Edición 124

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El inventor del primer marcapasos externo del mundo es un hombre que ha dedicado su vida a investigar sobre el corazón, y su legado es tan grande y hermoso como la gracia del canto de una ballena

El padre Flórez se había muerto cuatro veces esa mañana y estaba dispuesto a dejarse hacer cualquier cosa que le prolongara la vida. Los médicos de su país, Ecuador, no tenían a la mano ningún procedimiento para tratar su dolencia y había viajado a Bogotá con la esperanza de que en la Clínica Shaio pudieran ayudarlo. El sacerdote padecía un "bloqueo auriculoventricular completo" y hacía paros cardiacos continuos. Estaba condenado. Lo único que el doctor Alberto Vejarano, fundador de la Clínica Shaio, podía hacer para intentar salvarlo, era experimentar con él un procedimiento que hasta la fecha le había costado la vida a cientos de sapos y a decenas de perros. Corrían los primeros días de diciembre de 1958.

Para evitar que el sacerdote falleciera de nuevo y para siempre, era necesario implantarle un marcapasos artificial que reemplazara el sistema eléctrico natural que hace palpitar al corazón. El doctor Vejarano llamó entonces al doctor Jorge Reynolds Pombo, ingeniero electrónico bogotano con el que estaba desarrollando un dispositivo para ese fin, y le dijo que ese mismo día debían ensayarlo en un humano. Reynolds se opuso al experimento, pero ante la inminencia de la muerte y gracias a que el hombre de Dios lo exoneró de cualquier responsabilidad, terminó por acceder.

Esa noche un equipo de ocho médicos implantó el primer marcapasos externo del mundo: un monstruo de 45 kilos que se transportaba en un carrito para llevar balas de gas, conectado por un lado a la batería de un automóvil y por el otro, mediante un cable de cinco metros, al tórax del paciente. El cura se recuperó y vivió 18 años más, pero el marcapasos era tan pesado, que durante los primeros meses necesitó un auxiliar que lo siguiera, como un ángel de la guarda, a todos lados. El trabajo de Reynolds, que entonces tenía 22 años, apenas estaba comenzando; necesitaba que su invento fuera más confiable, constante y pequeño. Antes de esa Navidad logró que su máquina no se recalentara.

Hoy, más de medio siglo después, en la era de las telecomunicaciones y los sistemas, ese primer marcapasos forma parte de los 100 inventos más grandiosos que reemplazan a la naturaleza, y Reynolds, literalmente un investigador de corazón, sigue trabajando para perfeccionarlo. Los marcapasos de nuestro tiempo tienen el tamaño de una caja de fósforos y son usados por más de 48 millones de personas en el mundo; los del futuro, desarrollados con nanotecnología, medirán la cuarta parte de un grano de arroz, tomarán su energía del corazón mismo, y tendrán un sistema de comunicación mediante el cual los médicos podrán monitorear a sus pacientes desde sus teléfonos celulares.

Actualmente Reynolds está dirigiendo un grupo de investigadores integrado por especialistas de diferentes áreas, que esperan probar el nano-marcapasos en humanos en el próximo año y medio. Si lo logran -y todo parece indicar que van por buen camino- muchísima más gente va a tener acceso a un sistema que puede salvarle la vida. Un marcapasos puede costar actualmente hasta 12.000 dólares, el que están inventando Reynolds y su equipo, según él, costará mil.

La fascinación de Reynolds por la cardiología lo ha llevado a ver el funcionamiento del corazón a lugares tan distintos como distantes. Sus investigaciones incluyen experiencias junto a Jacques Cousteau, el gran viajero del siglo XX, con quien investigó el corazón de las iguanas marinas; y su hoja de vida reseña experimentos en el Himalaya, en donde trabajó con deportistas en circunstancias extremas, y expediciones a bordo de submarinos en los que se sumergió para estudiar el corazón más grande que existe en la Tierra: el de las ballenas, animales sobre los que Reynolds también tiene miles de anécdotas y observaciones maravillosas que contar.

La ballena es un mamífero que hace 60 millones de años parecía un perro grande, totalmente terrestre, que durante la evolución del planeta tuvo que emigrar al mar en donde encontró alimento y protección, su corazón debía pesar unos 400 gramos. En el proceso que sufrió para convertirse en un animal completamente acuático, las patas se le volvieron aletas, el hocico se le movió para atrás y por último, sufrió de gigantismo. Una ballena azul puede llegar a pesar 200 toneladas, y su corazón, del tamaño de un Jeep, dos. Gracias a que el corazón de las ballenas es 3.500 veces más grande que el de los humanos, ha servido para que Reynolds y su equipo puedan pensar en grande, el diminuto nanomarcapasos que están desarrollando.

El trabajo con ballenas que realizó en submarinos de la Armada Nacional de Colombia -única institución colombiana que ha apoyado las investigaciones cardiológicas de Reynolds y que lo honró otorgándole el rango de Teniente de Corbeta Honorario-, ha servido para adelantar investigaciones únicas en el mundo. Durante las expediciones en el fondo del mar, Reynolds y su equipo oyeron el canto de las ballenas, a continuación crearon filtros para quitar el canto y oír los latidos del corazón, y por último, interpretaron esos sonidos para entender el sistema mecánico del órgano que los producía, desentrañando los secretos de su funcionamiento.

El trabajo en el mar -que lo llevó a convertirse en conservacionista-, al igual que el trabajo con los marcapasos, se fue afinando gracias a los desarrollos que venían del mundo de la tecnología. Actualmente Reynolds no sale a perseguir ballenas a bordo de un submarino, sino que mediante boyas conectadas a teléfonos satelitales, capta, en tiempo real, sus cantos y palpitaciones. En el 2003 Reynolds saltó, sin habérselo propuesto, de los terrenos de la ciencia y la tecnología a los terrenos del arte.

Valiéndose de la boya "El Oído del Mar", transmitió el canto de las ballenas del Pacífico colombiano en la Catedral de Sal de Zipaquirá, canto sobre el que se realizó un gran concierto llamado Pacificanto en el que intervinieron el flautista venezolano Huascar Barradas, la mezzosoprano Martha Senn y el pianista Pablo Arévalo. "Hicimos solo seis funciones que fueron increíbles, y no las volveremos a hacer -dice Reynolds-, esa fue la idea original, pero aunque me interesa mucho el arte, mi objetivo central es la cardiología".

El doctor Reynolds tiene 74 años, imagina que le gustaría morirse de un infarto, y piensa que cualquier persona que hoy supere los setenta años está jugando tiempo extra, así que para no desperdiciar el que le queda, es muy riguroso en trabajar de lunes a viernes de siete a siete y, con frecuencia, gracias a que tiene la fortuna de que su hobby es su trabajo, también labora los fines de semana.

Reynolds se casó cuando tenía 52 años, no tiene hijos ni nietos a quienes contarle que el cura Flórez falleció a la edad de 107 años. Quizás por eso es tan amable y elocuente con los que se interesan por conocer su obra y las dificultades que enfrentó para sacarla adelante. "Con los amigos de la Shaio montamos en los años sesenta una empresa que fabricó 2.800 marcapasos, pero infortunadamente esa iniciativa se murió a los seis meses porque no pudimos conseguir recursos para seguir investigando". Aunque ha sido consultor de todas las grandes industrias de marcapasos en el mundo, vive motivado por demostrar que en Colombia se desarrolla tecnología de punta, y sorprende oírlo decir que no ha recibido un solo peso proveniente del Estado.

Si bien Reynolds goza de muy buena salud y aparenta tener vitalidad para vivir setenta años más, la cercanía de la muerte lo tiene trabajando en escribir su biografía, documento que seguramente relatará que gracias a su trabajo obtuvo cinco doctorados honoris causa, que se convirtió en el único integrante de la Sociedad Colombiana de Medicina que no es médico, y que varias cadenas de televisión en todo el mundo han producido documentales sobre su vida y obra. Jorge Reynolds Pombo, un viejo del que todos los colombianos podemos sentirnos orgullosos, quedará grabado en las páginas de la historia como todo un humanista real cuyas experiencias parecen sacadas de una novela de ciencia ficción.

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