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Hablamos con Juan Sebastián Muñoz, el tercer golfista colombiano en llegar al PGA Tour. Un joven de 24 años que hace un año apareció en la clasificación mundial de jugadores por encima de Tiger Woods.

Juan Sebastián Muñoz puede pasar una noche entera jugando videojuegos y lanzar una bola de golf a más de 200 km/h. Es bogotano, participa en torneos internacionales desde que tenía 16 años y, por su juego, fue becado en una universidad de Estados Unidos. Es el tercer colombiano que ha llegado al PGA Tour, la máxima categoría del golf, después de Eduardo Herrera y de Camilo Villegas. Tiene 24 años, no le gusta perder, evita cualquier esfuerzo innecesario y un día, a principios del año pasado, apareció en la clasificación mundial de jugadores justo por encima de su ídolo, Tiger Woods. 

27 de octubre de 2016
Country Club of Jackson
Jackson, Misisipi

El hoyo 1 del Country Club de Jackson –la capital del estado de Misisipi, en el sur de Estados Unidos– es un par 4 de 411 yardas, o 375 metros. Un jugador novato miraría al fondo y solo vería árboles y pinos, pero un profesional sabe distinguir las líneas del fairway y la mancha amarilla del fondo: un búnker que está justo antes del objetivo final. Juan Sebastián Muñoz –bogotano, 24 años y 1,83 metros de estatura– eligió una de las maderas de su bolsa blanca y negra, acomodó la bola en el tee y en vez de poner la mente en blanco para concentrarse, como lo harían la mayoría de los golfistas, pensó: “Solo se debuta una vez; hay que hacer de esto algo memorable”.

En las prácticas, Muñoz no le había estado pegando bien a las bolas. El Sanderson Farms Championship era su primer torneo del PGA Tour y todavía no podía creer que estaba allí: en el mismo circuito de golf en el que participan leyendas del calibre de Tiger Woods, Rory McIlroy, Jason Day y Camilo Villegas; la máxima categoría del deporte que hacía poco más de un año había elegido como profesión. Él y los otros 24 rookies de la temporada 2016-2017 del PGA Tour llevaban casi una semana en la ciudad participando en los seminarios de preparación: clases de redes sociales, del funcionamiento de las bolsas de premios en los torneos del circuito, de los códigos de vestimenta, del comportamiento durante los eventos… Cada día que pasaba, la tensión y la expectativa aumentaban y, tal vez por eso, Muñoz no lograba sentirse cómodo con sus golpes.

Pero él no estaba nervioso, sino impaciente. Unas cincuenta personas lo observaban en silencio. Entonces repitió su pensamiento: “Hoy va a ser un día memorable, vamos a jugar bien”. Y mandó a volar la pelota blanca. Con el primer golpe la puso en el rough, con el segundo la metió en el green y con el tercero la embocó y logró el birdie. Fue un comienzo perfecto: uno bajo el par.

“Yo de chiquito era muy pero muy crack. Creo que a esa edad era sobre todo talento, porque no me gustaba practicar mucho”.

No tuvo problemas para pasar el corte y terminó ocupando el puesto 35. Era una excelente manera de rematar los logros del año más intenso de toda su vida. Por lo general, desde que se convierte en profesional, un golfista suele hacer un camino de dos o tres años para ascender, a través de categorías menores, hasta el PGA Tour. A Muñoz, en cambio, le tomó seis meses ganarse el derecho de jugar en los torneos del Web.com Tour –la segunda categoría más importante en el golf profesional– y le tomó otros siete sacar la tarjeta del máximo circuito. Durante 2016 Muñoz jugó 23 torneos del Web.com Tour en solo seis meses: prácticamente iba de los campos de golf a los aeropuertos.

–Me acuerdo que en agosto, cuando se acabó el “Web” y garanticé la tarjeta del PGA, no quería saber nada, pero nada, de golf –dice–. Pero me tocaba prepararme para el torneo de la siguiente semana y yo decía: “¡No más, no tengo ganas de hacer nada!”.

Por eso, cuando terminó en Jackson, Misisipi, ese primer torneo en el PGA y empezó a empacar para regresar a su casa en Dallas, Muñoz se dio cuenta de que se había ganado unas buenas vacaciones. Realmente había sido una experiencia memorable para él: logró pasar el corte, fue invitado a cenar en la mesa de Camilo Villegas para hablar de cualquier cosa menos de golf y el periodista Germán Calle escribió en El Tiempo que se trataba del mejor debut de un colombiano en la historia del PGA. Nada mal para un novato.

23 de diciembre de 2016
Club Campestre Los Arrayanes
Bogotá, Colombia

Lo primero que se piensa al conocer a Juan Sebastián Muñoz es que se trata de un tipo descomplicado y extremadamente paciente. La noche anterior había interrumpido un encuentro con sus amigos para dormir y llegar cumplido a nuestra cita. Mientras toda la ciudad estaba inmersa en la música y las cervezas de la temporada de novenas decembrinas, él había estado jugando videojuegos hasta las dos de la mañana.

Aquel día el tráfico de la autopista Norte era particularmente insoportable, pero él conducía tranquilo, probablemente escuchando alguna playlist de rap o de Daft Punk. Como si no lo afectaran los trancones, se baja sonriendo de la Toyota Prado y posa tranquilo durante más de una hora según las instrucciones del fotógrafo: sacar una bola del búnker, analizar el green, intentar un putt largo…

¿Usted no tiene alguna posición especial para analizar los putts?– le preguntan con cámara en mano.

–¡Noooo! Eso que hace Villegas de casi acostarse con una sola mano solo lo hace él.

Muñoz es alto y flaco. Durante casi todo el tiempo mantiene una postura elegante y una expresión atenta, alegre y observadora. Está vestido con una camiseta ajustada gris estilo polo con los logos de sus patrocinadores; un pantalón y unos tenis completamente blancos y un cinturón oscuro que remata la pinta. Entonces se agacha, con la mirada fija hacia el hoyo, y usa la mano derecha –la que sostiene el putter– para apoyar el mentón.

“¡Era muy emocionante ver a Tiger Woods un domingo! Pero había un punto en el que decía: ‘¡No gane tanto que yo quiero ser mejor que usted!’”.

Después de la foto intenta el tiro y falla por poco. Hace una mueca de descontento, pide otra bola y vuelve a intentar el mismo tiro, pero falla de nuevo.

–Tengo buenas semanas, pero hay otras donde no veo ni una en el green –dice mientras va a recoger las bolas para dárselas a su caddie–. Tengo que cambiar, ese va a ser mi success factor.

El fotógrafo le muestra las imágenes y le pide una foto más. Muñoz se pone en posición sobre el green a unos tres metros del hoyo. Balancea el putter, se concentra y justo después de escuchar el clic de la cámara vuelve a tomar el tiro. La bola entra y él hace con la boca un sonido seco para celebrar.

–Mi fortaleza está en poner la bola en el fairway o en el green. La semana pasada jugué en el Karibana, en Cartagena, con Villegas, Ernie Els y “el Pato” Cabrera. Tuve muchos chances para ganar, pero los putts largos no los metía. ¡En cambio los otros sí los hacían todos!

Fore! –interrumpe alguien que grita desde el fairway. Nos retiramos rápidamente para darles espacio a los otros jugadores. Muñoz nos guía hasta el campo de práctica para tomar las últimas fotos y apenas llega elige un madero grande, ubica una pelota en el tee, y empieza a ensayar su swing.

–¿Puedo jugar? Es que hace rato no le pego a la bola –pregunta emocionado.

Y antes de cualquier respuesta, ¡clac! La bola ya está volando, supera fácilmente las 300 yardas y se pierde más allá de los árboles que marcan el límite del campo.

–Se nota que usted disfruta más los tiros largos que los putts –le digo a Muñoz.

–Sí –responde riendo–. Hay mucha gente que dice que empezó a jugar golf porque le parecía chévere pegarle a la bola, pero a mí lo que me enamoró del golf fue ganar. Mis primeros recuerdos del club son ganando partidos en el campo chiquito. Pero no importaba si era en golf, en voleibol o en basquetbol. Lo único que a mí me importaba era ganar.

“Yo no veo el golf como la única manera de existir, y eso me ayuda porque no tengo esa presión mental de que me tiene que ir bien sí o sí, o si no me tiro la vida. Yo no veo obligaciones, simplemente veo oportunidades”.

Muñoz no recuerda el juego, sino el triunfo. Se acuerda de ganarles a sus compañeritos de club cuando tenía seis años, a otros niños que no conocía cuando jugaba la Gira Central –un campeonato que se juega en varios clubes de Bogotá– y tenía siete, y de ganar el Campeonato Nacional Infantil, cuando tenía nueve, en el Club Campestre de Medellín.

–Yo de chiquito era muy pero muy crack –dice con una sonrisa–. Creo que a esa edad era sobre todo talento, porque no me gustaba practicar mucho.

En cambio, a Muñoz sí le gustan las cosas simples y sin complicaciones. Prefiere evitar los esfuerzos innecesarios. Cuando estudiaba en el colegio San Carlos, en Bogotá, las materias se aprobaban con una nota de 70 sobre 100 y él no solía sacar más de 80; pero no le importaba porque, de todas maneras, le iban a dar el diploma. Este carácter práctico y relajado estuvo presente desde que era un niño. Otro ejemplo de esto ocurría los fines de semana, cuando su familia pasaba la mañana en el club Los Arrayanes y después se iba a la casa del abuelo paterno, donde era una tradición ver a Tiger Woods en la televisión.

–¡Era muy emocionante ver a Woods un domingo! Le podían llevar mucha ventaja, pero en una tarde el man llegaba como fuera –dice Muñoz, recordando que ver a ese monstruo del golf se convertía en un reto personal–. Yo veía todos los torneos y le hacía mucha fuerza a Woods –continúa–, pero había un punto en el que decía: “Algún día yo quiero ser como ese man, que no gane más porque me va a tocar muy difícil. ¡No gane tanto que yo quiero ser mejor que usted!”.

A los 16 años, Muñoz empezó a jugar –y a practicar– con más intensidad. A los 17, quedó segundo en un torneo suramericano que se jugó en el Club Campestre de Bucaramanga –perdió por un golpe contra un jugador argentino– y representó a Colombia en torneos juveniles en Canadá, Argentina, Chile, Guatemala y Brasil. Sin embargo, cuando sus compañeros del colegio San Carlos le preguntaban si iba a ser golfista, él siempre decía que no, que ese deporte era solo una afición.

 

Javier Franco fue al mismo colegio que Juan Sebastián y, además, vivía en el mismo edificio del barrio Multicentro, en el norte de Bogotá. Él recuerda que en el colegio, su amigo siempre conversaba sobre los resultados de las ligas deportivas estadounidenses, sobre todo la de baloncesto, la NBA. Sin embargo, su verdadera pasión eran los videojuegos. Después de un día en el club, Franco y Muñoz podían pasar tardes enteras enfrentándose en rudos juegos de Mario Kart, Mario Tennis o Mario Party en un Nintendo 64; Muñoz siempre se pedía a Luigi.

–Lo interesante es que él nunca ha botado esas consolas –dice Franco–. Hace poco, en unas vacaciones, estuvimos toda una tarde jugando los mismos juegos de Mario y Super Smash Bros, en el Nintendo 64 y el Game Cube, en el apartamento de sus papás. El plan con él no es ir a un sitio, sino jugar, tomar cerveza y pedir pizza o alitas. Ese día estábamos él, su novia, dos amigos más del colegio y yo. Él es muy competitivo, no aguanta ni que le gane la novia y siempre busca la revancha. Mejor dicho: el man no apaga el Nintendo hasta que no gana el último juego. Cuando alguien más gana, él se muere de la risa y dice: “¿Ah sí? ¡Eso fue pura suerte! Hagámosle otra vez y lo pelo”.

–Está claro que a usted le gusta ganar –le digo a Muñoz mientras caminamos por el campo de golf de su club–, ¿pero cómo maneja las derrotas?

Cuando pierdo, quedo rabón. Yo soy muy competitivo y no juego para divertirme, eso nunca pasa. Cuando era chiquito, lloraba si perdía. Me daba rabia eso… Pero no sé, yo fui cableado así.

 

Durante la temporada pasada del Web.com Tour, aunque cumplió con el reto de lograr la tarjeta del PGA, solo pasó el corte en 7 de los 23 torneos que jugó. Algunas veces, después de fallar los cortes, se encerraba durante dos días en el hotel a devorar series y películas; solo salía a comer a Chipotle, una cadena de restaurantes de comida rápida tex-mex. El domingo, cuando se convencía de revivir y salir a practicar, se sentía como si estuviera enguayabado y triste, con una nube negra encima.

Me costó darme cuenta de que no vale la pena desquitarme conmigo después de una mala ronda –dice–. Estoy convencido de que así no se hacen las cosas, de que hay que salir, enfrentar todo eso, decir “mierda, a veces pasa”, y seguir la vida como si nada. –Hace un silencio largo y añade–: ¿Sabe? Yo no veo el golf como la única manera de existir, y eso me ayuda porque no tengo esa presión mental de que me tiene que ir bien sí o sí, o si no me tiro la vida. Yo no veo obligaciones, simplemente veo oportunidades.

20 de mayo de 2015
Colonial Country Club
Fort Worth, Texas

Juan Sebastián Muñoz asistió como espectador a un torneo del PGA Tour porque el mexicano Carlos Ortiz, uno de los compañeros del equipo de golf de su universidad, le regaló las entradas. El Crowne Plaza Invitational se jugaba en el Colonial Country Club de Fort Worth, una ciudad vecina de Dallas, en Texas, a solo una hora de camino desde su casa. Habría sido imperdonable desperdiciar la oportunidad de ver jugar a Ortiz en su temporada de rookie.

Muñoz había entrado a la universidad a mediados de 2011. Cuando estaba cursando el último grado de bachillerato en el colegio San Carlos, en Bogotá, envió a varias universidades de Estados Unidos los resultados de los torneos que había jugado el último año, hasta que University of North Texas lo invitó a jugar para ellos. Mientras sus compañeros hablaban de qué estudiar y en dónde, él había conocido casi la mitad del continente americano jugando golf. Para su mentalidad práctica, era una oportunidad clarísima: si el deporte le iba a permitir estudiar gratis, ¿por qué no aprovechar?

En Dallas se dio cuenta de que su técnica estaba totalmente adaptada a las condiciones de los campos de golf colombianos, donde hay poca resistencia del aire por la altitud y un viento mucho más suave que en la mayoría de los campos de Estados Unidos. Desde que llegó se hizo amigo de los mexicanos Carlos Ortiz y Rodolfo Cazaubón, compañeros de su equipo. En Ortiz –que era dos años mayor que él– vio un rival parejo: ocupaban posiciones similares en los torneos de la universidad y, en general, el mexicano ganaba tres de cada cinco juegos contra el colombiano.

El swing de Muñoz alcanza una velocidad de 188 km/h y, en el aire, una bola suya puede conseguir una velocidad de 270 km/h mientras gira a 2.700 revoluciones por minuto.

“¿Si ese man pudo llegar, por qué yo no voy a poder?”, pensó Muñoz mientras conducía hacia Fort Worth para ver por primera vez a Ortiz en un torneo del PGA. En ese momento tenía 22 años, estaba a punto de graduarse de administración de empresas y emprendimiento y aún no había tomado una decisión final sobre qué iba a hacer una vez terminara sus estudios universitarios. Algunas veces, cuando tenía una racha de buenos resultados en golf, se animaba a comenzar su carrera como deportista profesional, pero cuando se quedaba dando vueltas en el green durante más de dos golpes, pensaba que el deporte no era una opción y que sería mejor salir a buscar un trabajo común y corriente.

Había llovido toda la noche y el campo del Colonial Country Club estaba totalmente mojado. La zona para los asistentes era prácticamente un barrial. Muñoz vio a su amigo y a los otros jugadores caminando tranquilos por el fairway con los zapatos impecables. Luego miró al piso, vio el charco sobre el que estaba parado, y pensó: “Yo quiero es estar allá, no aquí manchándome los zapatos”.

7 de febrero de 2016
Country Club
Bogotá, Colombia

El hoyo 18 del campo Fundadores del Country Club de Bogotá tiene un alto grado de dificultad. Es un par 5 de 575 yardas que se tuerce a la derecha –desde el cielo se ve como una “L”–, con un lago que separa al fairway del green. Si se sigue el curso de la cancha, es fácil lograr el par, pero quien se arriesga a hacer un driver largo en diagonal, por encima de los árboles, puede fácilmente ponerla en la entrada del green y hacer, mínimo, un birdie.

Muñoz se paró en la salida. Se jugaba el último hoyo del Club Colombia Championship, la parada en Colombia que anualmente hace el Web.com Tour. Acomodó la bola en el tee y miró el tablero: iba empatado a 268 golpes con dos rivales, los estadounidenses Richy Werensky y Matt Atkins. Entonces se concentró y se dijo a sí mismo: “Si hago el par y empato, volvemos al mismo hoyo para desempatar y, sí o sí, me voy a lanzar para hacer un birdie. Mejor me lanzo de una vez y no les doy el chance a estos manes para que hagan lo mismo que yo. ¡De una! ¡La voy a hacer!”.

Juan Sebastián Muñoz había llegado al Club Colombia Championship como un completo desconocido. Se estaba preparando para jugar en el PGA Latinoamérica –una categoría de tercer nivel que da clasificaciones al Web.com Tour–, pero cuando le ofrecieron la invitación para jugar este torneo, la aceptó sin pensarlo: se mediría con jugadores del PGA Tour y, además, conocía bien la cancha. Era su territorio.

En una rueda de prensa, antes del primer día del torneo, ningún periodista le hizo siquiera una pregunta de cortesía. Permaneció sentado, mirando al vacío, mientras les hacían preguntas a otros golfistas. Sin embargo, a medida que fue avanzando el torneo y que él comenzó a destacarse como el colombiano con mejor puntuación, todos empezaron a seguirlo.

 

El swing de Muñoz alcanza una velocidad de 188 km/h y, en el aire, una bola suya puede conseguir una velocidad de 270 km/h mientras gira a 2.700 revoluciones por minuto. Cuando la bola aterrizó, no hubo aplausos. Ninguna de las 4.000 personas que estaban en las graderías del Club Colombia tomando cerveza hizo ruido alguno. Si los hubo, Muñoz no los escuchó, solo caminó ansioso por el fairway hasta que vio la bola blanca, perfecta, a un solo golpe del green.

De ahí en adelante no volvió a haber tranquilidad. El público se convirtió en su hinchada. Muñoz escuchaba “¡Tú puedes, Sebas!”. Con el siguiente golpe puso la bola en el green y después de dos putts logró el birdie. Entonces hubo un estallido. Muñoz había logrado el campeonato con un golpe menos que su rival y, con esa victoria, se convertía en un serio aspirante para ocupar uno de los 25 puestos que dan entrada directa al PGA Tour.

En el registro de ese día, Muñoz aparece impávido, sonriendo, con una bandera de Colombia amarrada en el cuello y sosteniendo el trofeo. Alguien le pregunta cómo se siente y él solo niega con la cabeza, sonriendo en silencio.

Al día siguiente, cuando se despertó, vio en su celular un mensaje de Rodolfo Cazaubón, uno de sus compañeros universitarios: “¿Ya viste los rankings mundiales?”.

Muñoz abrió la página del PGA y buscó su nombre. El triunfo del día anterior lo había dejado en la posición 439.

Pero lo sorprendente era el nombre que estaba justo en el siguiente renglón.

Como si el destino hubiera aceptado el reto que había lanzado frente al televisor de su abuelo cuando era un niño, ocupando la posición 440 estaba Tiger Woods.

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