Edición 115

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Viviendo con un mercenario colombiano en Dubái

 - Autor: 

Nathalia Hernández Toro es una periodista colombiana que, por cuenta de su trabajo, conoció a uno de los exmilitares colombianos que hoy son mercenarios en Emiratos Árabes.

El 16 de enero de 2013, después de más de 16 horas de vuelo, aterricé a las once de la noche en el aeropuerto de Dubái. Me tomó más de media hora llegar al control de inmigración en el que un agente emiratí, quien se veía impecable y olía a madera, escaneó mis pupilas con una mirada inquisitiva y, con un acento muy extraño en inglés, me hizo dos preguntas de rigor y selló mi pasaporte. Yo ya tenía un parlamento arreglado en caso de que me hicieran muchas preguntas. Lo importante era no mencionar que venía a vivir con mi novio a un país musulmán y que él era uno de los militares del proyecto secreto del jeque de Abu Dabi.

Mi coartada consistía en que venía de vacaciones a la casa de una amiga de mi mamá, quien en realidad era la prima de mi novio. Mis maletas salieron rápido. Caminando con dificultad por el peso fui hacia la salida –pagué medio millón de pesos en sobrepeso–. Justo antes de cruzar la salida, una mujer, a la que solo le veía los ojos detrás de su traje de policía, me gritó y me hizo regresar. Varios pasajeros salieron sin pasar sus maletas por el escáner, pero ella me ordenó que pasara por él mi equipaje. Un escalofrío me recorrió las extremidades cuando la policía extrajo de mi maleta una bolsa transparente con doce balas. ¡Sí! Saqué material bélico del Ministerio de Defensa de Colombia y lo estaba ingresando a un país musulmán.

Me encontraba a punto de ser deportada y con grandes probabilidades de terminar en una cárcel en Colombia. ¿Cómo llegaron esas balas a mi maleta? La historia se remonta a la última semana de junio de 2012 y yo estaba bajo el sol de mediodía en la base militar de Tolemaida. En ese entonces yo trabajaba para el programa Especiales Pirry, de RCN , en el que me habían encargado la historia de los mejores siete militares de cada país de América que competían en la XXII Olimpiadas Fuerza Comando. Después de dos días de ver hombres en uniforme camuflado de todos los colores, mi paciencia estaba llegando a su fin. Uno de los soldados del equipo de Canadá me había llamado “Pussy” cuando el camarógrafo trató de poner en primer plano su cara mientras yo lo entrevistaba. Así que hablé con los camarógrafos y le dije a la jefe de prensa del Comando General de las Fuerzas Militares que no había tema y que me iba a ir. Pero después de unos minutos, alguien tocó mi hombro por detrás.
Mis ojos se encontraron con una cara de piel trigueña, unas gafas de protección y un casco de guerra. “Él es el capitán del equipo colombiano y el único de los siete muchachos autorizado para hablar a la prensa”, me dijo la jefe de prensa. Quedamos de hablar en la tarde, en una tienda dentro de la base militar. Llegó sin casco y sin gafas. Nos dimos la mano. No podía descifrar su expresión facial. Pero yo no le miré la cara. Apenas pude pasar saliva cuando le vi las piernas.

Hablamos por casi dos horas. Y en la noche, ya en mi habitación del hotel, chateamos por horas. En un momento me dijo que si pudiera se escaparía del acuartelamiento para que fuéramos a tomarnos una cerveza. “ESCÁP ESE ENTON - CES”, le escribí en mayúsculas, y tomamos cerveza hasta las dos de la mañana. Las noches siguientes fue lo mismo. A él parecía no importarle dormir solo tres horas antes del primer llamado que le hacen a los soldados a las cinco de la mañana.

Él sabía que era su última participación en las olimpiadas antes de volar 13.600 kilómetros de distancia para convertirse en mercenario en el Oriente Medio. Regresé a Bogotá. Él me gustaba más de lo que quería. Todos los días pensaba: “¿por qué con un militar? ¿Por qué?”. Un mes después viajé con él para conocer a su familia y empezamos a vivir juntos en un apartaestudio que yo tenía arrendado cerca de la universidad Javeriana.
Mi papá casi se muere cuando supo que yo estaba viviendo con alguien que apenas conocía. Los periódicos y noticieros empezaron a hablar del polémico tema de cientos de militares de fuerzas especiales colombianas que pedían la baja todos los días para viajar a Emiratos Árabes Unidos como mercenarios. El Comando General, como reacción, comenzó a retrasar las solicitudes de retiro de muchos de los militares, entre ellos la de él. Así, el idilio que solo íbamos a disfrutar por tres meses, terminó siendo de seis. El último fin de semana que estuvimos juntos en Colombia, mi papá ofreció una despedida para él en un reconocido restaurante a las afueras de Bogotá. Su mamá y su hermana estuvieron con nosotros. Yo solo lloraba. No sabía que estaba tan enamorada. Se fue el 4 de noviembre de 2012. Pero el 4 de diciembre me llamó y me pidió que lo dejara todo. Me ofreció comprar un tiquete aéreo con el dinero de su liquidación para irme a vivir con él. No lo pensé. Antes de irnos a vivir juntos a mi apartaestudio en Bogotá, lo visité en la unidad de fuerzas especiales urbanas en la que él vivía en el Cantón Norte, en Bogotá. Él estaba empacando para irse de allí y hacer un curso de ascenso a capitán, y en ese proceso, como si fuera el más romántico de los regalos, me regaló una colección de balas de varios calibres. El único lugar en el que se me ocurrió guardar semejante regalo fue en mi caja de joyas, que empaqué en las maletas para el viaje, sin imaginarme que eso iba a traerme problemas al llegar a Dubái.
Tres policías me ayudaron con las maletas y me llevaron al segundo piso, al departamento de policía. Yo estaba ahogada en lágrimas y chateaba con mi novio contándole todo por medio del wifi del aeropuerto. A todas las personas que me hablaban les pedía perdón. Me sentaron en una sala de espera y no supe a dónde se llevaron mis maletas.

Una mujer emiratí, vestida de abaya, con la cara cubierta con un velo negro, se sentó a mi lado. Me dijo que mi situación era muy grave y que en el mejor de los casos yo volvería deportada a Colombia en el próximo vuelo. Pensé que me iba a dar un infarto. Después pasé a una oficina donde estaba un policía de civil. “Siéntese”, me dijo y luego empezó a hablar en árabe con otro policía, que estuvo todo el tiempo de pie a mis espaldas. Yo necesitaba usar el baño, tenía todas las necesidades fisiológicas enredadas y, además, quería lavarme la cara. Tenía los ojos tan inflamados de llorar que casi no podía abrirlos. Salí de la oficina y al mirar hacia un corredor a la derecha vi cómo unos policías emiratíes llevaban esposado a un joven que traía en su equipaje un cilindro de gas de no más de siete centímetros. Eso podría ser de una pistola de juguete. “Definitivamente estoy en la cárcel”, pensé.

Vista área de la base militar Zayed Military City, en Abu Dhabi donde están los soldados colombianos.

Un soldado alemán instruye militares iraquíes en la misma base donde están los colombianos.

Mientras tanto, mi chat estaba lleno de regaños de mi novio. En lugar de tomarlo como un accidente, me culpaba de todo. “Te cagaste en todo”, me escribió literalmente. Yo no sabía que le habían dado permiso para salir de la base militar ese jueves para ir a recogerme al aeropuerto. Iba a ser una sorpresa. Yo esperaba que me recogiera su prima. Incluso, había contratado una limosina Hummer y tenía reservada una cena con flores y una habitación en el piso 37 del Grand Habtoor Hotel en Dubái, donde se veía la isla de la Palmera, el Skydive Dubái y la pista de aviones sobre el mar.
Al volver a la oficina del investigador, respondí más de cien preguntas a catorce policías diferentes. La historia que construí sobre la marcha no era del todo mentira: dije que yo era periodista dedicada a hacer historias de la guerra y la corrupción, que un soldado en uno de mis trabajos me regaló esas “balas” y que a mí se me habían olvidado por completo. En mi pasaporte tenía las visas clase I, que son de periodista. Después de cuatro horas de declaración y de repetir como un loro el parlamento, me relajé, tomé té y fumé dokha con los policías, una mezcla iraní de tabaco y hierbas. Cuando dejé de llorar, me dediqué a sonreír y usar un poco de coquetería latina para que me hiciera el milagro.

La pesadilla duró siete horas y media. Terminé mis declaraciones y el investigador me dijo que tenía que firmar unos documentos para que me dejaran en libertad, una declaración bajo juramento, un acta de destrucción de material bélico para el Ministerio de Defensa emiratí y la promesa de no volverlo a hacer. Todos los documentos estaban en árabe. No tenía más que confiar en la policía y en que no estaba firmando mi sentencia, sino mi libertad. La única condición para mi libertad era dejar mi pasaporte con ellos por cuatro días y un número telefónico en el que estuviera disponible las 24 horas. Era obvio que iban a escudriñar mi vida por completo.

Mi novio estaba en el primer piso esperándome. Estaba más furioso, estresado y acelerado que de costumbre. “Hola”, le dije. Nunca respondió. Tomamos un taxi, el conductor era pakistaní y el olor que emanaba era bastante particular. Camino al hotel yo miraba por mi ventana y él por la suya. Dubái parecía una ciudad fantasma. En todo el camino solo vi un par de carros. “Necesito tu pasaporte para el check-in”, dijo sin mirarme cuando llegamos. Yo empecé a temblar. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué sentía miedo? Le dije que la policía me retuvo el pasaporte por cuatro días. “Solo faltaba que no podamos entrar al hotel para terminar la cagada”. Yo me quedé callada. Ya tenía rabia.
En la habitación del hotel tomé una ducha y me puse una pijama. Solo quería dormir. Cada uno se acostó en un extremo de la cama. De repente, me abrazó y sentí que el alma me volvió al cuerpo. Sin embargo, al otro día se quejó diciendo que el abrazo de arrepentimiento me correspondía a mí y no a él. Así empezó mi nueva vida.
Aún no teníamos apartamento, y esa era mi tarea. Él vivía de sábado a jueves en la base militar Zayed Military City y solo podía salir de allí los fines de semana. Yo me quedé viviendo con su prima, una familia desconocida por completo para mí. Pensé que sería muy difícil, pero fue todo lo contrario. Solo viví con ellos un mes. Y conseguí apartamento, no quería irme de esa casa.

Yo no sabía mucho de su vida al otro lado de las paredes de la ciudad militar donde él vivía. Pero un día me dijo que quería que conociera a su jefe, el Coronel, que, por ser director del proyecto, era el único que podía dormir en su apartamento de Dubái todos los días después del trabajo.

Óscar García Batte fue el coronel detrás de las operaciones que acabaron con la vida de los guerrilleros Raúl Reyes, Martín Caballero y “el Negro” Acacio. Además, dirigió los operativos que le permitieron al ministro Fernando Araújo escapar de su secuestro de seis años en la selva. Por alguna razón, y a pesar de que es una autoridad en estrategia militar en el mundo, con cursos hechos en varios países, no fue llamado a un curso de generales del Ejército Nacional y su salida es uno de los secretos mejor guardados de la entidad. Por eso vive ahora en Dubái y dirige el proyecto secreto del jeque de Abu Dabi.

Un soldado alemán instruye militares iraquíes en la misma base donde están los colombianos. Vista aérea de la base militar Zayed Military City, en Abu Dhabi.

Se estima que casi mil soldados colombianos, que han pedido la baja o se han jubilado, viven hoy en Emiratos Árabes por cuenta de este proyecto. ¿Por qué? En Colombia un soldado se pensiona con $690.000, mientras que allá gana cerca de $4’700.000; un capitán, de $2’500.000 pasa a cerca de $9’000.000; un mayor piloto del Ejército, que se pensiona con $2’400.000, pasa a ganar en Abu Dabi cerca de $22’000.000. Además, los soldados colombianos son muy cotizados en todo el mundo. Pocos ejércitos tienen experiencia en una guerra de más de cincuenta años, en condiciones geográficas tan variadas y complejas como la colombiana, con presupuestos bajísimos y una capacidad para aguantar en la selva sin recibir reaprovisionamiento durante semanas. Me encontré con el coronel en Jumeirah Beach Residence, una calle al lado de la playa, llena de restaurantes y hoteles. Es un hombre atlético por completo. Compite en casi todas las maratones de Emiratos Árabes y nunca deja de entrenar por nada ni por nadie. Nos sentamos en un café y nos pusimos a hablar. Nos identificamos en la forma de pensar, siempre se puso a mis órdenes y desde ese primer momento sentí como si estuviera sentada charlando con mi papá.

Pasé tardes enteras hablando con él de nuestras historias de vida. Se convirtió en mi confidente. Siempre fue muy imparcial y supo diferenciar nuestra relación de amigos con su relación coronel-teniente empleado. Incluso intercedió varias veces en las peleas que tuve con mi novio, nos aconsejaba a los dos con la sabiduría de los años, nos ayudó con un préstamo de dinero para pagar el primer cheque de nuestro segundo apartamento. Siempre estuvo cuidándonos como si fuéramos sus hijos. Recuerdo que el primer cumpleaños que pasé en Dubái me prestó su BMW convertible para ir a dar una vuelta por Palm Jumeirah –la isla artificial en forma de palmera– con mi novio.

Intenté convencer al coronel de todas las maneras para hacer algo que se pudiera mostrar en Colombia sobre el proyecto de los militares colombianos en Dubái. Todas las respuestas fueron un no rotundo. Sin embargo, mi relación sentimental me llevó a saber cosas como que los militares colombianos que se van para Abu Dabi prácticamente no existen para la sociedad de ese país. Están camuflados bajo visas de obreros, las mismas que tienen los indios, pakistaníes y los bangladesíes, que viven en la cara que no se muestra de Dubái, una suerte de campos de concentración en los que cuarenta hombres comparten una letrina y donde cada dormitorio alberga veinte o treinta. Los militares colombianos tienen prohibido llevar a miembros de su familia o a sus esposas e hijos a vivir al emirato. Si lo hacen, es bajo su responsabilidad. No pueden ser el sponsor de la visa de nadie. Los emiratíes prefieren que se mantengan solos en ese país.

Una vez aterrizan en Dubái y son llevados a Zayed Military City, la base militar, duran encerrados allí por más de un mes hasta que sus Emirates ID están listos. Allí duermen en habitaciones de a dos, tienen un gimnasio muy moderno, con piscina olímpica y un restaurante en el que les cocinan comida parecida a la colombiana y algo de comida árabe. Luego pueden salir cada fin de semana, de jueves a sábado. Los recogen y los llevan a Dubái en un bus, como si estuvieran en el colegio, en una parada específica en un centro comercial. Al regresar al campo los militares son sometidos a fuertes requisas. Sin embargo, algunos se quedan para ahorrar dinero o porque no tienen nada qué hacer en la ciudad.

El arriendo es muy costoso y no vale la pena tener un apartamento. Y aunque los automóviles son baratos, el contrato que firmaron no les permite sacar licencia de conducción. Los que lo hacen es porque tienen licencia internacional. Sin embargo, no conozco a ninguno que se haya comprado un automóvil. La mayoría de los que salen de la base duermen en hoteles y se van de fiesta a bares de música latina, como el Savage Garden, en el Hotel Capital, y el bar cubano Malekon. Porque, además, sólo venden licor en hoteles y en un supermercado en el emirato de Umm Al quwain, el más pequeño de los siete que componen el país. De los quince o veinte colombianos que conocí del proyecto, tres o cuatro tenían a sus familiares aquí. El resto envía el dinero por consignación bancaria o por Western Union. Muchos ya han comprado casas en Colombia. En Emiratos Árabes no preguntan para qué es el dinero ni ponen dificultades por las cantidades. Ninguno ha tenido hijos en Emiratos Árabes y los que los tienen en Colombia no los han llevado.

Los colegios son muy costosos. En la base militar no solo se encuentran colombianos. Hay hombres de todas las nacionalidades. Incluso, hombres de la Legión Extranjera Francesa, una unidad de élite del ejército francés que recibe hombres de todo el mundo, porque a los tres años de pertenecer a ella se tiene el derecho a solicitar la nacionalidad francesa. No es un secreto que dentro de los mercenarios colombianos hay algunos que tienen problemas con la justicia, incluso por falsos positivos, y no pueden volver a Colombia. Por eso, algunos se han sentido tentados a unirse a la Legión Francesa para poder volver al país bajo una nueva nacionalidad. Pero, para eso, tendrían que ir a Francia y presentarse allí.

La playa de Dubai Marina, donde Nathalia tenía el apartamento con su novio.

Se dice que en el proyecto hay cerca de 1.500 militares colombianos –y al parecer no van a contratar más. Sin embargo, otras fuentes hablan de cerca de tres mil colombianos–. Y a principios de 2010 ya había cerca de 500 colombianos que trabajaban en otras ocupaciones, como el sector aeronáutico. Es una colonia muy pequeña, y por eso no hay barrio ni supermercados colombianos. Sin embargo, allí se encuentra un pastor cristiano colombiano que organiza bazares y prepara con su familia comida colombiana. Allí han llegado muchos mercenarios que, incluso, se han convertido al cristianismo.

Por contrato, cuentan con 45 días de vacaciones al año, y la mayoría los usa para viajar a Colombia. He sabido de dos o tres que no volvieron de sus vacaciones. Pero si vuelven, como lo ha hecho la mayoría, reciben un bono de diez millones de pesos por firmar un contrato por el año siguiente. De resto, la comunicación con sus familias la hacen vía Skype. Un plan de diez gigas de internet cuesta el equivalente a $125.000.

No está permitido entrar al campo ningún dispositivo electrónico o teléfono celular con cámara. Sin embargo, casi todos tienen Play Station y juegan campeonatos entre sí en la base. Además, hay un grupo que han invertido varios millones de pesos en carros a control remoto y aeromodelos con los que juegan en sus ratos libres dentro de la base. También hay un grupo de colombianos que patina tres o cuatro veces por semana y los jueves ven películas en una sala con un videobeam. Si es verano, trabajan de noche y duermen de día, para evitar las fuertes temperaturas.
Todos han logrado entrar smartphones al campo, camuflados en ollas y planchas que desarman para meterlos en su interior. Las memorias USB y los discos duros son revisados por los soldados emiratíes que están en la guardia, si alguno tiene fotos de las instalaciones, armamento, aeronaves o incluso de su uniforme, es despedido de inmediato del proyecto.

El único hombre de ese campo militar que dio una entrevista exclusiva por Skype para un noticiero de televisión colombiano fue retirado del proyecto sin compasión alguna y tuvo que regresar a Bogotá dos semanas más tarde.
En un principio, cuando el gobierno de Abu Dabi contrató en mayo de 2011 a la compañía de mercenarios más conocida del mundo, Blackwater, para formar un ejército privado al servicio de Emiratos Árabes Unidos, los salarios de ese primer batallón eran exorbitantes. Pero eso no sirvió de nada, porque eran personas que iban de diferentes países de Latinoamérica, la mayoría sin preparación especializada. Se descubrió que muchos eran vigilantes de compañías y edificios o simples escoltas. Blackwater contrató a una empresa en Colombia llamada ID Systems Ltda., que a su vez contrató a decenas de hombres e, incluso, consiguió permisos del Ministerio de Defensa de Colombia para entrenarlos en la Escuela de Caballería, en Bogotá, con el compromiso de que no contratarían hombres que estuvieran activos en el Ejército. La versión oficial es que la mayoría de los candidatos que participaron en estos entrenamientos eran jubilados, pero se dice que algunos tenían problemas legales, por faltas disciplinarias y violación de derechos humanos, y encontraron en la carrera de mercenarios la opción ideal para huir de la justicia.

La revista Semana, incluso, denunció que 35 colombianos estaban atrapados en Irak y habían sido estafados por ID Systems Ltda., que en un principio les dijo que les iban a pagar US$7.000 mensuales, luego US$4.000, después US$2.700 –cuando ya habían sido entrenados y habían renunciado a sus trabajos para esperar el llamado al viaje– y luego, en el aeropuerto de Frankfurt, antes de tomar el último avión hacia Bagdad, solo US$1.000.
Mientras tanto, “Mi Coro”, como llamo cariñosamente a García Batte, adelantaba estudios superiores de guerra en Washington, donde conoció a su homólogo emiratí, quien estaba detrás del proyecto del ejército privado del jeque. Se hicieron amigos, al punto de confiarle la situación que se estaba presentando en la base de Abu Dabi y le pidió su consejo. El coronel pasó de ser solo un asesor de las fuerzas emiratíes a obtener el contrato después de presentar una reingeniería que dejó boquiabiertos a los árabes.

Blackwater perdió el contrato, se retiró de Emiratos Árabes para finales del 2011 y se dio inicio a la construcción del segundo y tercer batallón a cargo del coronel. Los del primer batallón no lo quieren en absoluto porque, al salir Blackwater de la ecuación, los sueldos se nivelaron al nuevo presupuesto.
¿Por qué el proyecto presentado por el coronel tuvo acogida inmediata? ¿Qué quiere el país árabe al construir un ejército privado en un país sin guerra? Existen muchas hipótesis, como que la primavera árabe iba a filtrarse en los emiratos más pobres del país e iban a desestabilizar el orden. Sin embargo, esa probabilidad es casi nula. Las condiciones de vida de los nacionales son excelentes.

"Un escalofio me recorrió las extremidades cuando la policia sacó de mi maleta una bolsa transparente con doce balas. ¡Si! Saqué material bélico del Ministerio de Defensa de Colombia".
¿Por qué querrían sublevarse? Por eso, la razón que más me convence, y que creo que puede ser la verdad del proyecto, obedece a que, sin un ejército, Emiratos Árabes no podría ser considerado una potencia mundial, algo que les interesa muchísimo que pase y que, hasta ahora, no ha ocurrido, a pesar de sus ciudades futuristas, sus hoteles fuera de categoría y una propiedad raíz que sobrepasó hace mucho los precios de Londres, París, Nueva York y Tokio. Sus fuerzas militares apenas cuentan una historia de once años, en los que nunca han peleado. Por eso, con el proyecto del coronel están comprando la experiencia militar de los cincuenta años de guerra en Colombia. los martes en la noche empecé a ir con su prima y unas amigas de ella –colombianas, brasileras y europeas– a fiestas conocidas como ladies night en diferentes lugares. Las mujeres en Dubái nunca gastan dinero en rumbas. Para nosotras todo es prácticamente gratis. Uno de esos martes estábamos en un nightclub tomándonos un coctel y recibí un correo electrónico de un amigo con el que trabajé en la unidad de proyectos especiales de CM&. Siempre nos gustamos, pero el asunto nunca pasó a mayores. Eso había sido dos años atrás.

Mi amigo era muy cariñoso en el mensaje, lamentaba no haber ido a mi fiesta de despedida, me hizo una broma referente a una mamoplastia que me había hecho antes de irme a Dubái, me contó que estaba nominado a un importante premio de periodismo y que le había propuesto matrimonio a su novia. En el mensaje escribió que esperaba que mi novio supiera la mujer que se había llevado. Yo respondí el mensaje agradeciéndole y le decía “mi amort” y lo felicité por su nominación y por su futuro matrimonio. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, me despertó la llamada de mi novio. En la llamada me hizo preguntas sobre la noche anterior, pero después me dijo que si no tenía nada que contarle. Cuando dije que no, insistió con una pregunta más directa: “¿has estado en contacto con amigos o alguno de tus ex en Colombia?”. Le respondí que no y empezó a gritar como un loco. Me dijo que era una mentirosa, me cuestionó sobre la identidad de mi amigo, me dijo que si me parecía muy bonito que una mujer comprometida estuviera compartiendo ese tipo de mensajes con sus ex. Ni siquiera le pregunté.

Era claro que de alguna manera él tenía acceso a mis correos personales. “El que las hace se las imagina”, le dije. “Gonorrea”, me respondió. Yo dependía económica y emocionalmente de él. Debo aceptar que yo lo insulté primero en nuestra única discusión en Bogotá, y fui yo quien abrió la puerta al irrespeto, pero tengo un dicho de mi abuela: “soy valluna y boquisucia”. En Dubái me sentía muy sola. No tenía un trabajo formal, pero hacía eventos como modelo de protocolo y promocionaba marcas de perfumes y tecnología. Siempre estaba sola en el apartamento toda la semana, jugando a ser el ama de casa perfecta. Y me costaba. Jamás me han gustado los trabajos de la casa. Me volví intensa y peleona. La peor pelea que tuve con mi novio fue, sin duda, un día en que él estaba por llegar a pasar su fin de semana de descanso en Dubái y me dijo que iba a invitar a uno de sus compañeros a pasar el fin de semana con nosotros. Ya habíamos peleado mucho por eso, porque no me gustaba tener tipos durmiendo en mi casa en los dos únicos días que teníamos para compartir en pareja. Sin embargo, yo no podía restringirle las invitaciones por completo, y le dije que sí. Además, el día de su llegada iba a trabajar bailando y cantando en una campaña de chicles estadounidenses que estaban entrando al mercado emiratí.

Nathalia en el BMW del coronel García Batte.

En principio, el evento iba hasta la una de la mañana, y mientras tanto, él iba a estar en un hotel tomándose unas cervezas con su amigo. Pero el evento se adelantó, terminó a las once, lo llamé para avisarle y no me contestó. Tenía mucha hambre y me dio rabia que no me contestara. Cuando llegó, quiso abrazarme, pero no me dejé y fui a darme una ducha. Cuando salí del baño, él ya estaba dormido. Le dije que me acompañara a comer algo al restaurante que había en el primer piso de nuestro edificio. No me respondió. Fui sola. Al salir, su amigo se ofreció a acompañarme, pero le dije que no. Sin embargo, cinco minutos después, su amigo apareció y se sentó en mi mesa. Mi novio se despertó y me llamó, le dije que estaba comiendo algo. Me preguntó por su amigo y le dije que conmigo. Él colgó, llamó a su amigo y por la cara que hizo supongo que no fue nada bueno. Colgaron y me llamó de nuevo, insultándome y preguntándome por un dinero que teníamos guardado en el apartamento. “Quiero irme a la mierda”, me dijo. Colgó, llamó de nuevo a su amigo, que decidió subir a hablar con él. Yo no tenía ningún afán, me relajé en medio de la rabia y el dolor y seguí comiendo despacio. Diez minutos después salieron los dos con sus morrales empacados y tomaron un taxi. Al regresar al apartamento veinte minutos después, vi que mi habitación estaba destruida. Ropa tirada por todo el piso, ropa rasgada, ropa dentro del inodoro, joyas por doquier y el rosario de mi abuela, que me lo dio la última vez que la vi con vida, estaba reventado. A la mañana siguiente, los dos llegaron como si nada hubiera pasado. De hecho, su amigo me preguntó por una toalla para bañarse. No le respondí. Salieron de nuevo a comprar cosas para un asado al que estábamos invitados.

Yo ya había decidido no ir, pero cuando llamé al anfitrión para dar una excusa que no era creíble, decidí llegar por mi lado y tratar de manejar la situación de manera diplomática.

En el lugar no hablamos ni nos miramos. Toda la tarde conversé con una de las amigas de su prima y con “Mi Coro”, quien era el único que sabía que estábamos peleados. Una botella de ron apareció y me tomé varios hablando con el coronel, que solo se tomó un ron, porque al día siguiente debía entrenar para una carrera. Mi novio se fue solo y me dejó en el lugar. Regresé a mi apartamento a las dos de la mañana. Su amigo se subió conmigo en el taxi. Cuando abrí la puerta de la habitación y vi a mi novio durmiendo, le grité que se fuera de mi cuarto porque no iba a dormir con él, que se fuera con su amigo a dormir donde habían dormido la noche anterior. Jalé el cubrecama, él se paró frente a mí, hablándome de manera desafiante muy cerca de mi cara, lo empujé varias veces hacia la puerta pidiéndole que se fuera, lanzó su antebrazo contra mi cuello, me pegué en la cabeza contra la pared, le rogué que no me golpeara, me cogió la cara con mucha fuerza y, estrujándome, me movió la cara de un lado a otro diciéndome que me calmara. Yo gritaba como loca. Me soltó, salió de la habitación, yo me escurrí por la pared llorando, sentí mi cara húmeda, me estaba saliendo sangre de un pequeño rasguño que me había hecho. Ahí me enloquecí. Salí del cuarto y sin mediar palabra le pegué cuatro puños en la cara. Su amigo intentó meterse entre nosotros, le reventé la boca con otro puño y le dije que se llevara a mi novio para no tener un problema mayor.

Mi novio intentaba hablarme para disculparse. Yo solo quería que se fueran y no se movían. La peor parte de mí estaba frente a ellos. Abrí la puerta del balcón y empecé a tirar a la calle sus cosas y los regalos que me había dado, entre ellos una guitarra electroacústica, el amplificador, una cámara profesional de fotografía, cosas de sus compañeros que estaban guardadas en el apartamento y hasta una lámpara de piso que nos regaló su prima. En ese momento se fueron.

A la mañana siguiente salí del apartamento. No podía dejar de sentir culpa. Le escribí un mensaje de texto pidiéndole perdón y diciéndole que lo mejor era que nos separáramos. Esa misma semana, mientras él estaba en la base trabajando, yo empaqué todas mis cosas y me fui a vivir con una amiga rumana. No tuve valor para dejar de contestarle el teléfono y sus mensajes y un mes después regresé a vivir con él. Incluso, pusimos una fecha para casarnos. Yo conseguí un trabajo como comunicadora de una empresa de modificación de automóviles de lujo, me pagaban muy bien, me sentí de nuevo independiente y ya no estaba segura de si quería mi vida al lado de él. Él tenía un gran talento para sacar una parte de mí que ni yo misma conocía. La situación financiera de mi familia no era estable y la compañía en la que mi papá trabajaba cerró. Ya no quería casarme. Ya no estaba enamorada.

En octubre, una gran pelea explotó por dinero. Estábamos empacando billetes en bolsas para pagar obligaciones y empezó a insultarme. No me aguanté, me encerré en el baño a esperar a que se callara. “Esto se acabó, no quiero estar más contigo y no te amo”, le dije al salir. Él salió del apartamento y yo salí después para no verlo cuando regresara por su maleta para irse a la base militar. Desde entonces me han llegado cientos de comentarios. Él dice que soy la peor mujer del mundo, que lo dejé después de que hizo todo para llevarme a su lado en Dubái. Muchos dicen que lo dejé en la ruina y que lo usé para irme a vivir otra vida. Yo sé que solo me fui por amor.

No puedo decir que estuve con una mala persona, los errores siempre vienen de lado y lado en las relaciones. Yo cometí muchos. Él es un hijo ejemplar, un hermano incondicional, el amigo que todos quieren tener, es un hombre inteligente que ama y es un profundo apasionado por su profesión. Era el militar más rápido de Colombia en las pruebas de polígono, un experto en armas, paracaidista, buzo, experto en combate cercano y rescate de rehenes. A pesar de ser tan joven, las condecoraciones no le caben en la solapa del uniforme y ha sido considerado uno de los mejores militares del continente. Desde la última vez que nos vimos, por razones que podríamos llamar administrativas, no supe nada más de él. Tampoco quiero saber nada. Fue como si con él todos los demás desaparecieran. Nunca me he encontrado por casualidad con ninguno de sus amigos o compañeros de la base. Mantengo una relación cercana con su prima y con “Mi Coro”, con el que siempre tendré una gran amistad. Me sobran las razones para tener el respeto y el aprecio más grande por él. Nunca me tomé el canto en serio, estudié técnica vocal en la universidad y participé en varios festivales musicales, siempre como aficionada. El año pasado conocí a unos músicos colombianos y me propusieron que trabajara con ellos en un contrato para un bar estadounidense en Dubái. Descubrí que no importa la nacionalidad porque a todo el mundo le gusta la música latina.

A los árabes les encanta la salsa y muchos quisieran hablar español. Desde entonces me presento en eventos privados en hoteles y he tenido un par de contratos de varios meses en restaurantes y bares de Dubái. La música es muy bien pagada y yo disfruto mucho cantar. Nunca me trasnochó la idea de ser modelo, pero ser la imagen para eventos de diferentes marcas fue el primer trabajo que se puso sobre mi mesa. Por mis medidas, que no tienen nada que ver con la típica modelo flaca y sin curvas, una marca de lencería árabe me contrató como modelo de tallaje por varios meses. Soy el maniquí humano talla L de sus colecciones.

Todas esas oportunidades fueron buenas, pero siempre quería trabajar en mi profesión y construir una carrera. Nunca vi mi experiencia laboral en Colombia como un fracaso. De hecho, hasta he ganado un Premio Simón Bolívar por una entrevista al exmagistrado de la Corte Jaime Arrubla. Por eso, como todos los sueños pueden lograrse, ahora soy mánager de comunicaciones de la compañía más grande de explotación de mármol en India, que está estrenando sede en Emiratos Árabes y el golfo y África del norte. No es periodismo, pero estoy tranquila y muy feliz.

'Le reventé la boca con otro puño y le dije que se llevara a mi novio para no tener un problema mayor'.

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