Edición 139

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Este perfil cuenta lo bueno, lo malo y lo divertido de una mujer que nunca fue un patito feo.

Isabella Santodomingo tiene varias cualidades: es dueña de un bar y un sentido del humor lo suficientemente ácido como para reírse de ella y del resto del mundo. Es independiente, polifacética y buena escritora, también es la creadora de una de las series más exitosas del momento y tiene un cuerpo del que pocas mujeres pueden presumir más allá de los 30.

Con ella no funcionó la historia del Patito Feo. Siempre fue una hembra, siempre fue popular, siempre fue famosa. O por lo menos eso cuenta sobre su infancia en Barranquilla, donde tenía la camaleónica cualidad de ser deportista consumada, cazadora de babillas, activista social, columnista de opinión, modista y a veces una niña de sociedad que va a la peluquería para prepararse para su siguiente fiesta.

¿Será que uno puede hacer tanto? Me pregunto, mientras conversamos una mañana, en su comedor, porque un obrero -feliz de estar ahí, puedo suponer- está reparando el estudio y toda la casa está patas arriba.

La noche anterior había llegado de Cartagena, tarde, y tenía el pelo desordenado y la cara sin una gota de maquillaje. Estaba vestida de negro, con unos pantalones cómodos de tela, un suéter de hilo y sandalias. Lo primero que me impresionó es que se trata de las pocas mujeres que se ven mejor en persona que en las fotos. Delgada y compacta, a veces incluso podía parecer frágil. Eso si no habla, porque más que hablar, Isabella dispara frases. Levanta la voz, manotea, se para y abre la ventana, se para y cierra la puerta, vuelve a pararse para cerrar la ventana, manotea de nuevo, hace gestos, caras, risas, y sigue disparando, con ese acento tan hermoso que es el barranquillero, que parece que se hubiera tragado el ritmo del mar.

Y lo que cuenta es tan, pero tan increíble, que uno se pregunta si un ser humano puede hacer tanto. "Hoy mi política es distinta -reconoce-. Yo tengo cuarenta y no sé lo que voy a durar. Y dure lo que dure, quiero disfrutarlo todo".

Luego de renunciar a El Tiempo, donde dirigió la revista Carrusel, Santodomingo tenía la firme intención de descansar. De tomarse un tiempo, pero ella ya sabía de antemano que no haría tal cosa como sentarse a mirar el paisaje. "Aparte de viajar y leer mucho, no logré separar un espacio para mí. Lo de Sony lo he venido trabajando con ellos hace cuatro años y medio y cuando renuncié a Carrusel casualmente iniciaron las grabaciones, así que le dediqué un año entero a estar al pie del proyecto como supervisora de libretos y asesora".

El proyecto al que se refiere es la adaptación para el canal Sony de su exitoso libro Los caballeros las prefieren brutas, que fue un best seller en América Latina. La serie comenzó en febrero y ella, además de ser supervisora, dice que es la creadora de la historia original. "Es decir, yo hice la adaptación de mi propio libro, y de allí salió la historia general, con sus personajes, los nombres, los apodos, la relación entre ellos y la trama en general".

Con su entusiasmo de siempre, casi con exageración, Isabella habla de la serie y se le llena la boca. "Estoy muy orgullosa de los actores. Son el grupo más talentoso y con más proyección internacional de todo el país y tal vez hasta de Latinoamérica. Es como el 'Rat Pack' criollo", dice, haciendo una alusión al grupo de artistas que se agruparon en los años cincuenta alrededor de Frank Sinatra.

Miriam Isabel Santodomingo nació en Barranquilla en 1968. Hija de un ganadero próspero y un ama de casa, sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años. "Fue un divorcio doloroso", dice, y admite que, como ocurre en muchos de esos procesos, los padres tienden a proteger a sus hijos. "Mi mamá cobijó bajo su ala protectora a mis tres hermanos". Ella, sin embargo, escogió acercarse a su papá, un hombre bastante mayor, que tenía fama de huraño, pero que descubrió la ternura de la mano de su hija.

"Cuando yo tenía diez años, mi papá tenía 57. Era un personaje fuerte y me lo fui conquistando de a poquitos, hasta que al final caminaba conmigo agarrado de la mano. Compartíamos nuestro amor por el mar, por la finca, por la lectura".

En esa época, dice Isabella, ella aprendió a ponerse botas de caucho y salir a espantar unas babillas que se metían en el jagüey de la finca. Aprendió a ordeñar vacas. A cabalgar a pelo. De la mano de su papá se volvió granjera, así como adicta a los periódicos y las revistas. "Soy una enorme consumidora de prensa. Me gusta estar informada. Leo todos los periódicos y las revistas, aunque no leo nada en Internet. Me gusta el papel, y mientras exista, seguiré leyendo en papel".

Crecer con un papá tan mayor fue determinante. "Yo siempre lo vi viejo. Desde chiquita pensaba que mi papá se iba a morir, y empecé a hacer cosas para probarle que yo sí podía". Esas cosas pronto se volvieron su carrera. Según ha dicho en varias oportunidades, Isabella era la "oveja negra" de su familia, y con algo de razón. "Yo perdí un año a propósito, porque me parecía chistoso, quería saber cómo era eso de perder un año", dice. Y aparentemente terminó pareciéndole muy gracioso, porque perdió tres veces cuarto de bachillerato, según ella, "por pura vaga, porque para mí era más importante diseñar ropa para los desfiles de moda del colegio".

El colegio era el Parrish, considerado el mejor de Barranquilla, y la breve carrera de Isabella como diseñadora comenzó cuando se unió con dos amigos y su papá financió el embeleco comprándole una máquina de coser; así fue como sacó una pequeña línea de ropa. "No veía la hora de salir del colegio para hacer cosas", dice, pero se las arregló igual para no parar durante esos años. Fue directora del Tiger Times, el periódico estudiantil; líder de las porristas; campeona departamental de patinaje artístico y de racquetbol... Todo mientras perdía años y su papá financiaba máquinas de coser y promovía la libertad de pensamiento.

"Mi papá decía: 'vivan su vida, traten de ser lo mejor en lo que escojan'". Y sin duda Isabella escogía ser todo.

A los 17 empezó su faceta de activista social, y a esa misma edad decidió cambiarse el nombre. ¿Quién la acompañó a la notaría a hacerlo? Adivinaron. Su papá. "Yo me llamaba Isabel, como mi abuela, entonces lo cambié por Isabella. En esa época nadie se llamaba así. Era una muestra de individualidad. Tanto mi papá como yo teníamos un 'viaje' con las palabras. Para nosotros era importante eso. Aquí en Colombia no existe esa profesión, pero en Europa y Estados Unidos yo sería la persona más importante de un periódico, porque sería la tituladora. Es como la señora que pone los títulos en la revista Vogue, así no sean tan ingeniosos".

Su nombre no le dio la fuerza (ella ya la tenía de sobra), pero sin duda la convirtió en un personaje único a los ojos de los demás. Y lo que hizo también fue único, por lo menos en una ciudad como Barranquilla y en una época como la suya. "Un fin de semana me levanté pensando: '¿qué hacemos nosotros durante los sábados y los domingos?'. En Barranquilla siempre era lo mismo: íbamos a la playa, a la piscina en la casa de un amigo o al Country (el club). Pero para ir a cualquiera de estos sitios teníamos que pasar por un paisaje que parecía Varsovia. Las calles estaban levantadas. Muy poca gente hacía algo por su ciudad en ese momento".

Isabella reclutó a sus amigos para que empezaran a hacer unas jornadas cívicas. "Les decía: 'fulanito, tu papá es gerente de Cementos del Caribe. ¿Por qué no le dices que nos enseñen a tapar huecos y nos den cemento gratis?'". Y así, armados de palas, camionetas, limonada y un equipo de sonido a todo volumen, Isabella y sus amigos crearon una organización que se llamó Jóvenes y que, según ella, adquirió una especie de estatus legendario en Barranquilla.

"Pintábamos andenes, tapábamos huecos. Era algo más que un afán estético, era cuestión de bienestar. Cuando había inundaciones, nos llamaban -al lado de la Cruz Roja-- y nosotros dormíamos con la gente", dice Isabella. Pero, y ahí viene el lado light, no hay que negar que la belleza era importante: "Nuestros uniformes eran del putas, porque teníamos vestidos de baño, pañoletas, éramos unas hembras divinas y los tipos eran supercool. Era como Extreme Makeover, Home Edition".

Así habla Isabella. En "spanglish". Una manía que seguramente aprendió en el colegio (todo era en inglés) y que reforzó en Estados Unidos, donde vivió."Cuando me fui a Estados Unidos, Jóvenes, que había empezado con 20 personas, ya contaba con 500. Alcanzamos a tener una sede", recuerda. El movimiento, sin embargo, desapareció cuando su líder se fue.

Pero para Isabella Jóvenes fue algo más que una demostración de caridad o una lección práctica sobre cómo tapar huecos. Su fama se regó como pólvora en la ciudad, y la invitaron a un consejo editorial de la revista Weekend, del Diario del Caribe, un periódico en el que su papá había tenido acciones hacía un tiempo.

"Si quieren que les ayude -dijo Isabella-, ¿por qué no me dan una columna?". Así nació "Frases con crema", un homenaje a "Postre de notas", la legendaria columna de Daniel Samper Pizano. En su espacio, Santodomingo hacía una crítica social, hablaba de temas cotidianos y comenzó la difícil tarea de escribir textos de humor. Ahí nació la Isabella periodista, la escritora, que es probablemente su faceta más duradera, y sin duda en la que se ha hecho más famosa. Después del Diario del Caribe trabajó en El Heraldo y aterrizó en Bogotá en la presentación del magazín Panorama.

Aprendió con facilidad a moverse entre dos aguas: por un lado era una periodista exitosa, directora de publicaciones como Shock, que fundó en 1994, y por el otro era una actriz en ascenso (como Camila Brando, en Perro Amor).

Lo que podría interpretarse como inconstancia, Isabella lo define como "exploración", y va aún más allá. "Mi afán por hacer las cosas siempre ha estado orientado a lo mismo, a la comunicación. Estudié radio y televisión, estudié algo de diseño de modas, pero lo que yo quería era comunicar, y ese afán de hacer cosas, de compartir lo que pienso, tiene mucho que ver con mi papá". No sólo porque ella quería ser merecedora de su amor, como muchas mujeres con sus papás, sino porque él mismo era así.

Luis Alberto Santodomingo fue, para muchos, un visionario. Él mismo, como su hija, escribió en el Diario del Caribe y en El Heraldo. Fue el creador de la primera feria ganadera, que se celebró en su finca, y el productor de leche más importante de la costa atlántica.

"Cuando mi papá murió me di cuenta de lo grande que fue. Mi papá no quiso que lo enterraran en ninguno de los cementerios tradicionales, sino en Juan de Acosta, el pueblito de donde era mi abuela. En el cementerio, en el mausoleo de mi familia, hay un mural de Obregón, que era muy amigo de mi papá". El mural al que se refiere es un ángel con una túnica verde, que el maestro pintó en honor de la difunta madre de Luis Alberto, Ana Isabel Molina. Según Isabella, el pueblo se paralizó para el entierro. El ataúd se lo pasaban de mano en mano, y ahí fue cuando, como una epifanía, entendió que su padre había sido un hombre cuya vida había que celebrar.

"Tuve que entender que la enfermedad de mi papá (murió de alhzéimer) no era una tragedia, como creía todo el mundo, sino una bendición, porque yo no pienso igual a todos y nunca lo voy a hacer". Fue por eso por lo que a los tres días de haberse muerto su padre, en lugar de quedarse en Barranquilla lidiando con el duelo y los asuntos pertinentes a la muerte, empacó y se fue a participar en el reality del Desafío. "Yo pensé que iba a durar una semana y duré dos meses. Quedé de tercera", dice, pero lo que más recuerda de esos días fueron las conversaciones interiores que tenía cada noche con su papá mientras miraba las estrellas.

Después de la muerte de su papá, Isabella dice que replanteó su vida. "Durante muchos años dije que yo no quería ser como mi mamá, un ama de casa. Pero ahora la admiro, porque trató de construir y es lo único por lo que nunca he peleado en mi vida, por tener una estabilidad de hogar. Ahora quiero eso. No casarme, pero sí tener una relación estable".

Curiosamente, ella, que ha sido independiente, que ha criado sola a Daniela, su hija de 14 años, y que ha logrado salir adelante sin un marido, es la autora de una trilogía de libros sobre las relaciones de pareja. El primero, Los caballeros las prefieren brutas, la llevó a la fama en toda América Latina. El segundo, AM/FM (Asalariada de mierda/Felizmente mantenida) y el tercero, Sexorcismo, también han adquirido bastante éxito. En estos libros afirma que las mujeres, por estar concentradas en sus carreras y en una competencia desenfrenada, se han olvidado de lo importante que resulta tener una relación de pareja.

Dice Santodomingo que cuando este tipo de personas llegan a su casa y se quitan la máscara de mujer exitosa, puede verse el rostro de la soledad. ¿Cómo es que ella -que parece ser el ejemplo perfecto de este tipo de mujeres- escribe sobre eso? "Yo les digo que no me sigan, que yo estoy más perdida que todas", dice. A pesar de que ha recuperado un poco su tiempo y su espacio ("Ya no tengo que ir a una oficina, ni siquiera de vez en cuando"), Isabella no es de las que se quedan quietas ni un minuto, y ya tiene muchos proyectos por delante. Ahora mismo escribe un libro llamado De la ruptura a la sutura, donde enseña cómo divertirse con una terminada y cómo superar la "tusa" con humor. "Lo que nos tortura (de una ruptura) es el ego. Las expectativas son en últimas las que dañan todo y no nos permiten aceptar y disfrutar las cosas por lo que son y como vienen, sino siempre exigiendo más de lo que realmente son o nos pueden procurar".

Pero dedicarse solamente a escribir un libro es poco para Isabella. También participa con su buen amigo Yamid Amat Jr. en varios proyectos periodísticos. "Yamid es creativo y vanguardista, y comprometido con las causas que decide apoyar. De eso salió R+, un espacio en su programa de radio en el que se exalta la labor de los héroes anónimos... la sangre nueva de la gente que quiere cambiar el mundo haciendo más que diciendo".

¿Qué falta por hacer? "Tener una familia -dice, y luego se corrige-. Alguien que me mantenga".

Maquillaje y pelo: Melgarejostudio.com // Modelo: Isabella Santodomingo // Producción y styling: Carolina Baquero Farah // Agradecimiento especial: Bardot

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