensa peruana, aparte de Pedernera y Sánchez nadie más existía. Sin embargo, jugadores talentosos era lo que había: Delio “Maravilla” Gamboa, por ejemplo, llevaba dos temporadas en México catalogado como el mejor jugador extranjero; Francisco “Cobo” Zuluaga, Carlos “Copetín” Aponte, Hernando “Mono” Tovar, Jaime Silva, Héctor “Zipa” González y Jairo “Niño” Arias de un Santa Fe que venía de ser semifinalista de la Copa Campeones, hoy Copa Libertadores; Marino Klinger, Germán Aceros, el Loco Serrano, Eusebio Escobar y otros grandes jugadores que atravesaban un buen momento en el torneo local completaron la plantilla. “Nos llamaron a varias concentraciones, al principio el grupo era de más o menos 40 y poco a poco fuimos quedando los 22. El sueño de todos era jugar en la selección”, cuenta Hernando “el Mono” Tovar, desde la Taberna del Rey Arturo, un ameno bar-restaurante en la calle 93 con carrera 16, en Bogotá, donde se celebran tertulias futboleras desde 1978. Después de su retiro del fútbol como jugador y entrenador de divisiones menores, el Mono le apostó a este lugar en el que cada rincón cuenta la gloriosa historia de Colombia en el Mundial del 62 y del Santa Fe de los años cincuenta y sesenta.

Jugadores de esta convocatoria, como Delio “Maravilla” Gamboa, marcarían historia en el fútbol colombiano. Cuando Maravilla regresó de México, fue tetracampeón consecutivo con Millonarios (1961, 1962, 1963 y 1964) y en 1966 fue campeón con Santa Fe en un dúo de ensueño al lado de Alfonso Cañón. Al igual que Maravilla, Marino Klinger inmortalizó su historia con Millonarios por conseguir seis títulos y por ser el tercer mayor goleador de la historia del club. En Buenaventura, su ciudad natal, se inmortalizó su nombre, no tanto por los logros con los azules, sino porque anotaría el gol más importante de la historia de Colombia en el mundial que se disponían a jugar.

 

La eliminatoria

El primer partido contra Perú se jugó en Bogotá. Dicen que Pedernera se puso la camiseta de detective secreto e investigó hasta los tuétanos a Perú. Según la leyenda, una ruana y unas gafas negras lo ayudaron a pasar inadvertido en el entreno de los peruanos previo al encuentro. Con una alineación 4-2-4 y 15.000 espectadores en las tribunas del estadio El Campín, el 30 de abril de 1961 Colombia le ganó 1-0 a Perú. El gol llegó a los 35 minutos, gracias a Eusebio Escobar o “nuestro Pelé criollo”, como le decía el Loco Serrano. Con ese gol, Escobar  confirmó por qué era uno de los mayores goleadores en toda la historia del fútbol colombiano, con 156 anotaciones. Según la prensa local, Efraín “el Caimán” Sánchez fue la figura. La ilusión estaba viva.

Esa noche, todo era alegría en el hotel San Francisco en el centro de Bogotá, donde la selección estaba concentrada y prepararía su viaje a Lima. Allá llegaron la prensa, los amigos y, claro, Xiomara con sus hijos. El Caimán estaba contento, no solo por su actuación y la victoria, sino también por la ilusión que le generaba ir a visitar a sus amigos peruanos con quienes había jugado en Colombia. En especial, al delantero Valeriano López, para muchos el mejor
cabeceador de Perú en toda la historia. Valeriano jugó en Colombia con el Deportivo Cali y todavía es recordado por su hattrick en la goleada 6-1 del Cali sobre el encopetado Millonarios de Di Stéfano y Pedernera. La fama de Valeriano llegó hasta Europa y fue entonces cuando Santiago Bernabéu, en ese entonces presidente del Real Madrid, vino a Colombia para ficharlo con los merengues. Valeriano, sin embargo, no quería estar lejos de su familia y rechazó la oferta. Alfredo Di Stéfano fue el plan B de Bernabéu.

Lo que estaba oculto en la historia de Valeriano era su amor por el aguardiente y los cigarrillos Pielroja, amor que el Caimán se encargaba de alimentar cada vez que se veían. Por eso, esa noche, Xiomara llegó al San Francisco con la maleta del Caimán, la estampita de la Virgen del Perpetuo Socorro –de la que son devotos–, dos botellas de aguardiente y una caja de Pielroja que su esposo le había encargado para llevarle a su amigo peruano. Pedernera, sabio como ninguno, sabía que la euforia del triunfo podría generar desorden en sus muchachos, así que no se quitó la gabardina de detective e investigó quién tenía intención de emborracharse. A las diez de la noche, Pedernera citó al Caimán y al mediocampista el Loco Serrano en el comedor del hotel. Al Caimán le había encontrado el aguardiente y al Loco una caja de champaña que ahora esperaba sobre la mesa. Pedernera los sentó al frente y los obligó a tomarse un trago con él. “Nosotros no entendíamos bien lo que pasaba ni nos dejó explicarle. Yo llevaba el aguardiente de regalo, el Loco sí se iba a tomar la champaña”, señala sonriente el Caimán. Y entonces Pedernera, que lo que buscaba era no celebrar todavía y que sus jugadores estuvieran concentrados y con los pies en la tierra, brindó y los obligó a tomarse un trago a cada uno como una manera de demostrarles que los felicitaba por el triunfo, que confiaba en ellos y que a Lima iban con la firme convicción de conseguir un cupo en el Mundial de Chile.

Ya en Perú las cosas salieron como estaban planeadas. El Caimán le entregó el regalo a Valeriano en un asado en la zona de Callao que le ofrecieron sus amigos peruanos, que además estaban convencidos de que remontarían la llave. A pesar de la insistencia de los peruanos, Caimán’no se tomó ni una cerveza.

El 7 de mayo, en el estadio Nacional de Lima, Colombia salió al campo con una bandera de Perú lo que provocó la ovación de los hinchas locales. La selección jugó con camiseta azul y pantaloneta blanca, y Caimán atajó con buzo amarillo.

Las cosas no comenzaron de la mejor manera. Faustino Delgado igualó la serie a los tres minutos mediante un tiro penal, pero Héctor “el Zipa” González empató con un gol de cabeza en el minuto 24. Así se mantuvo el partido, con el Caimán atajando todo lo que llegaba al arco. incluso el Loco Serrano pudo anotar el segundo al final del encuentro, pero falló un penal. Mas eso era lo de menos, la igualdad era suficiente: por primera vez en la historia Colombia clasificaba a una Copa del Mundo.

 

Rumbo al mundial

Son las siete de la noche del 12 de junio de 2014. Hace algunos minutos terminó la última práctica de la selección Colombia antes de su debut en Belo Horizonte contra Grecia en el Mundial de Brasil. La temperatura es agradable: ni frío ni calor. La sede del equipo profesional de São Pablo, en el municipio de Cotía, a 43 kilómetros de la capital, es tal como la quería el cuerpo técnico: aislada, hermética, segura. Más silenciosa que las piedras. El profe Pékerman habló de la necesidad de estar unidos y de lo importante que es ganar el primer partido. “El primer partido es una final”, dijo. Cuando terminó el entreno, James y Ospina fueron los últimos en salir tras de una ronda de cinco penales. Ospina atajó tres. James, a su turno, atajó uno. Apostaron cincuenta dólares. Un par de horas después, los muchachos pasaron a cenar un menú preparado por el chef César Augusto García, quien los acompaña y alimenta adondequiera que vayan: papas. fideos, verduras, carne. Se respira ilusión en el ambiente, pero pocos se imaginan lo que pasará después.

Selección colombia de 1962. De izquierda a derecha y de pie: Adolfo Pedernera, entrenador; Francisco Zuluaga, Carlos Montaño, Eusebio Escobar, Ignacio “Velitas” Pérez, el Zipa González, Efraín Sánchez, Jaime “Charol” González, Delio “Maravilla” Gamboa, el Pibe Díaz, Ignacio Calle y Aníbal Alzate; agachados: Canocho Echeverry, Carlos Aponte, Orlando Serrano, el Cuca Aceros, Marco Coll, Jairo Arias, Jaime Silva y Óscar López

52 años y 12 mundiales atrás se vivía una escena similar. A las seis de la tarde del 21 de mayo de 1962, terminó la última práctica de la selección Colombia antes de su debut contra Uruguay en el Mundial de Chile. La temperatura era fría. Helada, dirían algunos. El batallón de Infantería de Usaquén, en Bogotá, se había acomodado a lo que quería Pedernera: un lugar aislado, hermético, seguro. Más silencioso que las piedras. La fórmula 4-2-4 (cuatro defensas,
dos volantes de marca y cuatro atacantes) era la que más se entrenaba. Generalmente los jugadores, y en especial el defensa Cobo Zuluaga, se quedaban después de las prácticas entrenando penales y tiros libres con Achito y el Caimán. A los caleños les gustaba jugar cartas en los ratos libres y a los bogotanos, como dice el Mono Tovar, “echar cháchara”. El chef de la época era Carlos Yamhure, quien los alimentó en el batallón durante esos tres meses. De cuando en vez, salían a los teatros de Chapinero a ver las películas de moda.

Germán “el Cuca” Aceros, otrora delantero del Bucaramanga y el Deportivo Cali, que estrenó la cédula para viajar a Chile, era uno de los jugadores más jóvenes de aquella selección. Hoy es uno de los 627.428 beneficiarios de la campaña Colombia Mayor, un programa de solidaridad con el adulto mayor que busca proteger a las personas de la tercera edad que se encuentran desamparadas, no cuentan con una pensión o viven en la indigencia o en extrema pobreza. En un célebre acto dirigido por el entonces ministro de Trabajo, Rafael Pardo y el otrora presidente de la Federación de Fútbol, Luis Bedoya, junto a Aceros, a Efraín “el Caimán” Sánchez, Marco Coll, Antonio Rada, Hernando Tovar, Rolando Serrano, se les reconoció esta pensión, no por estar desamparados ni en la extrema pobreza, sino por haber enaltecido el nombre de Colombia en aquel Mundial del 62.

“Nos merecíamos esa pensión por lo que fue la concentración de tres meses en el batallón. Además, no había agua caliente”, cuenta, jocosamente Germán “el Cuca” Aceros. “Fueron tres meses de casi un régimen militar. Subíamos a Monserrate, hacíamos entrenamientos a doble jornada, trotábamos por la autopista y veíamos muy poco a nuestras familias”. Y aunque eran pocas las visitas familiares, para el Mono Tovar eran su mayor motivación. En ese entonces comenzaba a salir con Yolanda Ibagos, quien llegaba al batallón en compañía de la familia del Mono.

En el batallón fue donde definitivamente el grupo terminó de conectarse y desaparecieron los grupos regionales que como, era de esperarse, se generaron al principio. Otro secreto fue la gran empatía de Pedernera y del preparador físico, José Claudio Constanzo, quienes lograron impregnar la confianza que los jugadores necesitaban.

En ese batallón estuvieron hasta el día antes de partir a Chile, hasta ese día en que el fútbol comenzó su magia y el país entendió que algo nos unía. En 1962 terminaba el primer periodo presidencial del Frente Nacional. Aquel pacto entre conservadores y liberales para turnarse el poder. El presidente, Alberto Lleras Camargo, no era tan odiado por los conservadores, pero a pesar de eso la tensión continuaba en muchos sectores del país y la violencia no cesaba del todo. Y aunque la pasión por el fútbol era diferente, esa tarde, en el aeropuerto El Dorado, varias personas se reunieron para desearles suerte a sus nuevos ídolos. Esa tarde no importaron el partido político, ni el estrato social, ni las creencias religiosas. Esa tarde, Colombia se abrazaba en torno a 22 jugadores que de saco y corbata saludaban a su gente con el corazón inflado de llevar la bandera nacional a un mundial. Entre esos estaban Xiomara, Yolanda y otras esposas, novias y mamás de los jugadores que levantaban las estampas de sus santos y lanzaban bendiciones a sus amados.

Ha caído la noche y en Bogotá ha comenzado a llover. Xiomara nos brindó Coca - Cola y confetis, como el Caimán les dice a unos dulces de anís. Caimán le pide a Jaqui que le traiga el álbum con fotos y recortes de periódicos que tiene guardados para el proyecto del libro de su biografía. Luego me invita a una sala contigua a ver más diplomas, trofeos y fotografías. Ahí está su historia llena de gloria: el Caimán tapando un balón en el ángulo en una cancha de Argentina; el Caimán en el Palacio de Nariño apretando la mano de Bertha Puga, la esposa del presidente Lleras Camargo, antes de irse al mundial; el Caimán con su buzo amarillo mirando al infinito en la foto previa al partido contra Uruguay en el mundial; el Caimán sonriente en un homenaje a la llegada a Colombia al lado del ciclista el Zipa Forero; el Caimán abrazado con el joven Andrés Pastrana Arango; el Caimán subcampeón de América como director técnico de la selección Colombia en 1975; el Caimán caminando al final del partido tras el empate 4-4 con Rusia.

Marino Klinger celebrando el gol olímpico de Marco Coll. El resultado del partido fue un empate 4-4 con la Unión Soviéti

Al mostrarme esta foto el Caimán se detiene. Me cuenta que sintió lo que es estar en el infierno y en el cielo. Fue el  segundo partido que jugó la selección en el mundial y entre el minuto 9 y el 12 les anotaron tres goles. “Me quería morir. Los rusos se aparecían por todos lados y nadie los detenía. Era difícil no pronosticar una tragedia. Lo que hice fue encomendarme a la Virgen del Perpetuo Socorro. Le decía: ‘Virgencita, no dejes que los rusos se me acerquen más’”. Y quizás la Virgen le oyó porque no volvieron a acercarse en el primer tiempo. El Cuca anotó el descuento.

Todos concuerdan en que la charla del intermedio por parte del Maestro fue muy emotiva y salieron dispuestos a buscar el empate. Sin embargo, a los once minutos cayó como baldado de agua fría el cuarto de los rusos. Colombia, sin embargo, siguió insistiendo y comenzó a dejar el alma en la cancha. A los 24 minutos un cobro de tiro de esquina a nuestro favor inmortalizaría al hijo de Elías Coll, uno de los primeros árbitros del país. Pedernera había convocado a Marco Coll por su habilidad como volante y porque le pegaba bien a los tiros libres. Quizás nunca pensó que el muchacho le pegaba bien a los tiros de esquina. El caso es que Marco pensó que por la altura de los rusos era mejor cobrar el tiro de esquina cerrado, sin imaginarse que el balón haría un extraño rebote y entraría al arco. Se convirtió en el único jugador en convertir un gol olímpico en la historia de los mundiales. Además, su víctima fue Lev Yashin, la Araña Negra, para muchos el mejor arquero del mundo. En las narraciones radiales de la época se oye a Gabriel  Muñoz, locutor de Caracol, emocionado repitiendo que “ojalá este golcito olímpico nos dé el ímpetu de empatar”. Y así fue: a los 27 minutos, después de un tiqui taque al mejor estilo colombiano, Antonio Rada anotó el tercero; y a los 41 minutos, con un pase a lo Pibe Valderrama de Coll, Eusebio Escobar empató el encuentro.

El partido contra Rusia fue una reivindicación. Un desquite. Un premio. El viaje hacia Arica había sido largo. No había chárter en esos tiempos y la selección tuvo que hacer escalas en Cali, Guayaquil, Lima y Tacna, en Perú. Luego cruzaron la frontera en bus hasta llegar al hotel El Morro, donde se hospedaron: “El partido contra Uruguay fue solo un par de días después de llegar. Se sentía el cansancio, pero a pesar de todo comenzamos ganando con un penal cobrado por Cobo y así terminó el primer tiempo”, cuenta el Cuca Aceros como si fuera ayer. “En el segundo tiempo no contamos con suerte. Se lesionó el Cobo por un puñetazo que le dieron y luego Maravilla, a quien casi le parten la rodilla. En ese tiempo no había cambios, así que tocó jugar con nueve. Se nos vinieron encima y nos terminaron ganando el partido. Sabíamos que habíamos sido mejores y por eso contra Rusia salimos a buscar lo nuestro”.

Gol de Antonio Rada ante Lev Yashin, la "araña negra", el arquero de la Unión Soviética. El partido se llevó a cabo el 3 de junio de 1962.

El cierre de nuestro mundial fue contra Yugoslavia, que finalizó cuarto, en un partido en el que la selección cayó 0-5. El Cuca Aceros reconoce que llegamos con ese aire de triunfalismo que tanto afecta a Colombia: “Sentimos que por haber jugado bien contra Uruguay y haber empatado a Rusia ya lo de Yugoslavia era pan comido. Además, ellos habían perdido con Rusia. Nos pasó lo mismo que hace poco a la selección contra Paraguay en Barranquilla: se armó el Carnaval y no habíamos ganado nada”. Y es que Colombia no tenía un rival pequeño al frente. Esa Yugoslavia de Dragoslav Šekularac le terminó ganando a Alemania en cuartos y perdió contra los checos en semifinales. Finalmente, fue derrotada por los locales en el partido por el tercer lugar.

Pero ya la misión estaba cumplida y así lo entendió el país. La tarde del 22 de junio miles de personas se agolparon en el aeropuerto El Dorado para recibir a sus nuevos ídolos. Grandes y chicos querían agradecer en persona a los responsables de inscribir el nombre de Colombia en la historia de los mundiales. La prensa nacional quería oír de primera mano los detalles de ese empate a cuatros con el vigente campeón de la Eurocopa. Los jóvenes querían pedir el primer autógrafo al autor de la hazaña del único gol olímpico que nadie ha podido repetir en un mundial. Algunos curiosos querían saber si habían visto al Pelé o al Garrincha del Brasil que saldría campeón. Xiomara quería darle un beso al que para ella era el mejor arquero del mundo, por encima de la Araña Negra. Yolanda quería abrazar a su novio y decirle que quería estar con él por el resto de la vida –promesa que ha cumplido– sin importar que el Mono no hubiera jugado ni un minuto de ningún partido.

El Maestro, el Cuca, el Mono, el Caimán, el Loco, Zipa, Copetín, Cobo, Mocho, Charol, Olímpico, Velitas, el Niño, el Cañonero, Maravilla y los demás jugadores no se esperaban ese recibimiento. En las dos horas y media que tardaron desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, entre vivas y pañuelos blancos, quizás recordaron el famoso empate, pero también el trabajo comprometido y honesto de los últimos cuatro meses. Y como afirma el Caimán recostado en su bastón: “Ese recibimiento fue la recompensa por demostrarle al país lo que somos capaces los colombianos cuando trabajamos en equipo”. Con el mundial llega la nostalgia. Caimán, siente que haremos un buen papel en Rusia, pero afirma que todo fútbol pasado fue mejor. Que en aquellos tiempos el fútbol era menos técnico y permitía un juego más libre y vistoso. Pero ahí estará, al lado de Xiomara y de su familia, atento a los partidos de la Colombia. Consciente de que los hinchas son el jugador número 12 y que de esa manera él puede seguir siendo parte del equipo.

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