Edición 138

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Los teléfonos celulares han revolucionado la fotografía y Adolfo Zableh escribió esta reflexión que hará que todos queramos ir a retratar el mundo con un smartphone.

La fotografía siempre ha sido un oficio de héroes. Las fotos más impactantes de todos los tiempos las tomó Robert Capa en el desembarco de Normandía y todas quedaron ligeramente desenfocadas. Hasta hace unos años, la capacidad de lograr una buena foto era un privilegio de genios como Cartier-Bresson. Hoy todos podemos lograrlo sin necesidad de una Leica (o mejor: con la tecnología de una Leica en un aparato que en sus inicios se pensó apenas para hablar por teléfono). Los teléfonos celulares y las redes han revolucionado la fotografía. Solo que por ahora, el uso más común son las selfies. Es hora de reescribir la historia; buena parte de este editorial se tomó con un Huawei P9. Nuestras modelos se convirtieron en fotógrafas y Tato Gómez dejó de lado un rato su propia cámara. El gran Adolfo Zableh nos escribió una reflexión que, seguramente, hará que todos queramos ir a fotografiar el mundo con un celular. 

“Hoy cualquiera se cree fotógrafo”, es una de esas frases ofensivas que han hecho carrera. ES probable que la echara a andar un fotógrafo profesional que vive de su oficio luego de ver la proliferación de imágenes que tomamos y compartimos por internet. Y es entendible, una estadística asegura que entre Snapchat, Whatsapp, Facebook, Instagram y Flickr subimos a la red unas 22.000 fotos cada segundo.

Y aunque está redactada para ofender, yo más bien creo que es maravilloso que podamos retratar la vida con tanta facilidad. Es cierto que hay mucha basura y que la mayoría de esas fotos no deberían salir de la memoria del celular, pero es lo que hay. La tecnología y la forma en que interactuamos nos han llevado a este punto y aunque no todo sea positivo, tampoco tiene mucho de malo. Si acaso que expone nuestra bobería o nuestro mal ojo, pero hasta ahí.

 

(Los dolores de Rafa)

Yo tomo fotos que luego subo a Instagram y no me la creo. Se ven preciosas y eso que las hago sin reparar mucho en el encuadre, el foco y todo lo demás. No me siento especial ni sensible, no me creo fotógrafo ni quiero quitarle el trabajo a ninguno de ellos. Lo hago desde mi celular porque aunque alguna vez compré una cámara semiprofesional para hacer algunos trabajos de reportería que exigían texto y fotos, lleva ya un par de años guardada, acumulando polvo y olvido. Y es que para qué, si con el celular que guardo en el bolsillo puedo evacuar cualquier necesidad de registrar un momento. Es como cargar una pistola: desenfundo con rapidez y en segundos capturo la escena que quiero y la vuelvo inmortal.

Aunque eso de inmortal es un decir. Antes, cuando la fotografía no era digital, los celulares servían para hablar por teléfono (o llanamente no existían) y las cámaras eran cosa compleja y exótica, una foto, una buena foto, era un tesoro perdurable. Hoy las tomamos, las borramos, las repetimos, las llenamos de filtros y efectos y las subimos como quien cruza la calle. Un poco de mística se ha perdido, es cierto, y aunque puede representar un golpe para los nostálgicos, es en general algo positivo.

Son los trucos del internet, que democratizó la forma en que generamos y compartimos información. Para hablar de mi oficio, hoy cualquiera abre un blog y empieza a escribir noticias y columnas. No tiene nada de malo que esas cosas terminen encontrando su lugar casi de manera automática. Usted puede contar con el mejor computador, la mejor cámara y llenar el internet con sus fotos y artículos, que si el cuerpo no le da para hacer un buen producto, no va a pasar nada. Obras como Cien años de soledad y la foto del marinero besando a la enfermera en una calle de Nueva York después de la guerra solo podían ser firmadas por García Márquez y Alfred Eisenstaedt, uno de los fotógrafos más famosos de la historia. Al resto nos toca remar, a veces con fortuna, a veces sin ella, a ver qué nos sale.

 

(El sueño amarillo)

Pero no todo es maravilloso en medio de la exacerbación de postales. La gente se vuelve loca subiendo fotos de sus vacaciones, de su mascota, de las reuniones familiares, de su nuevo carro y hasta del certificado electoral. Si usted siente la necesidad de decirle a la gente que votó, aunque sea mayor de 18, seguramente su edad mental no supere los 11 años. Compartir cada evento nimio con conocidos y desconocidos puede reflejar felicidad y orgullo, pero también inmadurez y soledad. Salvo que usted sea James Rodríguez o Kim Kardashian, a nadie le importa ver una ecografía, el nuevo cuarto del bebé, el regalo de cumpleaños o la playa donde se toma un mojito. Cuando la estamos pasando realmente bien, no hay necesidad de meterse a internet. Además, hablando de compartir momentos en teoría significativos, no sé en qué instante estar en una piscina se volvió sinónimo de tener una buena vida.

Luego están las selfies que en mi época (aunque estas sigan siendo mis épocas) se llamaba autofoto. Las cosas cambian de nombre y ni nos enteramos. Hoy la gente ya no hace ejercicio, sino que entrena, por ejemplo.

Es una cosa bien tonta la selfie, más allá de que yo tenga una que otra enredada en algunas de mis cuentas de internet, pero es que nadie dice que yo sea lo máximo. ¿Ha visto a alguien tomándose una? Va normal por la calle o está tranquilo en medio de una reunión de amigos y de repente cambia la expresión y la pose, estira los labios, sonríe, pone cara de interesante o junta su cabeza con uno o dos tarados más y se toma una foto. Luego la revisa y, sin importarle lo ridículo que pueda verse, le parece que está bien y que semejante logro debe ser compartido con el mundo. Segundos después la vida vuelve a la normalidad y esa persona feliz o bonita que vemos en internet vuelve a ser el personaje promedio de toda la vida.

 

(Papás de 35 mm)

Selfie fue la palabra del año en 2013 según el diccionario Oxford, que no es cualquier cosa. Durante esos doce meses su uso aumentó en un 17.000 %, e incluso le quitó el título de término más usado a “Twerk”, el baile sexi de Miley Cyrus. Podríamos llorar y decir que el mundo está cada vez peor, y quizá lo esté, pero así son las cosas y es mejor enfrentarlas que lamentarlas. Para que dejemos de llorar y sepamos a lo que nos enfrentamos, la foto que a la fecha tiene más likes en Instagram, más de cuatro millones, es un retrato de la cantante Selena Gomez.

La selfie se convirtió en un asunto de vida o muerte, literal, al punto de que varias personas han muerto después de tomarse una en sitios imposibles como la parte más alta de un puente, manejando un carro o junto a un tren en movimiento. Menos mortal, pero igual de dañino, está Essena O’Neill, una joven de 18 años muy exitosa en Instagram que se aburrió de la vida de mentira que llevaba y reveló algunos de sus secretos. Por ejemplo, para lograr una selfie “espontánea” podía hacer más de 50 ensayos, y una vez lograda, podía recibir más de mil euros por foto por parte de algún patrocinador interesado en que la mujer promocionara su producto. Un día explotó y no solo contó todos los trucos que hacían ver natural algo muy producido, sino que borró cerca de dos mil fotos.

Y su caso refleja muy bien el nivel de mentira y narcicismo que hemos alcanzado. Somos selectivos a la hora de compartir momentos. No nos vamos a retratar recién levantados en pijama, o con la barriga inflada después de habernos comido un sancocho, pero llegamos a poner pie en un yate y reventamos las redes con fotos y hashtags ridículos. #Yate, #Rumba, #Amigos, #Rico, #Solecito, #Paseo, #Deli, #CelebrandoLaVida, cuando la verdad es que la vida está más llena de momentos íntimos, aburridos o dolorosos que no valen la pena revelar que de cualquier otra cosa. En la vida real no somos tan bonitos ni tan exitosos, ni tan populares, ni tan felices, ni tan inteligentes como lucimos en internet.

 

(El cazador de yihadistas)

Yo he visto en la prensa, en medios que se dicen serios, manuales para tomarse la selfie perfecta. También he visto a personas hacerse selfies en hospitales, mientras les ponen un catéter o una máscara de oxígeno. Peor aún, he visto personas cargar para todos lados su selfie stick como si fuera la cédula. Si hay algo más cursi que tomarse una selfie es hacerlo con ese palito, que ya es bien sabido, fue incluido en un listado de los inventos más ridículos de la historia.

Fotos famosas como las de Robert Capa en la guerra civil española o la de los Beatles cruzando una cebra han dado paso a selfies célebres como la de Barack Obama en el funeral de Mandela o la de Ellen DeGeneres en los Óscar, que, repito, no tiene nada de malo, pero sí ha ayudado a banalizar un poco la gracia de tomar una buena imagen que valga la pena. Pero así es todo en la vida, donde las cosas de calidad, esfuerzo y bien logradas les han dado paso a la facilidad y a la fama inmediata.

¿Y todo por qué? Por un like. Usted puede escribir el artículo de su vida y no pasará del puñado. Eso sí, suba una foto donde se vea bonito y le lloverán por cientos. Es frustrante, la verdad. Hace poco leí en un artículo que la obsesión por tomarse selfies causa depresión y paranoia si no obtenemos el reconocimiento que esperamos. La nota venía acompañada con el caso de un joven que perdió 10 kilos en un mes y luego trató de suicidarse por no tomarse el autorretrato que quería. Decía la nota que podía llegar a tomarse 80 de ellos al día. Hemos llegado hasta el punto de que por un like y por sentirnos aceptados y queridos, hacemos lo que sea.

 

(La exposición de James Bond)

Es lo que hacemos las personas: llevar el culto a la personalidad a niveles de demencia y corromper cualquier idea bien intencionada hasta convertirla en dañina y autodestructiva. Repito por enésima vez, no hay nada de malo en que tomar fotos sea hoy un suceso democrático y sin misterio, y que lo usemos para decirle algo al mundo, que a la larga todos queremos dejar huella antes de irnos. El problema está cuando nos dejamos ir y la obsesión por tomar retratos supera al goce natural de hacerlo.

Aunque con las cámaras de hoy, imposible resistirse, y no me refiero a esos aparatos que cuestan a veces lo mismo que un carro compacto que usan los profesionales para hacer fotos perfectas y que vienen en complejas cajas donde además están el trípode, los lentes y los filtros. Hablo de su celular y del mío, pequeños como el pie de un niño, pero que guardan adentro el universo entero.

No solo sirven para llamar a la casa a decir que llegamos tarde a cenar, sino que se prestan para chatear, pedir un taxi y hasta conseguir pareja. Y obvio, para tomar fotos que, si no son profesionales, están ahí cerca. Vienen con cámaras que tienen todos los megapíxeles del universo, y encima son inteligentes y autorregulables; vienen con todos los adelantos posibles y hasta con lente Leica, la mítica marca que han usado leyendas de fotografía como Henri Cartier-Bresson, Robert Capa y Alberto Korda. Así las cosas, ¿cómo pretenden que uno no se sienta un berraco así no tenga idea de tomar fotos?

 

(Los R-15, los asaltantes de bancos más famosos del país)

Veo las imágenes que acompañan a este texto y en ellas está Natalia Betancourt, que bonita ha sido siempre, solo que se volvió famosa cuando la cantante Rihanna compartió una foto de ella con sus seguidores en Twitter durante el Mundial de Fútbol en Brasil. Yo no aspiro a que alguien con 63 millones de seguidores me haga famoso; con que Natalia y su amiga, Daniela, me inviten a la próxima sesión de fotos, tengo.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @azableh

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